lunes, 5 de mayo de 2025

LA SUBCULTURA NARCO O NUESTRO SENTIDO PATETICO DE LA EXISTENCIA

 


Aristóteles en su obra Retórica refiérese a los modos de persuasión, clasificándolos en el Pathos, el Logos y el Ethos. El discurso basado en el pathos según el estagirita es aquel que invoca a los sentimientos como medio de convicción de una audiencia. El pathos griego da vida al adjetivo castellano, patético, el cual ha tenido un viaje desafortunado hacia el inglés, y nos ha retornado desde ese idioma -quizá menos profundo que el nuestro- en un sentido completamente equívoco. Actualmente nos referimos a un individuo patético como alguien ridículo cuya conducta carece de sentido. Alguna culpa de esta confusión la tiene precisamente la cultura anglosajona dominante, cuya carencia se encuentra precisamente en dar cabida al pathos de la existencia humana. A fin de cuentas, los anglosajones en particular y los seres humanos en general ridiculizan lo que no son capaces de entender.

Elvira Roca, ensayista, historiadora y novelista española contemporánea (españolísima diría yo), nos recomienda perseguir los vocablos como el mastín de caza al conejo que escapa. Las palabras, si no se les tiene bien asidas de los colmillos, pierden significado y se evaporan en la nada. Y la nada, lo único que puede engendrar entre nosotros las creaturas, es nada; y en el caso de las palabras, incomprensión y caos.

Nuestro tiempo es opaco de sentido. Para interpretar lo que sucede a nuestro rededor y por qué sucede, el mainstream o inteligencia hegemónica recurre a las ideologías. Son las ideologías embudos a través de los cuales se pretende emboquillar la realidad para entenderla y el resultado es, lugares comunes que descartan las variables de los fenómenos que son incapaces de explicar, a través del tamiz ideológico. En nuestro tiempo dejan intactas e inexplicadas las taras profundas que padece Iberoamérica.

Por eso, siguiendo a Elvira Roca, para comprender de mejor manera la fenomenología de nuestra sociedad, es preciso rejuvenecer algunas palabras. Cogerlas con fuerza y estrujarlas de sentido. Pretendo hacer aquello con el adjetivo patético, purificarlo de las deformaciones anglófonas y usarla para explicar buena parte de nuestra idiosincrasia cultural.

Bajo ahora a nuestra realidad contingente: El sustrato de nuestra cultura chilena e iberoamericana es categórica y definitivamente hispana. La sangre aborigen ha influido, pero en muy menor medida, al igual que lo han hecho emigrantes anglosajones, franceses, árabes, croatas y judíos de procedencia septentrional. El resultado de este barniz, no alcanza a borrar aquel ancestro ibérico que, como es sabido, se formó tras la fusión del Al Andaluz con godos romanizados.

George Simmel, filósofo judío alemán que influyera en gran medida en el pensamiento de nuestro José Ortega y Gasset, nos develó un equívoco nacido con la ilustración: las ideas no son más que una representación ordenadora de la realidad que él identifica como “la vida”. Ésta, la vida, es la realidad radical. El principal daño a la comprensión del alma humana que ha generado el racionalismo positivista, es entender que las ideas son capaces de formar realidad. El “relato”, como se le suele llamar hoy. Las ideas no forman realidad, es la realidad la que forma las ideas. En esta lógica, el mundo occidental positivista y progresista nos ha convencido que nuestra cultura iberoamericana, conformada por esos ancestros tan lejanos y a veces divorciados de la ilustración kantiana, podría formatearse al comme il faut (como se debe ser según la elegancia francesa) del siglo XIX o a la american way of life (modo de ser norteamericano anglosajón) del siglo XX. Usted estimado lector lo escucha cotidianamente; los políticos nos prometen progreso y desarrollo, dos conceptos abstractos preconcebidos idealmente – normalmente indexados a resultados económicos- carentes de realidad.

La cultura española representó para la Europa septentrional ilustrada, un atavismo curioso que servía para narraciones románticas de óperas y novelas. Esa misma Europa culta septentrional, menos aún, tuvo una representación ni conocimiento de lo que era Iberoamérica. Prueba palmaria de esta ignorancia fue el ridículo experimento imperialista frustrado en México con el seudo Emperador Maximiliano. En dos palabras: Iberoamérica no existió y aun no existe para la cultura occidental. No hay una representación de ella, como tampoco hay una representación de la cultura africana.

El ethos[1] iberoamericano en la academia y en la prensa dominante, es invisibilizado por las hegemonías occidentales, excepto como dije para narraciones novelescas románticas. Se sumó a esta supresión intelectual, el imperialismo norteamericano fundado en los valores anglosajones y protestantes, cuya generosidad y filantropía, consistió en exportar, no el capitalismo[2] como ha sostenido la narrativa marxista, sino el American Way of Life. Una hegemonía que, hay que reconocerlo, ha sido menos violenta que otras imposiciones culturales a través de la historia, pero que culturalmente, ha causado más mal que bien a nuestra Iberoamérica, al imponer un materialismo medio rastrero que mistifica el tener antes que el ser.

Pero atención: lo anterior no es la causa suficiente de nuestra mediocridad social, cultural y económica. El cojo no le puede echar la culpa al empedrado de su cojera. La causa de nuestra fatalidad es porque las élites, desde el Rio Grande hasta Tierra del Fuego han hecho suyos los ideales del progresismo anglosajón, negando de manera casi grotesca nuestro ancestro hispano, esto es, nuestra cultura romana meridional y mediterránea. Elites académicas con honrosas excepciones, han creído cual cavernarios deslumbrados con collares de vidrios, la leyenda negra montada por anglosajones sobre la hispanidad. La hispanidad tiene una historia con miserias como las historias de todos los pueblos, pero repleta de santos y héroes, que corre por nuestras venas -inconsciente colectivo diría Carl Jung-, y que representa una forma de comprender el mundo distinta y divorciada de la ilustración y progresismo anglosajón.

Ser culto en Iberoamérica en el siglo XIX, fue ser comme il faut del ideal romántico francés o británico -o más bien parisino y londinense-. Y en el siglo XX ser culto, ha sido, o abrazar la cultura del trabajo duro norteamericano para pasar a engrosar el american way of life, o comprarse la narrativa revolucionaria marxista en sus diversas vertientes. Los talentos iberoamericanos, viajan al norte para aprender de Europa septentrional y de Estados Unidos, no solo las ciencias y las artes, sino especialmente, como hay que ser. Retornando esas élites a sus terruños, arrastran como una pesada carga un desprecio, más que por la pobreza, por la manera de ser criolla. Y si esa way of life que nos traen del norte deriva en una existencia colectiva rastrera y sin horizontes, pues bien, así habrá que ser no más porque es lo que se lleva.

¿Dónde están nuestros ancestros? ¿Dónde esta nuestra herencia de grandeza que cruzó mares para evangelizar, para sacar a millones de seres humanos de una existencia cavernaria enseñando e integrando como sus iguales hijos de Dios a los aborígenes? ¿cuál es el la causa virtuosa que el imperialismo hispano promovió el mestizaje al contrario del imperialismo anglosajón que despreció y exterminó al aborigen? ¿Dónde está en la conciencia iberoamericana, la historia de nuestros héroes navegantes, vencedores de obstáculos titánicos?

Con tales preguntas no me refiero puramente al olvido intelectual que se subsana con mayor educación de la historia de la hispanidad. No. Me estoy refiriendo al olvido de nuestro ethos a la hora de diseñar la arquitectura para nuestra sociedad, a la hora de diseñar e imponer los deseos y deber ser de lo que consideramos progreso y desarrollo. ¿Y saben por qué? Porque en realidad no somos lo que son los septentrionales europeos o las elites de la costa este de los EE. UU. Y porque no somos aquello, cuando somos compelidos a comportarnos con la disciplina orientada a fines que nuestra voluntad ancestral considera ramplona y sin sentido, surge la rebelión y el nihilismo social. Y como el hemofílico se desangra ante el primer rasmillón en su piel, entre nuestros pueblos al enfrentar dificultades y crisis sociales, aflora el Tánatos o espíritu de muerte que pareciera animar a todas las creaturas, y que describe Sigmund Freud. Aquella energía que genera la entropía, tendencia pareciera fatal en la naturaleza que tiende al desorden y dispersión de los elementos cohesionados de un sistema.

Nuestra cultura ancestral tiene un sentido patético de la vida. Patético ya dije, no en el sentido anglosajón de la palabra. Demanda de la vida un sentido vertiginoso. Una razón por la cual vivir y por la cual morir. Tengamos o no conciencia, late en nuestras venas, que la misiones vitales no pueden ser cambiar de auto cada dos años, pagar la hipoteca para comprar una vivienda más grande o poder pertenecer a círculos sociales concéntricos más y más sofisticados, hasta concluir en el desiderátum de la mujer bonita, el club de golf etc. etc. Sometidos a la disciplina progresista que hoy envuelve nuestra existencia, aflora en todas los estratos sociales y especialmente los más carenciados, lo que en culturas septentrionales hoy es un virus larvado: el tedio. Y ese tedio ¿cómo revienta en Iberoamérica? A través de la rebelión, a través de la violencia, a través de órdenes sociales aberrantes como son los que busca imponer el crimen organizado en nuestras megalópolis. El arquetipo de este fenómeno entrópico es Pablo Escobar Gaviria, el Patrón del Mal, quien encarna una especie de antinobleza que promete ahogar en sangre, caos, injusticia y disolución a nuestra cultura contemporánea.

Porque, ¿de que otro modo se explica la cultura narco, las barras bravas o la de los piños que protestan violentamente, pintarrajean y destruyen las calles de nuestras megalópolis?: Rosario en Argentina, Santiago de Chile, Buenos Aires, Guadalajara, Ciudad de México, etc. ¿Se puede explicar como una subversión planeada por Putín o por algún sátrapa caribeño ignorante y corrupto? ¿o como el pueblo proletario buscando cambiar los modos de producción para alcanzar la sociedad socialista cómo quisieran creer nostálgicos comunistas?

Obvio que la rebelión está apoyada por la subversión ideológica y otros demagogos se cuelgan de ella como de un clavo ardiendo. Obvio que los niños bien del Frente Amplio brindan con piscola (ahora lo hacen con destilados de 12 años), cada vez que es acosada apaleada y derrotada la fuerza pública en Santiago; o que “educadores sociales” kirshneristas pagan a los cabecillas del lumpen para que organicen la joda en Buenos Aires. Pero eso no explica el sustrato del fenómeno.

Lo que sostengo es que la condición de posibilidad de la rebelión en Iberoamérica, no se agota en las carencias económicas, sino en las carencias de sentido colectivo. Puede parecer conceptualmente resbaloso, pero intentaré darme a entender.

La sociedad de masas es consustancial a la sociedad ultra tecnológica. La división y especialización del trabajo tiene por fruto esa sociedad ultra tecnológica y esta es una de las causas de la disolución de las individualidades. La disciplina rígida de trabajo, cumplimiento de deberes enajenados de sí mismo, para un fin de bienestar económico, pareciera que satisface a los individuos en naciones occidentales septentrionales. El sueco, el norteamericano de origen anglosajón, el escoces, holandés etc. se satisface con una vida ordenada de trabajo duro. En Iberoamérica al más mínimo traspiés, fluye la rebelión violenta como un torrente.

Perseguir como un fin de Estado el bienestar económico, pareciera ser en nuestra cultura como el suministro de un narcótico para hacer olvidar un sentido trascendente de la existencia. Para un judío anglosajón como Marx, decir que la religión es el opio del pueblo, quizá tuviese sentido. En nuestra cultura hispana en cambio, la religión rutilante y churrigueresca, interpreta nuestro ethos y es el bienestar económico en cambio, el opio del pueblo. A la inversa de lo que señala Marx, es ese el opio que narcotiza los espíritus, y con ello pretenden los gobernantes racionalistas ilustrados invisibilizar la carencia de sentido que tiene nuestra existencia en el contexto de nuestra cultura meridional.

La Iglesia post conciliar, luego de destruir el rito de la misa y reemplazarla por reuniones y rutinas estéticas que más parecen sesiones de autoayuda emocional; luego de abandonar la arquitectura de los templos churriguerescos, barrocos, góticos y reemplazarlos por galpones que más parecen frigoríficos; se queja de la falta de sentido de la sociedad moderna. ¡Pero si ha sido ella misma la que ha cooperado a ese vaciamiento de sentido! ¿Es que no se dan cuenta, o es que también los domina la entropía expresada en aquel espíritu de muerte que habla Freud?

En una proporción muy relevante de la población el individuo no ejerce su libertad plenamente. Ante esta evidencia, ¿podemos administrar una sociedad compleja con la receta hippie de David Thoureau[3] o del buenismo de la iglesia post conciliar? De seguro que no. Nuestra sociedad, aunque nos pese, es una sociedad de masas. El dilema no es, si debe serlo, o no debe serlo. La tecnología y la división del trabajo está ahí, y no depende de nosotros enteramente erradicarla porque quizá no es bueno ejecutar ingenierías sociales que siempre salen mal. Es nuestra circunstancia, nuestra vida, la realidad radical en que se desenvuelve nuestro vivir. La cuestión es pues, no idear una Arcadia imposible cómo pretenden los jesuitas post conciliares y los buenistas; el dilema real es cómo administrar la sociedad de masas, desde el punto de vista del ethos de nuestra verdadera cultura ancestral, motivando con ello a las masas que hoy se dejan seducir por un materialismo ramplón o por una épica heroica diabólica al estilo del narco.  

Se impuso a nuestra genuina y aplastada cultura hispánica, un sentido Bismarkiano del Estado. Aquella estructura burocrática que educa, cobra impuestos, auxilia a los más pobres eficientemente, cuida los bienes comunes como buen padre de familia, planifica nuestras vidas y asegura nuestro bienestar desde la cuna hasta la tumba. Todo sometido a una estricta racionalidad de costos y beneficios, modelado al estilo Suizo, Danés, Sueco etc. Aquella jaula dorada a la que se refiere brillantemente Max Weber[4]. ¿Es posible que algo así funcione en México, Bolivia, Chile, Argentina, Colombia etc.? ¿Funciona acaso en España e Italia meridional? Ah… suspiran los ilustrados levantando los ojos; debemos replicar la educación de Finlandia, Suecia, Suiza etc. Aquello es perfectamente falso. Eso no ha sucedido desde que José Miguel Carrera, O´Higgins, Portales, Vicuña Mackenna etc. lo plantearon como urgente necesidad. Para educarse como un soldado de la racionalidad, hay que ser lo que son los europeos septentrionales.

Hoy se discute si el Estado debe ser pequeño y libertario o grande y socialista. Aquel dilema es falso en lo que a nuestra cultura se refiere. El verdadero dilema es un Estado para qué. Habiendo sido pulverizado por implosión el rol misional de la Iglesia Católica, por ende, el pilar histórico misional que tuvo la hispanidad, debemos rascarnos con nuestras propias uñas en el ámbito político. En otras palabras, lo misional colectivo debe estar radicado en el Estado.

El Estado que las naciones ibéricas necesitan es el Estado Misión. En sus discursos lo describió someramente José Antonio Primo de Rivera. Un ejemplo de misión virtuosa es la que inspiró a la monarquía temprana de los Austrias, cuya inercia duró hasta que la ilustración borbónica las degradó y se fue divorciando del ethos de sus súbditos. Al imponer desde la burocracia borbónica el racionalismo ilustrado, la cultura ibérica, en la península y en las posesiones de ultramar, comienza su viaje hacia la entropía, su divorcio con el Estado, su rebeldía larvada y omnipresente.

El buen gobernante es el hombre prudente, justo, templado y fuerte. Ese es un mínimo común. Pero para arrebatar a las masas de la patética épica diabólica del caos, narco, barras bravas etc. es preciso ofrecerles una misión colectiva. Si la tarea del Estado se agota en alcanzar los cincuenta mil dólares per cápita con una distribución equitativa de ese ingreso, ello no erradicará este cáncer que demuele familias, barrios, ciudades y sociedades completas. A esa definición el flaite narco contestará:  Shis, ¿pa´eso? Déjeme así no ma´hermano…

Mayo 2025



[1] Conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o comunidad.

[2] Nunca EE. UU. le ha interesado el desarrollo capitalista de Iberoamérica. Por eso financió la CEPAL, vehículo para sembrar la mediocridad económica y dependencia creciente de su hegemonía. El proteccionismo arancelario propiciado por la CEPAL desde 1950 en Iberoamérica generó medio siglo de enclaustramiento y de mediocridad económica, social y cultural.

[3] Norteamericano cuasi filósofo ácrata, inspirador del hipismo libertario

[4] La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo

lunes, 14 de abril de 2025

INTELECTUALES PAYASOS, DEMAGOGOS Y MATONES

 


En una colectividad humana hay personas que les toca en suerte cosechar en vida los frutos de su esfuerzo en la circunstancia que les ha tocado vivir. Carlos Peña, rector de la Universidad Diego Portales y columnista de El Mercurio, es uno de ellos. Hombre esforzado, estudioso, poseedor de innegables talentos intelectuales, disfruta de un prestigio y una posición social que muchos aspirarían tener. Esa calma y mesura es muy atractiva para una burguesía acomodada y bastante perezosa intelectualmente para discernir por sí misma. En ellos, los silogismos que urde el señor Peña pasan a ser algo así como un oráculo.

Es él, como se estila reseñar, una persona de izquierdas. En su vastísima bibliografía nos ha hecho saber una perspectiva antropológica que representa a la izquierda moderada, de ideología liberal, donde la sociedad liberal diversa, como él la nombra, sería un ideal a conseguir.

Pero flaquea Peña en honestidad intelectual. Y prueba de ello es su columna de 16/3/25 en el diario El Mercurio.

Comprendo que en una breve columna no puede dar completa y cabal razón de por qué estima que estamos equivocados quienes propiciamos, mesurada y reflexivamente, la liberalización de la tenencia de armas, la pena de muerte para crímenes atroces cada vez más comunes, el control de fronteras que impida la masiva migración ilegal (que él encierra bajo el epígrafe de zanjas), plazas carcelarias suficiente que le permitan al Estado cumplir con su tarea de represión del delito (que él adjetiva como cárceles gigantescas), el control y reclusión de todos los extranjeros ilegales (que él define como definición de peligrosidad por nacionalidad o raza), creación de centros de reclusión en vísperas de repatriación a quienes hayan ingresado ilegalmente al País (que él encierra bajo el epígrafe de campos de reclusión) y dotar a los guardias municipales de armas para la obviamente necesaria, cooperación con Carabineros en la función represiva del delito.

Señala el señor Peña, que estaríamos viviendo en un país donde imperan los derechos individuales y donde existen reglas más o menos imparciales y árbitros independientes y serenos a la hora de aplicarlas. Es aquella una percepción que se puede gozar desde el sancto sanctorum de una rectoría universitaria, pero resulta público y notorio que aquello no existe en el País que se llama Chile. Tampoco tienen el privilegio que él y sus lectores dominicales de El Mercurio probablemente tienen, de disfrutar de bienes que hacen posible una vida diversa y compartida y que, si no estuvieran, los echaríamos rápidamente en falta. No. El 97% de los chilenos hace mucho rato que echan en falta esos bienes. Particularmente aquellos que no viven en las comunas guetos donde probablemente vive el rector Peña y sus lectores. Esos que en su columna pareciera tildar de posesos de una emoción infantil e insustancial, en verdad tienen miedo y angustia. Miedo que nace racional y reflexivamente. Angustia de que sus hijos puedan retornar diariamente a casa sin haber sido víctimas de la delincuencia. Son adultos que ponderan la realidad sin deseos – como él lo hace- de que una idea prime sobre el crudo principio de realidad.

En efecto; es deshonestidad intelectual no someter a escrutinio precisamente aquellas creencias, las suyas, que vulneran el principio de realidad que han hecho por décadas una casta académica que él lidera, que le ha dado la papilla en la boca a otra casta de políticos inútiles, en un buen porcentaje corruptos, y a jueces prevaricadores. Aquellas creencias que llevaron a cambiar el nombre de los tribunales de represión penal por Juzgados de Garantía, donde el sujeto a proteger son para nuestra desgracia, los delincuentes.

Es deshonestidad intelectual no someter a escrutinio aquel hábito de diseñar ficticiamente una sociedad como quien juega con trenes eléctricos que cuando se descarrilan, simplemente se vuelven a poner en el riel. Una sociedad de derechos sin deberes y después quejarse de la “anomia” -léase sentarse en los derechos del prójimo- como si fuese un fenómeno sin causa.

Es deshonestidad intelectual no poner en cuestión esa falsa moralidad que oculta una desordenada avidez por el poder, que se manifiesta al condenar con un ojo tapado y bajo una falsa historicidad, a los enemigos políticos tildándolos de violadores de derechos humanos, sin jamás considerar y ponderar en qué circunstancias se confrontaron para salvar la convivencia pacífica y civilizada.

Hoy lo descarrilado no es un tren de juguete; es un tren de verdad. Toda una superestructura de engaños y autoengaños superados por la realidad. ¡Calma, racionalidad, ponderación!, clama el señor Peña a sus cómodos lectores, mientras el espacio público es cooptado por los perversos.

Y lo que definitivamente es deshonestidad intelectual, hacer uso del viejo hombre de paja para calificar de payasos, demagogos y matones, a los líderes que mesurada y reflexivamente quieren recuperar la convivencia y los espacios públicos perdidos para los ciudadanos cumplidores de sus deberes.

Abril 2025

P.S. Dejo a pie de página su artículo.[1]



[1] El peligro del miedo (Carlos Peña). En la actual situación en Chile está ocurriendo algo extremadamente peligroso. No se trata solo de los crímenes y los asaltos, sino sobre todo de la actitud que se principia a generalizar frente a ellos. Los políticos en competencia sospechan que, si el miedo se agudiza y se enseñorea, como está ocurriendo, las personas estarán dispuestas a pagar cualquier precio para acabar con él. Comienzan entonces las propuestas. Cada una tratando de estar a la altura del temor y la inseguridad que siente la población. Y como para apagar el miedo ningún precio parece demasiado alto, principia la desmesura y se abandona la reflexión. Armas, pena de muerte, zanjas, cárceles gigantescas, identificación del sujeto peligroso en base a la nacionalidad o a la etnia, campos de reclusión, cuerpos armados municipales, principian a integrar las propuestas de quienes aspiran a tomar las riendas del Estado. Se ha visto estos días a propósito de los crímenes ocurridos en Graneros. Todo eso es, por supuesto, comprensible; pero es muy peligroso. Y lo es porque las sociedades abiertas, allí donde imperan los derechos individuales y donde existen reglas más o menos imparciales y árbitros independientes y serenos a la hora de aplicarlas, no descansan en las emociones de las personas, ni siquiera si se trata de emociones tan poderosas como el miedo, sino que, por el contrario, se construyen luego de un largo proceso de racionalización de esas emociones y de esos sentimientos espontáneos, hasta conducirlos y transformarlos en arreglos que evitan sacrificar los bienes que hacen posible una vida diversa y compartida y que, si no estuvieran, los echaríamos rápidamente en falta.  Si se comete un crimen, la reacción emocional espontánea es la de castigar a quien se supone culpable; pero la razón indica que es necesario averiguar primero si lo es y entregar esa decisión a un tercero imparcial. Si alguien emite opiniones estúpidas o incómodas, la reacción inmediata es hacerlo callar; pero la razón indica que es mejor oírlo porque en la diversidad de opiniones, incluso las que parecen tontas pueden ayudarnos a discernir mejor. Si alguien no tiene donde vivir, la reacción emocional es permitirle que ocupe la propiedad ajena; pero la razón indica que si hiciéramos eso la propiedad desaparecería y el resultado sería peor.  Y así, Lo que se llaman instituciones (y que hacen posible la cooperación y la vida compartida) no se construyen agitando las emociones de las personas, esas que de pronto nos invaden cuando nos enteramos o padecemos un delito, sino haciendo el esfuerzo de contenerlas, conducirlas y racionalizarlas. Por eso es un problema cuando una campaña política se transforma en una carrera por sugerir soluciones o reacciones que en vez de moderar la reacción emocional espontánea que los delitos y los crímenes causan, simplemente tratan de reproducir a esta última, con el pretexto de empatizar con las emociones de la ciudadanía y ganarse así su favor a la hora del voto. En esto los políticos tienen una responsabilidad que podría ser llamada ética. En su sentido más profundo el obrar ético es la disposición a resistir los impulsos y los deseos empujados por nuestras emociones, para, reflexionando sobre ellas, domeñarlas y conducirlas. Nadie enseña a sus hijos a ser simplemente fieles a sus deseos o a sus emociones inmediatas: en vez de eso se les enseña a reflexionar sobre ellas y a la luz de esa reflexión decidir qué hacer. Nadie enseña a sus hijos a obedecer sin más sus emociones o sus miedos y nadie les aconseja dejarse orientar por ellos. Y si eso es así, ¿por qué entonces aplaudir a un político que se dedica a reproducir y hacer suyas las reacciones espontáneas de la gente? Un político, por supuesto, tiene que intentar satisfacer a la ciudadanía, oír sus demandas e intentar apagar sus temores; pero eso no significa que deba simplemente ser fiel a las reacciones espontáneas, puesto que, si todos se comportaran así, si todos simplemente se esforzaran por ser fieles al miedo o a esas otras emociones igualmente intensas que la ciudadanía experimenta, entonces a poco andar las instituciones -las reglas. los jueces imparciales. las autoridades racionales gracias a los cuales es posible la cooperación social y la libertad- comenzarán a parecer un estorbo, y las bases de una democracia liberal se estropearán muy rápidamente y el autoritarismo iliberal comenzará a parecer una ideología sensata y protectora y a su sombra comenzarán a campear, como ya se ha visto, el payaso, el demagogo y el matón.

 

miércoles, 9 de abril de 2025

REUNIRSE BAJO EL ESTANDARTE

 

 


ROCROI, EL ÚLTIMO TERCIO (2008) - Augusto Ferrer Dalmau[1]

Hay que defenderse de esa incapacidad tan nacional, para desnudar la raíz de las cosas y verlas y comprenderlas antes que cubrirlas con la bruma de los adjetivos con que se descargan nuestros prejuicios y pasiones. Jorge Millas[2]

Un miedo común une incluso a los mayores enemigos. Aristóteles[3]

El mal se hace todo junto y el bien se administra de a poco. Maquiavelo[4].

El Jefe de Estado de los EE. UU. le ha dado un batatazo al avispero del orden mundial y tiene a quienes fungen de ser la inteligencia mundial, en estado de perplejidad. Todo induce a pensar que, lejos de ser sus políticas decisiones irracionales de un loco narcisista, es un plan muy meditado que apuesta por un cambio basado en el reconocimiento implícito que los órdenes del mundo contemporáneo, se encuentran agotados y él y su nación quieren liderar un cambio radical que beneficie a una porción de sus votantes que vegetan en la pobreza material y moral. No deseo beatificar sus conductas. Muy por el contrario. El sentido de estas letras es advertir que, los cambios inducidos y planificados auguran normalmente caos, porque, como nos enseña Maquiavelo en la frase citada, destruir demanda una proporción ínfima de las unidades de esfuerzo humano, que se necesitan para construir.

Chile manifiesta culturalmente lo que parece ser una fatalidad: ser el país probeta de occidente. Fuimos pioneros en instaurar el socialismo marxista leninista por vía democrática de triste resultado. Luego, desde 1973, el orden liberal que imperó exitosamente por casi cuarenta años en el mundo; y en 2019 nos adelantamos al caos que se avizora hoy en todo occidente: un fenómeno de masas, de manera emocional y sin ninguna premisa racional, anunció compulsiva y violentamente un estado de inconformismo con el orden imperante. Tal evento fue instrumentalizado por varios padres impostados[5]: los revolucionarios sesenteros neo marxistas, los comunistas con sus recetas añejas, y los novísimos utopistas globalistas que pretenden un gobierno mundial huxeliano que promete una sociedad de ciclistas asexuados, veganos, pacíficos y felices, gobernada por multi trillonarios. 

Sin embargo, todas aquellas imposturas ideológicas se encuentran desconectadas de la circunstancia real que induce esta pulsión de disconformidad. El resultado está a la vista: ninguna de las vagarosas y desordenadas ansiedades de las masas han sido satisfechas por los revolucionarios de piscola que nos gobiernan, ni por comunistas anacrónicos, ni por ideólogos de la ideología de género, globalista etc. Por el contrario, la ansiedad se incrementa como consecuencia del caos social. La demolición lenta pero sistemática de lo que habíamos construido en 50 años, zozobra ante el buenismo de los derechos humanos, la consecuente expansión de la delincuencia de todo género y la pérdida del orden público más básico. Resultado: se expande y generaliza la anomia y la ilegitimidad del poder político, judicial, económico etc.

Antes de nuestra crisis, en 2016, un joven abogado norteamericano, James David Vance, escribió una auto biografía[6] que describe una dramática crisis social latente en el corazón de los Estados Unidos que tiene como una de sus causas más relevantes, un orden político y económico profundamente injusto para quienes, durante tres o cuatro generaciones, aportaron lo mejor de sí para transformar a EE. UU. en la potencia mundial que hoy es. Esa crisis invisibilizada por los medios sostenedores del establishment del poder global, se hace cada vez más generalizada. Nueve años después ese joven abogado se transformó en vicepresidente de la nación más poderosa del planeta y lidera junto a Donald Trump un giro copernicano del orden mundial.

Hoy, el liderazgo de esa nación hegemónica representa la disconformidad de esa clase social mayoritaria que describe Vance, ha dispuesto cambios que desmontarán en el corto y mediano plazo, un orden económico mundial que se había construido en los últimos cuarenta años y que permitió a Chile el progreso económico más importante de su historia. Este evento, muy probablemente, nos afectará adversamente como nos afectaría un terremoto.

Esa es nuestra circunstancia y punto. De poco sirve quejarse como lo hace el que ocupa indignamente el sillón de O´Higgins, tal como si estuviera perorando en el patio de la escuela de derecho de Pio Nono. Es como reclamar contra la sequía. Lo racional es buscar los cursos de acción para enfrentar y superar esa adversidad.

Las masas irracionales primero, y los líderes poderosos después, parecen coincidir en que el orden social y económico mundial y nacional, no da a cada cual lo suyo. Es decir, estiman que el mundo está bajo un orden que es injusto. Esta realidad es azorante. Los que se presentan en los medios como los expertos, no atinan con los vaticinios ni las soluciones porque lo que enfrentamos es una realidad nueva y desconocida para ellos. Es cuestión de leer los diarios. Se imposta una sabiduría y precognición del futuro que a las dos semanas sucede que no es más que un rebuzno.

¿Qué hacer cuando el caos y la adversidad asoma en el horizonte? A Maquiavelo se le adjudica la frase con que intitulo estas letras: unisciti sotto la insegna. Refiérese que, ante la adversidad, lo razonable es ponerse a disposición del líder. El lienzo que acompaño a estas letras es del maestro Ferrer Dalmau; retrata a los Tercios Españoles reunidos bajo la enseña en Recroix, e ilustra esa actitud en las peores circunstancias. Espero que en Chile no debamos llegar a ese extremo.

Pero ¿Quién es capaz de portar la enseña alrededor de quien debemos reunirnos? ¿Qué características debe tener el líder que demandan los tiempos? ¿Quién será capaz de resistir y acometer para defender los intereses de empresarios y trabajadores nacionales, la seguridad pública, la seguridad nacional? ¿Quién será capaz de resistir las presiones de una oligarquía y burocracia internacional que aun no cede en sus pretensiones de instaurar un orden mundial gobernado desde las Naciones Unidas? ¿Quién será capaz de defender a nuestros Carabineros y Fuerzas Armadas cuando deban lesionar o neutralizar a infractores de la ley para cumplir su deber de recuperar el orden público y la integridad territorial?

¿Serán acaso alguno de tantos demagogos camaleones que se han candidateado dos, tres y hasta cuatro veces? ¿Serán acaso los que han liderado esta borrachera decadente del actual gobierno que han abierto las compuertas de nuestras fronteras y promovido la subversión y la violencia terrorista? ¿Será acaso la que representa a esa derecha del ceder y conceder para no perder y terminan cediendo y perdiendo? ¿Serán acaso la representante de esa derecha que promovió, cuando fue gobierno, la industria de querellas y condenas a ancianos que participaron por su deber militar en la lucha antisubversiva de 1973? ¿Será acaso aquel quién en el último intento de derribar nuestra institucionalidad, lideró el sostén de nuestra constitución de 1980, pero cuando se vio en mayoría cedió para encabezar el proceso del gobierno globalista que cedería nuestra soberanía?

No parece en realidad. Necesitamos algo más que eso. La tarea es demasiado ardua.

Abril 2025



[1] https://www.arteinformado.com/galeria/augusto-ferrer-dalmau/rocroi-el-ultimo-tercio-30427

[2] Citado por Pablo Paniagua Prieto en Atrofia.

[3] Ibidem

[4] Nicolás Maquiavelo El Príncipe

[5] En las protestas de 2018, esos proceres eran “funados” por las masas protestantes

[6] Hillbilly Elegy. J.D. Vance