En el Evangelio de Mateo, nuestro
Señor Jesucristo nos prescribe, Habéis oído que se dijo: Amarás a tu
prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos
y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está
en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre
justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis?
El odio es un afecto que conduce a la aniquilación de los
valores. Cuando odiamos algo, ponemos entre ello y nuestra intimidad un
fiero resorte de acero que impide la fusión, siquiera transitoria, de la cosa
con nuestro espíritu. La frase anterior es de José Ortega y Gasset en su
primera obra, Meditaciones del Quijote, en la que trazó su prolífica obra
filosófica.
Tenemos pues, dos prescripciones
morales. La una por una razón ontológica. Somos seres creados a imagen y semejanza
de Dios y por ende debemos conducirnos como Él, que hace salir sol sobre
buenos y malos. La segunda por razones epistemológicas: no se puede conocer
nada si el corazón es invadido por el resentimiento.
Por algunas opiniones aisladas me
había parecido el senador Fidel Espinoza un tipo sensato con el cual se podría
hablar de cosas superiores apuntadas hacia el bien común de la patria. Pero ha
tenido la desgracia, en discurso reciente en el hemiciclo del Senado, de hablar
a “corazón abierto” a propósito de la presencia del ministro de defensa don
Fernando Barros Tocornal.
Apareció entonces el Mister Haig que
Espinoza lleva dentro, cargado de resentimiento y descalificaciones ontológicas
respecto de la persona de Barros, de su causa y de sus razones – que son las
mías propias y que comparto cien por ciento con el ministro-. Hemos sido entonces,
el Sr. Barros, yo y la mitad de los chilenos, decapitados en la guillotina
intelectual de Espinoza.
Los ojos y el rictus de la boca
delatan cuándo una persona verbaliza algo destructivo, feo, falso o mentiroso,
de modo afectado, cínico, teatral o artificial, sin creer realmente la
barbaridad que dice; sea para soliviantar el odio de terceros o para mover la
lógica mañosamente como hace Yago cuando murmura a Otelo a su oído. Pero en
este caso no fue así. Lo de Espinoza es genuino. Es suyo propio. El odio se le percibe
en sus ojos y en su rictus. Espinoza nos odia. Quisiera que nosotros: Barros,
yo y la mitad de los chilenos, no existiésemos, desapareciéramos de su
existencia, tal como Caín con su hermano Abel. Interpeló a Fernando Barros como
si fuese un leproso repugnante pretendiendo interpelarnos a todos. ¡Qué nadie
ose levantar la voz en favor de los presos políticos militares! Esa es su
enseña. El vaso del resentimiento debe permanecer pletórico. No debe ser
quebrado por nadie.
Todo lo que dijo Espinoza
en su diatriba es estrictamente falso. Todo. Completo. Su defensa de
los derechos humanos no es más que una herramienta de psico política que no
defiende ni el bien, ni la verdad, ni la belleza de la creación de Dios. No
defiende derechos porque estos son por definición erga omnes, es decir le
empecen, afectan y le son aplicables a todos por igual. Todos sabemos, Espinoza,
sus adláteres y nosotros, sus odiados enemigos, que los llamados derechos
humanos son una entelequia carente de lógica jurídica interna, que se
esgrime contra los enemigos políticos y jamás contra sus amigos o facilitadores
al poder. Por eso, no son derechos. No hay sujetos activos y pasivos definidos
de antemano en su estatuto. Los sujetos activos son mis amigos. Los sujetos
pasivos mis enemigos. Los llamados derechos humanos, no solo carecen de
valor moral. Carecen de valor jurídico.
Todos los que tenemos un mínimo
interés en decir la verdad, sabemos que los presos políticos militares no
cometieron, según las mismas sentencias que los mantienen privados de libertad,
delitos de lesa humanidad que Espinoza les imputa. Cuando supuestamente
habrían cometido las conductas punibles, dichos delitos no existían como tales.
Espinoza lo sabe o debería saberlo. Todos sabemos, que por delitos de mayor
connotación moral porque fueron ejecutados contra la vida de inocentes, con
posterioridad a los hechos que se les imputan a los militares, terroristas se
encuentran hoy amnistiados por la ley promulgada por el gobierno militar, e indultados
por los gobiernos de Aylwin y Lagos.
¿Cómo entonces es posible que
esta emoción pútrida que proyecta Espinoza en su rictus y en sus ojos, tenga
tamaña densidad para perseverar por tanto tiempo? ¿Cómo es posible que aglutine
voluntades al punto que su discurso él mismo lo difunde por redes sociales como
un gran acierto comunicacional? ¿Cómo es posible que una nación que se caracterizó
por el respeto al derecho verdadero en el concierto iberoamericano, haya
permitido la calidad y cantidad de juicios condenatorios donde se
transgredieron TODOS los principios procesales que son el pilares de la vida civilizada?:
prescripción, cosa juzgada, extinción de responsabilidades penales por leyes
generales de amnistía, irretroactividad de la ley penal, garantías del debido
proceso, violación sistemática a las leyes reguladoras de la prueba. ¿Cómo es
posible que jueces hayan sido colegiadamente presos de una ley del silencio
ante tamañas atrocidades por mérito de las cuales hoy permanecen prisioneros
ancianos que no tienen NINGUNA responsabilidad en hechos punibles que les son
imputados? ¿Será que Chile es irremediablemente un país de resentidos? ¿Tiene
remedio la enfermedad moral que expresa Espinoza en su diatriba?
La perversión del sistema de
valoraciones de la izquierda es tal, porque representa el combustible que mueve
la rueda de su legitimidad política, colectando voluntades, especialmente
juveniles, y representando una porción relevante de las mayorías electorales
que administran la soberanía popular. A través de ese combustible, y la falaz justicia
con la que adornan artificialmente su discurso, no pretende como fin penalizar
a unos pobres ancianos la mayoría inocentes, sino como medio. Su fin es provocar
a través de su inicua privación de libertad, la parálisis de quienes pudieren
reaccionar a su proyecto político socialista, colectivista, supresor de la
libertad personal. ¿A quiénes pretende paralizar? A las fuerzas armadas y de
orden y policías, que son la base de la nacionalidad y administradores de la
fuerza coercitiva que pudiera reaccionar a su proyecto totalizador. Pero
fundamentalmente a las masas electorales para hipnotizarlas con la espuria idea
que, a través del odio, el victimismo y el resentimiento, se está en el lado
correcto de la moral.
La izquierda política nos ha
llenado la cabeza y el corazón de malas ideas y de malos sentimientos. Por
desgracia la derecha política solo entiende los errores con que nos ha
infestado la cabeza de malas ideas. Pero las buenas y correctas ideas no son
capaces de enderezar la voluntad de quienes votan por la izquierda política. La
única forma de conquistar el verdadero poder político en democracia, es
conquistar el corazón de las masas que votan y representan la soberanía popular.
Y eso se conquista persuadiendo que defendemos la moral correcta. Para
persuadir que estamos en la moral correcta es menester demostrar que la verdad
ontológica de la historia, es la que nos da la razón moral. Que dentro de las
imperfecciones humanas Fernando Barros, yo y la mitad de los chilenos que odia Espinoza,
obramos correctamente y en la búsqueda del bien, la verdad y la belleza. Qué
los que siembran de estiércol ético y estético el espacio público físico y
moral, son los que siembran la discordia, el odio y el rencor eterno para perpetuarse
en el poder.
¿Cómo hacer aquello? Intolerancia
radical con el discurso de izquierda, doctrina Aylwin incluida. Eso supone que no
puede haber abulia intelectual para la defensa de los valores del estado de derecho,
sus principios fundamentales transgredidos por tantos años. Si hay que zambullirse
en el estiércol de lo que sucedió hace cincuenta años, hay que hacerlo. Con
claridad histórica y comunicacional. No comunicar con medias tintas, ni obrar
como si se pisara sobre vidrios para no “enojar” a la izquierda. Así no se
consigue la paz porque la paz es el orden en la libertad y en la justicia. Y no
podrá haber paz mientras permanezca la inicua prisión de Carabineros que
cumplen condena por cumplir con su deber, y ancianos por hechos ocurridos hace cincuenta
años.
En pocas palabras: Debe el
aparato comunicacional del gobierno, antes de toda praxis política, dar cuenta
que nuestra moral es la correcta y la superior. La moral de los Caínes y los
resentidos es la moral de esclavos que deben sojuzgarse.
Mayo 2026