domingo, 22 de mayo de 2016

“HACER POLITICA” PARA CHILE

IDENTIDAD DEL QUEHACER PARTIDARIO
“HACER POLITICA” PARA CHILE

Para enfocar una cuestión tan amplia y compleja como “la política”, debemos aproximarnos a lo doctrinario. Como aproximación podemos decir que, la política es, el arte conducente a, que voluntades y conductas ajenas a la mía propia, hagan lo que mi voluntad propia desea[1]. Es el arte de la conducción de voluntades para derivar de ellas conductas deseadas por mí.

Esta cuestión parecerá quizá trivial y la definición quizá imprecisa, pero es necesario el cuestionamiento previo a cualquier análisis, toda vez que es común entender hoy en día, que hacer política partidaria, es el arte de ganar elecciones. Así lo proyectan los medios de comunicación, y gran parte del sentimiento adverso de la ciudadanía a la política es que “los políticos” son vistos como abocados solo a eso.

Entonces pues teniendo presente la definición propuesta, la primera premisa para “hacer política” es tener un deseo respecto del futuro de la colectividad en que pretendemos conducir voluntades, e influir en conductas.

El arte de desear no es cosa fácil nos recuerda Ortega[2]. E incluso, en política es muchísimo más difícil que en las disyuntivas personales. Y para mayor complejidad, la realidad contemporánea, -como dicen los periodistas-; es una noticia en curso. Es decir, el suelo en que apoyamos nuestros pies en el mundo contemporáneo, está en movimiento, y lo está a gran velocidad. Por ende, no es nada extraño, que lo deseado por la derecha o la izquierda para nuestra república, nación o región hace 20 años, hoy quizá no lo sea, absoluta o relativamente.

Y a la hora de definir futuros “estados deseados”, la “oferta” del espectro político da cuenta de una lamentable pobreza e imprecisión reflejada en los apodados “lugares comunes”. “Mayor Igualdad”, “atención a los más desposeídos”, “una sociedad más inclusiva”, educación “gratuita y de calidad”; para nombrar los más en boga.
Una nueva identidad partidaria, y el arrastrar voluntades tras esa nueva identidad, supone precisar las reales carencias de nuestra comunidad nacional, y, en consecuencia, los estados deseados futuros que superen dichas carencias. Decir, por ejemplo; “mayores grados de desarrollo”, es no decir nada identificable, porque no identificamos, que queremos decir, con sociedad desarrollada.

Ahora bien, para tener deseos respecto de lo que la colectividad debe ser, es preciso que tengamos claridad sobre lo que Chile es. Y aquí me detengo en dos palabras cuyos sentidos y alcances debe ilustrarnos sobre lo que no debe ser la actividad partidaria: Utopía; plan, proyecto, doctrina o sistema irrealizable, o bien, una representación imaginativa de la sociedad futura, con características míticamente enaltecedoras de la naturaleza humana. Ucronía; reconstrucción de la historia sobre datos hipotéticos, generalmente favorables a conclusiones preconcebidas sobre el presente o futuro.[3]

Entonces, el examen de lo que Chile es – nuestro diagnóstico – nos obliga a un ejercicio de rigor y honestidad intelectual, que nos identifique y nos cualifique, de los demás actores del espectro político en el que nos corresponderá desarrollarnos. En este esfuerzo de identificarnos, hay aquí a mi juicio, una oportunidad de, -como diría un economista –, agregar valor al movimiento y consecuentemente generar una imagen de solidez. Y esta oportunidad se deriva de dos hechos coyunturales: La derecha ha pecado de una superficialidad irritante en lo doctrinario; y la izquierda peca en base a su ideologismo extremo, de diagnósticos ucrónicos y propuestas utópicas que, con un discurso sólido, pueden desnudarse.

Nuestra colectividad; es decir, Chile, que es el objeto de nuestra acción política, es una “cosa” muy heterogénea, compuesta de elementos relativamente estáticos y otros relativamente dinámicos. A riesgo de ser trivial, propongo una enumeración.

Son elementos relativamente estáticos, por ejemplo:
1.      Nuestras condiciones geográficas singulares y distintas a otras “cosas” que llamamos el resto de los países del orbe.
2.      Nuestra ubicación física en el contexto de la comunidad de naciones y, ordinariamente llamadas condiciones geopolíticas. Y especialmente, la calidad y condición de las naciones inmediatamente vecinas.
3.      Nuestras disponibilidades y carencias de bienes físicos que facilitan o posibilitan la vida humana en su entorno.
4.      Nuestra innegable condición de actores menores en la comunidad internacional, y de potencia limitada para influir sobre otros miembros de la comunidad mundial.

Son elementos relativamente dinámicos, por ejemplo:
1.      Las ideas y creencias de las élites
2.      Las ideas y creencias de las masas[4]
3.      Las costumbres y moral social de sus habitantes
4.      Las expectativas de sus habitantes
5.      Las condiciones de riqueza, ahorro y capitalización de chilenos
6.      Las condiciones de riqueza, ahorro y capitalización de la hacienda pública
7.      El nivel de autonomía de los individuos respecto de la colectividad
8.     El destino y potencia de influir que tienen las way of life que proyectan los medios de comunicación de masas.
9.      La calidad media ordinaria de las decisiones de vida que adoptan los chilenos[5]

Lo señalado anteriormente aparecerá al lector calificado, a quien va orientado, como la enumeración de cuestiones tan evidentes que resulta hasta irritante su mención. Quizá el lector pensará; el mundo va demasiado rápido y tenemos cuestiones demasiado urgentes que detenerse a leer el “pato del silabario” de la política, con recetas triviales que todos sabemos sin siquiera enunciarlas.

Sin embargo, este movimiento nace a la vida política, cuando el quehacer de los políticos está centrado en un pragmatismo patético, orientado exclusivamente a la conquista y conservación de cargos o empleos estatales, y su rol de conductores, se ha visto reducido al de showman gobernados por las triviales y absurdas disyuntivas de los people meter y de las encuestas de opinión.

El gravísimo y radical desprestigio de los políticos y de la política en gran parte del occidente, especialmente de derechas, pero también de izquierdas; es porque los políticos han renunciado a la conducción y al liderazgo, contaminándose con la perplejidad ideológica del ambiente, y lo que es peor, transformándose a veces incluso a sabiendas, en mandatarios de los caprichos a veces autodestructivos de las masas solo por mantener el “raiting”.

El cosismo cortoplacista, el listado del supermercado de logros en el gobierno, los ofertones demagógicos, la insistencia en debates que escapan de la esfera de “lo político” para lograr una identidad frente a contendores, nos habla que las élites políticas se encuentran, debido al impresionante tráfago de cambios que nos envuelven cotidianamente, en una perplejidad similar o peor al que afecta a las masas.

Es menester pues un ejercicio de humildad intelectual para retomar los temas propiamente políticos y trabajarlos a fondo. A través de un discurso coherente de las cuestiones y disyuntivas propiamente políticas, retomar la imagen de conductores que es lo que las masas pretenden ver en la clase política.

Urge lo anterior por cuanto la derecha liberal y conservadora, hace un buen rato que abandonó este ejercicio por falta de sustancia; y la izquierda post moderna pretende la deconstrucción de las ideologías, es decir, hacer una política sin relatos ni discursos, sino meramente contestataria y demagógica[6].

Entonces pues, la genuina identidad del movimiento se proyectará, cuando se desligue de la política “de lo que quiere la gente”, por cuanto “la gente” lo que quiere efectivamente es una élite que los conduzca colectivamente con un diagnóstico certero de la realidad nacional, en un ambiente de orden y convivencia, que le permita a cada uno ejercitar su libertad esencial.

mayo de 2016







[1] Una definición tan amplia de “política”, abarca pues desde el fenómeno de la guerra, hasta fenómeno de la educación de los hijos pasando por el derecho penitenciario. Mayor precisión entonces encontraremos cuando nos refiramos a los medios que le son propios y singulares a la política.
[2] “Que es la Técnica”; José Ortega y Gasset. OC
[3] Me detuve en estos conceptos por cuanto nuestros contendores ideológicos, pecan cotidiana y sistemáticamente de utópicos y ucrónicos, y es menester en el debate cotidiano denunciar aquello. Además, la ucronía y utopía, son el alimento cotidiano de los demagogos, principales enemigos de quienes pretendemos hacer política en serio.
[4] Uso la palabra “masas” solo en cenáculos de análisis, por cuanto proyecta ordinariamente un concepto desdoroso para la naturaleza humana esencial. Le doy el significado que le da José Ortega y Gasset en “La Rebelión de las Masas” Capítulo I
[5] “Educación y Señorío”, de este autor www.pabloerrazurizmontes.blogspot.cl
[6] Al estilo de los “indignados” y el partido español “Podemos”, referente de nuestra criolla “revolución democrática”

jueves, 4 de febrero de 2016

PARA QUE FILOSOFAR

PARA QUE FILOSOFAR

¿Para qué pensamos? ¿Qué sentido tiene la reflexión en el devenir humano? La respuesta a estas preguntas pareciera muy simple: Pues para entender lo que nos ha sucedido, nos sucede y nos sucederá, y poder conducirnos según los objetivos que nos planteamos. ¿Qué es la escritura y el idioma? ¿Para qué escribimos? También la respuesta es obvia: El idioma es una convención que permite comunicarnos y entendernos; la escritura es un conjunto de símbolos gráficos que significan lo que hablamos; y escribimos para darnos a entender. ¿Para qué es la filosofía? ¿Para qué filosofamos? La respuesta es algo más compleja. La filosofía es para entender. ¿Entender qué? Pues los fenómenos más complejos del devenir humano; y a dicho fin, filosofamos. Todo lo anterior, que resulta tan evidente; no lo es tanto si analizamos las motivaciones del pensamiento contemporáneo.

En la Francia del siglo diecinueve se acuñó el concepto de épater le bourgueois, que Unamuno tradujo en su sentido figurado como la actitud de pedantería que procura dejar turulato al hombre común oponiendo la realidad aprendida más en libros y en laboratorios, a la percepción sensorial directa; tal como, cuando el bachiller afirma muy serio y tiritando en la noche helada, que el frío no existe. En Chile de la misma época se acuño el término siútico, originaria de la palabra inglesa suit – traje- que se usó para referirse al futrecito, quien retornaba de Europa a nuestro pobre y vulgar Chile, enfundado en el traje comprado en París o Londres, presumiendo de descreído y de superioridad intelectual. En ambos estereotipos, lo que se pretende es, denunciar la banalización del sentido común – aquel producido intelectual emanado de la directa y simple observación de los fenómenos del mundo – y sustituirlo por abstracciones complejas y difícilmente comprensibles para el común de los mortales, emanadas de la actividad intelectual académica.

En los cenáculos académicos contemporáneos, se han derramado decalitros de tinta para definir pomposamente la postmodernidad. Generalmente se reflexiona, ya no sobre la realidad, sino sobre otras reflexiones precedentes – las de la modernidad – reaccionando a ellas. Se escriben libros con lomo sobre la decontrucción lingüística. Término acuñado por un francés-argelino, Derridá; que ha causado las delicias de los cenáculos referidos, más aún porque resulta muy, pero muy difícil entender lo que este señor ha querido realmente decir – probablemente para él también es casi imposible entenderse-, pero paradojalmente aquello es lo que lo hace más valioso a los ojos de los pensadores postmodernos

Así pues, la postmodernidad académica no le ha quedado tiempo para pensar la realidad misma, porque es tan compleja, extensa y detallada la crítica a las ideas de la modernidad, que no le queda tiempo. Cada nuevo pensador debe dejar estampado algún “ismo”, que busca dar al traste con el anterior, y marcar un “quiebre” de los tiempos. Las discusiones académicas son comparables a las disputas de los teólogos de Bizancio sobre la cantidad de ángeles que cabían en la cabeza de un alfiler.

En el contexto de la siutiquería académica descrita, que no se interesa la realidad humana fáctica, el hombre de la calle de divide desordenadamente entre derechistas e izquierdistas, materialistas y espiritualistas, ateos y creyentes, progresistas y conservadores, demócratas y autoritarios; se confrontan incompletas y no muy coherentes visiones del mundo, sin poder precisar de modo muy claro y categórico, sus reales diferencias. En esto, la actividad académica brilla por su ausencia. De pronto cuando baja desde el olimpo académico hacia la sociedad, lo hace a través de las encuestas y metodologías de investigación social, que son a mi juicio, un ramillete de prejuicios que buscan datos para confirmar esos mismos prejuicios. 

Los más audaces post modernos hablan del fin de los relatos para referirse al colapso de las visiones del mundo que animaron intelectual y desordenadamente al siglo XX. Una tesis que esconde un razonamiento vulgar que parece decir: Yo fui marxista, creí en el materialismo dialéctico y como eso resulto ser empíricamente equivocado, ahora no creo en nada. Pero como nadie debe saberlo de mis errores digo; no existe nada y nada se puede entender. Los intelectuales de la modernidad no es que se hayan equivocado, simplemente cambiaron su manera de pensar. Y como no tienen ninguna idea sobre lo que es el mundo, pues resulta que no existe nada.
  
Pero los planetas y galaxias siguen girando, y la naturaleza humana sigue siendo la misma desde las cavernas, de manera que lo honesto intelectualmente sería decir: “He caído en cuenta que la escolástica, el romanticismo alemán, el materialismo dialéctico etc. estaban objetivamente equivocados, o no me alcanzan para comprender la complejidad de los fenómenos del mundo. Y nuestra actitud debería ser como aquella que se describe cuando perdemos en los sorteos de azar; “siga participando”. En efecto, debemos hacernos cargo de aquella “pesada carga del hombre blanco” que hablaba Kipling y seguir filosofando, tal como lo ha venido haciendo el hombre desde las costas de Anatolia hace 25 siglos. No vale pues enfurruñarnos como lo hacen los cenáculos postmodernistas, con aquello de “la realidad no existe”. Nos lo advirtió Hobbes en su introducción al Leviatán “la sabiduría se adquiere no ya leyendo en los libros sino en los hombres”.

José Ortega y Gasset filosofo condenado deliberadamente al ostracismo por la siutiquería académica antes referida, reflexiona en un ensayo que intituló “Creer y Pensar” desarrollando un concepto, esclarecedor a mi juicio, sobre el problema agonal que vive la modernidad, donde hace más de un siglo, se enfrentan los contendores de las ideas escasamente precisadas. Sostiene Ortega que las ideas se tienen, pero en las creencias se está. Las etapas históricas se identifican como tales por creencias unívocas desde las cuales sus testigos adquieren ideas-ocurrencias. Desde un habitante del medioevo europeo, hasta un renacentista conquistador de américa, la creencia en Dios uno y trino, que vino al mundo en la persona de Jesucristo, y que nos juzgaría al final de nuestros días conforme a nuestras conductas en el mundo; era una creencia real y unívoca, esto es, compartida con la misma significación por varios individuos. Las personas pensaban y tenían ideas desde dicha creencia. Es lo que los teólogos llaman la fe viva.  Más adelante, desde que Newton y Kant expresaron sus ideas, la cultura occidental y tras ella el mundo entero, adquirió la creencia en la razón humana, como el medio suficiente y necesario de enfrentar y solucionar los misterios del mundo. Una idea que nos acompaña cotidianamente: La idea de progreso y desarrollo; nace precisamente desde aquella creencia en la razón humana.

Pero así como la sociedad, en general y en promedio, no tiene la fe viva de los medioevales, en cuanto que esta vida es un valle de lágrimas para arribar a la otra vida que está después de la muerte; tampoco la sociedad post caída de la cortina de hierro, profesa una fe viva en el progreso y desarrollo como herramienta infalible que nos llevará a un estado mundano del non plus ultra.

En los tiempos que corren, ambas creencias descritas precedentemente, se nos aparecen como visiones ingenuas e incompletas para develarnos y solucionar los problemas del hombre, del mundo y de la sociedad contemporánea. Y lo que es más manifiesto y cotidiano: no alumbran a la voluntad humana en la respuesta al, que hacer con mi vida en este mundo. Debo precisar, qué si bien podemos tener ideas sobre la existencia de Dios o sobre las aptitudes de la razón humana para develar los misterios de la existencia, el hombre del mundo contemporáneo en general y en promedio, ya no está en la creencia en Dios o en la razón. Los contemporáneos ya no pensamos desde la creencia en Dios o en la razón humana.

¿Qué pensaría el lector si el que escribe estas letras afirmase que vivimos en una etapa histórica agónica? Sin duda se le vendría a la cabeza pensar que estamos próximos a la muerte o colapso de algo o de alguien. Sin embargo, con rigor lingüístico constatamos que la palabra agonía encierra un sentido ambiguo, por cuanto significa también lucha, contienda, oposición entre dos fuerzas. Y desde luego se relaciona esto último con la agonía en el sentido común y vulgar que damos a la palabra, por cuanto es ésta una lucha entre la vida y la muerte que un ser cualquiera podría experimentar. Pero la lucha de las ideas en el mundo contemporáneo es una agonía que carece de la precisión de moribundo versus muerte. Aquí se enfrentan visiones del mundo que ambas dos están en estado de descomposición. Es eso lo que hace tan confusa la kulturkampf de los tiempos que corren.

La cuestión antes expresada se devela y desnuda cuando diseccionamos los supuestamente grandes conflictos ideológicos de nuestro tiempo.

La frontera entre ateos y creyentes es completa y totalmente difusa y confusa. El Papa de Roma, las autoridades eclesiásticas, curas y hasta teólogos, supuestamente creyentes, a menudo reflexionan menos, desde la creencia en una inteligencia creadora y gobernadora del mundo, de como lo hace un ultra materialista, físico cuántico.

Quienes abrazan las creencias en el materialismo carente de un Dios creador, se encuentran perplejos al evidenciar la ciencia empírica que la unidad de la materia eventualmente no existe. Células, moléculas, átomos; son conformados por sistemas atómicos que se descomponen hasta no se sabe bien que fracción, y no se ha podido determinar la materia prima o unidad básica de la materia. ¿Cómo pues entonces se puede profesar la fe materialista y no tener en claro la existencia misma de la materia?

El progresismo desarrollista nos habla confusamente de un futuro que será el non plus ultra de la paz y la prosperidad, pero la ciencia moderna es incapaz de controlar sus límites y la tecnología, así como soluciona problemas crea otros. Ejemplos de ello son muchos. Uno de ellos, el consumo de energía: Las sociedades “desarrolladas” son incapaces de controlar el derroche precisamente porque su prurito es el consumo. Se degrada, no solo los recursos del planeta, sino la vida humana misma, a través del incremento del consumo que es el objetivo declarado del desarrollo. Una reflexión algo frívola reza “Se gastan millones en conocer otros planetas y billones en destruir el que tenemos”.

Mi tesis:  el enfrentamiento agonal de las ideas en el mundo contemporáneo es más aparente que real. El progresismo de izquierdas y derechas es una misma merienda con distintos grados de cocción. Sus análisis de los fenómenos son de una superficialidad irritante, que se manifiesta en su incapacidad evidente para dar luz a las causas de los fenómenos sociales e individuales del mundo contemporáneo.

Si es cierta aquella creencia hegeliana de que las ideas son frutos de síntesis de ideas antagónicas, debo entender entonces r que estamos muy lejos de una síntesis esclarecedora, porque las ideas que se enfrentan en los tiempos actuales, no resultan antagónicas en su fondo.

Me explico: Liberalismo y socialismo tienen premisas más o menos idénticas que para mí resultan falaces: El hombre es meramente el fruto de su circunstancia, o más bien, es la sumatoria de sus circunstancias. El hombre está preso en ellas y se libera cuando las circunstancias le permiten liberarse. Entonces pues, para ambas corrientes de pensamiento, el ambiente social hay que tratar de ordenarlo a un ambiente en que el individuo se encuentre “libre”. Paradojalmente ese ambiente debe garantizar “seguridades” para el desenvolvimiento del individuo. La sociedad entonces debe ser un sistema organizado que respeto los derechos de los individuos.

Pero sucede que existe evidencia que el hombre es una cosa mucho más compleja que la sumatoria de sus circunstancias. Si lo fuese sería el problema de su existencia lo tendríamos solucionado hace tiempo. Entonces pues, en tanto el debate se centre en definir aquello que en alguna etapa de la filosofía se ha denominado la metafísica del ser del hombre, deberemos ser testigos de un debate inane y carente de sentido para los espíritus más perceptivos.

SOCIEDAD DERECHO Y SEGURIDAD

SOCIEDAD DERECHO Y SEGURIDAD

Vivimos una pública y notoria crisis de seguridad pública. Los ciudadanos desde distintas categorías socio culturales, se quejan porque cotidianamente son víctimas o temen serlo, de delitos que afectan sus propiedades y su integridad física. Se dice y se repite: “La delincuencia es dueña de la calle”. La burocracia Estatal que tiene potestades y responsabilidades, se defiende de las críticas de diversas formas y con diversos argumentos. Con mayor o menor talento y precisión, pero reconociendo la insuficiencia de sus esfuerzos y aparatos. Tanto los diversos órganos del Estado, como organizaciones no gubernamentales gastan recursos y talentos en identificar, cuantificar, prever y disponer cursos de acción, que controlen el fenómeno, descompriman la presión social, y reduzcan el problema. Los esfuerzos, que se extienden desde hace largos años, no parecen eficaces, derechamente no son fructíferos y el problema se agudiza. Se sindica el nuevo sistema penal, más permisivo y respetuoso de los derechos de los delincuentes, como una de las causas principales de este incremento.
Nos quejamos de la delincuencia en Chile. ¿Ha leído lo que sucede en Salvador, en Nicaragua, en Argentina, en Brasil, etc. etc.? La delincuencia en Latinoamérica es una pandemia que está ahogando la paz y la prosperidad de nuestras naciones.
El problema es complejo pues deriva de varias causas. Por tal razón se confrontan opiniones sin posibilidad de consenso, precisamente porque razonan basados en distintas causas. Todo ello en un ambiente de irritación colectiva por la manifiesta inanidad del Estado para resolver el problema.
¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Cuáles es la clave para atacar el problema? Me referiré a una cuestión qué en mi criterio, es la causa basal más relevante: el las normas procesales penales, divorciadas de la ontología radical del derecho.
Como primera cuestión es pertinente reflexionar sobre el ambiente en que la delincuencia se desarrolla, atmósfera que llamamos “la sociedad”. ¿Qué es una sociedad? José Ortega y Gasset se quejaba de los sociólogos de principios del siglo XX, quienes, sostenía, no arrancaban por definir claramente su objeto de estudio; “la sociedad” y se alineaban en “deberes seres” de la sociedad, antes de definirla ontológicamente.
En nuestro occidente, desde que florecieron las ideas que dieron lugar a la revolución francesa, la perspectiva para analizar a la sociedad se radica en el individuo. Se teoriza sobre “lo social” desde el individuo. Es el individuo y su bien propio, el que se tiene presente; se teoriza, y se definen aspiraciones sobre lo que la sociedad es y lo que la sociedad debiese ser, siempre desde el bien individual.
Este individuo, desde el que se observa a la sociedad; ha ido mutado desde sociedades pretéritas hasta nuestra modernidad. En efecto, el hombre al reunir el arcano de conocimientos que acumula desde el renacimiento, se percibe potente; percibe que puede tener una vida buena y satisfactoria “liberándose” de ataduras del pasado. Se percibe así mismo con un mayor control de los fenómenos que lo rodean, control posibilitado por la técnica. Fenómenos que en el pasado significaban una prisión vital y determinaban un condicionamiento rígido de su vida tales como comer, calentarse en invierno, protegerse físicamente de la naturaleza etc.; dan pábulo para una conducta más “libre”, menos dependiente del poder, y de la sociedad. Esta sensación de mayor control sobre las circunstancias, crece y crece sin parar desde el siglo XVI hasta nuestro siglo XXI. Percepción que se hace cada vez más potente, naturalmente en consideración al avance tecnológico, primero básico y después aceleradísimo. El hombre ya no necesita de la sociedad, al menos en el grado que lo hacía en las sociedades pre modernas.
Hitos que posibilitan este cambio de perspectiva de la humanidad occidental: La máquina a vapor, los medios de transporte (ferrocarriles, automóviles, barcos auto propulsados, aviones), la medicina moderna, las telecomunicaciones; y a mi juicio, la más relevante de todas; la píldora anticonceptiva. El individuo primitivo coartado por sus circunstancias, deviene en uno que no tiene conciencia de límites. Se comienza entonces a percibir a la sociedad y al Estado que la gobierna, como un anexo de este individuo empoderado por tantos medios que le permiten controlar sus circunstancias. La religión que era un asidero del hombre pre renacentista que invocaba a la divinidad clamando miserere Deus, se rebaja a la categoría de códigos éticos de comportamiento en la modernidad temprana, y finalmente cuando existen medios suficientes para controlar sus circunstancias, el hombre moderno va abandonando progresiva y aceleradamente su relación con la religión. Algo parecido es lo que sucede con la institución de la familia – la última barrera del individuo-; corriendo el siglo XX comienza a perder protagonismo y entrado en el siglo XXI en los colectivos urbanos modernos prácticamente no existe.
Entonces este hombre potente y auto valente para controlar sus circunstancias, se abraza del concepto de los derechos. El hito jurídico fundamental de la modernidad, es la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano cúspide de la llamada Revolución Francesa. Desde el derecho romano que una institución jurídica no había tenido tanta importancia en la vida práctica de tantas personas.
Para el tema que nos ocupa ¿Cuál es la relevancia de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano? Desde su promulgación, la sociedad se mira exclusivamente desde la vereda del individuo y de sus derechos. Y va entonces paulatinamente ocultándose y finalmente olvidándose la evidencia óntica que la sociedad no es más ni menos que todo lo contrario: la sociedad es una comunidad de deberes. El hombre en sociedad, es por definición un individuo constreñido en sus potencias. Si no fuese así, no podría vivir en sociedad. Las normas jurídicas existen precisamente para constreñir y encausar las voluntades de los individuos. Si no fuere necesario hacerlo, el derecho no existiría. Pero como señalé, el fenómeno de la sociedad se observa exclusivamente desde la perspectiva del individuo, y los derechos definidos por la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano son la proa que rompe este espeso líquido de los deberes sociales. En términos abstractos y como modelo teórico, se podría decir que es posible una sociedad sin derechos, pero es imposible una sociedad sin deberes.
Como cualquier estudiante de primer año de la carrera de derecho sabe, todo derecho importa un sujeto activo y un sujeto pasivo. Establecer un derecho es igual que estampar en una lámina una figura cóncava; esta siempre proyectara por su reverso, una figura convexa. El sujeto activo es el que ejerce el derecho, el sujeto pasivo el que soporta el deber contra fáctico de ese derecho. Esta verdad axiomática tiende a ser mañosamente inobservada y el resultado de ello es una grave confusión. Se habla demagógicamente de “extender derechos” pero se omite expresar quien soporta la extensión de los deberes contrapuestos. El “mono de trapo” de este ejercicio dialéctico es el Estado entidad persona jurídica ficticia que recibe este presente griego de asumir “generosamente” tales deberes. Pero se obscurece la evidencia que el Estado somos todos los demás. Al imponerse un derecho con un sujeto pasivo difuso, todos los demás perdemos una cuota de libertad. Somos menos soberanos.
En esta confusión edificada de medias verdades se involucran diversos liderazgos sociales: Autoridades religiosas opinando en temas que no dominan y con cuyas conclusiones quieren hacerse amables por su grey; imperialismos que usan como caballo de batalla los derechos humanos, como medio  de debilitar a naciones eventuales contendoras de su poder (conducta inequívoca de toda realpolitik) ; políticos que bordeando o involucrados en conductas demagógicas, desean hacerse amables y populares o rehuir a la antipatía de una cultura hedonista que elude los deberes; autoridades judiciales que conociendo el numen de la doctrina jurídica de siempre, expresan en sus fallos empobrecidos de sustancia doctrinaria, obsecuencias sospechosas con el poder político. Y lo que es peor de todo lo anterior; autoridades académicas en el ámbito del derecho, que deberían ser las llamadas a sacarnos de este atolladero conceptual, que perdieron el hilo del razonamiento jurídico fundamental.
Derechos, derechos y más derechos. Con apellidos cada vez más abstrusos y alambicados: Derechos humanos. Me pregunto; ¿habrá acaso un derecho que no sea humano? Desde luego los animales no tienen derechos porque no pueden ejercerlos. Derechos sociales; ¿habrá acaso hoy un derecho que no sea social? En regímenes pretéritos se podría decir que sí, pero tales instituciones no se llamaban derechos; se llamaban fueros, privilegios o prebendas. Pero en un régimen constitucional como todos los contemporáneos, los derechos no pueden sino ser sociales.
Entonces; si la confusión nace en el ámbito de la sociedad por culpa de una indefinición óntica del derecho, hagámonos la pregunta obvia: Qué es el derecho. Definición tradicional; un cuerpo de normas dotadas de la potestad de imponerse coercitivamente.  ¿Y por qué se deben imponer coercitivamente? Pues porque – para la sobrevivencia de la sociedad- se trata de vencer la voluntad contraria, y eso es lo que diferencia a las normas jurídicas de las normas morales. Las normas morales pueden cumplirse; las normas jurídicas deben cumplirse
Entonces pues debemos reconocer una evidencia hoy difusa: la voluntad del individuo, no coincide con la voluntad de la sociedad expresada a través de las normas jurídicas. Esta evidencia se oculta para ser obsecuente con el moderno fenómeno de la “rebelión de las masas” que describe Ortega hace un siglo atrás. En Chile y en Latinoamérica los liderazgos y los ordenamientos jurídicos pretenden tapar el sol con el dedo. Y esto tiene por consecuencia la grave irritación que sufre la sociedad latinoamericana que constata cotidianamente la ineficacia del Estado para reprimir conductas destructivas.
¿Cómo se manifiesta este dedo tapando el sol?: Instituciones jurídicas meramente semánticas, mal definidas o derechamente indefinidas ontológicamente, que eludiendo su función teleológica - regular y controlar lo que es la esencia de la sociedad – su rebelión siempre implícita-, pretenden “moralizar” al colectivo a través de las normas jurídicas, tal como lo pretendió puerilmente don Mariano Egaña en el albor de nuestra República con su llamada Constitución Moralista. Chorros de tinta han caído sobre páginas de doctrina de derecho constitucional, que se refieren a este fenómeno como el de los “derechos semánticos”.
Existe una información velada hoy por la prensa políticamente correcta: El Pacto de Costa Rica también llamado Convención Americana Sobre Derechos Humanos, es una convención que Chile y casi todos los países de América son suscriptores y obligados a ella. Esta convención restringe en diversos ámbitos la potestad coercitiva de los estados nacionales. ¿Sabe que países americanos no son parte de esta convención? Adivine: Cuba y Venezuela - lo que es obvio-. ¿Sabe quién más? Estados Unidos y Canadá. ¿Por qué? Pues resulta evidente. En esas cuatro naciones, simpatice o no usted con sus idearios tan opuestos unos de otros; sus gobernantes no están dispuestos a enajenar la potestad estatal esencial. Se dan cuenta que para una sociedad y para el Estado que su órgano conductor, enajenar su potestad de reprimir las conductas destructivas de modo ilimitado, es perfectamente suicida.
Muchas instituciones jurídicas especialmente nuestras flamantes normas de derecho procesal penal, han perdido la brújula de la ontología jurídica. Han devenido en códigos moralizadores. He ahí la clave de su manifiesta ineficacia. El problema no es en absoluto teórico y no admite demasiada demora en corregirlo. Las disquisiciones de los teóricos del sistema procesal penal, tienen similitud al de los teólogos de Bizancio cuando se preguntaban, cuantos ángeles cabían en la cabeza de un alfiler, teniendo a la ciudad sitiada por los Turcos. Hoy la delincuencia asola los espacios públicos y no se quiere reconocer que la causa de ello es la total impunidad de sus conductas por un sistema creado en laboratorios de ciencias sociales teóricas. Conceptos tales como, la prohibición que las policías tienen de practicar cualquier “trato degradante” con los detenidos aunque estos lo sean sorprendidos en delitos flagrantes; la prohibición de la detención por sospecha; el derecho punitivo como medio de reinserción de los delincuentes a la sociedad; son verdades sacrosantas del derecho penal y procesal penal en vigencia, que inspira menos credibilidad que las tesis sobre el sexo de los ángeles. Simplemente lo que propician, o no es verdad, o no funciona, o no existe. ¿Lo que expreso es una verdad desagradable? Ya lo creo. Pero sucede que el derecho punitivo no es para agradar a nadie. Es más, digámoslo con todas sus letras: La prisión preventiva ha sido es y será en la práctica una consecuencia punitiva de conductas antijurídicas. Si no se entiende así, y se aplica el espíritu de las convenciones internacionales sobre “el derecho a la libertad provisional” se condena al sistema punitivo a su manifiesta ineficacia como represor de conductas lesivas a la sociedad. Pocos quieren “ponerse colorados” y decir esta verdad que cae de madura.
Contaré una experiencia profesional particular que nos abre a una verdad aún más desagradable: En el año 1980 efectué 4 meses de práctica profesional, necesaria para optar al título de abogado, en la antigua Penitenciería ubicada en calle General Mackenna en Santiago, hoy desaparecida. No pude concluir los 6 meses mínimos de esa práctica, en razón de trasladarme a residir en el sur del país. Como los postulantes eran pocos, los dos días por semana obligatorios de concurrencia, se extendían a tres y hasta cuatro para poder absorber la enorme carga de trabajo. Se trataba de sostener la defensa de los delincuentes que ningún abogado estaba dispuesto a defender, es decir al último escalón de la escala social. Pasaron pues por mis manos, supervisado obviamente por el abogado tutor don Alvaro Larraín, cerca de trescientos expedientes de causa criminales, la gran mayoría hurtos, robos con intimidación y robos con fuerza. La rutina de estas causa criminales era típica. El delincuente caía, soportaba un período de “prisión preventiva” cuya duración estaba dada por el criterio del juez y de la Corte y en la práctica no era preventiva sino punitiva, asociada al mérito y gravedad del delito. Es decir era una “pena chica”. El reo (así se llamaba) salía en libertad y ordinariamente reincidía o no cumplía las condiciones del beneficio de la libertad, y retornaba a la Penitenciería que era como su segunda casa. No exagero al señalar que en más de la mitad de los casos que tramité, los reos hacían denuncias contra la policía señalando que habían sido objeto de torturas y apremios ilegítimos. El objeto de su denuncia era desvirtuar lo declarado bajo apremio, declaración que era la llave que daba acceso a la verdad de lo sucedido, a la identidad de las bandas y asociaciones criminales. Los reos me explicaban con lujo de detalle los procedimientos de apremios; “el barrote” que era un palo que se pasaba por la espalda bajo las axilas y se les amarraba en las muñecas, con el cual el delincuente era izado en vilo por horas, hasta que se allanaba a explicar el nombre, residencia de sus coparticipes en el delito investigado, su participación en otros delitos, el nombre de los reductores de especies etc. etc. Otro método era la “sábana mojada” con la cual eran flagelados; y la reservada para los más duros: impulsos de corriente continua en los testículos con el cuerpo mojado. Todo además de explicármelo personalmente, constaba en el expediente. ¿Qué sucedía luego de la denuncia? El Juez citaba a un “careo” (que es una comparecencia de dos testigos contradictorios para concluir en una versión única) entre el delincuente y el agente de policía supuestamente autor de las torturas. Y la cosa quedaba “ahí no más”. El Tribunal indefectiblemente ordenaba archivar la denuncia por no haber quedado acreditada. En realidad, por lo general solo sufrían de manera efectiva los apremios, los delincuentes primerizos; los que llevaban años en la carrera criminal no se arriesgaban a una nueva “sesión” y declaraban “voluntariamente” ante la sola amenaza de apremios que ya habían conocido. Cualquiera que desee confirmar lo señalado puede pedir el desarchivo de esos miles de expedientes tramitados en esos años; están en el archivero judicial. Tal práctica me señalaba mi abogado tutor, era usada desde tiempos inmemoriales.
Resulta sorprendente, por decir lo menos, constatar que varios de esos jueces que entonces hacían la “vista gorda”, actualmente y en pasado reciente, ejerciendo en estrados de Tribunales superiores, han participado en condenas por hechos similares pero con connotación política, que ocurrieron en esos mismos años.
Lo mismo que la mal llamada “prisión preventiva” debemos decir lo que resulta evidente y manifiesto, y que hoy es tabú: En el ambiente de los delitos y delincuentes habituales, la eficacia investigativa de la policía se fundaba ordinariamente en el ejercicio de los apremios físicos o en la amenaza de ellos, dada la naturaleza conductual de ese tipo de delincuentes. Prohibida y penada como delito de “lesa humanidad” esas conductas, la eficacia de las policía se ha visto reducida a la mínima expresión.
Ni en estrados, ni en la academia, y menos en los foros políticos; se tiene la fortaleza moral de destapar esta olla “pestilente” que importa la cruda realidad:
1.     En Chile y en Latinoamérica, sea por idiosincrasia o carencias culturales, un porcentaje importante de la sociedad no tiene empatía social. No respeta ni está dispuesta a respetar los derechos de los otros individuos que componen la sociedad.
2.     Lo anterior es derivado de factores culturales, y de la naturaleza egótica del ser humano (las hormigas y las abejas no tienen este problema hasta donde sabemos).
3.     En la modernidad el fenómeno está potenciado por el facilismo de la vida cotidiana que ha permitido el desarrollo de la técnica.
4.     Por lo anterior y en términos generales, para que perviva la sociedad, se requiere de un mecanismo jurídico que permita al Estado reprimir eficazmente a los autores de las conductas lesivas a los derechos de los demás.
5.     En nuestro ordenamiento y en Latinoamérica en general, las normas sustantivas de derecho penal existen pero tienden a ser letra muerta, sin los mecanismos que permitan su imperio.
6.     Instituciones del actual derecho procesal penal, tales como la libertad provisional como derecho absoluto, la prohibición de darle tratos degradantes a los delincuentes, la presunción de inocencia a todo evento, la prohibición de detención por sospecha de los agentes del Estado; afectan gravemente la eficacia del Estado para cumplir su labor de resguardar los derechos de los ciudadanos que respetan los derechos del resto de la colectividad.
7.     Mientras imperen esas instituciones “rosadas”, todo intento de detener la “puerta giratoria” del ciclo delictual (autoría, detención, libertad provisional, reincidencia), resultará completamente ineficaz.
8.     El fenómeno descrito abre las puertas a todo tipo de conspiraciones y sediciones contra el monopolio coercitivo del Estado, permitiendo que surjan y se protejan poderes de fuerza coercitiva ajenos al estado y contrarios a sus fines (Las FARC, Sendero Luminoso, grupos subversivos de la Araucanía, etc. etc.)
9.     La Realpolitick de potencias extranjeras, que reprimen eficazmente la subversión en sus ordenamientos internos, ayudan a legitimar los grupos subversivos en Latinoamérica, confiriéndoles estatus paralelos a los estados nacionales que pretenden. Así las potencias foráneas pretenden perpetuar la condición de Latinoamérica, como “el continente del futuro” e impedir que sea la potencia del presente. Perpetúa la inestabilidad de tus potenciales enemigos y perpetuarás la paz conveniente para tu nación.
10.Existen partidos políticos de diversa tendencia que son parte de la orquesta de la realpolitick foránea, tales como el PRI mexicano o el PC chileno.
Y digo “no se tiene la fortaleza moral” porque se elude la realidad para respetar los tabúes de la sociedad ideológicamente vinculada a paradigmas del liberalismo decimonónico o del marxismo del pasado siglo.

viernes, 24 de abril de 2015

COMENTARIOS AL LIBRO LA DERECHA EN LA CRISIS DEL BICENTENARIO DE EDUARDO HERRERA

COMENTARIOS AL LIBRO LA DERECHA EN LA CRISIS DEL BICENTENARIO
DE HUGO EDUARDO HERRERA

Ordenado y lúcido trabajo en los ámbitos que abarca y con las premisas con que aborda el problema.
 En ese aspecto el autor hace un descreme de lo que ha sido la breve historia intelectual de lo que entendemos por sector socio cultural de la derecha en Chile. El resultado es bastante desolador por lo breve de este historial de creación intelectual; y la conclusión que se deriva de esa brevedad, es que no hay nada nuevo bajo el sol  en cuanto al supuesto por el autor apagón cultural que vivimos hoy. Coincido con el autor que Edwards Vives, Encina, Guzmán, Góngora, son las excepciones que confirman la regla. A mi juicio el sector sociocultural que representa la derecha goza hoy del mismo escueto bagaje cultural humanista que la ha acompañado desde siempre.

Su interesante intento de adentrarse en el contrapunto, entre progresismo lineal y concepciones cíclicas del mundo y de la historia, resulta demasiado breve; seguramente porque excede la frontera de su trabajo. Pero profundizar en ello para entender el tópico en que el autor avanza en el libro, es demasiado necesario para haberlo tocado sin profundidad.
Y cuando analiza el supuesto liderazgo intelectual de la izquierda en el Chile contemporáneo, olvida el autor que este sector es más pobre aun en su creación autóctona. Porque la “creación” intelectual de la izquierda chilena es históricamente casi nula. Ramírez Necochea, Marta Harnecker ¿ y …?

Ante esta implícita evidencia de la pobreza intelectual chilena para entender nuestra realidad nacional, el autor no se hace cargo, de lo que resulta tal vez la tara intelectual por antonomasia de las clases pensantes en Chile: su comodidad a dejarse influenciar sin juicio crítico por la avasalladora realidad global que nos rodea. Solo menciona en su exégesis de los autores que cita las influencias intelectuales foráneas que han permeado a cada uno.

Porque el liderazgo intelectual de la izquierda chilena contemporánea, supuesto por el autor, surge evidentemente del ambiente cultural internacional y de la dramática parálisis ideológica de occidente, donde las ideas progresistas campean por el absoluto olvido de premisas que son la base del sustento filosófico de quienes por mera intuición, defienden el orden social, el esfuerzo personal como imperativo categórico, la nación y familia como núcleos de construcción de la libertad verdadera.

Este progresismo del que además se hacen eco con una uniformidad sorprendente los medios de comunicación de masas y el control de los centros de creación intelectual más poderosos, es la clave del liderazgo ideológico de la izquierda. Existen evidencias que los centros de poder mundial en el ámbito de las ciencias humanas solo promueven la visión del mundo funcional a dichos centros de poder. El progresismo en Chile hoy entonces, se nutre de ello, y se ha sustentado en los últimos 100 años en Chile.
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Porque “las modas” intelectuales de occidente (Europa occidental y Los Estados Unidos de Norteamérica) ha condicionado, más que nosotros mismos, el devenir nacional hasta en sus más mínimos detalles desde Almagro hasta la fecha, y han pauteado a los intelectuales hasta el límite de ver un país irreal en el afán de reducirlo a la realidad foránea. Aquel chiste que se le atribuye a Barros Borgoño que señalaba “permuto país largo, lejano y accidentado por uno más pequeño, de preferencia próximo a París”  identifica a nuestra inteligentzia nacional.

Tampoco toca el fenómeno de la relación; creación y expresión intelectual, y poder. La creación formal intelectual, se relaciona con el discurso público; y este se relaciona con el poder. Es aquí donde hay que darle un punto, al análisis de Carlos Marx que siempre hemos combatido, para entender el por qué de la parálisis intelectual occidental, que deviene en parálisis intelectual chilena.

La segunda gran observación que hago al trabajo de Herrera – que no creo que sea una omisión del autor – es que no parte por definir que es la derecha; cual son sus fronteras valóricas, su visión del mundo y del hombre; condiciones necesarias según mi punto de vista, para calificarlo de grupo de referencia. Digo que no creo que sea una omisión sino más bien un deliberado olvido en el afán de llevar más agua al molino de la derecha. Porque en verdad meter a Góngora y a Luis Larraín en un mismo saco, parece un ejercicio harto forzado.

Finalmente coincido con el autor en una idea fuerza expresada tenuemente: la confrontación izquierda- derecha, la ven parte de los actores contemporáneos, en la lógica de la guerra fría, donde el imperativo era suprimir al “enemigo”. Aquella confrontación en el ámbito nacional, tan importada y ajena a nuestra realidad propia como las batallas entre clericales y anticlericales en el siglo antepasado, hacen necesaria para la intelectualidad que pretenda influir en los destinos de Chile, a “resetearse”. Esa humildad intelectual que emana del libro de Herrera, creo yo, es lo más valioso.

El resultado de este vacío intelectual que campea en la política, si bien no ha alcanzado para desmoronar su evolución cotidiana, gracias a que el gobierno militar y los primeros tres gobiernos de la concertación depuraron el orden institucional, mantiene los graves desafíos del futuro en una nebulosa total. Y en el ámbito de la elección de los liderazgos está teniendo un efecto devastador en un régimen republicano esencialmente presidencial y cesariano como el nuestro.

Alguien por ahí en la derecha descubrió que para conquistar el gobierno de la república, no hacían falta líderes. Bastaba con figuras. Porque la “pega” la hacían los técnicos. La candidatura de Hernán Büchi, de Arturo Alesandri Besa, de Joaquín Lavin Infante y finalmente de Sebastián Piñera, fueron el fruto de esa idea fuerza. Los líderes de la derecha rechazaron como opciones, a líderes de la talla de Sergio Onofre arpa o de José Piñera Echenique, por personalistas (léase por ser líderes políticos en el cabal sentido de la palabra).

La izquierda, cuando casi perdió la elección de su mejor líder, Ricardo Lagos Escobar, decidió replicar esta idea fuerza de la derecha: no más líderes. Solo figuras.

Sebastián Piñera, quien en todo su gobierno hizo gala de su superficialidad, tuvo a mi juicio su cenit, en la patética petición del Jefe del Estado de Chile, hecha al presidente de los Estados Unidos, de sentarse, cual escolar impúber, en la silla de la sala oval de Barak Obama. Eso es lo que es Piñera. Un corredor que quiere ganar. Nada más. Un exitoso atleta del Verbo Divino.

Michelle Bachelet, escondió su total falta de liderazgo en su primer gobierno, dado que la burocracia estatal y líderes en la izquierda ayudaron a la continuidad de los exitosos gobiernos precedentes. La inercia la salvó. No pudo evitar empero su patética falta de liderazgo en el terremoto, que costó más vidas por su total parálisis emocional. Pero como el aplausómetro la impuso, la candidateo nuevamente la izquierda y el resultado se encuentra a la vista. Su “equipo” político y ella misma, están como el gallego en medio de un cuarto color blanco con una puerta negra: no saben cómo salir de este laberinto.

Quiero decir con lo anterior que lo peor de la política chilena en estos últimos años es su total e impúdica superficialidad, para buscar entender el mundo, a su país, a sus raíces, sus valores; superficialidad nacida desde los cuadros de la derecha y desde ahí exportada a la izquierda, y que tiene como dramático resultado que sus liderazgos son incapaces de encarar los desafíos urgentes de la Nación.

El libro cae justo cuando con los “escándalos” del financiamiento empresarial a todos los sectores de la política chilena, dan cuenta de liderazgos comprados en la esquina y pagados con las dádivas generosas de las personas jurídicas con fines de lucro.
Coincido con el autor: no son los tiempos del activismo, menos aún del activismo reactivo. Si la derecha quiere influir en el futuro de la República, deberá autodefinirse, pensar en los fenómenos que están cambiando al mundo y por consecuencia a Chile; y especialmente enjuiciar como el hombre con su humanidad y su alma trascendente, puede montarse en este mundo velozmente mutante.

Gracias a Hugo Eduardo Herrera por su aporte.

Abril 2015   


MARCOS TEORICOS Y FENOMENOLOGIA SOCIAL REAL

MARCOS TEORICOS PARA INTERPRETAR
LA FENOMENOLOGIA SOCIAL
Y LOS PORFIADOS HECHOS



Algún analista por ahí por los años 70 teorizó sobre " el fin de las ideologías". En su obra que se constituyó en best seller, Gonzalo Fernández de la Mora denunció la beatería ideológica marxista, y creyó ver el derrumbe de aquella manera de analizar la realidad que se traduce en reducir los hechos reales a pre juicios sobre la fenomenología de la historia “descubierta” como la causa basal de todo lo que acontece.

Pero los porfiados hechos han desmentido a Fernandez de la Mora porque el mundo intelectual sigue 30 años después de su libro El Crepúsculo de las Ideologías, apegado a perspectivas de la realidad que nos presiona a "alinearnos" con algún modelo teórico para luego reducir todos los acontecimientos sociales a dicho modelo teórico. Paradojalmente además por importante que sea el fenómeno de relevancia social, si no se explica en el marco teórico, se le olvida.

El resultado es que cada vez la elite intelectual, incluida la de los cenáculos universitarios, es menos capaz de interpretar y dar a entender una realidad que se le escapa como jabón mojado, de sus formulaciones teóricas.

Se señala que esa actitud intelectual nació con el filósofo alemán Hegel. Fernandez de la Mora lo sindica como el culpable fundador del ideologismo, a Hegel. Yo creo que esta verdadera atrofia intelectual de Occidente, se enraíza mucho antes de Hegel. La propia filosofía escolástica nos somete implícitamente a aquello de que “si la realidad no se ajusta a la teoría pobre realidad". De modo que este afán de dar vuelta la espalda a la realidad evidente, para consultar primero al "modelo", es una conducta intelectual que nos acompaña desde hace varios siglos.

La metodología intelectual descrita, no solo induce a conclusiones equivocadas de los fenómenos analizados. También se produce como una ley del silencio, para abordar fenómenos que resultan inexplicables para el modelo. Así entonces esos fenómenos no se analizan.

Voy a poner un ejemplo de fenómenos sociales que por no “encajar” en los modelos teóricos de análisis de la realidad simplemente se soslayan o se les da una lectura que resulta a veces ridículamente falsa o desorientada:

Primer ejemplo: la píldora anticonceptiva. Me atrevo a afirmar, que es el descubrimiento científico, que ha provocado el cambio social más inédito e importante de la historia de la humanidad. Debemos reconocer que la Iglesia Católica identificó cabalmente que este invento era el gatillo que dispararía cambios profundos en la familia y en la sociedad toda; en todas las latitudes y longitudes del planeta. Trató en vano de neutralizar este invento, pero su capacidad de influencia en la sociedad había mermado entonces, arroyada por el progresismo imperante; en la práctica ha agiornado su posición de rechazo y se ha dejado llevar por la marea del cambio social implícito a este descubrimiento.

Las ideologías progresistas, no atinan con este cambio social. La izquierda revolucionaria según la entendió Luis Emilio Recabarren, pretendía proteger a la familia popular nuclear. Pero esta realidad social producida por la píldora se le ha venido encima, y para ponerse a tono ha querido entender en el cambio social que se manifiesta en la disolución del núcleo familiar que conocemos como consecuencia de este invento, una “evolución”. La lectura que el progresismo propone, sobre los cambios de hábitos de la mujer; es que aquello representa un quiebre de estructuras de dominación derivado de la dialéctica que se suscitaba en el hogar. Es este fenómeno u “progreso” de la pretérita supuestamente desmejorada condición de la mujer. Aquello simplemente choca con la realidad, tanto por sus causas como por sus efectos.

Sucede que la mentada liberación no se habría producido en la sociedad si la píldora anticonceptiva no hubiese existido. Y tampoco se ha generado la supuesta mejoría de la condición de la mujer ya que el 80% de la población femenina trabajadora del mundo occidental, se ha visto sometida a nuevas obligaciones cotidianas que antes no tenía, debiendo mantener empero sus antiguas responsabilidades y su calidad de vida objetivamente se ha deteriorado. Antes el hombre era el exclusivo proveedor. Hoy la mujer debe ser proveedora y dueña de casa. El resultado evidente: el núcleo familiar, base de la formación de los niños se ha deteriorado, se encuentra fracturada la familia, cuando no quebrada.

El liberalismo economicista aplaude la integración de la mujer al “mercado” laboral, fenómeno posible gracias a la píldora anticonceptiva. Mientras más manos, más producción y más productividad; más espacio para rentar los negocios. Se aplaude y se promueve la imagen de la mujer “liberada” del hogar. Cuando la evidencia señala que aquello es perfectamente y empíricamente falso: La mujer antes que liberarse del hogar se esclaviza en el trabajo externo al hogar porque debe hacer ambas cosas.

¿Se ha beneficiado o se ha perjudicado la sociedad con la píldora anticonceptiva y con la liberación sexual que ella produjo? La sola pregunta hace surgir voces que lo someten al que la hace al silencio o al abucheo masivo. La píldora y su consecuencia, la liberación sexual, hoy son un tabú. Cuestionar sus consecuencias, un pecado contra el progreso. Las elites intelectuales actúan como si el fenómeno no existiese. Es sorprendentemente estúpida su actitud. La raíz de una cantidad de fenómenos (buenos y malos) de cambio social está en este descubrimiento, y nadie habla de él.

Segundo Ejemplo: El aumento de la productividad económica. Cada vez menos personas y empresas producen más y mejores bienes y servicios. El almacén es reemplazado por el supermercado; la siembra tecnificada con insumos y semillas caras y sofisticadas, arrasa con la producción agrícola de pequeño agricultor; el artesano desaparece bajo la competencia de la mega industria. Nunca antes en el mundo se habían producido tantas proteínas y calorías y de tanta calidad; nunca antes la logística de distribución había sido tan eficiente para poner esos bienes y servicios masivos a disposición de los consumidores; como nunca antes hay a disposición de los consumidores bienes de capital y de consumo, baratos y eficientes. ¿La consecuencia? Muchas. Pero hay una que es hoy considerada una pandemia que hay que combatir: La desigualdad.

Se ha producido en todo el mundo una inédita brecha entre los que tienen más y los que tienen menos. Y digo los que tienen más y los que tienen menos porque hablar de pobreza y riqueza es equivoco. Ello porque son categorías evidentemente relativas. Yo conocí la pobreza en Chile de que hablaba el Padre Hurtado. Según los cánones de entonces hoy nadie es pobre si se compara con el nivel de supervivencia de esos años. Aquí en Chile, en América en el primer segundo y tercer mundo.

Entonces la Iglesia, la izquierda progresista y la derecha economicista hablan y hablan de la desigualdad y de la brecha económica, cada vez más aguda; la critican, se desesperan por ella. Se habla de atacarla a través de medidas absurdas y conocidamente ineficaces. Pero nadie se refiere a sus causas que están ahí; a la vista y paciencia de todos. Todos saludan el aumento de la eficiencia económica-productiva; todos alaban la acumulación de riquezas; pero nadie evalúa sus consecuencias reales sobre el hombre real; el de carne y hueso. Del mismo modo que el fenómeno de la píldora, el aumento cualitativo de la eficiencia económica es tabú.

En el medioevo la vida de un rey no se distinguía grandemente de la de un siervo de la gleba. Hoy el potentado se transporta en helicóptero y el menos dotado en el metro o microbús: Gran brecha social. La codicia desenfrenada que provoca la existencia de las comodidades al servicio de los poderosos ha desencadenado oleadas de corrupción sin precedentes: La nación de la honesty, Estados Unidos fue arrollada (y casi arroyó al mundo) con la llamada eufemísticamente “crisis sub prime” la cadena de corrupción más grande de la historia del país del honestísimo Lincoln. Hoy Brasil y Chile se encuentran vergonzosamente aprisionados por las denuncias de codicia y falta de probidad. Italia, Bélgica, Rusia, China, la India etc., son también presas de la fiebre de, “manotazos a la caja”.

Entonces ¿Cuánto se ha beneficiado o cuanto se ha perjudicado la sociedad con el aumento de la productividad exponencial y sus consecuencias, la riqueza y la brecha entre la condición de los seres humanos más y menos dotados? La pregunta también es tabú

Estos son los “porfiados” hechos que no se ajustan ni son explicados por los “modelos” o “marcos teóricos”. Y cuando los quieren explicar son de una puerilidad absurda que da vergüenza ajena.

Progreso es una palabra talismán. De manera irracional se hace una asociación de ideas radicalmente falsa: Es bueno el progreso (primera premisa falsa) El cambio es progreso (segunda premisa falsa). En consecuencia el cambio es bueno,(conclusión falsa)

Propongo ponderar las novedades del “progreso” poniendo en una balanza sus beneficios y sus costos.