martes, 21 de mayo de 2024

LA MOSCA SOBRE EL CRISTAL O EL EXTRAVÍO IDEOLOGISTA

 


Nuestro sistema político. No funciona. ¿Para qué describir lo que todo el mundo sabe?: la convivencia hecha trizas por el total y completo irrespeto a las normas jurídicas, morales y hábitos de conducta que la hacen posible. Los espacios públicos dominados por el terrorismo, la delincuencia y la fealdad de los grafiteros. La convivencia superficial, solo se sustenta en una aceptable -aun- situación económica de las masas y en la opulencia de las élites. Las instituciones creadas y pagadas por todos los contribuyentes para reprimir a quienes no respetan esas normas -razón de ser del estado-, colaboran con los delincuentes y reprimen a los custodios de la ley. El okupa de La Moneda, indulta y premia con pensiones vitalicias a delincuentes violentos que destruyeron Santiago y expropiaron los espacios públicos a los ciudadanos. El mundo exactamente al revés. Quienes deben con sus acciones reparar este entuerto, perplejos, confusos o copartícipes de esta descomposición.

¿Cómo se arregla esto? ¿Cómo se recompone la convivencia? ¿Cómo recuperar el espacio público para las personas que cumplen, trabajan, se esmeran por ser respetuosos de la ley y empáticos? ¿Cómo se combate y reprime a los grafiteros, lanzas a chorro, asaltantes, traficantes de drogas, homicidas, descuartizadores, asesinos por encargo, defraudadores del fisco y un largo etcétera?

¿Qué las instituciones vigentes funcionen? ¿Más rigor en las calificaciones de los miembros del poder judicial; muchos de cuyos integrantes sentencian contra texto expreso de la ley; lista 4 y fuera? ¿Depurar el Tribunal Constitucional de operadores políticos? ¿Reemplazar a los activistas políticos revolucionarios y ayudistas de la corrupción, enquistados en el Ministerio Público? ¿Reemplazar en los próximos comicios a todos los parlamentarios que han apoyado por acción o por omisión a delincuentes sean “primera línea”, o a sus camaradas de partido sorprendidos en desfalcos y rapiñas? ¿Elegir a un presidente de “derechas”? ¿Vaciar la administración pública de ociosos que dilapidan los recursos que pagan a duras penas los hombres y mujeres de trabajo?

Aunque todo ello fuera posible (lo que no parece factible), con toda seguridad no bastaría. No bastaría, porque las causas de esta descomposición seguirían en pie.

¿Dónde se encuentra la madre del cordero? Pareciera que todas las recetas ideológicas ofrecidas apuntan en un sentido tal, que disuelve en vez de componer la convivencia social, la paz pública y en consecuencia la genuina libertad. ¿Dónde está la causa de este desorden global? ¿Hay una causa o muchas? El sentido de estas letras apunta a develar una de ellas que es condición necesaria, sino suficiente, del caos existente.

En su reflexión sobre las ideas y las creencias, el filósofo español Julián Marías conjetura sobre la conducta humana[1]: lanzado a la existencia, el hijo de mujer procura instalarse en la circunstancia. Aquello lo hace premunido de sus creencias sobre la realidad. Amparado en esas creencias, edifica la estructura de sus ideas y juicios sobre la contingencia. Esta tesis filosófica, obviamente es una abstracción de un fenómeno no individual sino colectivo, porque no existe el Robinson Crusoe. Nos instalamos eficazmente en la realidad contingente amparados en la tradición. Los que nos rodean – por antonomasia, nuestra madre, padre y la sociedad -, nos transfieren esas creencias[2], y compartimos con ellos – en tiempos de estabilidad social- la estructura de ideas que nos permiten ordenar nuestra existencia. La consecuencia de que los individuos sean capaces de ordenar sus existencias a dicha estructura, es la calidad de la convivencia que se llama paz social.

¿Qué sucede cuando se disuelven las creencias? ¿Qué sucede cuando no hay convicciones basales sobre la realidad? Sucede que quedan solo las ideas, huérfanas de una raíz. Y esas ideas las adoptamos ortopédicamente como creencias. Surge pues el ideologismo. Este fenómeno, que viene gestándose desde hace más de un siglo, explica varios aspectos de nuestro caos contingente.

En efecto, la causalidad de la compleja situación de la modernidad contingente, tiene una explicación también compleja: el problema es epistemológico. El error está en la respuesta que se nos ofrece a la pregunta, ¿cómo se forma el pensamiento crítico?, es decir, aquel cúmulo de representaciones racionales que explican la realidad que nos toca vivir. Y el efecto de ese error, condiciona que la modernidad se golpea como las moscas en el cristal buscando salir a la luz del día. Lo que en occidente nos mantiene con un pie atado a una estaca que impide salir del atolladero en que nos encontramos, es la respuesta epistemológica que sostiene el sistema de creencias. ¿Cuál es esta creencia en un mundo sin creencias? Pues que serían las ideas las que formatean[3] la realidad. Esa es la piedra basal del ideologismo.

¿Cómo salir de la anomia y caos contingente? Falazmente, el ideologismo imperante dirá que, para solucionar el desorden contemporáneo necesitaríamos nuevas ideas. Aquel es un error común o transversal entre quienes se auto perciben como contendores en el mundo de las ideas de la modernidad tardía que nos toca vivir. Hago una breve sinopsis de como se ha manifestado este error.

Primera ideología: El relato dice que un buen día, Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Diderot y su mesnada, se ponen a pensar iluminados por la razón (como si antes de ellos nadie hubiese razonado) y se les ocurren una serie de ideas que causan, provocan y dan sustento a la revolución francesa, que, conforme al mismo relato, es el gran salto hacia el progreso, mito sustitutivo de la tradición religiosa salvífica que sustentó hasta entonces en occidente, la convivencia social.

Segunda ideología: Un judío resentido y odioso con su círculo social y racial [4] que le vio nacer, Carlos Marx; apoyado y financiado por otro judío que comparte la hostilidad de su camarada a sus hermanos de sangre y de cultura, Federico Engels; con elocuencia y retórica genial, idean un relato genealógico del devenir humano basado en algo que se les aparecía en la realidad contingente que les tocaba vivir. El relato oficial dice que sus ideas, fueron el sustento del devenir político y social trágico que sucediera en Rusia.

Tercera ideología: En la post segunda guerra, un grupo de franceses que deambulan en una sociedad hiper opulenta, donde es posible vivir y prosperar sin realizar trabajo productivo alguno, más que elucubrar interpretaciones de la realidad (fundan una nueva profesión: la de los intelectuales), y ensalzados por una burguesía cansada y nihilista, “descubren” ideas que ya habían sido formuladas por un personaje dostoyevskiano de nacionalidad italiana: Antonio Gramsci[5]. La verdadera revolución que el marxismo clásico no podría consumar[6], se haría posible según ellos, partiendo por demoler la cultura, (deconstruir es el nuevo verbo) es decir, destruir las relaciones sociales aceptadas y aceptables que hacen posible la convivencia. Su gran logro, es una asonada juvenil de niños ricos ocurrida en París en 1968. “Iluminarían” la sociedad para erradicar las injusticias y males del mundo, a través de una idea genial: destruir todas las identidades y relaciones (prohibido prohibir sería su lema) para reedificar su nueva utopía: una sociedad de seres asexuados, pacíficos y disciplinados. Es útil para ponderar la valía de sus ideas, conocer detalladamente el perfil de la moralidad de conducta cotidiana de aquellos intelectuales[7], quienes se identificaron por la ausencia completa de las reglas de vida y respeto al prójimo, reglas que ilustran a cualquier persona con sentido común. Por sus obras los conoceréis, nos enseña el Salvador.

Muchos que pretenden reaccionar y detener el desastre contemporáneo, creen que este se debe solucionar con nuevas concepciones ideológicas que se opongan a las anteriores. Un nuevo dibujo de una realidad plasmada en una hoja en blanco, según inspiración de un nuevo ideal. Habría pues que rastrear en las bibliotecas, para encontrar aquel anillo de los Nibelungos que nos permita recuperar la convivencia, la justicia y la libertad. Los reaccionarios intelectualmente más rústicos, postulan que será una política económica la que, a través de generar más prosperidad, redimirá a las masas de andar pensando tonteras.[8]

Pero … no funciona así la historia, no funciona así el género humano, no funciona así la convivencia entre hijos de mujer. ¿Por qué? Poque las ideas no son más que representaciones imperfectas. ¿De qué?: de la realidad del mundo que se proyecta sobre nuestra psique, dotada en primer lugar de emociones y en segundo lugar de racionalidad.

¿Qué hizo posible los cambios en la estructura social francesa que permitieron aquella asonada sangrienta e inicua llamada revolución francesa? Algo muy trivial: La acumulación de riqueza que la tecnología de la época hizo posible, lo que permitía que los valores que sustentaban la sociedad tradicional francesa, perdiesen vigor sin grave consecuencia visible. Las barreras morales se hicieron inútiles o al menos, no funcionales. No era necesario para prosperar y disfrutar de la vida las restricciones morales prescritas por la sociedad tradicional de entonces. La misma acumulación de riqueza, la imprenta y otros bienes económicos cotidianos (ropa, vivienda, agua corriente y alimentación a discreción, no disponibles un siglo antes) fue lo que hizo posible la existencia de “los intelectuales” que formularon la ideología y el estilo de vida despreocupado que animó a los revolucionarios. Incluso los que fungían de reaccionarios como Mirabeau, eran también destructores del orden tradicional por esas mismas condiciones de posibilidad.

Años después, la sociedad inglesa, gracias también a los logros tecnológicos alcanzados, fue profundizando una más rigurosa división del trabajo en los sistemas de producción y la especialización social derivada de ella. De esta manera se hizo posible que hubiese a disposición de la sociedad bienes de consumo y de capital, alcanzables para una población mayor. Surgió la acumulación de capital que hasta el día de hoy se le llama capitalismo. Fue esta la condición de posibilidad de la explotación de obreros por patrones. En aquel orden social, libre de restricciones morales, se generó una dinámica en que los tiburones más dotados intelectual y emocionalmente pudieron usar y las más veces abusar de otros miembros de la sociedad para beneficio propio. Entonces, un intelectual impotente para prosperar en ese ambiente, capturado por una emocionalidad e intelecto volcánico, retrata esa realidad en el relato genealógico de la sociedad humana recién mencionado, cuando no falso, equívoco. Carlos Marx siguiendo la tradición rabínica de su raza oficia de profeta: la supresión del capitalismo traerá como consecuencia necesaria la sociedad comunista. Otro resentido social, Victor Ilich Lenin, dañado emocionalmente por el asesinato de su hermano por la policía política zarista, potencia su psique homicida y con el apoyo del alto mando militar alemán (siempre en la historia las malas ideas las tienen los expertos) quienes lo financian para que destruya la sociedad del enemigo circunstancial, Rusia, desarrolla su obra satánica. Esta melcocha de acontecimientos históricos da lugar a la tragedia genocida que la historia conoce como revolución rusa.

Otra sociedad – la posterior a 1945- ordenada por otras nuevas y potentes circunstancias tecnológicas, permite la profundización de la división del trabajo capitalista pero esta vez no amparada en una explotación inmisericorde sino en relaciones laborales soft, generando una prosperidad inédita de hombres y mujeres, calificados o no, vulgares o sofisticados, dueños o no de sus existencias, haciendo desaparecer aquel proletariado de las ensoñaciones marxistas. Democráticamente nivelados, individuos y masas, se desplazan en automóvil, pueden viajar, pueden tener vacaciones, todas circunstancias que sus abuelos ni se soñaron. En Asia y en nuestra Latinoamérica tardíamente se alcanza ese estado de “desarrollo” que se reflejaba en sociedades más disciplinadas, lo que generó tensiones y resentimientos derivados por la pulsión basal que es la envidia estimulada por la propaganda revolucionaria. Para mayor impacto sobre la vida social e individual, en los 60 del siglo XX, a través de un fármaco, se le hace posible a la mujer planificar su maternidad y por lo tanto su sexualidad. La llamada liberación femenina, no surge de una idea; surge de un fármaco. Pero se acumulan más aun las complicaciones. Cuando en Chile recién nos estábamos acostumbrando a “disfrutar” de la american way of life, en las postrimerías del siglo XX, casi alcanzando este anhelado desarrollo como le bautizan los economistas, llega otro tsunami tecnológico: las comunicaciones electrónicas. Personas que nunca tuvieron opinión sobre el acontecer, sin ilustración cultural alguna, ahora son emisores de emociones, pulsiones y a veces (las menos) ideas y conceptos. La sociedad de masas, dependiente hasta entonces de una élite de emisores, se expande por la auto emisión de percepciones. Las masas pasan entonces a auto percibirse poderosas y falazmente autovalentes. Son los empoderados, el peor subproducto moral que pudiere darse para sostener la convivencia social. Una mezcla fatal entre El Señorito Satisfecho que describe Ortega en la Rebelión de las Masas, y El Último Hombre que retrata Nietzsche en Así Hablaba Zaratustra, pero en versión vulgar de analfabetos funcionales. Todo ello acompañado de una caída en picada de la educación pública, el mejor subproducto social de la ilustración, factor de cohesión en los albores de la república.

Pregunto: ¿La demolición de la estructura social que sufrimos en Chile y en occidente, es, como denuncian intelectuales de derecha, causada por las ideas de Foucauld, Sartre, Gramsci, la Bouvoir y sus discípulas norteamericanas feministas? No. Absolutamente no. Los intelectuales de la nueva izquierda mencionados, simplemente vieron venir (en parte, porque el tsunami de las comunicaciones nadie lo previó) este cambio y lo interpretaron y relataron, como un paso hacia la dichosa revolución, que ya deberíamos saber, es un unicornio inexistente. Sus ideas, huérfanas de creencias basales, han sido una nueva interpretación de la realidad, fundada en la franquía que ha hecho posible los cambios tecnológicos; y estos son la causa del reformateo de la vida post moderna. No son las ideas las que cambiaron la realidad social; fue la realidad social formateada por la tecnología, la que cambió las ideas.

Entonces ¿no tenemos solución? ¿Acaso el mundo que nos rodea, la vida humana, la sociedad, está fatalmente al albedrio de las circunstancias? ¿acaso la sociedad humana está condenada como tal a disolverse y nos convertiremos en individuos cual mónadas solitarias consumidoras de bienes y servicios que nos permitan una alegre esclavitud, como sueñan los miembros del Foro Económico Mundial?

Quisiéramos, sostenidos por la virtud teologal de la esperanza, creer que el péndulo del extravío moderno se moverá en contra de esta tendencia de un modo natural y automático. Pero es menester enfrentarnos a una realidad bastante más tétrica: se necesita una acción humana para que, individual y colectivamente aquello suceda. A Dios rogando y con el mazo dando, dice el refrán. Pero en una nueva receta ideológica, no está la solución.

Si la mayoría de la sociedad se percibiese extraviada y azorada por el vacío existencial de la post modernidad y en consecuencia angustiada, la tarea sería fácil: proponer un camino, una idea, un derrotero, un nuevo contrato social que contuviese y sustentase la convivencia. Pero como aquello no sucede, el problema es mucho más grave: El hombre y la mujer masa, post modernos no se reconocen extraviados de un camino. Por el contrario, se auto perciben omnipotentes[9]. Ese es el mito vigente: la omnipotencia o empoderamiento. Pero como esa auto percepción es falsa, es mentirosa y las mentiras, como nos enseñaron nuestras madres tienen piernas cortas y el resultado concreto de esta falsa autopercepción, es que la convivencia social desde París del 68 se viene disolviendo precisamente gracias a la conducta activa o pasiva de los empoderados, que tiene por consecuencia la implosión de las reglas de convivencia propiciada por ellos. Un estado de anomia letal para la vida en común.

¿Cuál es el camino para detener esta disolución? Antes de abordar cursos de acción redentores, es menester reconocer las limitaciones que nos opone la circunstancia contingente. Y la más relevante es reconocer que la sociedad contemporánea carece de creencias basales. En la historia, estas no se compran en la botica, no se inventan de un día para otro, son una creación cultural lenta y afanosa. No podemos pretender reordenar la sociedad en torno a una convicción compartida por todos de la noche a la mañana. En un mundo donde la ciencia ha descubierto la relatividad del tiempo y del espacio, la expansión en aceleración del universo físico, la cadena de ADN y la física subatómica, no podemos resucitar convicciones tradicionales que ilustraron la vida social en siglos pretéritos, cuando no existían estas evidencia. Pretender resucitar una estructura de creencias fenecida es un esfuerzo estéril.

Huérfanos de creencias ¿podemos detener el caos? ¿podemos contener el nihilismo ambiental de las masas? Creo que sí, pero no de una manera alegre e indolora. Los tiempos son rudos. Sila, el vencedor de la cruenta guerra civil en Roma, lo consiguió, pero no de una manera muy académica. Octavio Augusto con rudeza pasó por sobre todas las instituciones sacrosantas romanas, en aras de una paz social, que de otra manera era imposible. Fue un gran destructor de estructuras anquilosadas y las sustituyó por una autocracia rígida y autoritaria.

Es preciso en este punto, no confundir creencias con relatos. Este concepto acuñado por la metafísica de la desesperanza y un nihilismo existencialista contemporáneo, da cuenta de una falacia: que las creencias son un relato más, igual que cualquier invento ideológico. Eso no es verdad. Por la patria, por ejemplo, mucha gente está dispuesta a morir. Por el desarrollo económico, nadie. Una creencia no es un relato. Una creencia es una convicción que nos confiere sentido de vida.

Es verdad que la izquierda revolucionaria tuvo en el siglo XX un relato que movilizó masas enajenadas a su muerte y destrucción. Hoy no los tiene. El nazismo alemán también lo tuvo. La derecha, especialmente en su vertiente materialista, vive anhelando tener un relato como aquellos que los movimientos revolucionarios materialistas del siglo XX tuvieron. Pero sus objetivos explícitos (prosperidad, desarrollo económico, libertad individual para hacer lo que me venga en gana) no alcanzan a conmover y emocionar a las masas. Sus relatos no son creencias. No confieren sentido.

Y así también sucede con los llamados neo relatos de la izquierda del siglo XXI; no confieren sentido y ni siquiera soflaman a las masas enajenadas como el comunismo y el nazismo lo hizo en el siglo pasado.

¿Ejemplos de neo relatos? Los conocemos hasta la náusea:

La ideología de género, que por su superficialidad teórica y su nulidad empírica ni siquiera la merece llamarse ideología. Es más bien un corpus de silogismos repetidos con la técnica de saturación mental, que, aceitada con los recursos financieros de una élite opulenta y depravada, manipula las mentes más frágiles del mundo contemporáneo, que son muchas.[10]

La devoción irreflexiva por los cambios tecnológicos alimentada por un relato que pretende ver en la tecnología una redención y que nos habla de una nueva era de inteligencia artificial (un oxímoron como concepto). Se profetisa alegremente del control de la vida humana por los cacharros y franquías tecnológicas[11], como si se tratara de un destino fatal y necesario, pero a la vez liberador. En base a un reduccionismo de los órdenes de magnitud de la complejidad de la vida biológica, se postula con una pedantería infantil, que, con la programación cibernética, esa vida -un misterio por donde se la mire- es capaz de replicarse y superarse por el hombre.

¿Llegan solos estos relatos a las masas? ¿Son inducidos o espontáneos? ¿Son descubrimientos de la inteligencia libre de personas más dotadas intelectualmente? La respuesta es categóricamente no. Son imposiciones a macha martillo de formateos mentales de las masas. Son fruto de una operación política destinada al control global y universal de las masas. Son una Torre de Babel moderna que pretende suprimir la humanidad de las masas sometiéndolas a un condicionamiento como el Paulus a sus perros. Pero en esta reflexión no me abocaré a explicar y justificar esta afirmación sobre la que existe suficiente información en la literatura contemporánea y en la web.

Solo me enfocaré sobre dos premisas que servirán de herramientas para desmontar estos neo relatos y de esta manera ayudar a la Divina Providencia a impulsar el péndulo de nuestra nación y de nuestra cultura occidental, desde la oscuridad contemporánea hacia una mayor comprensión y claridad de nuestra aventura existencial como creaturas.

1.      La política ES una pulsión atávica a través de la cual, los seres humanos mejor dotados emocional e intelectualmente, pretenden controlar las vidas de quienes son menos dotados. ¿qué motiva esta conducta? Al percibirse limitados por el tiempo y por el espacio, los hijos de mujer pretendemos proporcionarnos certezas respecto del futuro. La hegemonía y la política pretenden en último término aquello: certezas respecto del futuro y control de las voluntades y de los espacios donde se desarrolla la vida. A través de la política los detentadores del poder buscan que las voluntades de los gobernados se ajusten a márgenes que permitan hacer predecible el futuro y a través de la hegemonía limitar los espacios físicos de cada cual y así evitar colisiones. La política es imponer un orden para impedir la natural tendencia al caos y la entropía.

Esta realidad viene siendo en nuestra cultura occidental, soslayada, ocultada, deformada y, en extremo negada. El afán por legitimar la política como un quehacer ético[12], es un esfuerzo intelectual -no factico- que nos acompaña estimo, desde la reforma y la contra reforma. Del esfuerzo de mistificar la política por esta ilustración académica emanan graves confusiones que es menester desmontar ordenándose a los siguientes conceptos:

a)      La política DEBE SER un quehacer donde, los que aspiran a dominar, ajusten sus conductas a las virtudes cardinales[13]. Con eso basta, el resto se dará por añadidura. Nobleza obliga, dice el adagio y eso quiere decir que los que buscan dominar sobre los demás, se encuentran atados a la obligación de ser virtuosos y obrar en pro del bien común.  Esta realidad evidente ha sido suprimida por las ideologías en boga. Este imperativo ético que ha tenido y tendrá por los siglos de los siglos, sus ondulaciones es condición de posibilidad de todo orden jurídico justo. No hay progreso en la conducta humana. La historiografía o historia científica así lo demuestra. Las culturas orientales hace milenios lo tienen claro. Nosotros los occidentales, prisioneros de escatologías lineales, aun creemos en alcanzar un desiderátum temporal que nunca llega. Los que pretendan mandar, deben estar jurídicamente seleccionados entre los mejores. Para conducir un automóvil que potencialmente puede causar daños, es menester tener una licencia. Para conducir a millones de seres humanos, hoy nadie debe demostrar ninguna virtud que asegure que no causará daño. ¿Se entiende donde está la causa de nuestro extravío colectivo? La política debería estar restringida en su ejercicio a un nuevo tipo de nobles: Aquellos que demuestren y garanticen su idoneidad moral.

b)     La política NO DEBE SER, precisamente lo que hoy impera: el esfuerzo por imponer una agenda, una receta, un deber ser idealista, un modelo ideal de sociedad. El idealismo o ideologismo imperante pretende un unicornio que es -en sus versiones contemporáneas- la revolución que propicia la izquierda, o del pleno desarrollo que propicia la derecha. Un deber ser donde la conducta del agente no es menester que sea virtuosa. Lo político en la modernidad tardía, está sustraído de la calidad de la conducta moral de sus agentes. Por el contrario. el buen político es hoy el cazurro, el zorro que espera a la presa sobre seguro. Josef Pieper[14] en su obra sobre las virtudes, nos advierte la profunda confusión y degeneración de la prudencia, no como virtud cardinal, sino como conducta astuta, artera, sobre seguro y cobarde. Y esto no es válido solamente para los actores políticos revolucionarios y extremistas. En una entrevista que le hicieron al finado expresidente Sebastián Piñera sobre su conducta, cuando como senador, noticiado de información que tendría un impacto de mercado, uso y abusó de información privilegiada con fines de lucro. Contestó para exculparse, que no había estándar superior a la ley. Él había sido sorprendido en aquella falta que retrataba su codicia desordenada, pero había pagado la multa, con lo cual había quedado compensada su deuda con la sociedad. La cuestión no es solo atingente a Sebastián Piñera, porque posteriormente a esa explicación, la mayoría electoral, lo eligió Presidente de la República. Demuestra pues que su escala de valores es compartida por una mayoría, electoral al menos.

¿Por qué no debe ser la política el esfuerzo por imponer agendas o ideales? Primero, porque esos estados ideales no existen ni existirán jamás, porque la naturaleza humana es y seguirá siendo siempre la misma atada a nuestras limitaciones existenciales. Segundo porque en aras de hacer posibles esas agendas e ideales, se han asesinado o se les ha privado del derecho a la vida a millones de seres humanos como nosotros. Millones de vidas, de promesas de ser, se han apagado o no han visto la luz, gracias a los mitos de la modernidad. Una política virtuosa hoy, ejercida solo por hombres y mujeres nobles, es incompatible con toda receta ideológica diseñada mirando hacia atrás. ¿Por qué? Porque entendida la política como la instalación de un modelo, de una receta respecto de cómo organizar la sociedad, se cuelan como gestores del poder público, lo más bajo del género humano, tal como lo vemos hoy, donde decir político es sinónimo de un individuo mentiroso, artero, traidor y dispuesto a las mayores vilezas humanas para conservar o conquistar el poder formal.

¿Por qué es tan importante recuperar la moralidad de la política? Porque la moralidad de los gobernantes es la única receta para obtener la legitimación del poder, esto es, una conducta positiva de los gobernados dispuesta a soportar las limitaciones personales, en aras del bien común general. La legitimidad no es consecuencia de la calidad de un régimen político formal -monarquía, aristocracia o democracia -. La legitimidad es la consecuencia de la percepción emocional y racional de los gobernados, que el gobernante obra en beneficio del interés público. La evidencia que en occidente la legitimidad del poder está por los suelos es que no existe afinidad emocional en la mayoría de los estados nacionales, entre gobernante y gobernados.

 

2.      Es imposible organizar una sociedad en base a una estructura de derechos individuales como se sostiene por parte de todo el espectro político, como un mantra intocable. Si siempre fue difícil hacerlo, y el relato que existe de ello desde la ilustración es mañoso y mentiroso, con mucho mayor razón en una sociedad tecnologizada que le confiere un enorme poder al individuo, respecto a la comunidad. Esta premisa de los derechos inalienables, es suicida de la convivencia a mediano plazo.

La soberanía del individuo debe restringirse al derecho a la vida, a la familia y su protección física y a la propiedad. Sostener un orden político con una retahíla de derechos que imponen gravámenes intolerables para el resto de la comunidad, es promesa de caos o de tiranía. Dar a cada uno lo suyo, impone simplificar esta estructura y codificar rigurosamente y con técnicas legislativas precisas, los deberes de los ciudadanos.

Si en términos estrictamente lógicos, una sociedad de derechos fue siempre un oxímoron, una contradicción en sí misma, por cuanto la vida en comunidad supone necesariamente una red de inhibiciones del individuo omnipotente, en base a una estructura de usos, costumbres, normas morales y normas jurídicas, donde esto se hace particularmente notorio es en una sociedad como la contemporánea, complejizada por la tecnología que confiere al individuo un enorme poder.

Sostengo que el relato de la sociedad de derechos, impuesto desde la ilustración en adelante, y que se ha visto barroquizado en los últimos tiempos por aquellos teóricos que hablan de derechos de segunda y de tercera generación, se encuentra completamente agotado. La ideología de los derechos humanos, donde se relata una especie de expansión progresiva de los derechos de los individuos, es la promesa de muerte de toda sociedad, pero en especial de la sociedad tecnológica contemporánea.

 La única forma de reorganizar la sociedad contemporánea, atendida la potencia de los medios físicos a disposición del individuo y de grupos intermedios, es hacerlo al amparo de los deberes individuales. Es preciso girar el gobernalle de la política en ciento ochenta grados. La sociedad contemporánea será una sociedad de deberes, o no será. Así de grave.

La declaración Universal de los derechos del hombre ha sido un constructo rústico ideado e impuesto desde una potencia hegemónica poco sofisticada que surgió en el horizonte mundial al cabo de la Segunda Guerra Mundial. Poco sofisticada me refiero en sus fundamentos filosóficos y jurídicos son febles. Su estructura está pensada para ejercer hegemonía política antes que dar a cada uno lo suyo.

Esa convención debe ser sustituida por un código riguroso de deberes. Los derechos son solo la consecuencia del cumplimiento consciente y estricto de los deberes.

 



[1] Antropología Metafísica. Julián Marías

[2] Se funda Marías en la teoría desarrollada por Ortega y Gasset en su ensayo Ideas y Creencias.

[3] Este neologismo es útil para ilustrar la pretensión de ordenar la sociedad a una idea sobre ella.

[4] Lo dice él, no yo, en dos ensayos por él escritos intitulados La cuestión judía y El Pueblo Judío a través de la Historia.

[5] Basta con leer su vida acosada por la pobreza miserable, observar en sus fotos, su fealdad física causada por el mal de pott, leer su obra y apreciar su inteligencia y elocuencia literaria extraordinaria, para tener un exacto perfil sicológico del personaje: un consumado resentido social en busca de una compensación existencial. Un Caín moderno que clama contra el mundo, causante de su desgraciada vida.

[6] No las podía consumar por la sencilla razón que sus premisas eran falsas y sus cursos de acción erróneos

[7] Althuser asesinó a su esposa, Foucauld debió huir de Túnez acusado por violación sodomítica de niños, Bouvoir madre del feminismo ideológico paradójicamente fue una esclava sexual de un narcisista como Sartre, que siendo judío, colaboró con los nazis en la persecución de sus hermanos de raza. Realidades puras y duras para calificar que calidad de personas eran y en consecuencia, cuáles fueron sus pulsiones emocionales desde donde brotan sus ideas.

[8] He aquí la razón por la cual la llamada derecha, en las sociedades contemporáneas siempre carece de un sentido colectivo y fracasa. Hay una novela de José María Gironella que se llama Condenados a Vivir, en la cual se retrata como se desinfla el espíritu de los vencedores de la guerra civil española en un nihilismo chato y materialista, tan materialista como el que habían combatido en los campos de batalla.

[9] Aquí está la explicación del por qué los partidos progresistas en las democracias occidentales tienen el gran nivel de apoyo que ostentan y porqué la llamada derecha desde Charles de Gaulle en adelante, siempre se desinfla.

[10] Beauvoir, Butler y un largo etcétera de mentes brillantes, promovidas a macha martillo por los dueños del dinero

[11] Alvin Toffler con su obra La Tercera Ola en los 80, y recientemente Yuval Noha Hararí con su Homo Deus.

[12] Aquí me refiero a ética entendida como adjetivo, esto es, conducta recta

[13] Prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

[14] Las Virtudes Fundamentales Josef Pieper.

miércoles, 24 de abril de 2024

LA ELITE, PERDIDOS EN EL ESPACIO. Y EL PUEBLO, CUNCTA FESSA

 


Los que cruzamos el umbral de los 65, nos deleitábamos de niños con una serie cómica de televisión que se llamaba, Perdidos en el Espacio. Una familia típica norteamericana había sido enviada a la exploración de las galaxias siderales, perdiendo la ruta. Y en la nave se había infiltrado un espía villano que hablaba con acento de Europa del Este, traidor, artero y cobarde, que no conseguía consumar sus bellaquerías, gracias a un prudente y sabio robot que desfacía los entuertos provocados por el siniestro Míster Smith.

Solo el título de la serie sirve para describir con exacta nitidez a nuestra elite que controla el poder del Estado de Chile. No su comicidad, porque nuestra situación nacional es más bien trágica.

El extravío de la clase política, judicial, policial, militar y comunicacional, es total y absoluto respecto de la realidad que los circunda. Esa élite, disfruta de un bienestar, comodidad, lujo, desahogo y holgura económica, que los mantiene asépticos y los induce a perseverar en una estructura ideológica y en una interpretación de la realidad social, que se encuentra completa y totalmente divorciada de la experiencia práctica de la casi totalidad de los chilenos, (exceptuados los habitantes de guetos de prosperidad extrema, que son los barrios más pudientes del país). No solo están perdidos en el espacio, como los personajes de la serial; es qué también lo están en el tiempo. Si el okupa de La Moneda, Boric, tuviese la sagacidad del siniestro Smith, podríamos considerarlo el malo de la película, pero sucede que nuestro seudo revolucionario, carece de la inteligencia mínima para calificar de villano.

Roma, en su mayor estado de apogeo económico sufrió la implosión (estallido hacia el interior) de su estructura política, desde que Julio César cruzara el Rubicón en el 49 AC. Guerras civiles, cuartelazos, demagogos, oligarcas ambiciosos, abogados elocuentes; todo se confabuló para generar un estado de ánimo que el historiador Tácito describió para explicar, lo que hizo posible que un mozalbete, armado solo de una prudencia muy elemental, como Octavio Augusto, fuese capaz de causar el desmoronamiento de un sistema político -la república- que había regido por centurias. La historiografía lo ha explicado con las dos palabras que refiero en el título: Cuncta Fessa; Todos hartos, todos cansados. Todos chatos. ¿Quién? el pueblo; ¿de quién? de las élites. En alguna medida, nos posee ese estado de ánimo de los romanos del siglo primero.

Digo, en alguna medida, porque es evidente que hay una especie de letargia moral que induce a estimar normales y aceptables, la delincuencia, la represión judicial a Carabineros de Chile por el cumplir con su deber policial, la prisión de ancianos en Punta Peuco, la mayoría completamente inocentes de los delitos que se les imputan. si es que existen esos delitos; la falta de reacción, que es el aspecto más peligroso de nuestra circunstancia contingente.

¿Tiene que degradarse más aun la institucionalidad y la convivencia para que la población reaccione? ¿o es que a diferencia del año 24 AC en Roma, el pueblo es más pasivo y bastará un relator populista y demagógico para que lo sigan como los ratones al flautista de Hamelin?

El episodio de la pandemia y de las vacunas induce a pensar que las masas son hoy como perritos del circo a los que se puede condicionar facilmente que salten por las argollas. La molicie que provoca el satisfactorio nivel de vida y subsistencia para la mayoría, algo tiene que ver. 

Dios quiera que alguna circunstancia terrena o divina ilumine los corazones de Chile y reaccionemos a las monstruosidades que he relacionado.

Abril de 2024

 

lunes, 4 de marzo de 2024

ALGUNOS ASPECTOS DEL LIBRO DE JORGE PEÑA VIAL; “LA CONJUNCION: UNA CLAVE ANTROPOLÓGICA”. “Unidualidad de la condición humana”

 

Don Jorge Peña Vial ha de ser en nuestro país, una de las más excelsas inteligencias humanistas, no solo por la enseñanza de una vastísima bibliografía de autores modernos y clásicos, sino por aportar él mismo, tesis y síntesis que agregan valor a la tradición académica. Con su libro, según el autor refiere en su prólogo, ha querido reunir el compendio de más de tres décadas enseñando Antropología Filosófica. Más de 600 páginas que, a pesar de la viscosidad de los temas abordados, se leen de forma ardua, pero amena y comprensible para el lector ordinario no especialista. Cita autores interesantísimos, que están ordinariamente fuera del radar del mainstreem académico global, que hoy, bien podría compararse con los celadores de la Inquisición, por su imperativa tendencia a la clausura, de los que no acaten las verdades oficiales.

Había intitulado estas letras pretendiendo una crítica global a la obra. Pero al avanzar comprendí que era un exceso, porque el libro contiene muchos temas, de modo que solo me resumo a una fracción de la obra, basta e íntegramente interesante y provocadora.

El autor se fija una tarea: derrotar la diáspora de conocimientos que padece la academia en particular y la ciencia en general, debido a la super especialización, un fenómeno evidentemente perverso del racionalismo tardío de nuestra época, que nos aproxima peligrosamente a un primitivismo y masificación de las élites intelectuales, económicas y gobernantes. Para hacerlo, desempolva la palabra conjunción, en relativo desuso, pero atinente a lo que el autor pretende: sintetizar las conclusiones de las especialidades de las ciencias de variada índole.

Siguiendo el anhelo ya expresado en el siglo anterior por Husserl, por Ortega, por Juan Pablo II y por tantos otros, propone Peña repotenciar a la Universidad como institución que provoque esta síntesis, que cierre los múltiples dilemas morales que el avance de la ciencia ha enfrentado los últimos casi cien años: límites de la ingeniería militar, energía atómica, bio ética etc. La propuesta adolece a mi juicio de realismo, toda vez que, la Universidad hoy por hoy, es parte del vicio crematístico que inunda a la sociedad toda. En efecto, son las universidades contemporáneas en Chile y el mundo, más bien terminales del poder crematístico, donde solo interesa imponer relatos, verdades, preferencias, visiones del mundo etc. no por amor a la verdad, sino como piezas y partes de maquinas políticas y económicas. Pero es el autor un académico universitario y el peso de la nostalgia por lo “que no fue”, tiñe su juicio.

La conjunción propuesta por el autor, se construye en supuestos basales: una dignidad consubstancial al ser humano, y una finalidad de la vida humana, en base a una teleología aristotélico tomista[1]. No obstante que, para quienes ponemos en cuestión ambos supuestos -sin negarlos a priori- el tejido lógico por el que discurre el autor, permite ordenar e incrementar apreciaciones sobre la realidad.

No es Peña un teólogo que habla de filosofía. Es un filósofo que, como todo hijo de mujer, funda sus ideas en creencias basales que están más allá de la experiencia. Digo esto tan trivial porque el positivismo racionalista y kantiano ha querido por más de dos siglos imponer el dogma de la pureza del conocimiento racionalista, sin premisas a priori, y la tendencia a descartar quienes revelan explícitamente esas premisas, supuesto radicalmente falaz ya que toda ciencia se sienta en una creencia.

Volviendo a la propuesta de la conjunción, el autor refiérela a la dualidad cultura-naturaleza. Podría traducirse desde una perspectiva más amplia en el viejo dilema filosófico entre sujeto-objeto del conocimiento. Y es aquí donde, a mí juicio, se percibe la ausencia de una llave maestra que permita salir del laberinto y seguir, como la mosca que golpea el cristal, batallando en una aporía sin fin.

Digo esto porque al hombre moderno, lo que nos circunda de modo omnipresente y esculpe nuestra vida, dentro de otras circunstancias, es la técnica. Me refiero a técnica en un sentido amplísimo, como toda creación histórica humana que abarca desde el idioma y la escritura hasta la mal llamada inteligencia artificial. Cosas que nos formatean radicalmente como entes. Surge entonces la pregunta ¿es la técnica parte de la cultura o de la naturaleza humana? El autor no formula este dilema. Y cabe preguntarse por qué no lo hace. ¿Por qué pone en cuestión su premisa teleológica? ¿Por qué le parece un dilema trivial y da por supuesto que la técnica es parte de la cultura?

A mi juicio, arroja alguna mayor claridad sobre este dilema cultura-naturaleza, la perspectiva epistemológica de pensar el mundo a través de la tríada, sujeto-objeto-circunstancia. Las circunstancias más enormes para la vida humana son el espacio y el tiempo. Desde tal perspectiva concebir entes (Dios y la conciencia humana) en ausencia de espacio y de tiempo es legítimo y útil especulación metafísica. Ahora bien, sustrayendo ambas circunstancias (espacio y tiempo), la teleología es problemática, por cuanto no habiendo espacio-tiempo, no hay finalidad posible, porque toda finalidad importa un principio y ambos conceptos se relacionan con el tiempo que está amarrado a los entes inmanentes. Cualquier concepto que tengamos de Dios, deberíamos concluir que es una entidad que no tiene tiempo ni espacio; y, si concebimos la vida de la conciencia humana después de la muerte, aquella tampoco lo tiene. Deseo, finalidad, tránsito; son conceptos válidos en categorías temporales y espaciales.

Es relevante cuestionarse aquello, porque a mi juicio la teleología introduce en filosofía una frontera difusa entre la ontología y la ética; esto es, entre lo que el mundo es y lo que la conducta humana debe hacer para que el mundo sea lo que debe ser. Porque si “todo tiende a su perfección” ¿Cuál sería el sentido del quehacer humano? Bastaría dejarse llevar por esta tendencia virtuosa y alcanzaríamos aquel desiderátum. En alguna teología contemporánea jesuítica, esto -que parece aberrante- se ha formulado como plausible. Un especie de doctrina hippie[2], que por cierto no comparte el autor.

Y lo dicho en el párrafo anterior se relaciona con otra premisa problemática del autor: la dignidad ontológica intrínseca de la persona humana, según él, como aporte histórico de la revelación del Verbo Cristiano. La palabra dignidad tiene una etimología latina y viene significando, merecedor de. A mi juicio la dignidad humana es un aporte histórico de la revelación, pero ético; no ontológico. La dignidad humana se adquiere. Es un imperativo relacional. Me explico: ¿La pecadora que es llevada a la presencia de Jesús para que Él dictamine si merece o no la lapidación, es digna o indigna? El mensaje de Jesús dibujando en el suelo, no está dirigido a la pecadora. Jesús oblicuamente les hace saber a sus acusadores, no que ella es digna, sino que es tan indigna como quienes la juzgan. La dignidad humana, es el resultado -una conquista- del obrar humano y no del toque de una varita mágica divina que le confiere a la creatura per se.

La cuestión se plantea a propósito del aborto. Algunos defensores antiaborto fundan su posición en la dignidad per se del nonato.  A mi juicio, el aborto es un crimen y un pecado, no porque la criatura sea digna, si no porque, proteger la vida de un nonato es un imperativo para hacerse merecedor de la dignidad humana de quienes están en la potestad de quitarle la vida. Con el equívoco de impugnar el aborto en la dignidad del nonato, quienes cometen aborto, estarían en la misma condición del soldado que mata en batalla al enemigo, lo que resulta aberrante. La frágil moralina de los derechos humanos está contaminada por esta confusión. El laissez faire moral hoy en boga, donde cualquier conducta es lícita porque es el fruto de mi conciencia, se basa en este error de la dignidad intrínseca del ser humano.

Es muy lúcida a mi juicio, la crítica del autor a la llamada por la doctrina liberal roussoniana y kantiana, de la autonomía de la voluntad como fundamento de la libertad, cuando los ilustrados dicen que, solo es libre aquel que obedece las leyes que el mismo se ha dado. Igualmente, lúcida es aquella definición de calidad moral de la persona como, su disposición para rebasar la propia centralidad, poner en paréntesis sus propios intereses y no concebir todo lo que le rodea exclusivamente como medio para su propia realización o conservación. Aquello representa un batatazo en las rodillas al credo liberal, y es la radical condición de posibilidad, de la humanidad del hombre.

Sobre la concepción teleológica, citando a Alejandro Llanos, sostiene que no es una teoría para proporcionar explicaciones físicas concretas, según la cual la realidad es inteligible y está dotada de sentido, aunque no siempre sepamos concretamente en qué consiste esa naturaleza que confiere a cada cosa su fin. Robert Spaemann, sostuvo qué: si el ser humano desteleologiza completamente el mundo, entonces se cumple lo que dijo Pascal acerca del silencio de los espacios infinitos, que aterra profundamente al hombre: Se ve a sí mismo como un solitario vagabundo en un universo sin sentido. De ambas frases se desprende que, la teleología sería un deseo para darle un sentido a la realidad, lo que es una honesta confesión de aquel principio epistemológico postulado por Ortega en virtud del cual, el deseo es el fundamento de toda teoría.

Citando al mismo Spaemann, el autor señala que, el extravío de la ciencia moderna provendría de la desteleologización de las concepciones de la naturaleza. El hombre habría inventado artilugios técnicos que han sido capaces de tronchar su naturaleza humana (en lo que coincido absolutamente) debido a un extravío de la idea de sentido de finalidad del mundo. Esta genealogía de la comprensión del mundo, donde el hombre tuvo una comprensión de la obra de Dios que luego perdió, me parece algo naif. La experiencia nos indica que la naturaleza humana ha sido la misma a través de la historia, y lo que hace, es porque puede hacerlo. Así como el gato se acicala el cuerpo entero con su lengua, el hombre hace lo que es capaz de hacer. Eso determina a mi juicio, que la batalla por el recto proceder, es decir la ética, es un dilema eterno en el ser humano. La perspectiva que el autor hace de R. Spaemann, tiene algo de ucrónico[3].

Propongo alguna idea para salir de esta aporía: A mi juicio, la creación de Dios tiene complejidades y dimensiones que, el enanismo intelectual de la ilustración y del positivismo, pretendieron reducir a una envergadura de causas y efectos comprensibles y controlables. El hombre no entiende las cosas, porque piense en ellas. El proceso epistemológico es más complejo que aquello: el hombre capta el mundo, desea transformarlo, luego piensa como fundamentar esa transformación y finalmente genera un relato abarcativo de la realidad tal como la desea. Tomando prestado un concepto de la física, los ordenes de magnitud de la realidad son tales, que resultan inabarcables para la inteligencia humana. La ciencia no es más que un fragmento ínfimo de inferencias y relaciones causales sobre esa realidad.  No hay tal edad aurea en que el hombre comprendía el mundo y luego, porque surgió la ilustración, dejó de hacerlo.

La referencia de Spaemann a Pascal representa un reconocimiento que en las weltanschauung o cosmovisiones (dentro de las cuales está la teleología aristotélico-tomista) flota un deseo de no encarar el terror vacui provocado por el silencio de los espacios infinitos Pascaliano. El idioma es una herramienta para ubicarse en el mundo, pero una herramienta imperfecta, y las referencias de la teleología de que el mundo tiende, al bien, a la belleza y a la verdad, a mi juicio, nos deja donde mismo. Mejor resistir el terror vacui y descansar en la perfección presente de la obra y creación (permanente como se dirá) de Dios.

El autor describe la creación, como una noción no solo religiosa, sino metafísica. Respecto de la hipótesis del big bang, sostiene que la creación es algo mucho más profundo que un hecho circunscrito como lo sería aquel evento. Es el origen, no el comienzo; y condiciona la estable y eterna dependencia de las criaturas respecto su hacedor. Trae a colación la abrumadora evidencia de la puerilidad del evolucionismo radical. Tampoco es la creación un golpe de taco a una bola de billar. Según el autor, la creación es contemporánea con todas las fases del proceso evolutivo. En otras palabras, el creador está permanentemente creando el mundo, idea que me parece a mí esclarecedora y luminosa para encarar una crítica efectiva a la técnica moderna.

Me explico: ordinariamente, en filosofía de la ciencia, se habla del principio de responsabilidad para referirse críticamente a invenciones que manifiestan un peligro demasiado evidente, tal como la energía atómica. Pero cuando se concibe la creación como un proceso permanente, se debe cautelar que ella siga su curso, y prevenir que cualquier artilugio humano la altere. Cuando el hombre inventa normas, procesos, cosas; que potencialmente alteran la naturaleza humana, se deben ponderar prudentemente todos sus efectos. Porque los efectos pueden ser, y de hecho han sido algunos, devastadores.

Y no me refiero solo a grandes inventos tecnológicos. Ivan Ilich, antropólogo social hacía ver el efecto devastador que sobre los escolares tenía la presencia de un guardia que les indicaba a los escolares cuando cruzar la calle y cuando no hacerlo. Aquello era potencialmente capaz de generar monstruos carentes de toda responsabilidad social y personal[4]. ¿No es acaso la omnipresente anomia contemporánea el fenómeno más devastador de la sociedad de masas? Con mayor razón cabe preguntarse pues, ¿Cuántos y cuáles son los efectos negativos de la píldora anticonceptiva, del automóvil moderno, del smartphone etc.? Muy probablemente se levantarían airadas voces para rechazar hasta la pregunta, por quienes estiman que los cambios se legitiman conforme a la ley de la oferta y la demanda.  Pero el dedo no tapa el sol, y los efectos de cada uno de esos artilugios están ahí, reformateando la naturaleza humana; a veces mejorándola, a veces deteriorándola. Estas preguntas, que son tan antiguas como el hombre, el progresismo moral y tecnológico las invisibiliza bajo la premisa que todo cambio es progreso y todo progreso es bueno.

Masticar intelectualmente este aspecto de la conjunción propuesta por el autor, no solo es muy importante para no errar en el futuro, sino también para salir del brete en que el progresismo nos tiene prisioneros.

Marzo 2024



[1] El concepto teleología tiene variado género de acepciones y es polémico. En el concepto tomista sería la ciencia del fin de las cosas del mundo atendida la verdades aportadas por la revelación divina.

[2] En la película de “El Rey Leon” el jabalí y la suricata representan este ideal: Hakuna Matata.

[3] Reconstrucción de la historia sobre datos hipotéticos.

[4] La sociedad desescolarizada; Iván Ilich

martes, 23 de enero de 2024

EL DHARMA, EL KARMA, LA ACCOUNTABILITY EN LA REALIDAD CONTEMPORANEA

 

El cruce de culturas que nos abre la información que circula por la red -esta magnífica biblioteca disponible a quien posea un dispositivo conectado-, permite relacionar conceptos provenientes de muy diverso origen, en el afán de comprender la realidad contingente. Intitulo estas letras con tres palabras, dos de ellas provenientes de la cultura ancestral védica[1] y una de ellas de la cultura anglosajona y más concretamente norteamericana. Las tres palabras son difícilmente clasificables en categorías gramáticas de sustantivo-adjetivo-adverbio.

La palabra Dharma es de origen sánscrito, el idioma primitivo ancestral de la India remota. Puede entenderse como una realidad ontológica: el orden universal; o una realidad ética, que nos impone un deber de rectitud conforme a aquel orden universal. Así, el dharma sería la misión individual que tenemos en nuestras vidas que permita que el mundo mantenga el correcto orden y balance.

El karma es también una palabra proveniente del sánscrito y de la tradición védica. Aplicada a la vida humana social e individual representa un principio causal en virtud del cual, todo fenómeno y específicamente, toda conducta, tiene consecuencias. Toda acción impone una reacción. Nuestras conductas verbales, físicas y mentales son la causa de nuestras experiencias, independiente de nuestros deseos o nuestras representaciones mentales ilusorias.

Accontability es una palabra inglesa que es usada para reflejar aquella magnífica ética práctica norteamericana que prescribe, que todo individuo debe rendir cuentas, ante sí mismo y ante la sociedad, por sus conductas personales y, por ende, de la consecuencia que ellas tienen en sí mismo y en la comunidad. Una ética de la responsabilidad, desafortunadamente poco habitual en nuestra ética latina o mediterránea, originada en el paternalismo jesuítico que prescribe obedecer los preceptos de la autoridad y descansar en la providencia divina. También, desafortunadamente en Estados Unidos y en el mundo occidental de raiz protestante, este concepto está bastante olvidado.

El materialismo dialéctico, doctrina que inspira las obras de Hegel, Marx, Engel, Gramsci, Sartre y Foucauld, (por nombrar los más importantes) representa un contrapunto a estos conceptos cuando postula que la historia discurriría en una eterna dialéctica donde ideas y expresiones de la cultura contradictorias y conflictivas entre sí, encontrarían bajo el influjo de una especie de ley universal, una síntesis que daría a su vez lugar a contradicciones y así continuaría este ciclo eternamente dialéctico. Digo que representa un contrapunto porque conforme a esta especie ley universal, la conducta de cada individuo en nada influiría en el devenir dialéctico de la historia. Las voluntades individuales serían conforme a tal doctrina como hojas secas en un curso de agua, gobernadas por fuerzas que les trascienden y las superan. Además, en el caso del materialismo dialéctico, esta fatalidad importaría una relación conflictiva entre opresores y oprimidos. Idea que nace de una emoción, ya percibida en el libro de El Génesis, que identificó tal sentimiento en la persona de Caín, el homicida ancestral; alguien que no soy yo, es el culpable de mis frustraciones y fracasos mundanos. Aquello induce a una actitud y conducta de impotencia ética. De nada sirve mejorar el mundo desde el cultivo de las virtudes personales, cuando el mundo se mueve con una dinámica que soy impotente para detener o rencauzar.  

Este prisma dialéctico-victimista, en nuestra cultura mediterránea, ha caído en tierra fértil dada nuestra idiosincrasia permeada por los conceptos de pecado/penitencia y perdón/redención. Es evidente que aquellos conceptos religiosos en el pasado, e ideológicos en nuestro tiempo, no estimulan la ética de la responsabilidad. La cultura nor europea permeada por la reforma, al identificar la salvación como una tarea individual, ha resistido de mejor manera la contaminación de la cultura tradicional por esta doctrina victimista. Desafortunadamente hoy en gran medida esa ética que describe Max Weber[2] se ha diluido en victimismos de nuevo cuño, como lo es la ideología de género desarrollada en Los Estados Unidos especialmente.

Vivimos un extravío crónico por cuanto la elite formal e informal, la élite política, religiosa, económica y judicial y la gran mayoría de la masa del pueblo, no tienen conciencia de la existencia de un Dharma; esto es, de un orden universal. Obran y se conducen sin medir ni tener cabal conciencia de la reacción y consecuencia de sus conductas, y no se sienten obligadas por una ética de la responsabilidad. Nuestra cultura occidental se debate entre un narcisismo suicida y una especie de abandono ético de “todo da lo mismo”. Los medios tecnológicos (el dinero, el ahorro, el transporte, los medios de comunicación etc.) inducen a una vida premunida de una ilusoria seguridad y control del espacio y del tiempo. Resulta amanerado y ridículo que políticos y líderes de opinión se manifiesten escandalizados por la promoción y expansión de una antiética y seudo arte que mistifica el robo, el tráfico de drogas y otras conductas antisociales, en circunstancias que, los que ocupan los espacios de liderazgo se conducen con los mismos valores de los rateros y de los narcotraficantes. Y no es un decir. En nuestro país, ministros y altos empresarios participan de sórdidas reuniones, donde con certeza casi absoluta se transan sobornos explícitos o implícitos. La clase política está ocupada casi exclusivamente en batallas campales impúdicas para conservar prebendas, sinecuras y beneficios, ilegítimos a todas luces. Y desde todos los sectores políticos, empresariales y religiosos, se manifiestan defensas de autoridades sorprendidas en flagrantes latrocinios, solo porque son “de los nuestros”. ¿Por qué la conducta del bajo pueblo debería ser distinta? No se puede sembrar maleza esperando que crezca el trigo.

También resulta grotesco manifestar escándalo y rasgar vestiduras por parte de políticos y líderes en general, por el lamentable estado de la educación escolar. Algunos en el paroxismo de la imbecilidad, se quejan de que los educandos no administran destrezas para el logro del aumento de la productividad económica. Como si aquello tuviese alguna importancia en una sociedad conformada por individuos sin carácter, que no respetan la ley ni al prójimo, donde la institución de la familia ha dejado de tener relevancia social simplemente porque hacer familia es muy costoso y los priva de la gozadera de los bienes de consumo. La perspectiva crítica de la educación, enfocada a que los educandos sean piezas y partes de una máquina productiva, da cuenta con total precisión de la completa ignorancia de la naturaleza humana que expresan esos críticos. Además, aquellos que se manifiestan conturbados por esta realidad deprimente, en la tarde sintonizan Netflix para ver las producciones cinematográficas que sistemáticamente transforman a delincuentes, narcisistas y depravados, en héroes.

Chile, al igual de lo que alguna vez denominó occidente cristiano, es una colectividad conformada por individuos que no se sienten obligados por lo colectivo y que no saben de donde vienen, hacia donde van; y que peor aún, no manifiestan ansiedad por aquellas carencias. Solo expresiones superficiales de conturbación por las consecuencias manifiestas de este mal.

¿Dónde está el remedio? Un retorno a la ética de la responsabilidad que se puede resumir en tres puntos: 1) Retomar el Dharma, es decir la conciencia que la creación de Dios es un orden complejo susceptible de ser desordenado por el demiurgo humano, y por ello es preciso retomar la conciencia del Dharma en la vida individual y obrar a fin de conservar ese orden y promoverlo. 2) Obrar ejercitando la prudencia a fin de que, las consecuencias de nuestros actos -nuestro karma- sean virtuosos y no viciosos. Las cuatro virtudes cardinales de nuestra tradición occidental son una buena herramienta para ello. Por último, 3) obrar respondiendo cotidiana y permanentemente de la consecuencia de nuestros actos ante nosotros mismos y ante la comunidad.

Pero este remedio no es gratis. Importa ejercitar el derecho a rebelión contra una plutocracia corrupta que hoy nos gobierna. El sopor espiritual al que han sido sometido el hombre masa contemporáneo, lo hace muy difícil. Pero la humanidad tiene acceso a una energía misteriosa que nuestra tradición occidental denomina la Gracia Divina. A ella debemos invocar en estos tiempos de obscuridad.

Enero 2024



[1] Cultura védica es aquella que inspiraron los Vedas, conjunto de libros de sabiduría y mitología ancestral india. Vedas quiere decir en sánscrito, sabiduría.

[2] En su obra La Ética Protestante y El Espíritu del Capitalismo

viernes, 22 de diciembre de 2023

EL MAL MENOR; ANTIDOTO DEL MIEDO

 El miedo es una emoción primaria provocada por la percepción de un peligro real o supuesto, presente, futuro e incluso pasado. Desde un punto de vista de la conservación de la especie, es un mecanismo que nos protege de la adversidad y de la muerte. Surge nativamente en el individuo y fisiológicamente gatilla mecanismos hormonales de defensa. En nuestra vida social, en nuestra relación con nuestros prójimos, usamos del miedo para inducir conductas. Desde que existe la colectividad humana – que es desde que existe el hombre-, se ha usado el miedo en la pedagogía, en la religión, en la milicia y en la política. Es una fórmula básica, elemental y de bajo costo, para obtener resultados rápidos, normalmente no reflexivos, en las conductas ajenas que pretendemos inducir y controlar. Como impulso instintivo básico, el miedo bloquea el juicio, lo que en determinadas circunstancias es positivo, pero que, cuando el miedo es inducido por un peligro supuesto e irreal, ese bloqueo nos hace más bestias y menos humanos sin ningún beneficio. Su consecuencia es negativa desde todo punto de vista.

Cuando estaba próximo a egresar del colegio, un profesor que oficiaba de orientador, exasperado de no obtener conductas disciplinadas para inducirnos a superarnos en el estudio, nos advertía: el que no obtiene un puntaje adecuado en la Prueba de Aptitud Académica, no entrará a la Universidad, y el que no entra a la Universidad, está sonado. Claramente no era una actitud muy orientadora ni pedagógica, pero el pobre hombre quería obtener resultados prácticos rápidos: que aquellos energúmenos repletos de desordenada hiperactividad hormonal, a través de miedo, reprimieran sus impulsos frontalizados y se abocaran de una vez por todas a estudiar y aprender las materias de estudio.

Mel Gibson, a mi juicio el más grande genio del cine contemporáneo, dirigió una película titulada Apocalypto. Retrata la precaria vida cotidiana de tribus de Mesoamérica precolombina. Al inicio de la película, un padre de una tribu primitiva alecciona y recrimina a su hijo por dejarse arrastrar por el miedo[1]. Grosso modo la trama del filme consiste en las peripecias de ese mismo joven para salvar su vida y la de su familia, del acoso de la tribu hegemónica, lo que consigue gracias a derrotar en su corazón el miedo y ejercer el luminoso coraje.

En su proceso adaptativo al medio, el hombre desarrolla conductas tendientes a su conservación u obtención de un estado deseado de bienestar futuro. La existencia humana desde sus orígenes ha estado ligada a la técnica como medio para mitigar la precariedad y los peligros que nos impone el medio. El hombre, a diferencia de sus hermanos del reino animal, colectivamente inventa, descubre, desarrolla y usa de la técnica para hacer de su existencia más cómoda, segura y disponer de mejor manera de su tiempo en el corto período que es su vida. La explosiva evolución de la técnica ha determinado en la modernidad un cambio significativo de la circunstancia que nos rodea; la proporción de esa circunstancia determinada por la naturaleza, ha disminuido en favor de aquellas circunstancias artificiales que nos proporciona la técnica. Nuestros mecanismos adaptativos se encuentran en transición y aun no asumen esta enorme mutación. Este hecho insuficientemente advertido por la antropología, tiene sus efectos positivos y otros negativos.

El más nefasto de estos efectos, es que, comparados con nuestros antepasados, los habitantes desde mediados del siglo XX hasta la fecha, somos más proclives a bloquear nuestro juicio a causa del miedo. La técnica nos ha hecho más dependientes de cosas cuya carencia nos angustia. Y el poder político ha descubierto que esta es la gran llave de la dominación total. En la medida que los individuos no tomemos conciencia de este hecho, el plato está servido para la hegemonía política totalitaria.

A raíz del patético y aun no reconocido fraude de la pandemia del Covid 19, Fernando del Pino Calvo-Sotelo[2], postula que el nivel de sumisión y autoengaño que ese experimento social provocó, se hizo posible al haberse asentado previamente lo que él denomina La Cultura del Miedo. Siguiendo aquel adagio de, quien puede lo más, puede lo menos, los agentes del poder, de la manipulación de la opinión y de la publicidad de masas, que convencieron a la población a inocularse vacunas génicas eventualmente dañinas para su salud, y someterse al científicamente comprobadamente inútil, encierro que alteró y deterioró sus vidas, se han cebado con este mecanismo de dominación, que no conoce límites.  El miedo ha sido la llave maestra que quiebra las voluntades y las somete.

En esta modernidad tardía, la política ha devenido en una tramoya de soberanía popular que consiste en someter periódicamente a la comunidad al ritual de elecciones por sufragio universal. Adicionalmente, en las últimas décadas, se ha agregado el ritual de encuestas supuestamente de opinión, con las cuales se pretende inducir a las masas al concepto de El Mal Menor.

Cuál es la llave maestra para que las masas acepten un mal como algo aceptable: el miedo. El mal menor sería aquel antídoto a un hecho futuro y angustioso. En el plebiscito del 17 de diciembre, tuvimos un resultado electoral que es imposible de explicar sin la presencia de este mecanismo de cazamariposas electoral. Me explicaré, pero previamente debemos hacer una síntesis del significado del proyecto.

Existe diversos interesados en reformular institucionalmente la república con distintas propuestas utopistas. Unos porque quieren abrir los espacios para un proceso revolucionario socialista de viejo cuño, otros porque quieren alinear a Chile como provincia de un gobierno mundial, pensado desde los centros de poder financiero mundial y articulado a través de la agenda 20-30 de la burocracia de Naciones Unidas, y otros simples comparsas interesados en mantener e incrementar sus privilegios como administradores del sistema.

Intentaron un proyecto con el tejo pasado y atribuyeron la derrota de aquel proyecto, a la rústica grosería de su formulación. Intentaron un segundo, pero esta vez sin correr el riesgo que el voto popular le diera en las narices, violaron impunemente la constitución y la ley para proponer una estructura institucional que tenía doce bases intocables. La docilidad de las masas demostrada para la pandemia, y el apoyo de toda la máquina comunicacional de diarios, radios canales de TV, auguraban esta vez, éxito. Expertos nacionales, expertos importados[3], alineamiento de todas las universidades, ávidas de financiamientos a través de Foundation, se dispusieron a poner término al proceso. Incluso alinearon a un partido díscolo como el Partido Republicano que acaparó la mayoría electoral de quienes rechazaban el proceso, a través de fichar a su líder a Foundation Conservadoras.[4] Como voceaban los antiguos organilleros, por plata baila el mono. Total, hay Foundations para todos los gustos y colores: para homosexuales, heterosexuales, de derechas, de izquierdas, ecologistas etc. etc.

Parecía que esta vez tendrían éxito a pesar de la pertinacia de las encuestas que demostraban que el soberano vomitaba el proceso. Y finalmente fracasaron, pero de una manera inesperada. ¿Cómo se cuajó la derrota?: Mayoritariamente por el voto miedo.

Del 56% de votos en contra de la constitución solo entre un 17 a 25% de la llamada ultraderecha, votó sin miedo y por convicción. No quería la derogación de la constitución de 1980. El saldo, que representaría a la izquierda, lo hizo para que no triunfara el Partido Republicano[5]. Seamos generosos y desagreguemos a los comunistas, que votan disciplinadamente de manera táctica y no por miedo.

Del 44% que votó a favor de una constitución que era un evidente proyecto institucional de la revolución globalista, sectores de amarillos y democratacristianos descolgados, lo hicieron por genuina convicción de que esa constitución feminista, indigenista y colectivista, se ajustaba a su ideario político. Podríamos estimar que es un 10%. El saldo, lo hizo por miedo, salvo evidentemente un ínfima proporción de los articuladores de ese miedo cuyo único interés es detentar el poder. Algo sumamente preocupante fue, que muchos miembros de las FFAA en retiro – que pueden deliberar- se manifestaron a favor bajo los mismos argumentos de quienes articulaban el miedo como factor de cohesión. Si eso se replica en los miembros en servicio activo, quiere decir que tenemos FFAA poseídas por el miedo. Bien preocupante, ¿no?

El suscriptor de estas letras desde hace cuatro años viene sosteniendo los mismos argumentos y debería por consecuencia estar muy conforme con el resultado electoral. Sin embargo, la motivación de esta elección en particular, me deja anonadado y francamente pesimista de que, a través de la democracia electoral representativa, Chile recupere la senda de la justicia y la prosperidad.

Esa senda solo se obtiene cuando, al menos una élite, se conduzca bajo los cánones de la virtud de la prudencia, es decir racionalmente en función del bien común general. Esta elección ha demostrado que esa élite no existe institucionalmente organizada. Es verdad que con el 20% del electorado y algunos líderes que se perfilan en el horizonte, se puede constituir no uno sino dos o tres partidos políticos que obtengan representación popular. Pero aquello demandará un esfuerzo titánico porque el poder del dinero internacional, que es enorme, ocupará toda la batería de medios para hostilizarlo, denostarlos y destruirlos.

Invocaremos pues, para sacar Chile de este atolladero, la ayuda de quien hasta aquí no nos ha fallado: la voluntad del altísimo.

Diciembre de 2023



[1] Se te ha metido un miedo profundo y podrido. El miedo es una enfermedad. Se mete en el alma a cualquiera que lidia con él. Ha contaminado tu paz. No te crie para vivir con miedo. Sácalo de tu corazón. No lo lleves a nuestra aldea. https://www.youtube.com/watch?v=DSfTk_FzOOQ&t=1s

[2] https://www.fpcs.es/el-covid-y-la-cultura-del-miedo/

[3] La Comisión Venecia ¿De donde salió? ¿Quién le dio autoridad? ¿Quién la convocó? Solo se nos advirtió que eran superexpertos. Algo así como los expertos de los expertos.

[4] Al fin resultó que convencer a su líder era más fácil que la tabla del uno

[5] Es tan evidente aquello, que rechazaron en la convención el texto, a pesar que Luis Silva, vocero del Partido Republicano en la convención, retiró todas las mociones que contravenían la voluntad de la izquierda, en un afán de que la izquierda aprobara el texto que de suyo era la derogación de un régimen de libertades política y económicas, subsidiariedad estatal y control monetario por parte del Banco Central. Es decir: no hay una decisión racional de la izquierda que no fuese el miedo a que los republicanos aparecieran como los ganadores del proceso.