Hay un verso de Silvio Rodríguez
que en parte dice: ¿A dónde van las palabras que no se quedaron? / Acaso flotan
eternas como prisioneras de un ventarrón /O se acurrucan entre las rendijas buscando
calor /Acaso ruedan sobre los cristales cual gotas de lluvia que quieren pasar /
Acaso nunca, vuelven a ser algo/ Acaso se van / Y ¿a dónde van?
Cuando garabateamos una hoja
escribiendo (hoy, maltratamos un teclado) para expresar una idea que
encontramos lúcida, para explicar (nos) y explicar (les) a nuestros lectores lo
que, a nuestro juicio es el mundo, lo que es el hombre, lo que es la conciencia
humana, y lo que deberían ser esas entidades, lo hacemos pensando en influir,
en permanecer, en tocar, aunque fuese mínimamente, como gotas de lluvia, una o
mas conciencias que pudiesen asimilar aquello que predicamos. La trova de
Rodríguez nos somete a la realidad de lo efímero y quizá ocioso de nuestra pretensión.
El que escribe estas letras,
carece de una lucidez extra - ordinaria y la pérdida que sufre la humanidad es
ínfima o inexistente cuando sus palabras se extravían en la nada. El problema lo
tiene la humanidad toda, en un mundo super saturado de información, cuando
sucede que el esfuerzo que hacen hombres de la estirpe de los genios, sus
palabras, ideas y conceptos quedan flotando eternamente como prisioneras de un
ventarrón. En tal caso, la humanidad es la que sufre un detrimento.
Es lo que a mi juicio ha sucedido
con el filósofo de habla castellana más importante habido hasta hoy. Yo diría:
el primer filósofo de habla castellana: José Ortega y Gasset. Y decir de habla
castellana es muy importante para nosotros porque el castellano, hoy llamado
español, es nuestro idioma, en el que pensamos, soñamos, odiamos etc. Es la
viga sobre la que descansa nuestra conciencia. No es lo mismo entender una
traducción de una idea genial. No es lo mismo asimilar la perspectiva de
alguien que no piensa en nuestro idioma. La traducción no lo consigue en toda
su dimensión. Los políglotas nativos (digo nativos, esto es, que aprenden a
hablar en dos idiomas antes de hablar en ninguno) son muy pocos. Siempre
pensamos en una lengua. Podemos matizar nuestro pensamiento con palabras de
otra lengua. Entonces, filosofar en castellano es para los hispanoparlantes un
combustible a la inteligencia, difícilmente sustituible por lo que predican
otros en otro idioma. Heidegger dijo (no sé con qué grado de convicción) que
solo se podía filosofar en griego antiguo y en alemán. Y si lo dijo fue porque
era un idealista, esto es, un pensador que está convencido que las ideas son las
que forman la realidad. Pero sucede -y esta es la idea más genial expresada por
Ortega- que la circunstancia de un griego de Leontinos, de Éfeso o de
Atenas, no es ni remotamente la nuestra y por consecuencia la realidad que pudieron
predicar sus filósofos nos llega solo como ecos difusos. Lo mismo decir de un alemán,
francés, ruso etc.
Pues bien, hace cien años se
publicó el libro[2] referido
en el título, que debe ser el escrito en nuestro idioma, que más traducciones a
otras lenguas ha tenido y más reediciones en otros idiomas ha tenido, particularmente
en alemán. ¿Por qué? Porque es una síntesis genial descriptiva de un
fenómeno de involución humana que irrumpe en la modernidad fundada en el
siglo XIX y que, en el transcurso de casi dos siglos, lo único que ha
sucedido es agudizarse. Justo en tiempos que se predica que vivimos el non
plus ultra de un concepto sacrosanto o más bien de un talismán: el progreso.
Idea equívoca que permite asumir que, por arte de birlibirloque, el hombre de
ayer es menos que el de hoy y el de mañana será más que el de hoy. ¿Y por qué la
obra de Ortega y este fenómeno de la masificación permanece oculto sobre todo
en la academia? Pues porque es un disparo en la línea de flotación del
modernismo progresista. Pues porque si se asume en toda su dimensión, el relato
modernista se viene al suelo y se hace añicos.
Entonces, a propósito del
centenario de “La Rebelión de Las Masas” conviene recuperar esas palabras
contenidas en aquella obra filosófica/ensayística que, acaso ruedan sobre
los cristales, como dice el trovador Rodríguez; recuperarlas, leerlas, entenderlas.
Más que nadie nosotros, los que hablamos, pensamos, sentimos, sufrimos y nos
alegramos en castellano; además de ser herederos de una cultura dominante que
se encuentra grabada en nuestro inconsciente colectivo: la hispánica.
Marzo de 2026
[1]
Pretendo abordar por capítulos esta
obra y oponerla como el sastre pone el patrón de un corte de chaqueta, sobre la
tela que es nuestra realidad contingente. La presente es solo una introducción para
motivar su lectura. Luego la analizaré por capítulos según el orden de la obra.
[2] Poco antes había sido publicado
fragmentariamente como artículos de periódico.