¿Ha sentido el lector en alguna oportunidad
que el suelo se abría bajo sus pies y caía? Me crie en el campo. En la casa
principal del fundo había un pasadizo que conducía a una quinta de frutales.
Cruzaba sobre un tablonaje que tapaba una noria, un pozo de agua. Las tablas
estaban en mal estado y con mis camaradas de cinco años de edad saltábamos sobre
ellas. De pronto se quebró una tabla y yo quedé con los pies en el vacío sujeto
de mis axilas. Fue una sensación de terror inolvidable.
Hace un par de décadas un
novelista checo, Milán Kundera, nos conmovió con una soberbia novela que describía
el vacío vital de los jóvenes en su Chequia comunista. La intituló “La Insoportable
Levedad del Ser”.
Si es que tengo lectores fieles de
mis balbuceos filosóficos, sabrán que soy un porfiado cultor de la filosofía de
José Ortega y Gasset. El más lúcido aporte de Ortega, es haber invertido brillantemente
el orden de los factores en la tarea de comprender el mundo, revolucionando la
epistemología. La filosofía, desde Platón, viene pretendiendo comprender, cómo
las ideas le dan forma al mundo que los rodea. La Historiografía ordinariamente
relata que el mundo es gobernado por ideas matrices que inspiran los tiempos.
Así, cambian las ideas y los tiempos cambian. Ortega explícitamente da vuelta
ese silogismo, y señala que son las circunstancias las que inspiran las ideas.
Las ideas interpretan los tiempos y no los tiempos interpretan las ideas y sus
relatos sobre el mundo.
¿Percibe usted lector la levedad
de nuestros tiempos, y que todo parece desfondarse? Lo que relatan los medios
informativos no es creíble, los liderazgos que aparecen para remediar los males
del mundo, se corrompen al cabo, no ya de años, de meses. Lo que se percibía
como creíble ayer, hoy es una completa mentira, timo y engaño. Los “ideales” se
corrompen por la praxis corrupta de quienes los enarbolan. Se ha descrito hasta
la náusea que la política, los medios informativos, el arte e incluso la
religión, vive hoy en un permanente espectáculo de máscaras. La sociedad del
espectáculo que describiera Guy Debord y Vargas Llosa, hoy es corregida y
aumentada.
Para quienes intentamos
comprender esta realidad y para los más osados que pretenden corregirla en aras
que nuestro mundo se ordene a la verdad, la justicia y la belleza, la cuestión
es azorante. El mundo pareciera fragmentarse en pedazos minúsculos y los
principios explicativos, las teorías filosóficas y las verdades religiosas no
dan el ancho para poder recomponer esos fragmentos.
Las generaciones jóvenes nacidas
en este mundo fragmentado e incomprensible optan por el suicidio trascendental.
No les interesa trascender. La mayoría no quiere tener hijos, y los que quieren
tener hijos los tienen en una cantidad tal, que la desaparición de su estirpe
es cosa cierta.
Se habla de una Batalla
Cultural. Una de las partes de esta batalla enarbola las viejas ideas
del revolucionarismo, neologismo con que pretendo reunir a quienes nos
torturan desde hace dos siglos y medio con ideas que dividen al mundo entre
oprimidos y opresores, y la política se resumiría en que oprimidos se rebelan,
destruyen a los opresores y entonces seremos felices comiendo perdices. Solo
cambian en este desgastado y falaz relato, quienes se ponen las máscaras de oprimidos
y a quienes le ponen la máscara de opresores. En el otro rincón del ring de
esta batalla cultural, están los restauradores. Desde hace 250 años, todas
las revoluciones, por esencia disolventes y destructoras del tejido social,
tiene una reacción de distinto grado impulsada por quienes pretenden la
tranquilidad del orden[1],
pero siempre los restauradores en el mediano y largo plazo fracasan y la
sociedad moderna vuelve a verse envuelta, por una nueva idea disolvente en el
caos y en el vacío. Eso los marxistas lo enarbolan como una dialéctica
histórica fatal, pero si se revisa sin comprarse el relato del materialismo
histórico, se verá que es propio solo de la modernidad y referido
exclusivamente a la modernidad occidental.
Clementt Von Metternich, Felipe
de Orleans, Napoleón Tercero, Cánovas Robles, el General Primo de Rivera, Francisco
Franco, Augusto Pinochet, por nombrar algunos, enderezaron el escorado barco de
la historia, pero al cabo, sus esfuerzos fracasaron en el largo plazo. ¿Por qué?
Mi conjetura[2]
es que, la culpa la tiene la epistemología que prima en la modernidad. Quiero
decir con ello, la forma, el método con que los habitantes de la modernidad pretendemos
entender el mundo.
¿Cómo se endereza el mundo hacia
la tranquilidad del orden? Responden los restauradores: a través de las ideas
correctas. Aquello es irremediablemente falso. Las ideas nunca han enderezado
nada. Las ideas son simples interpretaciones del mundo, más o menos correctas. Las
ideas no cambian las conductas.
La forma de enderezar el mundo es
enderezar las conductas. Por sus obras los conoceréis[3].
Lo que necesita el mundo es más nobleza, porque la nobleza obliga. Lo que
necesita el mundo es combatir la zafiedad, la fealdad, la ordinariez, la
deshonestidad; en dos palabras más caridad que no es más que ocuparse del
prójimo y liberarse del ego. Eso no es política, me refutará el
modernista. Eso es precisamente la política, según quién inventó esa
palabra: Aristóteles.
Inazo Nitobe, japones autor de un
libro intitulado Bushido: El Alma de Japón, da cuenta que su padre,
guerrero Samurai, lo castigó enviándolo a dormir a la leñera cuando arreciaba
un temporal de nieve, porque, al traer leña a la chimenea que compartía la
familia en el cálido hogar, sacudiéndose la nieve expresó: Qué frio es el
que hace afuera. Su padre buscaba erradicar la queja inútil y debilidad al expresar
un malestar físico que perturbaba la paz y la armonía de la familia. El
sufrimiento debe asimilarse, según el bushido, y reflexionar, qué debo hacer
yo para superar mi sufrimiento. Nuestra superior cultura cristiana
agregaría: y el sufrimiento ajeno.
¿Cuál es la novísima
circunstancia que tiene desfondado el mundo? ¿Son acaso las ideas de la nueva
versión de opresores y oprimidos del revolucionarismo en boga? ¿Acaso la nueva
versión de ideas restauradoras nos salvará?
Es la Rebelión de las Masas
potenciada por las redes sociales, las que desfondan al mundo; son las
encuestas de opinión las que desfondan el mundo; son el victimismo omnipresente
el que desfonda el mundo; es la zafiedad de las conductas las que desfondan el
mundo; son los que demandan más derechos los que desfondan el mundo.
Quien nos salvará: una nueva
nobleza, una nueva legión de ocupados en sus deberes, cultores de la belleza
estética de las conductas personales como enseña el Bushido. No hay
restauración posible a través de las ideas.
Julio 2026
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