viernes, 24 de diciembre de 2021

BORIC; LA REBELION DE LOS IMPOTENTES Y LA CULTURA DE LA FRAGILIDAD

 


Ha triunfado en el torneo para ocupar la primera magistratura de la nación, el portaestandarte de la llamada “izquierda” Gabriel Boric Font. En la historia democrática de nuestro país el evento así definido como “triunfo de la izquierda” había sucedido antes; el triunfo del Frente Popular en 1938 y de la Unidad Popular en 1970. En ambos eventos anteriores, la influencia en la elección y en el desenlace de ambos gobiernos estuvo íntimamente relacionado con eventos políticos mundiales. En el actual acontecimiento también, como pretendo acreditar. Pero los eventos del 38 y del 70 se diferencian grandemente por las expectativas cifradas por sus respectivos partidarios, y especialmente por el perfil de quienes los lideraron.

El año 1936 se forma el Frente Popular que llevaría al poder a Aguirre Cerda en 1938. Pedro Aguirre Cerda, quien falleció en la mitad de su mandato, era un brillante self made man poseedor de dos títulos académicos, profesor de estado y abogado, y de un curriculum que lo acreditaba como el mejor entre sus pares. Su breve pero prolífico mandato legó al país instituciones que han dejado huella en la historia institucional chilena. A pesar de ser huérfano de padre de una prolífica familia sumida en la extrema pobreza, su carrera profesional y política fue intensa y meteórica. Las tensiones que debió soportar en la primera magistratura hablan de un estado de precariedad y pobreza del país derivado dentro de otras cosas, de las guerras globales que se desencadenaron en esos años. Los eventos mundiales daban cuenta de una tensión derivada de los desequilibrios económicos y bélicos de todos conocidos que causaron estragos en la ya débil economía chilena. Murió de tuberculosis en medio de su mandato, enfermedad que entonces representaba la primera causa de muerte a nivel mundial.

Luego de tres intentos fallidos de acceder a la primera magistratura, Salvador Allende se impone en 1970 por estrecho margen. La vida de Allende algo más holgada que la de Aguirre, también está marcada por la tenacidad; lo que manifestó al perseverar frente a sucesivos fracasos políticos. Poseedor de una personalidad fáustica, su trágico final fue coherente con su vida. Como proponía el poeta italiano de su época, Gabriel Danunzio, hizo del lema vivire peligorosamente, una conducta de vida. Una famosa anécdota lo retrata: por diferencias insalvables con su correligionario de partido Raúl Rettig, se batió a duelo de pistolas. Sostienen los testigos que los duelistas no eran familiarizados con las armas de fuego y por ello ninguno acertó, pero ambos tiraron a matar.  Su mandato también está teñido por la conflagración mundial que casi nos llevó a la destrucción atómica global: la guerra fría. Su suicido no fue impulsivo; fue madurado y meditado. Así lo sugiere su monomanía de compararse con Balmaceda. Murió como vivió; al límite de sus capacidades.

Bastan estas ambas descripciones de las trayectorias de esos próceres para concluir que el liderazgo y las causas por las cuales Boric accede al poder, no tienen ninguna relación con la de sus congéneres izquierdistas. El curriculum de su líder y la holgura económica del país que le toca gobernar, dan cuenta de ello.

El curriculum de Boric nos habla de un joven protegido, hijo de una muy acomodada familia magallánica, que estudió en el mejor colegio de la plaza y que al trasladarse a Santiago lidera movimientos de protestas múltiples en la escuela de derecho de la Universidad de Chile, ex alma mater de las mejores mentes del país, hoy sumida en una mediocridad académica e intelectual, al parecer sin retorno. La decadencia de esa facultad se debe entre otras razones por la caótica convivencia de la comunidad universitaria, derivada de las tomas lideradas precisamente por Boric Font. En su estadía en la facultad nuestro joven líder no logró aprender las materias, fracasó académicamente, y hasta ahora no ha podido recibirse de abogado. Saltó al estrellato mediático por liderar desórdenes y protestas estudiantiles. Su aspecto desaliñado y contestatario dan cuenta de un estado mental y emocional, no solo de él, sino según pasaré a relacionar, de una generación completa.

Es así como, bajo el concepto “izquierdista” reconocemos fenómenos sociales de muy variada especie e incluso que entre ellos no podrían confundirse en un solo género. Estimo que, los fenómenos político-electorales del 38 y 70 difieren radicalmente del que estamos viviendo con la elección de Boric. Tanto el perfil de los líderes que los han encabezado, las circunstancias de los electores que por ellos han optado y los valores simbólicos o mitos que los acompañan.

Del perfil de los líderes ha quedado claro con la somera descripción de los personajes. Dos lideres que hicieron una carrera en un plano inclinado contra ellos, y que su empeño y tenacidad fue la condición necesaria de su éxito. Boric es un producto de un fenómeno que lo trasciende. En dos palabras; no es un líder propiamente tal; es un producto mediático, una imagen, un símbolo. Es lo que se llama, una figura. Es the right men in the right place.

Los fenómenos del 38 y del 70, son movimientos revolucionarios. Pretendieron cambiar un estado de cosas por otro aun inexistente; nos hablaban de una liberación pendiente de amplios sectores de la población que se sentían “oprimidos” por un sistema que los privaba de bienes y oportunidades. Aquí el lector me podría decir; pero si eso precisamente es lo que invoca Boric: liberación, superar opresiones.  En efecto eso es lo que se invoca, pero el elemento simbólico o mito discurre por otro lado. Lo que la revolución pingüina que lideró Boric y su generación buscan, es otra cosa, no es liberación; buscan protección.

La cuestión es muy paradójica; los revolucionarios del 38 y del 70 hablaban de sustituir el sistema capitalista para liberar a los oprimidos. Ambas palabras -liberación, opresión- nos conducen a imágenes de alguien que tiene potencias y voluntad que no puede ejercitar. El sistema capitalista sería una barrera o una losa sobre los oprimidos. Pero para nuestros actuales izquierdistas, la sensación de opresión proviene más que del sistema opresor, de la impotencia que el mismo sistema les inspira para encararlo. En efecto, la misma sociedad contemporánea ha deprimido las potencias de los individuos. Los individuos se sienten oprimidos, no porque exista una losa sobre sus cabezas, sino porque la ultra tecnología ha deprimido su fortaleza.

Es un hecho empírico: la población juvenil se alineó mayoritariamente con Boric. Pero hay elementos para pensar que la motivación generacional no pretende que elimine el sistema de mercado y consumo, sino que eligió a Boric para acceder fluidamente a estos llamados bienes del capitalismo de modo garantizado. Una generación que se auto percibe como impotente para encarar la realidad cruda de una sociedad libre. Una generación que necesita protección de un ente tutelar superior. Pretende un Estado protector, pero no coercitivo. Nada de dictaduras del proletariado. Nada de “opresiones” que prohíban la droga. Prohibido prohibir. Nada para las obligaciones. Todo para los derechos. Es esta la generación de la fragilidad.

¿Quién hizo posible estas expectativas de un mundo sin límites? Se podrán invocar “pensadores” de la escuela francesa post marxista. Pero no me refiero con la pregunta a los que teorizaron que esto era posible -que a mi juicio son iguales que los economistas teóricos; que te dicen lo que va a suceder y después te explican por qué no sucedió-. Me refiero a las condiciones de posibilidad fácticas y materiales, que ha hecho posible esta expectativa de gratuidad ante la vida. Y mi respuesta apunta paradojalmente a aquel gran demonio de estos mismos revolucionarios de la fragilidad: el satánico neoliberalismo. Yo por razones conceptuales no lo denomino así porque el concepto como tal, no tiene fronteras y por tanto no es un concepto. Yo lo denomino la sociedad de consumo sofisticado, la de las comunicaciones al instante, la de la comodidad doméstica y cotidiana, la de los viajes por el mundo sin límites, la del sexo sin límites, el de los automóviles y aeroplanos que no fallan, la de los smartphones que te permiten decir sin límites territoriales ni de número de receptores, lo que se te viene caprichosamente a la cabeza, sin consecuencia alguna. La de la sociedad sin costos. En resumen, la sociedad que se nos “apareció” hace muy pocos años, no más de 20, y que mantiene en constante perplejidad a occidente.

No; dice la generación de la fragilidad; no queremos eliminar el sistema que permite estos bienes. Solo queremos gozarlos sin límites. Esta generación acepta la sumisión al estado con tal de gozar de manera garantizada de esos bienes. No aspiran a la libertad positiva: aquella que reza -Quiero que mi vida y mis decisiones dependan de mí mismo, y no de fuerzas exteriores, sean éstas del tipo que sean-. Y no la quieren porque la libertad positiva demanda de quien la ejerce la aceptación del riesgo y la fortaleza para superar el miedo que ese riesgo produce en todos los corazones humanos. La generación de la fragilidad solo aspira a la libertad negativa, aquella que dice: Soy libre en la medida en que ningún hombre ni ningún grupo de hombres interfieren en mi actividad[1].

En consecuencia, si el líder que encabeza esta cruzada de la fragilidad es una persona sin trayectoria que acredite su fortaleza y su competencia para encarar los graves problemas que demanda la administración del Estado, no importa. Es mejor lidere uno de sus iguales; que no ha podido encarar y ha sido superado en sus circunstancias. Esa es su mejor carta de presentación. Es el hombre débil por definición. La imagen simbólica que se ofrece es la de un elegido tan víctima del sistema como los electores.

¿Cómo vencer esta rebelión de los impotentes? ¿Cómo seducir a las mayorías para que su demanda sea tanto por libertad positiva como negativa? ¿Cómo imponer la idea fuerza que deviene del sentido común, y que señala que, una colectividad solo funciona de manera justa cuando cada miembro está primeramente dispuesto a sacrificar una parte de su libertad negativa? En dos palabras; que la sociedad funciona como tal, en tanto se respeten los deberes antes que los derechos.

La derecha política, supuestamente la defensora de las ideas de la libertad positiva, ha pretendido hacerlo a través de ofrecer más y mejor protección. Aquello es completamente absurdo. Es como si él párroco del barrio ofrezca, para obtener mayor feligresía, abrir una discoteque o un bar con música en vivo.

Porque el dilema no es económico sino cultural, la cuestión que debería plantearse de manera binaria, es la actitud que adoptamos frente a este nuevo mundo de la técnica; lo que quiero encerrar bajo el concepto de la sociedad de consumo sofisticado. Sociedad tan inmensamente seductora y de la que la mayoría de los compañeros, compañeras y compañeres, partidarios del gobierno electo no quieren privarse. La actitud frente a los fácticos límites humanos, que la sociedad de consumo sofisticado nos ilusiona con disolver.

Nostálgicos de una revolución proletaria de verdad, han de estar comunistas que acompañan a Boric en su coalición. Querrán obviamente inclinar el proceso político hacia la “transformación de las estructuras económicas de producción”; motivación que hoy aparece avinagrada y retrógrada para la juventud que mayoritariamente ha marcado su opción por Boric. Comunistas retro que anhelan una réplica del Frente Popular del 38 o de la Unidad Popular del 70. Y la derecha, tan lerda en la comprensión de los procesos sociales, estaría también en “su salsa” al hacer una oposición parecida a la del 70 en que impuso los valores simbólicos del capitalismo. Pero estimo que, nada de eso sucederá. Incluso, parte relevante de la llamada derecha está actualmente permeada de los valores anticulturales que animan la rebelión de los impotentes, con pequeñas dosis de autonomía personal. Está contaminada de progresismo.

Por último, cabe hacerse la pregunta; ¿es este fenómeno de la rebelión de los impotentes, un fenómeno chileno o global? La respuesta es la misma que para los eventos del 38 y del 70. Somos nuevamente la nación laboratorio de prueba. El fenómeno es seguido e impulsado por fuerzas políticas globales. Así lo demuestra el enorme apoyo financiero que la candidatura de Gabriel Boric concitó. Fuerzas políticas que a nivel mundial impulsan la ideología de la post humanidad unlimited, de la que forma parte el apostolado LGTB y otros desvaríos globales como el veganismo, animalismo y ecologismo radical, por nombrar algunos.

El camino hacia la derrota política de esta rebelión de los impotentes es extremadamente compleja. Compleja porque la velocidad del cambio social nos tiene perplejos rastrojeando en los conocimientos filosóficos y religiosos acumulados por la humanidad desde que el homo sapiens se puso a pensar, y nos cuesta encontrar la fórmula y la respuesta. Complejo porque el miedo a quedarse en la berma del camino impulsa a muchos a respuestas reduccionistas y fáciles. Complejo porque quienes ocupan posiciones de poder en la llamada derecha política, ven como la solución para mantener el apoyo popular, ceder y conceder a la ideología progresista del post humanismo tildándola como irremediablemente instalada. Compleja porque no tenemos nítidos referentes intelectuales en nuestro hemisferio occidental que propongan una praxis de reacción. Complejo porque la capacidad financiera de nuestros contendores progresistas a nivel global es enorme y sin límites conocidos. Compran y controlan editoriales, consorcios de prensa, radio y televisión como quien se compra un paquete de cigarrillos.

Solo aspiro que esta batalla nos demande sudor y lágrimas, pero no sangre. El peligro existe porque no hay nada peor para la paz que los pacifistas. Y el pacifismo insustancial y superficial de los compañeres es un buen caldo de cultivo para la violencia.

Que Dios guarde a nuestra patria.

Diciembre de 2021

 



[1] Isaiha Berlin; Dos conceptos de Libertad

domingo, 5 de diciembre de 2021

LAS IDEAS, LAS CREENCIAS, LOS RELATOS Y LOS DATOS

 

La epistemología es la rama de la filosofía que explora la manera en que se genera el pensamiento humano. Uno de los enormes aportes filosóficos de José Ortega y Gasset – que la academia contemporánea no ha aquilatado suficientemente- es en esta área, es su breve pero fértil teoría sobre las ideas y las creencias. Sostiene Ortega que existe una nítida frontera entre estos dos conceptos. El hombre premunido de su inteligencia se enfrenta al mundo; ese mundo impacta su inteligencia, y entonces en su interioridad se forma una representación de la realidad. Esas son las ideas. Pero obviamente el hombre no es una gota de agua o una piedra. No es algo estático. El hombre nace en la completa inconciencia y se va fabricando. Pero no se fabrica solo. Lo hace en sociedad. Y dentro de los insumos que esa sociedad le entrega, se encuentran las creencias. El hombre piensa y se forma ideas, montado en sus creencias. Una metáfora útil para comprender esta dinámica es que el hombre al existir es lanzado a un océano desconocido. Sus brazos y piernas le resultan útiles para no hundirse. Esos brazos y piernas son su inteligencia. Las creencias son una balsa en medio de ese océano desde donde puede pensar. Montándose en la balsa puede recién pensar. Solo ahí, el hombre puede construir su representación del mundo. Lo que jamás hará el caballo o la rana cuya existencia es como la de nuestro personaje en el medio del océano manoteando para no hundirse. La vida del caballo consiste en seguir existiendo y lidiando de modo inmediato y urgente con las circunstancias, sin descanso. Sostenía Ortega que las ideas se tienen, pero en las creencias se está. Para ilustrar esta diferencia, pone el ejemplo de aquel hombre que decide salir a la calle desde su hogar. El hombre duda si hace fresco o calor afuera. Se cuestiona si sale con abrigo o sin él. Pero no se cuestiona que abrirá la puerta de su hogar y al trasponerla estará la calle y el mundo. Él tiene la idea que hace frio y por ello se pone el abrigo, y tiene la creencia que la calle sigue donde mismo. No se cuestiona que así no sea. Pero las certezas basales de nuestro pensamiento -las creencias- también pueden encontrarse cuestionadas. Así explicaba Ortega la causa de la conflictividad de su tiempo, precisamente por la fractura en las creencias basales sobre lo que el hombre es, y su misión en el existir. En su reemplazo se instalaba la duda que es una creencia también, pero no firme sino líquida, pantanosa e insubstancial.

Es esta una teoría. Solo eso. Las teorías son como los tenedores y cucharas. No son la comida. La misión de la filosofía es metafóricamente encontrar y comerse la comida -esto es, dar una explicación plausible de la realidad- premunida de las herramientas que nos proveen las teorías. Ortega nos legó la teoría, pero no una explicación nítida respecto sobre la frontera de estos dos conceptos. Nos dejó una ardua tarea de encontrar dicha frontera. Es ese el sentido de estas letras.

La sociedad contemporánea, sea por su complejidad o sea por vocación del poder político que la conduce, ha tendido a la masificación. La sociedad de masas se caracteriza, en la circunstancia que los individuos tienen una mayor porción de su vida de aspectos incuestionables que no necesitan pensar para darlos por solucionados. Se le reducen los dilemas. La vida del hombre masa discurre sobre un carril prefijado. El hombre masa puede vivir materialmente de modo cómodo y satisfactorio para sí mismo sin que sus fines personales los defina él mismo por cuanto si no cuestiona los carriles sociales – esto es, si no deja de ser hombre masa- puede vivir sin grandes altibajos. El hombre masa no se cuestiona cómo funciona un automóvil al conducirlo, o cómo funciona el suministro eléctrico, cómo es posible que exista el dinero como medio de intercambio, o cómo llega al escaparate del supermercado la comida. La masificación determina que es posible perder el hábito de usar la inteligencia para la sobrevida cotidiana. Nuestro antepasado de las cavernas, y de cuatro generaciones atrás de la nuestra, tenían muchos dilemas cotidianos y menos aspectos de su vida solucionados sin ejercitar el pensamiento y la reflexión; debía con mucho mayor intensidad y cotidianeidad, ejercitar su pensamiento para formarse una idea de las cosas. Se encontraba en la necesidad de escrutar cotidianamente la realidad para poder sobrevivir. Vivir en la sociedad tecnológica contemporánea, nos ofrece una gigantesca franquía – tiempo disponible- que nuestros antepasados no disponían para pensar el mundo, pero paradojalmente usamos menos la inteligencia. La sociedad de masas lo ha hecho posible, y este adverso fenómeno determina que las personas se conducen con una radical confusión de los bienes, creyendo que porciones mayores de esos bienes, son edénicos tal como el aire que respiramos o el agua que bebemos, y que por el solo existir, tenemos derecho a bienes artificiales, sin mediar acción nuestra alguna.

En lo atingente a la teoría de las ideas y las creencias, la sociedad de masas ha sido inductiva a desplazar una porción de la realidad desde las ideas a las creencias. Pensamos “desde” dar por edénicamente solucionados muchos aspectos de nuestras vidas que tienen una realidad social artificial y no natural. Es la sociedad – no la naturaleza – la que nos provee de ellos y son por ello mas precarios que los bienes de la naturaleza. En tal sentido es razonable creer que el sol saldrá por el oriente a una hora x del día, sin que medie acción alguna nuestra. Pero no parece tan razonable creer que nuestro automóvil arrancará en la mañana si o sí.

Este fenómeno – el de la masificación – es el que usa y abusa el poder político para “ordenar” al mundo social. Y como el hombre masa ha relajado y en el extremo ha atrofiado el hábito de pensar, sobreviene la tentación luciferina del totalitarismo: el poder puede, y así lo ha ido haciendo, sustraer aspectos de la vida del hombre masa desde el ámbito reflexivo, e inducir creencias irreflexivas sobre la realidad. El poder político desde el estado, la academia, la prensa y todos los centros de influencia; puede ocultar o adornar los datos y generar empaquetados relatos sobre la realidad que se le “aparecen” al hombre masa como una realidad sustituta. Los relatos, son ideas transformadas artificialmente en creencias. Creencias desde las cuales se debe leer la realidad y que normalmente son funcionales al poder con pretensiones de hegemonía.

La historiografía ha llamado “sistemas filosóficos¨ a una unidad estructurada de creencias acerca de la realidad que relacionan principios metafísicos, epistemológicos, científicos, éticos y políticos. Los relatos pueden tener la pretensión de sistemas filosóficos, pero pueden ser menos que aquello. Daré tres ejemplos. Uno remoto, el otro moderno y el otro casi contemporáneo, para ilustrar el fenómeno del “empaquetamiento” de los datos transmutados en relatos.

El primero escandalizará al ambiente académico y muchos “sabios” abandonarán la lectura de mis letras. La filosofía griega se relata como el puntapié inicial del pensamiento. En toda historiografía de la filosofía se pone como piedra basal de la construcción ideológica de nuestro pensar occidental. Algo habría pasado en las costas de Anatolia primero y luego en la Grecia europea, que el hombre se puso a pensar. Inventaron la Alethia. Inventaron la develación de la realidad a través de métodos racionales. Antes; nada. En otros hemisferios; nada. Hombres caucásicos pusieron “la pelota al piso” y por primera vez reflexionaron sobre la realidad. Los presocráticos serían los Juan Evangelista, de los Sócrates, Platón y Aristóteles. Filosofar desde entonces es lo que hicieron esos hombres. Ahí estuvo la Arcadia perdida que debemos recuperar. Los datos indican otra cosa. Fue el idioma y la escritura la condición de posibilidad que esos pensamientos llegasen a nosotros fragmentados, imprecisos, reconstruidos ex post y a veces ucrónicamente. En otras palabras; antes y después de Platón y Aristóteles existieron pensadores dentro y fuera de Grecia, sabios que no llegaron a nosotros. La sociedad griega fue tan humana o inhumana como muchas. Este relato es tan generalizado porque sirve de base y sustento al relato del progreso humano. Lo que nos indican los datos, es que, lo que ha progresado es la técnica. El idioma y la escritura es una técnica. No hay tal progreso humano del hombre en sociedad. Basta observar la conducta de las turbas contemporáneas para concluir aquello.

Un segundo ejemplo, que quizá también escandalizará: Hace pocos años se conmemoraba el bicentenario de la revolución francesa. Las autoridades francesas se vieron en la necesidad de resolver si conmemoraban los luctuosos acontecimientos de la toma de la bastilla y sus terribles consecuencias, o “celebraban” el acontecimiento. Las sucesivas repúblicas francesas se han fundado en un relato sobre lo que sucedió el 14 de julio de 1789 y sus consecuencias. Pero la historiografía ha dejado claro que ese relato es falso. Se funda en una ucronía del ancien regime y en una utopía de lo que sucedió después de la revolución. No hubo tal mejora, ni tal liberación, ni nada que se le parezca ni en Francia ni en el extranjero. Los episodios de la revolución lo único que causaron fue un desastroso régimen de terror, muerte y destrucción; y para concluir y deshacerse de la chusma homicida de los revolucionarios, advino un líder sanguinario que encabezó un régimen militarista que sembró la muerte y destrucción por toda Europa. Toda la inteligencia surgida en Europa y Francia en ese mismo período de explosión de la creación artística, la ciencia y los conocimientos humanos, no fue por causa de la revolución ni de Napoleón, sino a pesar de ellos. Pero el relato es contrario a esa realidad, y, como buenos franceses, en el bicentenario decidieron echarse al bolsillo la realidad y celebrar la gloriosa revolución francesa. Todos sabían los datos, pero se optó por el relato.

Otro ejemplo palmario y más próximo de este fenómeno fueron los totalitarismos del siglo XX donde la demagogia capturó la voluntad y la pasión del hombre masa induciendo el relato de la “lucha de clases” o de la “superioridad de la raza aria”, relatos en base a una realidad empaquetada, donde los datos se usan mañosamente y los datos que contradicen el relato se ocultan o desprecian. En base a estos relatos empaquetados se induce a las masas a la voluntades pasionales e irreflexivas.

Esta técnica totalitaria del poder político se ha sofisticado en nuestro siglo, elevada a la potencia. Se ha hecho más “soft” pero más eficaz. Una población masificada, desacostumbrada a la reflexión racional es adiestrada cotidianamente a asumir los relatos como verdades incuestionables. El espacio de la vida social contemporánea se va poblando de seudo creencias inducidas por relatos que rayan en la demencia (como es el caso del feminismo radical). Se habla del progreso de la ciencia confundiéndolo con el progreso de la técnica. El espacio lingüistico se va angostando. El idioma pierde los matices que la inteligencia humana le dotó a través de los siglos. Las palabras se usan como talismanes simbólicos de bien y de mal, más que como contenedoras de ideas.

Y el mejor ejemplo de esta sofisticación totalitaria de imposición de los relatos, la constituyen los neo relatos hoy en boga: La pandemia, el calentamiento global y la ideología de género.

Y esto no tiene que ver con el tipo de régimen político. La masificación y el totalitarismo de los relatos que en el siglo XX se asociaba a los regímenes totalitarios, hoy se utiliza en regímenes de democracia representativa, donde ni representantes ni representados ejercitan ordinariamente la reflexión racional y son vehiculizados por los relatos. Se instala la creencia que los habitantes del siglo XXI somos más elevados y sofisticados que los de los siglos pretéritos, solo porque en general hemos satisfecho las necesidades básicas y en general somos más prósperos y hasta opulentos. Es el relato del progreso y del desarrollo. Pero de verdad el hombre masa contemporáneo es más primitivo, menos humano y más cercano a nuestra animalidad que nuestros abuelos o bisabuelos.

No se trata de ignorancia versus sabiduría. Se ha dicho y repetido como un mantra: vivimos en el mundo de los datos. Todos los datos están a disposición del hombre a través de las tecnologías de las comunicaciones como nunca antes lo habían estado. Pero paradójicamente tantos más datos tenemos a nuestra disposición más demandantes están las masas de relatos que ordenen sus vidas. Si nos comparamos con tres generaciones precedentes, observamos como se ha ido reduciendo el ejercicio reflexivo para procesar esos datos; y así lograr que cada persona se forme una representación propia de la realidad y obre como individuo y como hombre político en una democracia real.

Y la causa de este fenómeno es dual. Efectivamente el poder político homogeniza la “opinión pública” y busca hacerla más sumisa, en base a los relatos con datos verdaderos o falsos – no importa. Presumo que tal avidez de angostar el espacio de soberanía individual es a fin de manejar una sociedad compleja con equilibrios precarios e imperativos difíciles de contener (alimentar y satisfacer las necesidades de 8000 millones de almas). Aquello parece plausible. Pero lo que no resulta plausible ni fácilmente explicable, es que también los sujetos pasivos de los relatos -la masa- demandan les provean de una representación de la realidad ya procesada. Demandan relatos.

En efecto, la falta de hábito de enfrentar la realidad hace que el hombre contemporáneo sea más precario e impotente para encarar sus circunstancias. Proveerse de bienes y servicios sofisticados y artificiales disponibles, se hace algo distante a sus potencias, pero a la vez indispensable. El hombre de siglos pretéritos pretendía bienes menos sofisticados, pero más susceptibles de obtenerse por sus propias potencias. El hombre masa contemporáneo se habitúa a la dependencia de esta torre de Babel contemporánea compuesta por los guías hegemónicos (Estado, medios de comunicación y poderes transnacionales) y por los bienes artificiales que han pasado a ser vitales para su subsistencia.

Hasta ahora, los estudiosos del totalitarismo asociaban el fenómeno a cierto tipo de regímenes políticos jurídicamente autoritarios como las dictaduras y monarquías. La democracia se estimaba era el remedio. Pero el fenómeno de la masificación es causa y efecto de potenciamiento de este fenómeno de dependencia del poder totalitario de un estado en cualquier tipo de régimen y en especial en las democracias representativas. La masa demanda un Estado que te diga que debes hacer, cuando lo debes hacer, que debes consumir, cuando, que sexo debes tener, de que modo debes manifestar tu sexualidad, como debes comportarte con tu mujer o marido, etc. etc.

¿Porque el individuo tolera este empobrecimiento de sus facultades propiamente humanas, de formarse un juicio propio de la realidad, y actúa progresivamente de manera bovina? Enorme pregunta cuya respuesta requeriría un tratado filosófico aun no escrito. Adelantaré una hipótesis cuya fundamentación excede la brevedad de estas letras.

La conciencia humana es un accidente evolutivo o un rol que le asignó al hombre la divina providencia. Para efectos de esta reflexión ambas creencias permiten la conclusión que propondré. Empíricamente, no tenemos datos que permitan estimar que hay conciencia en los animales por más evolucionados que se manifiesten. Tampoco existe ningún dato serio que nos acredite que existe en otros lugares de la galaxia vida, y menos seres inteligentes y conscientes de sí mismos. Hasta donde sabemos pues, somos los únicos dotados de esta singular aptitud de la inteligencia: el hombre se puede formar una visión de sí mismo, como una entidad distinta del mundo que le rodea y de sus compañeros de especie. También puede tener, lo que los animales no tienen; una dimensión del tiempo. Esta condición por trivial muchas veces no se pondera suficientemente; el hombre se sabe prisionero del tiempo. Percibe su finitud y reflexiona sobre ella. Como animal que es, mantiene de esa condición el instinto de supervivencia que le provee su sexualidad; perpetuarse como especie. Pero no le resulta suficiente. El hombre, o más precisamente, la conciencia del hombre tiene vocación de trascendencia; quiere creer que es parte de un plan que le de sentido a su existencia. Los animales carecen de esa volición. Y aquí viene mi tesis. El hombre no solo quiere creer; necesita creer. Es consustancial a su naturaleza tan singular. Consustancial al ser humano es la trascendencia. El hombre no se satisface con la inmanencia.

El positivismo científico ha invisibilizado esta condición. Se ha repetido como mantra que existencia es igual a inmanencia. Pero como el magma que se escapa de la corteza dura de un volcán, el apetito de trascendencia aflora en el ser humano. La cultura contemporánea efectúa un apostolado materialista para convencernos que progreso es igual a la pérdida de esa dimensión; que el hombre al “evolucionar” ha borrado de su radar lo que está más allá de la materia, más allá de su muerte. El positivismo filosófico ha instalado la inmanencia como una premisa incuestionable y sostiene que no hay nada más allá que la experiencia existencial.

La ciencia empírica paradojalmente nos ha enfrentado a la evidencia que la materia misma es un conglomerado de órdenes físicos y químicos. La materia en sí no existe por cuanto no hay una unidad basal que identifique su existencia. La palabra “ente” nos ha quedado pequeña para identificar la realidad física. La materia no tiene existencia sino consistencia. No existe, sino más bien fluye “desde”, a un “hacia”. Todo en un orden temporal.

Flota en el ambiente de las grandes cuestiones que no hay dios según el mantra positivista, pero tampoco hay materia, conforme nos lo demuestra la ciencia. Para mayor confusión algo o alguien gatilló una entidad que es más misteriosa aun: el tiempo. El hombre que consustancialmente quiere creer, no encuentra ningún flotador en este mar abisal de dudas y angustiosamente manotea en lo líquido e insubstancial para sostenerse. El hombre contemporáneo está ávido de relatos que den fundamento a una creencia sustituta de la fenecidas. Relatos que ordenen su existencia. Relatos desde donde pensar el mundo. Así lo exige su naturaleza. El hombre debe pensar para abordar su circunstancia. Pero solo puede formarse ideas montado sobre creencias sólidas. Las creencias sólidas han sido desterradas del mundo moderno. En su radar Dios es problemático y su cultura lo obliga a pensar que no existe. En su radar la materia es problemática y la ciencia le señala que no existe. Así, está ávido de relatos que substituyan sus pretéritas creencias.

Y amparado en esta demanda, el poder ha aflojado las clavijas de la lógica racional a la hora de elaborar los neo relatos. Ya no hay tanta pulcritud lógica en los relatos como en el siglo diecinueve y veinte. Estos pueden fundarse casi sin datos o derechamente contra lo que los datos públicamente y a disposición de todos, les indican. Basta repetir relaciones lógicas inexactas o falsas, para considerarlos eslabones. Goebbels, ministro de propaganda del nacional socialismo, no se lo habría podido creer. Estaría como “chancho en el barro”. Basta hablar de “consensos de expertos” para que la cerviz de la masa se incline para someterse a esos relatos. Las masas buscan ávidamente un Estado que los proteja; algo que los proteja[1]. Es esta una gigantesca tragedia contemporánea: la renuncia de las masas a la libertad, e implícitamente a su humanidad; a su condición humana. Es verdad que esto se venía perfilando hace dos siglos. Pero en la intensidad que se manifiesta hoy es a mi juicio, inédito.

Isaiah Berlín nos legó un ilustrativo concepto de la libertad como un bien que se percibe desde dos perspectivas: la libertad negativa “que nada ni nadie me impida ejecutar las voliciones de mi propia voluntad” y la libertad positiva “que nada ni nadie me impida buscar y ejecutar mi propio plan vital”. Las masas contemporáneas han renunciado a la libertad positiva y aspiran solo a la libertad negativa.

¿Cómo cortar este nudo gordiano? ¿Cómo recuperar la humanidad perdida del hombre? ¿Cómo aprovechar esta circunstancia maravillosa que nos proveen las tecnologías de la información, de tener a nuestra disposición los datos que nos permiten formarnos un juicio de realidad personal y propio?

Las futuras generaciones tienen la tarea.

Diciembre 2021

 

 

 

 

 



[1] Nosotros hemos inventado la felicidad -dicen los últi­mos hombres, y parpadean. Han abandonado las comarcas donde era duro vivir: pues la gente necesita calor. La gente ama incluso al vecino y se res­triega contra él, pues necesita calor. Enfermar y desconfiar considéranlo pecaminoso: la gente camina con cuidado. ¡Un tonto es quien sigue tropezando con piedras o con hombres! Un poco de veneno de vez en cuando: eso produce sueños agradables. Y mucho veneno al final, para tener un morir agradable. La gente continúa trabajando, pues el trabajo es un entretenimiento. Mas procura que el entretenimiento no canse. La gente ya no se hace ni pobre ni rica: ambas cosas son de­masiado molestas. ¿Quién quiere aún gobernar? ¿Quién aún obedecer? Ambas cosas son demasiado molestas. ¡Ningún pastor y un solo rebaño! Todos quieren lo mismo, todos son iguales: quien tiene sentimientos distintos marcha voluntariamente al manicomio. “En otro tiempo todo el mundo desvariaba” -dicen los más sutiles, y parpadean. Hoy la gente es inteligente y sabe todo lo que ha ocurrido: así no acaba nunca de burlarse. La gente continúa discutien­do, más pronto se reconcilia; de lo contrario, ello estropea el estómago. La gente tiene su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche: pero honra la salud. “Nosotros hemos inventado la felicidad” - dicen los últi­mos hombres, y parpadean. Discurso del último hombre en Así Hablaba Zaratustra. Federico Nietsche.