domingo, 22 de mayo de 2016

“HACER POLITICA” PARA CHILE

IDENTIDAD DEL QUEHACER PARTIDARIO
“HACER POLITICA” PARA CHILE

Para enfocar una cuestión tan amplia y compleja como “la política”, debemos aproximarnos a lo doctrinario. Como aproximación podemos decir que, la política es, el arte conducente a, que voluntades y conductas ajenas a la mía propia, hagan lo que mi voluntad propia desea[1]. Es el arte de la conducción de voluntades para derivar de ellas conductas deseadas por mí.

Esta cuestión parecerá quizá trivial y la definición quizá imprecisa, pero es necesario el cuestionamiento previo a cualquier análisis, toda vez que es común entender hoy en día, que hacer política partidaria, es el arte de ganar elecciones. Así lo proyectan los medios de comunicación, y gran parte del sentimiento adverso de la ciudadanía a la política es que “los políticos” son vistos como abocados solo a eso.

Entonces pues teniendo presente la definición propuesta, la primera premisa para “hacer política” es tener un deseo respecto del futuro de la colectividad en que pretendemos conducir voluntades, e influir en conductas.

El arte de desear no es cosa fácil nos recuerda Ortega[2]. E incluso, en política es muchísimo más difícil que en las disyuntivas personales. Y para mayor complejidad, la realidad contemporánea, -como dicen los periodistas-; es una noticia en curso. Es decir, el suelo en que apoyamos nuestros pies en el mundo contemporáneo, está en movimiento, y lo está a gran velocidad. Por ende, no es nada extraño, que lo deseado por la derecha o la izquierda para nuestra república, nación o región hace 20 años, hoy quizá no lo sea, absoluta o relativamente.

Y a la hora de definir futuros “estados deseados”, la “oferta” del espectro político da cuenta de una lamentable pobreza e imprecisión reflejada en los apodados “lugares comunes”. “Mayor Igualdad”, “atención a los más desposeídos”, “una sociedad más inclusiva”, educación “gratuita y de calidad”; para nombrar los más en boga.
Una nueva identidad partidaria, y el arrastrar voluntades tras esa nueva identidad, supone precisar las reales carencias de nuestra comunidad nacional, y, en consecuencia, los estados deseados futuros que superen dichas carencias. Decir, por ejemplo; “mayores grados de desarrollo”, es no decir nada identificable, porque no identificamos, que queremos decir, con sociedad desarrollada.

Ahora bien, para tener deseos respecto de lo que la colectividad debe ser, es preciso que tengamos claridad sobre lo que Chile es. Y aquí me detengo en dos palabras cuyos sentidos y alcances debe ilustrarnos sobre lo que no debe ser la actividad partidaria: Utopía; plan, proyecto, doctrina o sistema irrealizable, o bien, una representación imaginativa de la sociedad futura, con características míticamente enaltecedoras de la naturaleza humana. Ucronía; reconstrucción de la historia sobre datos hipotéticos, generalmente favorables a conclusiones preconcebidas sobre el presente o futuro.[3]

Entonces, el examen de lo que Chile es – nuestro diagnóstico – nos obliga a un ejercicio de rigor y honestidad intelectual, que nos identifique y nos cualifique, de los demás actores del espectro político en el que nos corresponderá desarrollarnos. En este esfuerzo de identificarnos, hay aquí a mi juicio, una oportunidad de, -como diría un economista –, agregar valor al movimiento y consecuentemente generar una imagen de solidez. Y esta oportunidad se deriva de dos hechos coyunturales: La derecha ha pecado de una superficialidad irritante en lo doctrinario; y la izquierda peca en base a su ideologismo extremo, de diagnósticos ucrónicos y propuestas utópicas que, con un discurso sólido, pueden desnudarse.

Nuestra colectividad; es decir, Chile, que es el objeto de nuestra acción política, es una “cosa” muy heterogénea, compuesta de elementos relativamente estáticos y otros relativamente dinámicos. A riesgo de ser trivial, propongo una enumeración.

Son elementos relativamente estáticos, por ejemplo:
1.      Nuestras condiciones geográficas singulares y distintas a otras “cosas” que llamamos el resto de los países del orbe.
2.      Nuestra ubicación física en el contexto de la comunidad de naciones y, ordinariamente llamadas condiciones geopolíticas. Y especialmente, la calidad y condición de las naciones inmediatamente vecinas.
3.      Nuestras disponibilidades y carencias de bienes físicos que facilitan o posibilitan la vida humana en su entorno.
4.      Nuestra innegable condición de actores menores en la comunidad internacional, y de potencia limitada para influir sobre otros miembros de la comunidad mundial.

Son elementos relativamente dinámicos, por ejemplo:
1.      Las ideas y creencias de las élites
2.      Las ideas y creencias de las masas[4]
3.      Las costumbres y moral social de sus habitantes
4.      Las expectativas de sus habitantes
5.      Las condiciones de riqueza, ahorro y capitalización de chilenos
6.      Las condiciones de riqueza, ahorro y capitalización de la hacienda pública
7.      El nivel de autonomía de los individuos respecto de la colectividad
8.     El destino y potencia de influir que tienen las way of life que proyectan los medios de comunicación de masas.
9.      La calidad media ordinaria de las decisiones de vida que adoptan los chilenos[5]

Lo señalado anteriormente aparecerá al lector calificado, a quien va orientado, como la enumeración de cuestiones tan evidentes que resulta hasta irritante su mención. Quizá el lector pensará; el mundo va demasiado rápido y tenemos cuestiones demasiado urgentes que detenerse a leer el “pato del silabario” de la política, con recetas triviales que todos sabemos sin siquiera enunciarlas.

Sin embargo, este movimiento nace a la vida política, cuando el quehacer de los políticos está centrado en un pragmatismo patético, orientado exclusivamente a la conquista y conservación de cargos o empleos estatales, y su rol de conductores, se ha visto reducido al de showman gobernados por las triviales y absurdas disyuntivas de los people meter y de las encuestas de opinión.

El gravísimo y radical desprestigio de los políticos y de la política en gran parte del occidente, especialmente de derechas, pero también de izquierdas; es porque los políticos han renunciado a la conducción y al liderazgo, contaminándose con la perplejidad ideológica del ambiente, y lo que es peor, transformándose a veces incluso a sabiendas, en mandatarios de los caprichos a veces autodestructivos de las masas solo por mantener el “raiting”.

El cosismo cortoplacista, el listado del supermercado de logros en el gobierno, los ofertones demagógicos, la insistencia en debates que escapan de la esfera de “lo político” para lograr una identidad frente a contendores, nos habla que las élites políticas se encuentran, debido al impresionante tráfago de cambios que nos envuelven cotidianamente, en una perplejidad similar o peor al que afecta a las masas.

Es menester pues un ejercicio de humildad intelectual para retomar los temas propiamente políticos y trabajarlos a fondo. A través de un discurso coherente de las cuestiones y disyuntivas propiamente políticas, retomar la imagen de conductores que es lo que las masas pretenden ver en la clase política.

Urge lo anterior por cuanto la derecha liberal y conservadora, hace un buen rato que abandonó este ejercicio por falta de sustancia; y la izquierda post moderna pretende la deconstrucción de las ideologías, es decir, hacer una política sin relatos ni discursos, sino meramente contestataria y demagógica[6].

Entonces pues, la genuina identidad del movimiento se proyectará, cuando se desligue de la política “de lo que quiere la gente”, por cuanto “la gente” lo que quiere efectivamente es una élite que los conduzca colectivamente con un diagnóstico certero de la realidad nacional, en un ambiente de orden y convivencia, que le permita a cada uno ejercitar su libertad esencial.

mayo de 2016







[1] Una definición tan amplia de “política”, abarca pues desde el fenómeno de la guerra, hasta fenómeno de la educación de los hijos pasando por el derecho penitenciario. Mayor precisión entonces encontraremos cuando nos refiramos a los medios que le son propios y singulares a la política.
[2] “Que es la Técnica”; José Ortega y Gasset. OC
[3] Me detuve en estos conceptos por cuanto nuestros contendores ideológicos, pecan cotidiana y sistemáticamente de utópicos y ucrónicos, y es menester en el debate cotidiano denunciar aquello. Además, la ucronía y utopía, son el alimento cotidiano de los demagogos, principales enemigos de quienes pretendemos hacer política en serio.
[4] Uso la palabra “masas” solo en cenáculos de análisis, por cuanto proyecta ordinariamente un concepto desdoroso para la naturaleza humana esencial. Le doy el significado que le da José Ortega y Gasset en “La Rebelión de las Masas” Capítulo I
[5] “Educación y Señorío”, de este autor www.pabloerrazurizmontes.blogspot.cl
[6] Al estilo de los “indignados” y el partido español “Podemos”, referente de nuestra criolla “revolución democrática”

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