lunes, 16 de marzo de 2026

CIEN AÑOS DE LA REBELION DE LAS MASAS. ¿HA CAMBIADO ALGO? O MAS BIEN, ¿HEMOS APRENDIDO ALGO? (Parte I)[1]

 


Hay un verso de Silvio Rodríguez que en parte dice: ¿A dónde van las palabras que no se quedaron? / Acaso flotan eternas como prisioneras de un ventarrón /O se acurrucan entre las rendijas buscando calor /Acaso ruedan sobre los cristales cual gotas de lluvia que quieren pasar / Acaso nunca, vuelven a ser algo/ Acaso se van / Y ¿a dónde van?

Cuando garabateamos una hoja escribiendo (hoy, maltratamos un teclado) para expresar una idea que encontramos lúcida, para explicar (nos) y explicar (les) a nuestros lectores lo que, a nuestro juicio es el mundo, lo que es el hombre, lo que es la conciencia humana, y lo que deberían ser esas entidades, lo hacemos pensando en influir, en permanecer, en tocar, aunque fuese mínimamente, como gotas de lluvia, una o mas conciencias que pudiesen asimilar aquello que predicamos. La trova de Rodríguez nos somete a la realidad de lo efímero y quizá ocioso de nuestra pretensión.

El que escribe estas letras, carece de una lucidez extra - ordinaria y la pérdida que sufre la humanidad es ínfima o inexistente cuando sus palabras se extravían en la nada. El problema lo tiene la humanidad toda, en un mundo super saturado de información, cuando sucede que el esfuerzo que hacen hombres de la estirpe de los genios, sus palabras, ideas y conceptos quedan flotando eternamente como prisioneras de un ventarrón. En tal caso, la humanidad es la que sufre un detrimento.

Es lo que a mi juicio ha sucedido con el filósofo de habla castellana más importante habido hasta hoy. Yo diría: el primer filósofo de habla castellana: José Ortega y Gasset. Y decir de habla castellana es muy importante para nosotros porque el castellano, hoy llamado español, es nuestro idioma, en el que pensamos, soñamos, odiamos etc. Es la viga sobre la que descansa nuestra conciencia. No es lo mismo entender una traducción de una idea genial. No es lo mismo asimilar la perspectiva de alguien que no piensa en nuestro idioma. La traducción no lo consigue en toda su dimensión. Los políglotas nativos (digo nativos, esto es, que aprenden a hablar en dos idiomas antes de hablar en ninguno) son muy pocos. Siempre pensamos en una lengua. Podemos matizar nuestro pensamiento con palabras de otra lengua. Entonces, filosofar en castellano es para los hispanoparlantes un combustible a la inteligencia, difícilmente sustituible por lo que predican otros en otro idioma. Heidegger dijo (no sé con qué grado de convicción) que solo se podía filosofar en griego antiguo y en alemán. Y si lo dijo fue porque era un idealista, esto es, un pensador que está convencido que las ideas son las que forman la realidad. Pero sucede -y esta es la idea más genial expresada por Ortega- que la circunstancia de un griego de Leontinos, de Éfeso o de Atenas, no es ni remotamente la nuestra y por consecuencia la realidad que pudieron predicar sus filósofos nos llega solo como ecos difusos. Lo mismo decir de un alemán, francés, ruso etc.

Pues bien, hace cien años se publicó el libro[2] referido en el título, que debe ser el escrito en nuestro idioma, que más traducciones a otras lenguas ha tenido y más reediciones en otros idiomas ha tenido, particularmente en alemán. ¿Por qué? Porque es una síntesis genial descriptiva de un fenómeno de involución humana que irrumpe en la modernidad fundada en el siglo XIX y que, en el transcurso de casi dos siglos, lo único que ha sucedido es agudizarse. Justo en tiempos que se predica que vivimos el non plus ultra de un concepto sacrosanto o más bien de un talismán: el progreso. Idea equívoca que permite asumir que, por arte de birlibirloque, el hombre de ayer es menos que el de hoy y el de mañana será más que el de hoy. ¿Y por qué la obra de Ortega y este fenómeno de la masificación permanece oculto sobre todo en la academia? Pues porque es un disparo en la línea de flotación del modernismo progresista. Pues porque si se asume en toda su dimensión, el relato modernista se viene al suelo y se hace añicos.

Entonces, a propósito del centenario de “La Rebelión de Las Masas” conviene recuperar esas palabras contenidas en aquella obra filosófica/ensayística que, acaso ruedan sobre los cristales, como dice el trovador Rodríguez; recuperarlas, leerlas, entenderlas. Más que nadie nosotros, los que hablamos, pensamos, sentimos, sufrimos y nos alegramos en castellano; además de ser herederos de una cultura dominante que se encuentra grabada en nuestro inconsciente colectivo: la hispánica.

Marzo de 2026

 

 



[1] Pretendo abordar por capítulos esta obra y oponerla como el sastre pone el patrón de un corte de chaqueta, sobre la tela que es nuestra realidad contingente. La presente es solo una introducción para motivar su lectura. Luego la analizaré por capítulos según el orden de la obra.

 

[2]  Poco antes había sido publicado fragmentariamente como artículos de periódico.