viernes, 17 de abril de 2026

A CASI CIEN AÑOS DE LA REBELION DE LAS MASAS (CAP III) EL PODER, LAS MASAS Y LA TECNICA

 

Para aproximarnos a una mayor comprensión de nuestra modernidad tardía, es menester tratar estos tres conceptos, descomponerlos y desmenuzar cada uno de ellos; y una vez aferrados a una, aunque fuere discreta, claridad sobre los mismos, intentar relacionarlos.

Debemos eso sí, tener el coraje de encarar el camino con nuestro cayado, en total soledad aséptica de ciertos hábitos académicos que a veces retardan, y peor aún, nublan el prisma con el que observamos estos fenómenos, deformando su visión. Esto puede sonar a patear el tablero por debajo de la mesa en la ciencia canónica en boga. Quizá así sea, pero lo que nos motiva es un radical respeto por la verdad y no obtener puntaje en una “carrera”.

¿Cuáles son esos hábitos que a mi juicio ocultan una representación nítida del mundo? Uno de ellos es la devoción acrítica por los modelos o principios explicativos. Aquellos, todos ellos, necesariamente derivan o inducen a las ideologías, que son verdaderos patrones, como aquellos de las costureras, en la perspectiva para formarnos un juicio del mundo. Representaciones estáticas de la realidad a las cuales la realidad debe someterse. Y el someterse a la tiranía de los modelos de análisis implícitamente es reconocer la imposibilidad de conocer. El conocimiento valorado en nuestra modernidad tardía es aquel que sirve para hacer, rápido, aquí y ahora. No importa la precisión, lo importante es que funcione como el pistón de un motor. Y si la realidad no encaja con el molde propuesto se deja de lado esa realidad, como en el cajón de sastre dejamos retazos de tela que sobran al cortar el patrón.

Es azorante y sorprendente a la vez, que, en los modelos de análisis al uso, prácticamente soslayan dos de los tres conceptos que nos convocan: la masificación y la técnica. Si no tengo una explicación dentro del patrón de análisis, invisibilizo el fenómeno y ya está.

El segundo vicio, sea por la causa que sea, de buena o mala fe, es confundir el ser del fenómeno, con su deber ser. Quiero decir con esto que solo podremos alumbrar tímidamente – con las limitaciones de la inteligencia humana- estos tres fenómenos y sus relaciones, en la medida que respetemos rigurosamente su ser intrínseco y no nos subamos a la cofa del “deber ser” de las cosas, y disputar o especular respecto de la conducta que debiésemos adoptar respecto de cada uno de ellos. En fácil: hacer una frontera infranqueable - una zanja, ahora que están de moda- entre la ontología y la ética. Esa frontera debe ser infranqueable, mientras no tengamos claridad sobre el ser de estos fenómenos.

Vamos por parte: El poder. El hombre es un animal político. Nace y se hace hombre a través del idioma, creación humana que le permite y le obliga a relacionarse con otros hasta el día de su muerte. En este tránsito se generan relaciones de poder. La voluntad de unos, quiere, desea, aspira, a gobernar la conducta de otros. El fenómeno del poder nos confronta a una realidad hoy tabú. La intrínseca desigualdad humana. En la sociedad humana hay quienes tienen poder y otros que no lo tienen. Hay quienes mandan y otros que obedecen. Hay quienes dicen que son las cosas y otros asumen que así lo son. Ortega decía que él no participaba de un “ideal” aristocrático. Porque la realidad no requiere “ideales”. La realidad indica ineludiblemente que la sociedad es siempre aristocrática. Siempre han mandado los mejores -no digo los más virtuosos- y siempre, pero siempre, mandarán esos mejores. Esto no tiene nada que ver con la cuestión ética de cómo debe ordenarse el Estado moderno: si por una estructura democrática, monárquica o autocrática, anárquica, acrática o lo que sea. Sea cual sea el “modelo” de sociedad aspiracional a la que se ordena un grupo humano, siempre mandarán los más fuertes, inteligentes, habilosos y astutos.

Recuerden: no subirnos a la cofa para predicar lo que debe ser el Estado o la sociedad o la administración del poder. Reconozcamos antes, que el poder significa que una voluntad se dispone a hacer que otros hagan lo que esa voluntad desea que hagan. Las manifestaciones del poder estarán, en la Guerra: Si no haces lo que yo quiero, te hago pebre; La política: si no haces lo que yo quiero tu vida será una miseria; La educación canónica: Si no haces lo que te digo tu vida será peor de lo que podría ser; La religión: si no obedeces las leyes que yo digo que son las leyes de Dios, Él te castigará o te reencarnarás en un caracol.

Cuando nuestra Constitución dice que, los hombres nacen iguales en dignidad y derechos, no está predicando una verdad descriptiva sino una verdad prescriptiva. Esto es muy, pero muy importante de distinguir.

Y aquí conviene detenernos en el análisis de una herramienta que para el hombre moderno es tan omnipresente, que la percibimos como parte de la naturaleza, en circunstancias que es solo una invención técnica: El Estado.

El Estado moderno es una máquina maravillosa dotada de miles de brazos. Por definición el Estado existe para detentar el poder. Pero por muy perfecto y totalitario que sea esa máquina, tiene solo una porción del poder. Es decir, el Estado según cómo se constituya, aspira a detentar ese poder que se arroga para el mejor funcionamiento de la sociedad, pero no siempre lo detenta. Y esto es particularmente relevante porque cuando crucemos el fenómeno del poder, con el fenómeno de la técnica, percibiremos que esta última, de facto, de hecho, engulle porciones de poder formal del Estado sin que la mayoría tome razón de ello.

Vamos por lo segundo: La masificación del hombre contemporáneo. Esto no es una realidad intrínseca a la polis en todo tiempo y lugar. La técnica existe desde el hombre de las cavernas. Pero su influencia en el ordenamiento (o desordenamiento) de la polis, es un fenómeno moderno. Y los hombres de la modernidad somos y padecemos la masificación de la sociedad. Aunque nos percibamos como hombres libres y autónomos, como en la canción del charro Fernández: con dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero, y mi palabra es la ley. Queramos o no, estamos en menor o mayor medida, formateados por este fenómeno de la sociedad de masas.

El “descubridor” del fenómeno es nuestro filósofo Ortega y Gasset o más bien, quien lo perfiló en toda su precisión y sus consecuencias. Para ello, nada mejor que transcribir dos párrafos que él mismo escribió:

Ningún ser humano agradece a otro el aire que respira, porque el aire no ha sido fabricado por nadie: pertenece al conjunto de lo que "está ahí", de lo que decimos "es natural", porque no falta. Mi tesis es, pues, esta: la perfección misma con que la modernidad ha dado una organización a ciertos órdenes de la vida, es origen de que las masas beneficiarias no la consideren como organización, sino como naturaleza.

Esto nos lleva a apuntar en el diagrama psicológico del hombre-masa, la libre expansión de sus deseos vitales - por lo tanto, de su persona - y la radical ingratitud hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia. Suena familiar ¿no?

Su obra La Rebelión de las Masas, tiene trece capítulos. Cada uno son las piedras con las que hace un arco conceptual. La piedra angular es la síntesis expresada en los dos párrafos precedentes. Para entender en su magnitud lo expresado, imploro al lector de estas letras, la lectura total de la obra. No comentarios, porque Ortega ha sido mal interpretado por tirios y troyanos, sin embargo, fue él quien anticipó una realidad que yo diría solo se materializó mucho después.[1]

Ortega No analizó solo un fenómeno prexistente de su tiempo, sino una tendencia. Y la evolución de esa tendencia la marca el último de los fenómenos que atenderemos que es la técnica, tratado por el filósofo español en su obra Meditaciones sobre la Técnica que vio la luz en cursos impartidos desde 1930.

He explorado la bibliografía sobre filosofía analítica de la técnica en otros autores, pero, de lo que conozco incluido el sacrosanto Heidegger, solo Ortega trata del fenómeno sin afanes prescriptivos, nostalgias tradicionalistas o denuncias escatológicas. Y lo más importante: solo Ortega nos entrega herramientas para salir humanamente de este laberinto.

Sabido es que el hombre es un animal técnico, que la técnica, al igual que la lengua, -fenómeno que es una de tantas expresiones de la técnica- se construye a través de la cooperación asociativa de siglos de ciencia humana entendida esta como conocimiento abstracto de la fenomenología del mundo.

Pero a partir de la ilustración, la aceleración en la incorporación de conocimientos en la ciencia se hace vertiginosa y los saltos tecnológicos de la humanidad también. Y es a partir de la ilustración cuando la técnica pasa a ser una cosa con poder. Hablo de una cosa, creada por el hombre pero que el hombre deja funcionar y adquiere una dinámica propia en virtud de la cual formatea la vida de la polis. Una cosa que no es natural, que es artificio creado por el hombre, pero que adquiere una dinámica cual ectoplasma dotado de voluntad propia, que tensiona las voluntades humanas al punto de torcerlas.

Cuando Ortega escribió sus Meditaciones sobre la Técnica, ni remotamente podía preverse el vértigo que han adquirido estos saltos de la humanidad en la segunda mitad del siglo XX y del primer cuarto de siglo XXI. Por eso, más que nunca es preciso poner atención a sus ideas. Porque es en Ortega donde podemos encontrar la llave de este laberinto.

La primera premisa orteguiana es la que él denomina La altura de los tiempos. Nadie puede influir en una época si no está a la altura de su tiempo. El remedio para el mundo contemporáneo no lo encontraremos en la Grecia agonal como pretende Nietzsche, ni en el heroísmo o santidad de la hispanidad, ni en las prescripciones de hombres santos que no vivieron nuestra circunstancia. El heroísmo y la santidad de hoy, de nuestra circunstancia vital, se deben construir a la altura de estos tiempos. Usando del arcano de conocimientos y ciencia acumulada por la tradición, pero referida a las circunstancias contingentes.

Y pondré dos ejemplos de artilugios técnicos que hoy tienen de cabeza a la humanidad y estimo que muy pocos ponderan en que grado.

El primero de ellos nacido por allá por los años 1960 a 1963 fue la píldora anticonceptiva. Ese invento cambio la forma de relacionarnos porque cambió el rol de la mujer en la sociedad y la consecuencia fue que cambió el rol de la familia en los individuos que la formaban. Y al cambiar la forma en que se relacionan los individuos de una familia, descoyuntó y sacó de quicio los roles sociales de hombres, mujeres, jóvenes y niños. La masculinidad cambió, la feminidad cambió, la juventud cambió y la niñez lo mismo.

Lo azorante es que cambió sin una regla ordenadora que respete antropológicamente el ser de esas entidades. Por el contrario, las consecuencias de la cosa técnica -la píldora- fue usada para destruir un orden social sin otro que lo sustituya respetuoso de la naturaleza de ser varón, ser hembra, ser joven o ser niño. La Iglesia Católica no estuvo a la altura de los tiempos cuando pretendió prohibir el artilugio. No ha surgido digo una ética sustituta que permita administrar humanamente esta técnica. Las banderas de la “liberación sexual” que fueron posibles gracias a la píldora fue en la práctica dinamitar la sexualidad especialmente femenina pero también masculina. Había roles normados en siglos y siglos de evolución humana que quedaron, con un rezago de pocas décadas, arrasadas y aun no construimos una conciencia del autocontrol y obligaciones que le caben a la mujer, al hombre, al joven y al niño, con relación a esto.

Esta confusión ha comportado el error de carácter biológico que ha causado grandes perjuicios. Se ha pasado por alto que la fertilidad femenina está vinculada a su estructura biológica pero también espiritual y conectada a una serie de mecanismos de desarrollo extra sexual femenino, que hoy no se respetan, generando un caos sicológico y social de proporciones no mensuradas hasta ahora. Un ejemplo de este des-orden, de muchos, es pasar por alto la edad en que la mujer está preparada para ser madre y la edad en que no está preparada para serlo. Esa norma inscrita en el ser de la fisiología humana, no se respeta y los hábitos y costumbre post píldora, en vez de ayudar a la vida cooperativa, avivan conflictos internos e interpersonales. Lo que es el hombre lo que es la mujer, se hecha a la espalda por obra de un artilugio que genera beneficios aparentes y visibles generando una estela de perjuicios que generan un caos social, que aún no se relacionan explícitamente con la píldora. Normar la vida conforme a la naturaleza de las cosas se llama civilización. Quebrar las normas conforme a esa naturaleza se llama barbarie. La píldora anticonceptiva ha barbarizado la sociedad.

Pero no por ella misma sino por la incapacidad de nuestras normas de adaptarnos a ella, de convivir con este artilugio. Porque el sostenimiento o la reconstrucción de la familia como célula básica de la sociedad debe contar con la liberación femenina. Debe contar con la mujer capaz de administrar su sexualidad.

Esa es la tarea de los tiempos: reconocer una nueva masculinidad y una nueva feminidad. Roles nuevos para una institución eterna que es la familia. Porque la familia es el medio único para darle continuidad a la humanidad y a la civilización. Su destrucción, como pretende cierto sector, es el llamado de la barbarie.

El segundo de ellos es la tecnología de las comunicaciones. El Estado administró tradicionalmente el relato con el cual la colectividad se ordenaba. ¿cómo pudo hacerlo?: Administrando los medios de emisión del mensaje. La humanidad hasta casi el cambio de siglo se dividió en una elite emisora del relato por el cual la sociedad se ordenaba y una población pasiva, receptora de la emisión del relato. Hágase una revisión de todas y cada una de las instituciones sociales, y tendremos que estas se componían de un emisor y muchos receptores. El Estado, la Iglesia, las organizaciones intermedias como municipios, sindicatos, asociaciones, y un largo etcétera. Siempre una élite emisora y una masa receptora.

Hoy, el nivel de conflictividad se ha elevado a la potencia porque los que tradicionalmente obedecían se sienten a través de los artilugios tecnológicos como smartphones y redes sociales, dotados de una potencia que no saben administrar y que en occidente es causa de un caos visible o larvado.

¿Qué hacer para neutralizar el poder de los que no deben tenerlo? Algunos núcleos de poder globalista han pretendido usar y abusar del miedo y los métodos de comunicación totalitarios, que harían sonrojar de vergüenza al mismísimo Joseph Goebbels. Es decir: aplastar la libertad de las conciencias a lo bestia.

Yo no tengo la respuesta a este novísimo fenómeno. Pero lo que es claro es que la colectividad debe buscar una fórmula para que el poder recupere la legitimidad respetando la libertad de las conciencias.

Un ejemplo de laboratorio es el fenómeno social de El Salvador: Un grupo organizado perverso y delictual en base a su capacidad de conectarse tecnológicamente cooptó la pequeña sociedad salvadoreña. El método de pacificación del presidente Bukele ha sido eficaz y el único posible en aquel estado de cosas, pero su extrapolación a sociedades más numerosas y complejas es prácticamente imposible. La neutralización de los grupos perversos que generen el caos debe ser neutralizado tecnológicamente. Son decisiones que pueden tener un tufo a totalitarismo al estilo chino. Pero algo hay que hacer al respecto.

Los dos ejemplos que he señalado dan cuenta que los dilemas de la sociedad tecnológica de masas, son complejos y urgentes de abordar. Superan largamente en complejidad e intensidad, los dilemas que están en el debate público tales como más o menos presencia estatal, o más o menos libertad económica. Esos dilemas existen y su debate es legítimo y necesario. Pero sucede a menudo que están dentro del fenómeno de la creciente masificación de la vida, que amenaza con deshumanizar o barbarizar al hombre contemporáneo.

abril de 2026



[1] con la revolución cultural de Mao de 1966, con la rebelión juvenil de 1968, y su primavera de París, revolución de las flores de California y otros desatinos a lo ancho del mundo occidental. Y a partir de las rebeliones de 2011 en adelante en Chile, Francia, México, EE. UU.; la importancia analítica de la obra resulta crucial.

miércoles, 25 de marzo de 2026

CIEN AÑOS DE LA REBELION DE LAS MASAS (CAP 2)

 

LA “DESMASIFICACION” DEL HOMBRE CONTEMPORANEO. LA MADRE DE TODAS LAS BATALLAS

Una de las consecuencias de ver el mundo desde una perspectiva inmanente, olvidando la esencia trascendente del hombre, es la proliferación de visiones críticas a la realidad contingente, que no ofrecen orilla a la atribulada alma del hombre contemporáneo. Algo de eso tiene, lo que se ha dado en llamar la Nueva Derecha, nacida (como tantos caminos hacia el abismo) en la Francia post moderna. Ser intelectual pareciera querer decir, denunciar desdeñosamente la realidad, poniéndose en un plano de superioridad escéptico a su influencia.

Philippe Muray, lúcido integrante de esa Nouveau Droite siguiendo las consecuencias del fenómeno denunciado por Ortega, desarrolló el concepto del Homo Festivus. Los puntos clave de su tesis son: 1) La "Festivización" de la Sociedad: Muray afirma que ya no existen ciudades ni ciudadanos, sino espacios de eventos donde la fiesta se ha vuelto totalitaria. Todo aspecto de la vida debe ser divertido, lúdico o "festivizado" para ser aceptable. 2) El Imperio del Bien: Describe un sistema de pensamiento único que impone una moralidad infantil y optimista. El Homo festivus es el habitante de este imperio: un ser que rechaza cualquier forma de negatividad, tragedia o profundidad histórica, prefiriendo vivir en un presente eufórico y vacío. 3) El Infantilismo y Ocio: El autor critica la adoración de la juventud y la transformación del adulto en un niño grande que consume entretenimiento estandarizado. Para Muray, el ocio no es una liberación, sino una forma de adiestramiento de las masas bajo la apariencia de libertad. 4) El desprecio por la Historia: El Homo festivus vive en una amnesia voluntaria. Al eliminar el pasado y sus complejidades, la sociedad se convierte en un "parque temático" donde no ocurre nada realmente nuevo, solo la repetición de ritos de consumo disfrazados de rebeldía. 5) La corrección Política: Muray ve la corrección política como el brazo censor de esta fiesta perpetua, que persigue cualquier asomo de ironía, conflicto o verdad que pueda "arruinar la celebración".

Siendo completamente lúcidas las tesis descritas en el párrafo anterior, conforman una condenación del lector/auditor a la visión de esta debacle, con un dejo de victimización pasiva como la del tango: “la vida fue y será una porquería ya lo ve”. Porque ¿Cuáles son las opciones de praxis que un mundo materialista ofrece a un joven que descubre estas realidades sin la clave que pasaré a señalar? Dos y nada más que dos: La revolución, esto es la sustitución violenta del orden social (con violencia activa o pasiva como lo hace la nueva izquierda integrada por feministas y bolas tristes) o la actitud individualista de encerrarse cada uno en su catacumba personal, familiar o religiosa y dejar que el mundo se caiga a pedazos. La catacumba es una metáfora para referir un encierro dentro de un fanal donde lo apestoso de un mundo sin ética, sin estética, sin bondad, sin belleza; te permita vivir sin su contaminación.

Ambas opciones están destinadas al fracaso. Los órdenes de magnitud de un mundo desacralizado, feo, sin bondad; son de tal magnitud, que su pestilencia llegará y contaminará a revolucionarios y catecúmenos.

¿Cuál es la falencia en la tesis de Muray? Pues dejar sin explorar la causa basal de este mundo horrendo de la sociedad de masas. ¿Y cual es la causa basal de la masificación? Pues la deshumanización del hombre que renuncia a la soledad de su ego y a la realidad de la alteridad con otros egos. Somos lanzados a la existencia como sintetiza Heidegger sin voluntad para estar en el mundo. Y de ahí nace la necesidad de relacionar nuestro ego con los otros egos. ¿Y cual es esa fórmula de relación que la revelación cristiana “descubrió”? Pues la conducta personal para con el mundo, para con los otros egos.

La madre se entrega cien por ciento a la criatura que trae al mundo. Por instinto de supervivencia evolutivo el bebé también se apega a ese otro ego para su “estar en el mundo”. Pero cuando el homo sapiens se ve autovalente, el dilema es tener la voluntad y disposición de cuidar, respetar y proteger a los demás egos que circulan u orbitan sobre nuestro ego, u obrar como lo hacen los animales y el hombre masa.

El mensaje de la revelación cristiana tuvo ese mérito: señalar que la humanización del hombre viene imperativamente condicionada por la capacidad de amar al prójimo como a uno mismo. No tolerarlo o soportarlo, amarlo. Esa es lo que Ortega denomina la eligentia, matriz del vocablo elegancia, condición necesaria de la nobleza de espíritu, aquella que obliga: nobleza obliga. Esa es la condición necesario y yo diría suficiente, para superar la sociedad de masas.

El fenómeno de la sociedad de masas no es necesariamente inducido por el fenómeno del poder político. Este fenómeno del poder, da cuenta que en la sociedad siempre han existido, existen y existirán quienes mandan y quienes obedecen. El fenómeno de la masificación es más bien hijo de la técnica moderna y el poder se ha aprovechado de la simplicidad con que puede manejar a las masas a través de los mecanismos de la técnica moderna. En dos palabras: que seas un hombre masificado no es un problema fatal que se te haya impuesto. Es una conducta que tú puedes superar.

La desmasificación de la sociedad es la madre de todas las batallas. El soberano justo prudente, fuerte y ecuánime debe velar por que sus súbditos cultiven el señorío sobre sus vidas y la nobleza sobre los demás. La fórmula para desmasificar la sociedad contemporánea es estructurar una sociedad sobre los deberes y no sobre los derechos. Como se ve, una voltereta copernicana.

Socialismo y capitalismo son palabrejas añejas, gastadas y que no traen remedio a los males que nos aquejan. El dilema es una sociedad de masas o una sociedad de señores.

Marzo 2026

lunes, 16 de marzo de 2026

CIEN AÑOS DE LA REBELION DE LAS MASAS. ¿HA CAMBIADO ALGO? O MAS BIEN, ¿HEMOS APRENDIDO ALGO? (Parte I)[1]

 


Hay un verso de Silvio Rodríguez que en parte dice: ¿A dónde van las palabras que no se quedaron? / Acaso flotan eternas como prisioneras de un ventarrón /O se acurrucan entre las rendijas buscando calor /Acaso ruedan sobre los cristales cual gotas de lluvia que quieren pasar / Acaso nunca, vuelven a ser algo/ Acaso se van / Y ¿a dónde van?

Cuando garabateamos una hoja escribiendo (hoy, maltratamos un teclado) para expresar una idea que encontramos lúcida, para explicar (nos) y explicar (les) a nuestros lectores lo que, a nuestro juicio es el mundo, lo que es el hombre, lo que es la conciencia humana, y lo que deberían ser esas entidades, lo hacemos pensando en influir, en permanecer, en tocar, aunque fuese mínimamente, como gotas de lluvia, una o mas conciencias que pudiesen asimilar aquello que predicamos. La trova de Rodríguez nos somete a la realidad de lo efímero y quizá ocioso de nuestra pretensión.

El que escribe estas letras, carece de una lucidez extra - ordinaria y la pérdida que sufre la humanidad es ínfima o inexistente cuando sus palabras se extravían en la nada. El problema lo tiene la humanidad toda, en un mundo super saturado de información, cuando sucede que el esfuerzo que hacen hombres de la estirpe de los genios, sus palabras, ideas y conceptos quedan flotando eternamente como prisioneras de un ventarrón. En tal caso, la humanidad es la que sufre un detrimento.

Es lo que a mi juicio ha sucedido con el filósofo de habla castellana más importante habido hasta hoy. Yo diría: el primer filósofo de habla castellana: José Ortega y Gasset. Y decir de habla castellana es muy importante para nosotros porque el castellano, hoy llamado español, es nuestro idioma, en el que pensamos, soñamos, odiamos etc. Es la viga sobre la que descansa nuestra conciencia. No es lo mismo entender una traducción de una idea genial. No es lo mismo asimilar la perspectiva de alguien que no piensa en nuestro idioma. La traducción no lo consigue en toda su dimensión. Los políglotas nativos (digo nativos, esto es, que aprenden a hablar en dos idiomas antes de hablar en ninguno) son muy pocos. Siempre pensamos en una lengua. Podemos matizar nuestro pensamiento con palabras de otra lengua. Entonces, filosofar en castellano es para los hispanoparlantes un combustible a la inteligencia, difícilmente sustituible por lo que predican otros en otro idioma. Heidegger dijo (no sé con qué grado de convicción) que solo se podía filosofar en griego antiguo y en alemán. Y si lo dijo fue porque era un idealista, esto es, un pensador que está convencido que las ideas son las que forman la realidad. Pero sucede -y esta es la idea más genial expresada por Ortega- que la circunstancia de un griego de Leontinos, de Éfeso o de Atenas, no es ni remotamente la nuestra y por consecuencia la realidad que pudieron predicar sus filósofos nos llega solo como ecos difusos. Lo mismo decir de un alemán, francés, ruso etc.

Pues bien, hace cien años se publicó el libro[2] referido en el título, que debe ser el escrito en nuestro idioma, que más traducciones a otras lenguas ha tenido y más reediciones en otros idiomas ha tenido, particularmente en alemán. ¿Por qué? Porque es una síntesis genial descriptiva de un fenómeno de involución humana que irrumpe en la modernidad fundada en el siglo XIX y que, en el transcurso de casi dos siglos, lo único que ha sucedido es agudizarse. Justo en tiempos que se predica que vivimos el non plus ultra de un concepto sacrosanto o más bien de un talismán: el progreso. Idea equívoca que permite asumir que, por arte de birlibirloque, el hombre de ayer es menos que el de hoy y el de mañana será más que el de hoy. ¿Y por qué la obra de Ortega y este fenómeno de la masificación permanece oculto sobre todo en la academia? Pues porque es un disparo en la línea de flotación del modernismo progresista. Pues porque si se asume en toda su dimensión, el relato modernista se viene al suelo y se hace añicos.

Entonces, a propósito del centenario de “La Rebelión de Las Masas” conviene recuperar esas palabras contenidas en aquella obra filosófica/ensayística que, acaso ruedan sobre los cristales, como dice el trovador Rodríguez; recuperarlas, leerlas, entenderlas. Más que nadie nosotros, los que hablamos, pensamos, sentimos, sufrimos y nos alegramos en castellano; además de ser herederos de una cultura dominante que se encuentra grabada en nuestro inconsciente colectivo: la hispánica.

Marzo de 2026

 

 



[1] Pretendo abordar por capítulos esta obra y oponerla como el sastre pone el patrón de un corte de chaqueta, sobre la tela que es nuestra realidad contingente. La presente es solo una introducción para motivar su lectura. Luego la analizaré por capítulos según el orden de la obra.

 

[2]  Poco antes había sido publicado fragmentariamente como artículos de periódico.

lunes, 16 de febrero de 2026

EL DISCURSO APOLOGÉTICO DE MARCO RUBIO. EQUIVOCOS Y ACIERTOS DESDE UNA PERSPECTIVA CHILENA

 

Ascender en la resbalosa política norteamericana exige de quienes llegan a la cúspide un gran talento prudencial. En especial para quien como Marco Rubio no cumple con aquel check list convencional de la oligarquía norteamericana WASP (White, anglo saxon and protestant). Él es hispano, católico, hijo de inmigrantes cubanos que arribaron a Miami en 1956; el padre, mozo de banquetes y la madre, una empleada de aseo y cajera de supermercado. Todo un representante del american dream. Debe ser riguroso en la repetición estricta del relato que hizo grande su nación. La oligarquía WASP lo está observando.

Para ascender en uno de los dos partidos políticos que se reparten el poder en los Estados Unidos, es menester aprender y repetir rigurosamente y sin trizaduras, el relato fundacional norteamericano: Ellos son la representación del destino manifiesto de dominar el planeta como el pueblo escogido por Dios. Para hacer cuadrar el círculo, los estadounidenses de manera sistemática deben torcer verdades históricas bastante triviales, negándole el mérito civilizatorio a quienes realmente trajeron la civilización occidental a América, su archienemigo histórico: el Imperio Español. Deben mentir señalando que Colón era un italiano que salió a navegar por su cuenta, y se encalló con un nuevo mundo. Debe repetir que la civilización occidental recién se asienta en América con la llegada de los pilgrims a las costas de nueva Inglaterra, cuando hacía ya casi dos siglos en el Virreinato de Nueva España y del Perú estaban construidas algunas de las catedrales más grandes del mundo, funcionaban en Perú y México universidades que impartían la sabiduría acumulada por el hombre hasta entonces, y poseían bibliotecas más prolíficas que las de Europa. Donde se dominaba y enseñaba la náutica y la navegación por los mejores pilotos del mundo y los procelosos mares americanos habían sido cartografiados, incluido el pacífico donde el Imperio Español ¡comerciaba ya entonces con China! Pero por sobre todo y antes que todo, la hispanidad había traído consigo la religión católica con vocación universalista, con la cual sustituyeron los dioses, varios de ellos sanguinarios, de pueblos estacionados en la edad de piedra. Eso y no otra cosa, estimado lector, es la base de lo que se llama, civilización occidental.

Ahora bien, el Secretario de Estado Mr. Marco Rubio, dando cuenta de su enorme talento retórico, ha expresado un discurso que será sin duda histórico[1]. Pretende con él detener y reaccionar a un largo proceso de decadencia de occidente que incluye precisamente a los EEUU. Dos son los conceptos equívocos que su brillante speech ameritan ser aclarados: civilización occidental y Europa. Porque las cosas son lo que son y no lo que se dice de ellas, por mucho voluntarismo que Rubio imprima a sus palabras.

 Cuando Rubio habla de Europa, naturalmente no se refiere a Europa como tal, sino exclusivamente a sus países amigos y vasallos en Europa. No se refiere a Rusia, no se refiere a Bosnia y a Croacia, no se refiere a España ni a Portugal, no se refiere a Turquía. Cuando Rubio habla de Civilización Occidental, no se refiere a la cristiandad que la fundó, se refiere a la sociedad mercantil e industrial que nació a consecuencia de la reforma luterana protestante. Aunque Rubio es hispano de origen y formalmente católico de religión, seguramente fue debidamente adiestrado en alguna de las logias masónicas que “filtran” los liderazgos políticos en los Estados Unidos, y debe repetir el mantra imperial norteamericano: ellos son La Civilización. Ellos y sus valores (y desvalores también) están del lado correcto de la historia y sus enemigos son los malos. Esa fórmula funcionó hasta una fecha difusa en que los poderes establecidos perdieron el monopolio de la información. Imponer un relato resulta hoy algo mucho más difícil que en 1945. Sobre todo un relato mentiroso o equivoco como el que contienen sus palabras.

Estando personalmente de acuerdo con Rubio en todo el relato del siglo XX que hace, me cuestiono si a Chile, cuyo socio principal (y creciendo) es China, es pertinente y conveniente sindicarlo en el lado siniestro de la historia, y el socio secundario (y bajando) que es Estados Unidos, como el bien personificado.

Quizá no compartimos valores ni religión, ni una visión trascendente e inmanente del mundo con la cultura china, india o japonesa. Pero la hostilidad de la principal potencia mundial hacia alguno o todos ellos nos perjudica sin lugar a dudas. Ahora bien, en el actual estado del arte, yo diría que tampoco compartimos demasiados valores con los Estados Unidos y menos con una Europa netamente decadente como la actual.

Si hacemos un comparativo entre los siglos XV al XVIII, con nuestro siglo actual, un referente para Chile es la Serenísima República de Venecia destruida por un resentido social como fue Napoleón. Venezia compartía religión y valores con Europa continental, entonces en expansión cultural y económica, pero sus principales socios comerciales eran China y el Gran Turco. El Mediterráneo de entonces es el Océano Pacífico de hoy, testigo del mayor intercambio comercial de la historia humana. Chile es actor principal de ello. Condición que nunca tuvo desde su nacimiento en 1541.

En esa perspectiva saludo el discurso de Rubio en cuanto a la tarea de combatir y derrotar los totalitarismos del siglo XX pero su apologética me parece con algo de olor a naftalina. Porque la decadencia de Europa en mayor medida, pero también de los Estados Unidos no se revierte ni se revertirá con palabras. Se requiere un consenso que en Europa no existe y en Norteamérica se ve muy distante para que se haga realidad.

Un dato surrealista del discurso es que había muchos europeos musulmanes asistentes escuchándole en el salón donde habló, que naturalmente no aplaudían. En el caso de los Estados Unidos, su oligarquía que siempre ha sido la conductora de su destino no comparte en general las ideas expresadas por Rubio.

La historia la dirigen los grandes deseos colectivos. Las ideas y la épica de los relatos son el envoltorio de esos grandes deseos colectivos. No basta liderazgo tecnológico para arrastrar a un pueblo tras de sí en un esfuerzo colectivo. Paradójicamente la tecnología moderna hace más laxas las voluntades y genera el fenómeno de la masificación e infantilismo que nos envuelve a todos en occidente. Me parece que los Estados Unidos de Norteamérica perdió esa voluntad que se quebró por allá por la guerra de Vietnam. Y no hay fuerza colectiva para recuperarla.

Lo que escribo para Usías, para los fines que estimen de rigor.

 

Febrero 2026


[1] https://www.youtube.com/watch?v=rc1XlUFRa_4

lunes, 5 de enero de 2026

LA INDIGENCIA DE LAS IDEAS FRENTE A LAS CIRCUNSTANCIAS

 


 

Desde nuestra formación escolar venimos escuchando algo que a los hombres de occidente nos ha marcado a fuego: Las ideas cambian el mundo. La historia de la humanidad sería un escalamiento progresivo gracias a nuestra capacidad de razonar y de formular ideas sobre el mundo que nos rodea. Se nos ha repetido como un mantra: La revolución francesa fue la consecuencia de las ideas liberales, la revolución rusa fue la consecuencia de las ideas de Marx y Engels, la existencia misma de los Estados Unidos es fruto de las ideas de la libertad expresadas por los padres fundadores de aquella nación del norte, etc.

De esta tendencia a la santificación de las ideas como ídolos y pre formadoras de la realidad, nace también una confusión omnipresente en los estudios históricos y de la política: A menudo se confunden los planos prescriptivos y los descriptivos de la realidad.

Todas las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos, dice nuestra constitución. ¿Qué quiere decir realmente eso? ¿Qué somos todos realmente iguales? ¿Qué somos todos realmente libres? ¿Qué somos todos realmente dignos? ¿Qué todos tenemos realmente los mismos derechos?

Trayendo la cuestión a nuestra contingencia, tenemos a un gobierno muy pronto saliente, completamente fracasado, encabezado por un individuo fracasado. Alguien que prometió transformarse en el sepulturero del neoliberalismo, idea demonizada por los redentores progresistas que entronizarían el reino de la igualdad económica, la igualdad de género, y el respeto irrestricto de los derechos humanos de los que infringen la ley opresora. Para eso una nueva constitución que establecería el reino de la igualdad interseccional.

¿Obras para el bien de Chile y de los chilenos? ¿Conductas que pongan de relieve cualidades personales de los gobernantes? Absolutamente ninguna. Le pagamos el sueldo, casa, viáticos, movilización, viajes, pitutos a sus amigotes, a este fracasado y a su séquito de cleptócratas, para que no solucionaran absolutamente ninguno de los problemas contingentes, algunos de ellos graves. Por el contrario, impuestos, violencia, delincuencia, inseguridad, endeudamiento fiscal; se han incrementado a niveles nunca antes vistos.

Harto de estos fracasados y cleptócratas, la ciudadanía elige por mayoría significativa a quien dice, gobernará con ideas de derecha. De extrema derecha le acusan sus detractores. ¿Qué quiere decir aquello? ¿Más honestidad? ¿más trabajo? ¿ordenar la convivencia sometiendo al imperio de la ley a los gobernantes y gobernados? ¿exterminar el terrorismo en la Araucanía? ¿liberar a los ciudadanos del yugo de impuestos asfixiantes que impiden el emprendimiento?

El anterior gobierno que gobernó con ideas de derecha, subió los impuestos, el endeudamiento fiscal, las regulaciones asfixiantes, toleró el terrorismo, persiguió a miembros de las fuerzas armadas y carabineros por imponer el imperio del derecho, toleró el salvajismo del lumpen urbano. No parece un buen adjetivo pues, profesar ideas de derecha, así sin más.

La clave de esto está en el absurdo del mito dominante descrito en el párrafo inicial. La verdad es muy distinta: no se gobierna con las ideas; se gobierna con las conductas. Las ideas no son justas o injustas. Solo las conductas obtienen ese calificativo.

En lo formal, el Presidente electo José Antonio Kast, aparenta ocuparse de ser un (futuro) gobernante virtuoso. Eso ya es algo. Pero no basta para limpiar la institución de la jefatura de estado del cenagal donde la ha rebajado su predecesor. Se necesita cierta radicalidad que le separe a los ojos de los ciudadanos, de aquel ambiente contaminado.

Las “visitas de estado” a quienes han participado en el saliente gobierno depravado, aunque fuere de manera indirecta, disuelve la energía que debemos empeñar comunicacionalmente, para dejar por establecido, que sus participes, nunca más deben tocar el timón de la república.

José Antonio Kast Rist: si quieres la paz, prepárate para la guerra.

diciembre de 2025

miércoles, 15 de octubre de 2025

DEL OCASO DE LA (SEUDO) REVOLUCION OCTUBRISTA Y A LA ORFANDAD DE PRETENCIONES

 

Ortega dentro de su abrumadoramente prolífica e inacabada obra, nos ofrece un opúsculo o monografía intitulada “El Ocaso de las Revoluciones”. En ella propone que la era de las revoluciones había sucumbido en Europa de post guerra y lo que irrumpía era la era del aburrimiento, de la desconfianza en los valores y principios, y del individualismo. Las revoluciones nos señala, no son los estallidos de violencia, tomas de la bastilla o asaltos al palacio de invierno. Aquellos son la consecuencia de estas. Las revoluciones no se dirigen ni sostienen cuando la causa de esos estallidos de violencia, son los abusos. Dice Ortega, las revoluciones se dirigen contra los usos, no contra los abusos. Y se dirigen contra los usos porque son los usos la base, el suelo sólido desde donde se sostiene un concepto de mundo. Por ejemplo, los ilustrados liberales y positivistas creen estar pisando un suelo sólido de creencias y de ahí se proponen destruir el antiguo régimen de la tradición europea. Algo similar sucede con el hijo tarado del liberalismo, que fue la revolución marxista.

Pero el ímpetu revolucionario se va desinflando, va perdiendo confianza porque la realidad se le viene encima desnudando sus contradicciones, errores y sinsentidos. El desengaño en la fe revolucionaria va a producir el desgano, aburrimiento de sus monsergas, la desconfianza en los valores predicados y finalmente el encierro de los individuos en un ensimismamiento que de mantenerse por varias generaciones va resultando corrosivo para la convivencia.

Conjeturo que ante esa realidad post 1945 que retrató Ortega, hubo un intento de darle oxígeno o esteroides a la revolución marxista anquilosada, pretendiendo recrear una revolución a través del movimiento de la primavera de París de 1968 o lo que se predica o relata de ella. Amparados en un refrito de comida recalentada reciclaban una ideología basada en un materialismo dialéctico seudo científico, justo cuando Einstein y Planck nos develaron que la materia no es más que energía en movimiento. Así el inmanentismo materialista de los Erick Fromm, Marcuse, Foucault, escuela de Frankfurt, Sartre, Beauvoir etc. nace como la fe que tenían los milenaristas[1] en el año mil, predicando que el fin del mundo se produciría el año mil, y éste – todos se daban cuenta - no se produjo. Entonces, para sostener la fe en sus creencias, el materialismo contemporáneo ha debido progresivamente apartarse más y más del foro, del debate, del ejercicio crítico y del alegre intercambio de experiencias vitales, encerrándose en ostracismo de violencia verbal y física. Su enseña ha sido la cancelación, la violencia y en el extremo, como Marco Vinicio en la novela Quo Vadis, asesinar al mensajero.

¿Qué queda del delirante proyecto milenarista de la tía picachu y de la falsa doctora y falsa mapuche señora Loncón, rechazado por el pueblo soberano? Bueno, sucede que el insano que ocupa el sillón de O´Higgins dictaminó que el pueblo soberano no estaba preparado para entender tamaño portento solo comprensible para intelectos poderosos como el de vuecencia. ¡No hay salud! diría mi madre.

Sostengo que, la batalla más importante se da en el relato – lo he sostenido antes en estas columnas-. Y el peor enemigo para levantar las banderas de un nuevo orden de justicia que no es más que la paz del orden, es el hastío, el aburrimiento, el señorito satisfecho de las redes sociales que aspira a ser auditor espectador y disparar likes sin arriesgar nada. Nietzsche lo retrató dramáticamente en el discurso de El Último Hombre en su Zaratustra.

Chile, esta creación dura, difícil que ha costado sangre sudor y lágrimas de conquistadores que se abrieron paso a sangre y espada para someter a los demonios del caos, colonos que resistieron tres levantamientos generales de indios, de emancipadores republicanos que resistieron la soberbia de la burocracia borbónica durante la reconquista, de agresiones foráneas sofocadas en dos guerras que trajeron los pabellones ensangrentados y victoriosos, de agricultores que resistieron la reforma agraria inicua y destructora, de hombres y mujeres que resistieron el intento mutilador de la Unidad Popular: Ahora, desde hace cinco años hemos estado bajo ataque por demonios que pretenden su destrucción para fundar una entelequia inhumana e inmoral.

En esas batallas pretéritas tuvimos referentes culturales y morales. Ya no tenemos a la Iglesia Universal salvífica ordenando y orientando las conductas. Los referentes culturales de Europa y de Estados Unidos de Norteamérica declinan sin retorno. Occidente se asfixia en un inmanentismo suicida. ¿Qué tenemos para orientarnos? Chile es una entidad huérfana de pretensiones que movilicen los espíritus. Estamos obligados a escarbar en la tradición de occidente para construir la convivencia de espíritus libres. Un nuevo acuerdo social que ponga el énfasis en la calidad de las conductas de los miembros de nuestra comunidad, en las obligaciones, en la bondad de las intenciones y actos, en la belleza de las obras. Insisto: no tenemos referentes.

Tenemos la historia como magister vitae. Debemos nosotros construirlo todo, como lo hicieron un puñado de patricios romanos que luego del colapso del imperio se congregaron en un delta barroso del Véneto, para levantar una ciudad Estado que duró ochocientos años: la Serenísima República de Venecia. Ahí hay un ejemplo.

Pero la historia es solo eso, historia. Entonces, ¿cuál es el remedio o más bien el tónico para despertar esa energía? Quizá una dosis de sufrimiento le vendría bien a un Chile de masas saturadas de comodidades y de gratuidades. Lo decía San Alberto Hurtado: El dolor es una forma de visita del Señor.

Octubre 2025

 

 



[1] El verdadero milenarismo – no el que describe torcidamente la irreligiosidad contemporánea que le confunde con escatología trascendental- es la fe que tenían quienes creían que el año mil sobrevendría la segunda venida de El Mesías.

LA RECETA DEL MIEDO, Y LA ELECCION PRESIDENCIAL

 


Mel Gibson es uno de los pocos cineastas contemporáneos que a través de sus obras de arte inspira emociones constructivas. En su película Apocalypto reserva una escena para retratar lo que representa el miedo. Al pie de este escrito dejo el enlace con el fragmento de la obra cinematográfica para quienes quieran escuchar este magnífico discurso[1] que relato en pocas palabras: Un padre aborigen, en una selva de Mesoamérica va a cazar con sus hijos y parientes. Lo han hecho por generaciones en ese mismo territorio selvático. De pronto se encuentran con una tribu miserable que camina buscando “un nuevo comienzo” porque sus tierras han sido arrasadas. El padre les advierte que deben salir de esas, sus tierras, pero impide a sus jóvenes que los agredan. El hijo expresa a través de la mirada sin palabras, todas las emociones negativas que son hijas del miedo. Al final de la jornada, le expresa a su hijo un magnífico discurso sobre lo que es el miedo, y lo exhorta a limpiar su corazón de esa emoción podrida y contagiosa.

El Evangelio en Mateo 26:69 a 75 nos conmueve con la negación de Pedro poseído por el miedo. Pedro nos dice la escritura, llora después de ver los ojos de su Señor, pero no nos dice que supere su miedo. Al contrario, era tan profundo su miedo que nada dice el evangelista que lo haya acompañado en el calvario, y solo su Madre, Juan y María acuden a los pies de la cruz. Debemos entender que el arrepentimiento de Pedro fue moral, es decir, de repugnancia a su propia debilidad, pero siguió dominado por esa emoción contagiosa. Pedro, símbolo y padre de la iglesia tuvo miedo y no lo superó en ese episodio.

La tarea de reconstrucción de la convivencia es la tarea más relevante para el mandato presidencial que sucederá a esta administración. Ésta parece gobernada en prácticamente todos los aspectos y estamentos por las fuerzas del mal. Palabras, ideas, frases, obras, proyectos; casi nada es rescatable como algo positivo para la paz, la justicia, la verdad o la belleza. Sus partidarios, activistas de la calle, sabiendo lo imposible de retener el poder en el próximo período, amenazan larvadamente con retomar la senda de la violencia demoledora de la convivencia pacífica y seguir sembrando las ciudades de Chile con sus excrementos verbales, buscando víctimas ojalá jóvenes para después escalar a la violencia homicida. El mensaje va dirigido como advertencia a los votantes que votarán por el desalojo de esta impúdica casta de revolucionarios cleptócratas. Conocemos la receta del miedo. La conocen los afectos y desafectos del actual gobierno, políticos, jueces, sacerdotes, obispos, hombres de negocios, miembros de las fuerzas armadas y de orden. La idea de la propaganda es que lo sepan los votantes y que, sin van a votar por el desalojo, lo hagan poseídos por el miedo y en consecuencia, elijan el mandatario más pusilánime u obsecuente con la violencia y el caos.

Ante esta evidencia ¿Cuál es la actitud de cada uno de los candidatos presidenciales serios?[2] 

La señora Jara busca un posicionamiento personal. Como política fogueada, sabe que no puede ganar la elección en el balotaje. No tiene plan ni programa. Para qué quemarse con dimes y diretes si sabe que no ejercerá, por ahora, el cargo.

La señora Mathei anhela un milagro y un electorado atorado por el miedo, ojalá el terror, a fin de desarrollar un gobierno de continuidad del expresidente Piñera. Sus abanderados son la oligarquía que coopta las organizaciones de grandes empresarios cuya insignia es que todo cambie para que todo siga igual. Administraría la violencia revolucionaria como un dolor de muelas de una pieza dental imposible de erradicar, cediendo y concediendo para que no se desborde, con analgésicos y barbitúricos si es necesario. Tiene como experto en seguridad, al ex subsecretario de interior, el señor Galli, que sentó una doctrina de replegarse y contener a los violentistas a fin de no tocarlos con el pétalo de una rosa. En los ojos de la candidata no veo el miedo porque está segura de que no opondrá resistencia a los enemigos de sus electores y también porque sus talentos prudenciales son discretos. Ella, ni siquiera se representa los costos personales y perjuicios para Chile, que su desordenada ambición puede causar. La cuestión para ella es extraordinariamente simple: llegar a su sueño de terciarse la tricolor.

El señor Kast sube este palo ensebado para alcanzar la piñata que le permita sentarse, por fin, en el sillón de O´Higgins. ¿Cómo? Con un mensaje críptico con publicidad de dentífrico, buscando a toda costa decir las menos cosas posibles para no derramar el vaso pletórico de las encuestas que lo dan por ganador. ¿Qué hacer con la subversión revolucionaria de las calles?: ya se verá. ¿Qué hacer con los cien mil delincuentes extranjeros que asolan la convivencia?: mensajes genéricos, crípticos. No referirse a ello en detalle. El que mucho habla mucho puede equivocarse. ¿Será está táctica sustituta de una estrategia inexistente? ¿Será quizá por causa de aquella emoción podrida y contagiosa que es el miedo?

El señor Kaiser ha dejado por establecido que es el único líder que encarna un mando, que sabe cuáles son los medios para ejercitar ese mando, y cuál es la misión. Tiene principios. Pone los principios por, sobre todo. Tiene una estrategia clara y tácticas coherentes con aquella. Sabe que hay enemigos políticos potencialmente homicidas – el terrorismo – que deberá resistir, sabe que se enfrentará a una burocracia judicial plagada de activistas políticos y de jueces pusilánimes, sabe que se enfrentará a un sector del parlamento que buscará destruirlo personal y moralmente. 

El electorado dirá si se deja gobernar por aquella emoción podrida y contagiosa. Quienes voten por Johannes y sus parlamentarios, habrán superado esa parálisis que produce el miedo. En noviembre sabremos cuantos somos los chilenos que honramos aquello que les gritó O´Higgins a sus soldados en Rancagua: O vivir con honor o morir con gloria.

Viva Chile. Viva Kaiser.

octubre de 2025



[2] Por serios me refiero a aquellos que se postulan para ser presidente de la república, no para testimoniar o ganar dinero en base a los vacíos legales de la ley de financiamiento de las elecciones. No me refiero pues, ni a Parisi, ni a Enríquez, ni los otros dos cuyos nombres ni me recuerdo.