miércoles, 25 de marzo de 2026

CIEN AÑOS DE LA REBELION DE LAS MASAS (CAP 2)

 

LA “DESMASIFICACION” DEL HOMBRE CONTEMPORANEO. LA MADRE DE TODAS LAS BATALLAS

Una de las consecuencias de ver el mundo desde una perspectiva inmanente, olvidando la esencia trascendente del hombre, es la proliferación de visiones críticas a la realidad contingente, que no ofrecen orilla a la atribulada alma del hombre contemporáneo. Algo de eso tiene, lo que se ha dado en llamar la Nueva Derecha, nacida (como tantos caminos hacia el abismo) en la Francia post moderna. Ser intelectual pareciera querer decir, denunciar desdeñosamente la realidad, poniéndose en un plano de superioridad escéptico a su influencia.

Philippe Muray, lúcido integrante de esa Nouveau Droite siguiendo las consecuencias del fenómeno denunciado por Ortega, desarrolló el concepto del Homo Festivus. Los puntos clave de su tesis son: 1) La "Festivización" de la Sociedad: Muray afirma que ya no existen ciudades ni ciudadanos, sino espacios de eventos donde la fiesta se ha vuelto totalitaria. Todo aspecto de la vida debe ser divertido, lúdico o "festivizado" para ser aceptable. 2) El Imperio del Bien: Describe un sistema de pensamiento único que impone una moralidad infantil y optimista. El Homo festivus es el habitante de este imperio: un ser que rechaza cualquier forma de negatividad, tragedia o profundidad histórica, prefiriendo vivir en un presente eufórico y vacío. 3) El Infantilismo y Ocio: El autor critica la adoración de la juventud y la transformación del adulto en un niño grande que consume entretenimiento estandarizado. Para Muray, el ocio no es una liberación, sino una forma de adiestramiento de las masas bajo la apariencia de libertad. 4) El desprecio por la Historia: El Homo festivus vive en una amnesia voluntaria. Al eliminar el pasado y sus complejidades, la sociedad se convierte en un "parque temático" donde no ocurre nada realmente nuevo, solo la repetición de ritos de consumo disfrazados de rebeldía. 5) La corrección Política: Muray ve la corrección política como el brazo censor de esta fiesta perpetua, que persigue cualquier asomo de ironía, conflicto o verdad que pueda "arruinar la celebración".

Siendo completamente lúcidas las tesis descritas en el párrafo anterior, conforman una condenación del lector/auditor a la visión de esta debacle, con un dejo de victimización pasiva como la del tango: “la vida fue y será una porquería ya lo ve”. Porque ¿Cuáles son las opciones de praxis que un mundo materialista ofrece a un joven que descubre estas realidades sin la clave que pasaré a señalar? Dos y nada más que dos: La revolución, esto es la sustitución violenta del orden social (con violencia activa o pasiva como lo hace la nueva izquierda integrada por feministas y bolas tristes) o la actitud individualista de encerrarse cada uno en su catacumba personal, familiar o religiosa y dejar que el mundo se caiga a pedazos. La catacumba es una metáfora para referir un encierro dentro de un fanal donde lo apestoso de un mundo sin ética, sin estética, sin bondad, sin belleza; te permita vivir sin su contaminación.

Ambas opciones están destinadas al fracaso. Los órdenes de magnitud de un mundo desacralizado, feo, sin bondad; son de tal magnitud, que su pestilencia llegará y contaminará a revolucionarios y catecúmenos.

¿Cuál es la falencia en la tesis de Muray? Pues dejar sin explorar la causa basal de este mundo horrendo de la sociedad de masas. ¿Y cual es la causa basal de la masificación? Pues la deshumanización del hombre que renuncia a la soledad de su ego y a la realidad de la alteridad con otros egos. Somos lanzados a la existencia como sintetiza Heidegger sin voluntad para estar en el mundo. Y de ahí nace la necesidad de relacionar nuestro ego con los otros egos. ¿Y cual es esa fórmula de relación que la revelación cristiana “descubrió”? Pues la conducta personal para con el mundo, para con los otros egos.

La madre se entrega cien por ciento a la criatura que trae al mundo. Por instinto de supervivencia evolutivo el bebé también se apega a ese otro ego para su “estar en el mundo”. Pero cuando el homo sapiens se ve autovalente, el dilema es tener la voluntad y disposición de cuidar, respetar y proteger a los demás egos que circulan u orbitan sobre nuestro ego, u obrar como lo hacen los animales y el hombre masa.

El mensaje de la revelación cristiana tuvo ese mérito: señalar que la humanización del hombre viene imperativamente condicionada por la capacidad de amar al prójimo como a uno mismo. No tolerarlo o soportarlo, amarlo. Esa es lo que Ortega denomina la eligentia, matriz del vocablo elegancia, condición necesaria de la nobleza de espíritu, aquella que obliga: nobleza obliga. Esa es la condición necesario y yo diría suficiente, para superar la sociedad de masas.

El fenómeno de la sociedad de masas no es necesariamente inducido por el fenómeno del poder político. Este fenómeno del poder, da cuenta que en la sociedad siempre han existido, existen y existirán quienes mandan y quienes obedecen. El fenómeno de la masificación es más bien hijo de la técnica moderna y el poder se ha aprovechado de la simplicidad con que puede manejar a las masas a través de los mecanismos de la técnica moderna. En dos palabras: que seas un hombre masificado no es un problema fatal que se te haya impuesto. Es una conducta que tú puedes superar.

La desmasificación de la sociedad es la madre de todas las batallas. El soberano justo prudente, fuerte y ecuánime debe velar por que sus súbditos cultiven el señorío sobre sus vidas y la nobleza sobre los demás. La fórmula para desmasificar la sociedad contemporánea es estructurar una sociedad sobre los deberes y no sobre los derechos. Como se ve, una voltereta copernicana.

Socialismo y capitalismo son palabrejas añejas, gastadas y que no traen remedio a los males que nos aquejan. El dilema es una sociedad de masas o una sociedad de señores.

Marzo 2026

lunes, 16 de marzo de 2026

CIEN AÑOS DE LA REBELION DE LAS MASAS. ¿HA CAMBIADO ALGO? O MAS BIEN, ¿HEMOS APRENDIDO ALGO? (Parte I)[1]

 


Hay un verso de Silvio Rodríguez que en parte dice: ¿A dónde van las palabras que no se quedaron? / Acaso flotan eternas como prisioneras de un ventarrón /O se acurrucan entre las rendijas buscando calor /Acaso ruedan sobre los cristales cual gotas de lluvia que quieren pasar / Acaso nunca, vuelven a ser algo/ Acaso se van / Y ¿a dónde van?

Cuando garabateamos una hoja escribiendo (hoy, maltratamos un teclado) para expresar una idea que encontramos lúcida, para explicar (nos) y explicar (les) a nuestros lectores lo que, a nuestro juicio es el mundo, lo que es el hombre, lo que es la conciencia humana, y lo que deberían ser esas entidades, lo hacemos pensando en influir, en permanecer, en tocar, aunque fuese mínimamente, como gotas de lluvia, una o mas conciencias que pudiesen asimilar aquello que predicamos. La trova de Rodríguez nos somete a la realidad de lo efímero y quizá ocioso de nuestra pretensión.

El que escribe estas letras, carece de una lucidez extra - ordinaria y la pérdida que sufre la humanidad es ínfima o inexistente cuando sus palabras se extravían en la nada. El problema lo tiene la humanidad toda, en un mundo super saturado de información, cuando sucede que el esfuerzo que hacen hombres de la estirpe de los genios, sus palabras, ideas y conceptos quedan flotando eternamente como prisioneras de un ventarrón. En tal caso, la humanidad es la que sufre un detrimento.

Es lo que a mi juicio ha sucedido con el filósofo de habla castellana más importante habido hasta hoy. Yo diría: el primer filósofo de habla castellana: José Ortega y Gasset. Y decir de habla castellana es muy importante para nosotros porque el castellano, hoy llamado español, es nuestro idioma, en el que pensamos, soñamos, odiamos etc. Es la viga sobre la que descansa nuestra conciencia. No es lo mismo entender una traducción de una idea genial. No es lo mismo asimilar la perspectiva de alguien que no piensa en nuestro idioma. La traducción no lo consigue en toda su dimensión. Los políglotas nativos (digo nativos, esto es, que aprenden a hablar en dos idiomas antes de hablar en ninguno) son muy pocos. Siempre pensamos en una lengua. Podemos matizar nuestro pensamiento con palabras de otra lengua. Entonces, filosofar en castellano es para los hispanoparlantes un combustible a la inteligencia, difícilmente sustituible por lo que predican otros en otro idioma. Heidegger dijo (no sé con qué grado de convicción) que solo se podía filosofar en griego antiguo y en alemán. Y si lo dijo fue porque era un idealista, esto es, un pensador que está convencido que las ideas son las que forman la realidad. Pero sucede -y esta es la idea más genial expresada por Ortega- que la circunstancia de un griego de Leontinos, de Éfeso o de Atenas, no es ni remotamente la nuestra y por consecuencia la realidad que pudieron predicar sus filósofos nos llega solo como ecos difusos. Lo mismo decir de un alemán, francés, ruso etc.

Pues bien, hace cien años se publicó el libro[2] referido en el título, que debe ser el escrito en nuestro idioma, que más traducciones a otras lenguas ha tenido y más reediciones en otros idiomas ha tenido, particularmente en alemán. ¿Por qué? Porque es una síntesis genial descriptiva de un fenómeno de involución humana que irrumpe en la modernidad fundada en el siglo XIX y que, en el transcurso de casi dos siglos, lo único que ha sucedido es agudizarse. Justo en tiempos que se predica que vivimos el non plus ultra de un concepto sacrosanto o más bien de un talismán: el progreso. Idea equívoca que permite asumir que, por arte de birlibirloque, el hombre de ayer es menos que el de hoy y el de mañana será más que el de hoy. ¿Y por qué la obra de Ortega y este fenómeno de la masificación permanece oculto sobre todo en la academia? Pues porque es un disparo en la línea de flotación del modernismo progresista. Pues porque si se asume en toda su dimensión, el relato modernista se viene al suelo y se hace añicos.

Entonces, a propósito del centenario de “La Rebelión de Las Masas” conviene recuperar esas palabras contenidas en aquella obra filosófica/ensayística que, acaso ruedan sobre los cristales, como dice el trovador Rodríguez; recuperarlas, leerlas, entenderlas. Más que nadie nosotros, los que hablamos, pensamos, sentimos, sufrimos y nos alegramos en castellano; además de ser herederos de una cultura dominante que se encuentra grabada en nuestro inconsciente colectivo: la hispánica.

Marzo de 2026

 

 



[1] Pretendo abordar por capítulos esta obra y oponerla como el sastre pone el patrón de un corte de chaqueta, sobre la tela que es nuestra realidad contingente. La presente es solo una introducción para motivar su lectura. Luego la analizaré por capítulos según el orden de la obra.

 

[2]  Poco antes había sido publicado fragmentariamente como artículos de periódico.