miércoles, 30 de octubre de 2024

INDIVIDUALISMO Y DEMAGOGIA

 

La democracia es una idea. Una idea que prescribe cómo debe gobernarse un colectivo. Esta idea presupone otro concepto también teórico y aún más vagaroso: la soberanía popular. En términos teóricos, un ente colectivo: el pueblo, a través de elecciones por sufragio universal, decide quién debe gobernar ese colectivo, mandatándolo para ejecute esa voluntad popular. Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, reza el auto de fe que le sostiene. La realidad contingente de modo evidente, no coincide con ese deber ser. La democracia, el régimen democrático real, no es evidentemente lo que se dice de ella.

¿Cuál es la razón para que, en este estadio de la historia de nuestra civilización, aquel formulado teórico sea inexistente? Pues la inexistencia de una voluntad colectiva en la sociedad contemporánea. Una voluntad es colectiva, cuando las decisiones de cada individuo están entrelazadas de tal modo, que la decisión de uno afecte inmediata y evidentemente el destino del otro. Si vas arriba de un bote con diez personas, y uno no respeta la regla de estar sentado para compensar los pesos, el bote se hunde. En una colectividad más compleja como sería una ciudad o una nación nos preguntamos: ¿ha existido en otra etapa de la historia un tal entrelazamiento de destinos? La respuesta es sí. Entonces la soberanía popular, el poder del pueblo ha podido expresarse de una manera colectiva. No necesariamente univoca. Puede ser que disputasen dos o más ideas colectivas y ganase la mayoría, siendo cada una de las voluntades en disputa, colectivas.

En la organización militar, que, conforme a nuestra cultura contemporánea, es autocrática o aristocrática, el gobierno del colectivo castrense en alguna etapa histórica no lo fue. En los Tercios Españoles era común que el comandante pidiese el parecer a la tropa. Se dice que Valdivia, luego del Desastre de Tucapel, pidió opinión a sus soldados, recibiendo por respuesta: ¿Y qué quiere vuesa merced que hagamos sino peleemos y muramos? Bella expresión de voluntad colectiva univoca.

Pero si no es una democracia en los términos teóricos descritos, ¿qué es el régimen político llamado democrático, que nos rige en Chile? Las ideas y conceptos son siempre una aproximación a las realidades complejas. La respuesta a la pregunta: una mezcla, entre aristocracia, burocracia, demagogia y en grado menor, democracia.

Acaba de ocurrir una elección para gobernar 346 comunas y 16 regiones del país. Quizá en alguna comuna por ahí perdida que no podría identificar, se haya manifestado una voluntad colectiva en pro del bien común, dándole la mayoría a un hombre honesto, santo y heroico para que ejecute esa voluntad colectiva de bien común. Pero en la mayor proporción, especialmente en las comunas que conforman megalópolis, decidimos por lo general sobre nombres que ni conocemos, personas de cualidades morales ignotas, cuya intención se pretende expresar en caras sonrientes, mujeres con boquitas pintadas de carmesí con rostros empalidecidos en base a ungüentos, tatuajes para denotar empatía con el populacho etc. El resultado de este modus operandi ha sido hasta aquí, desastroso: delincuentes elevados a dignidades, aplicación de agendas burocráticas lesivas al interés y bien común, ineficacia en el manejo de recursos públicos etc. Pero la culpa no la tienen esas vestales de boquitas carmesí ni esos delincuentes aviesos de beneficiarse personalmente con los cargos. La responsabilidad recae en los votantes que los elijen. ¿Y por qué razón eligen de una manera que al interés colectivo le resulta evidentemente lesivo?  La respuesta es de un dramatismo espeluznante: Pues porque no hay interés colectivo. Solo hay intereses individuales. Pero ¿cómo es posible aquello?: pues, gracias a la existencia de una sociedad tecnológica que ha permitido el surgimiento de un espejismo en virtud del cual, se ha difundido la idea falsa y suicida, que la vida discurre individualmente gobernada por voluntad propia, sin necesidad de concierto de voluntades. Qué podemos ser felices, prósperos, satisfechos de nuestros apetitos sexuales, afectivos, alimenticios y de toda índole; sin el concurso de otras voluntades distintas a la nuestra. La letra de la canción de Frank Sinatra, A Mi Manera, describe nítidamente este espíritu. Casi todos se emocionan con ese ideal: ser un zorrón, un winer, a quien nadie le venga a perturbar su sacrosanta voluntad.

¿Es posible que la vida colectiva discurra de esa manera, como la sumatoria de voluntades individuales? Categóricamente la respuesta es no. Paradojalmente esta ilusión se difunde como el aceite caliente en la paila, gracias a una tecnología que importan la super dependencia de las cosas tecnológicas, es decir, la ultra dependencia de quienes proveen de esas cosas tecnológica. Y no hablo solo de cacharros sofisticados como super computadores, Smartphones etc. Hablo de un grifo donde sale el agua, de un interruptor que provee de energía eléctrica, de una organización del Estado que permite la represión del delito etc. Cosas sin las cuales la vida cotidiana deja de existir en cuestión de días y semanas.

Esta ausencia de voluntad colectiva se manifiesta en la deficiente calidad de las decisiones electorales. El votante resuelve por si y para si sin importar un bledo lo colectivo. De toda la legión de lamentables y patéticas elecciones de individuos que ejercerán sin dudar, el poder en beneficio propio y contra el interés colectivo, una me llamó la atención por representar el espíritu suicida de los tiempos modernos: La elección de alcalde para la comuna de Viña del Mar.

Iván Poduje, un líder de opinión, versado en cuestiones urbanas, descriptor de la dramática situación de las ciudades de Chile cuando no se respeta el derecho de propiedad y la empatía colectiva, en base a un plan de reconstrucción de la malograda comuna de Viña del Mar, se postuló para alcalde. Un hombre de inteligencia y de carácter para imponer ideas de bien común general, se enfrentó electoralmente, a uno de aquellos maniquí de producción en serie de boquitas carmesí y rostros empalidecidos amaneradamente, como los actores de películas mudas, cuyo trade record, en su primer período en el cargo, fue haber arruinado la ciudad más bella de Chile, otrora destino turístico internacional, la cual, en gran parte por responsabilidad de la ineficacia municipal, fue devastada por el incendio más trágico de la historia de Chile colonial y republicano. Esa alcaldesa, el epítome de la torpeza y desinterés por el bienestar colectivo, demagoga que promovió tomas y protección a quienes violaban el derecho de propiedad, fue electa. El “electorado” la voto por abrumadora mayoría, despreciando el plan sólido de bien común ofrecido por el candidato Poduje, votado por una minoría electoral de genuinos viñamarinos.

Esta elección demuestra que algo huele mal en Dinamarca con relación al régimen político electoral que nos rige. Que el voto de acarreados en base a un cambio de circunscripción electoral por medio de un click en un computador, valga lo mismo que el de los vecinos que trabajan, arriesgan su patrimonio, mueven social y económicamente a la ciudad y se vean afectados por la gestión desastrosa de una figura de revistas del corazón, demuestra que hay que modificar normas que impidan que estos verdaderos villanos de Ciudad Gótica de Batman, tengan acceso a desgobernar las ciudades de Chile afectadas por el caos. Por de pronto es menester re empadronar en base a domicilios reales a los inscritos. Iraci Hassler ganó en el período anterior la alcaldía de Santiago, en base a ese truco de manadas de votantes fantasmas. El narco ministro Chapo Elizalde, desbancó a Ricardo Lagos en una elección interna del Partido Socialista de la misma forma truculenta. Aquí, en el caso de Viña del Mar, conjeturo debe haber sucedido algo similar.

Asumo que la democracia teórica es inexistente por las razones que expresé. Pero este menjunje de régimen político, debe al menos refinarse en base a la experiencia práctica, para impedir que delincuentes e impostores accedan al poder electos por una seudo voluntad popular.

octubre de 2024

lunes, 7 de octubre de 2024

ZORRONES, WINNER, ARISTOCTRATAS Y NOBLES

 

Se ha revelado que una exdiputada, ex consejera de la fallida constituyente 1.0 y ahora candidata a la alcaldía de la comuna con mayores ingresos económicos de Chile, mantenía una vinculación contractual con una universidad por un estipendio extraordinariamente alto. Hemos escuchado argumentaciones para condenar y para defender la legitimidad de mantener ese vínculo, y esa remuneración tan difícil de explicar racionalmente. La disyuntiva se plantea sobre, si es o no legítimo para la universidad y para la incumbente pactar ese contrato y remuneración y haberlo mantenido, no obstante ejercer cargos públicos que demandaban presuntamente toda su atención y tiempo.

Los argumentos esgrimidos dan cuenta de las creencias respecto los fundamentos de estratificación social en la sociedad en que vivimos. Conforme se planteó el debate, se desprende una diáspora de opiniones, sobre quienes son o deben ser, los “mejores” y  los “peores” en nuestra sociedad. Lo anterior es más problemático que otras disyuntivas y diferencias de las muchas que nos separan. Mis letras apuntan pues, no a un juicio moral o jurídico sobre el hecho relatado en el párrafo precedente, sino a una sinopsis de esta disyuntiva.

La democracia es el mito que envuelve a la sociedad occidental contemporánea. La palabreja ha migrado de ser referida exclusivamente a un régimen político determinado, para extrapolarse a las pretensiones de una igualdad social ideal; y, radicalizando el argumento, a una llamada igualdad sustancial de todos los ciudadanos. Existe sobre el particular una evidente confusión conceptual entre lo descriptivo y lo prescriptivo, esto es, entre lo que son y lo que deben ser las cosas. Para mayor enredo, hay quienes buscan argumentos de discordia revolucionario-dialécticos. Entre estos últimos se esgrime la igualdad sustancial, como una potente fuente de conflicto, y se esgrime como argumento revolucionario.

Pero mis letras apuntan a referirse solo a los confusos de buena fe: ¿Qué estamos diciendo cuando hablamos de igualdad democrática en la sociedad?  ¿1) que somos todos iguales, o 2) que debiésemos ser todos iguales?

A la primera pregunta, la respuesta general y evidente es: No. No somos todos iguales. Hay inteligentes y bobos, trabajadores y flojos, gordos y flacos, buenos y malos, empáticos y egoístas, amantes y odiosos etc. etc.

A la segunda pregunta no hay consenso. Hay una proporción de lo que se da en llamar de “gente de izquierda” que considera que la radical causa que no seamos iguales, son las condiciones objetivas en las cuales la sociedad nos condiciona y oprime. La solución pues será transformar la sociedad y suprimir las injusticias y opresiones nativas para que surja el hombre nuevo. Aquel reino de la justicia social, donde seríamos todos parejitos.

Otra proporción, de los que se dan en llamar “gente de centro izquierda o centro derecha”, reconociendo como imposible la igualdad de los talentos de las personas y por ende del resultado de su acción en la vida de cada uno, abogan por la igualdad de oportunidades. El Estado omnipresente debiese garantizar esa igualdad de oportunidades de los individuos.

Por último, continuando esta taxonomía política, la “gente de derecha” estaría por la opción que cada uno se rascase con sus propias uñas y la manera en que cada uno progresará hasta el límite de sus posibilidades, será aquella condición en que, ni el Estado ni cualquier poder externo al individuo, le impusiera un límite a su libertad personal.

Es esta una taxonomía más o menos genérica. Los argumentos que he escuchado, confusos en sí, son algo matizados en alguna de esas opciones. En cualquier caso, respecto todos ellos, manifiesto mi más completo y absoluto desacuerdo y el sentido de estas letras es formular mi personal explicación. Estimo que tal extravío, nace de un error común que podría llamársele el gran mito de la modernidad

Aquel error es la fe en la omnipotencia humana. Y ese error es el que le da vida al mito de la igualdad. Las tres respuestas a la pregunta formulada, están igualmente equivocadas porque todas ellas creen en la igualdad humana. La evidencia indica que, no hay igualdad de origen, no hay igualdad de oportunidades y no hay igualdad de destinos. Y tampoco puede haberla.

Desde el día que nacemos, vivir es sentirse limitado y, por lo mismo, tener que contar con lo que nos limita. Todo en la vida es resistencia que vencer, y resistencias que no necesariamente las salvaremos. El mito de la modernidad nos dice lo contrario: Vivir es no encontrar limitación alguna, por lo tanto, abandonarse tranquilamente a sí mismo. Prácticamente nada es imposible, nada es peligroso y, en principio, nadie es superior a nadie[1]. Y de que nadie sea superior a nadie nace el mito democrático.

Pero, así como no pueden volar los elefantes, así tampoco ningún poder humano podrá jamás igualar las circunstancias que rodean la vida de cada individuo, y el resultado de esa evidencia es que cada ser humano se enfrenta singularmente a un destino que es de él y nada más que de él, distinto al del prójimo. No reconocer esta verdad es mentir al resto y/o mentirse a uno mismo. ¿Por qué se miente sobre esto a los demás? Quizá para conquistar voluntades a través de conquistar corazones. ¿Por qué el hombre se miente a sí mismo sobre cuestión tan evidente? Quizá por temor a lo desconocido y para evitar el agobio de confrontarse cotidianamente a una realidad hostil.

Aristocracia es una palabra que se deriva del griego, y significa el gobierno de los mejores. Pero en la sociedad dominada por el mito democrático, a nadie se le puede reconocer ser superior a nadie, por ende, no se concibe el gobierno de los mejores. Hoy la palabra aristócrata está deformada por la cultura anglosajona. Refiérese a alguien adinerado, distante, desinteresado del prójimo, e indolente con el resto de la humanidad. Pero la aristocracia es casi exactamente lo contrario. Aristócrata es aquel que conquista una dignidad porque la nobleza obliga. El aristócrata verdadero -hoy inexistente dentro de los que gobiernan- es aquel conectado con el mundo de los demás y que se hace cargo de ese mundo que trasciende el propio. El aristócrata se conduele y compadece del prójimo y se alegra de su bienestar. Es el noble, no de sangre necesariamente, sino de corazón.

La sociedad humana jamás es gobernada por el pueblo gobernado. Aquello es un mito de la hora presente. La sociedad humana hoy, mañana y siempre, ha estado y estará gobernada por los mejores. ¿Quiénes son los mejores? aquellos que con mayor inteligencia sagacidad o astucia, tienen el talento de posicionarse en los espacios de poder para que el resto de la sociedad obre conforme a la voluntad propia del poderoso. El que diga que los que mandan están ahí porque los eligió el pueblo dice una verdad a medias y una verdad a medias es una mentira a medias. La causa basal de que los que mandan estén donde están, es su capacidad y no la voluntad del pueblo gobernado.

Para que en la sociedad prime la justicia, la cuestión pues no es que haya personas mejores que otros, porque las habrá siempre. La cuestión es, para que una sociedad sea justa[2] (hoy día se dice una sociedad democrática) es preciso que los mejores se sometan ellos a limitaciones y se hagan cargo (nótese lo explícita que es la palabra cargo) de los gobernados, practicando con prudencia la justicia distributiva. La condición de posibilidad de una sociedad justa es que, la nobleza obligue.

La señora incumbente del sueldo extraordinario se ha defendido, y sus partidarios la han defendido, esgrimiendo argumentos pobres, carentes de profundidad, proyectando la idea que la libertad es para ellos la extensión sin límites de su voluntad personal. Exactamente lo contrario que se necesita para ser digno de mandar a los demás. Además, han abusado y despreciado la inteligencia de quienes pasivamente recibimos sus explicaciones. Traducido a los gobernados, sus explicaciones se perciben como: somos los zorrones, somos los winner y por eso debemos mandar sobre los demás, punto final.

Lo más lamentable y empobrecedor para la sociedad de este episodio, es el efecto demostración sobre los gobernados. La gran crisis contemporánea es una crisis de expectativas desfondadas y sin límites de los gobernados[3]. La gran tarea de los gobernantes es orientar esas expectativas para que ellas sean congruentes con el bien común general. La señora incumbente y sus partidarios han proyectado la idea que hay que aprovecharse de las circunstancias en beneficio propio, unlimited; hasta que duela. Esa actitud de los que mandan, en este y otros luctuosos episodios, se perméa hasta los insterticios más básicos de la sociedad, con fatales consecuencias. Porque, si no hay medida prudente de lo que a cada uno le corresponde, no podrá haber justicia distributiva; y si no existe la justicia distributiva y así obrásemos todos, aquello sería la muerte de la convivencia. Es un dos más dos son cuatro, que, en su vehemencia por alcanzar más poder, algunos no quieren comprender.

octubre de 2024

 

 



[1] José Ortega y Gasset. La Rebelión de las Masas

[2] Hoy se dice en lugar de la palabra “justa”, “democrática” lo que representa una evidente manipulación del idioma para mistificar la democracia, por ser un régimen político mucho más fácil de ser influido y permeado por los poderosos.

[3] Sobre el particular, véase https://pabloerrazurizmontes.blogspot.com/2024/08/la-modernidad-y-la-crisis-de-los-deseos.html

miércoles, 4 de septiembre de 2024

EL ELEFANTE INVISIBLE

 

Los motores a pistón propulsados por gasolina, requieren un mecanismo que provea una chispa para provocar la explosión que hace girar el cigüeñal o eje central. Sin chispa no hay movimiento y por ende no hay propulsión. Los filósofos de todos los tiempos, especialmente los que cultivan la filosofía de la historia, han buscado incansablemente averiguar y definir, cuál es la chispa que mueve la historia humana. Rodeados por la circunstancia mayormente incógnita de la realidad, y acosados por la conciencia, aquella extraña potencia que, al parecer, no compartimos con ningún otro ser de la creación, el hombre ha buscado, qué es lo que lo mueve a él y a quienes lo han precedido en la historia.

¿El afán de amarse?, ¿de disputar irracionalmente?, ¿de destruirse?, ¿de poseer la voluntad de los demás?, ¿de vencer a la muerte, de suprimirla junto con el tiempo, y vivir para siempre? Palabras, palabras, palabras; responde Hamlet, cuando sumergido en densas lecturas, le contesta al intruso Polonio quien, instruido por el Rey danés a espiar la insana conducta del príncipe, le pregunta por sus materias de estudio. A través de su respuesta, el temperamental príncipe le quiere ilustrar su completa impotencia para encontrar el sentido de la existencia a través de la lectura.

Así es; en inumerables textos escritos a través de la historia, el hombre ha buscado sentar las bases para una comprensión más completa de la realidad, proponiendo multiples hipótesis sobre la genealogía del pensamiento humano. Y esas hipótesis con mayor o menor pretensión de verdad, son propuestas por hombres y mujeres rodeados de circunstancias. Y las hipótesis son diversas porque diversas son esas circunstancias que les rodean a cada uno de ellos. ¿Una trivialidad lo que digo? Pero sucede que esa trivialidad muchas veces no se pondera, y se pretende entender o refutar a Platón con los ojos del habitante de nuestro siglo.

Volviendo a la metáfora del motor a gasolina, me hago varias y diferentes preguntas: 1)¿hay una única chispa que mueva a todos los hombres, durante toda su historia? 2)¿esa chispa es la misma que nos mueve como hombres racionales y conscientes, con aquella que moviliza al resto de la creación? 3)¿somos acaso los hombres una anomalía o simplemente seres más sofisticados en una única y monótona creación?

Lo azorante de estas preguntas deriva que no tenemos respuesta plausible a ninguna de ellas, derivada de la observación material y de la experiencia, y que, quizá no podamos tenerlas jamás. Kant la hizo cortita: negó la posibilidad de tal conocimiento. Le dijo al hombre post ilustrado “mete las narices solo en aquello que puedes saber a ciencia cierta y olvídate del resto”. Y así camina nuestra cultura occidental hasta hoy: negando que hay un elefante en la habitación. Y ese elefante se llama el sentido de la existencia. El petizo habitante de Königsberg, seguramente preocupado por las graves consecuencias de su proposición, en obra posterior concedio que las creencias religiosas o tradicionales, nos podrían salvar de la angustia de perder ese sentido vital. Pero esas respuestas, no podrían llamarse conocimiento.

Pero quisiera aproximarme o conjeturar una respuesta a la primera pregunta, planteada más precisamente de otra forma: ¿a los hombres del siglo XXI nos mueve la misma chispa que a los de siglos pretéritos? ¿hay mayor o menor sabiduría en las motivaciones y deseos de nuestro siglo?

Qué mejor que la ciencia económica, para reconocer cuales son los deseos que motivan al hombre del siglo XXI. Porque la economía tiene un axioma bastante ilustrativo en esta habitación donde el elefante aquel es transparente. Dice ese axioma que, la sociedad se mueve por expectativas económicas, léase, por deseos materiales. Más específicamente, nos conducimos exclusivamente para que nuestros deseos materiales presentes, se satisfagan en el  futuro.

Leo pues, en las noticias económicas, que la cotización de una empresa que fabrica los chip del futuro, que integrarán unos super procesadores de datos, que podrán elevar a la potencia la cantidad de datos que hasta ahora procesan los computadores, ha subido en 600% su valor bursátil en cuestión de meses. Esto se deriva de la creencia o fe, que la llamada inteligencia artificial será la que formateará nuestra vidas de aquí a pocos años más y que el hombre, como dice aquel superhéroe de Toy Story, podrá llegar al infinito y más allá.

Lo que nos indica esa alza bursátil, no es lo que sucederá, sino lo que el hombre ilustrado del siglo XXI cree que sucederá. ¿Y que hay tras esa creencia? Pues hay un deseo que eso suceda. Ponemos atención en lo que, deseamos que sea la realidad. Seremos felices y comeremos perdices. Unas supercomputadoras nos proveerán de las cosas que necesitamos y seremos unos ociosos dichosos. Las agendas políticas apuntan a eso. ¿Qué es sino aquello, la agenda 2030 que proyecta esa utopía (o distopía según se vea)?

Mientras tanto, el elefante barrita dentro de la habitación y seguimos simulando que no lo vemos. ¿Y cual sería lo malo de aquello? Pues que el mundo que nos rodea, es cada vez más feo e injusto, compuesto de unas elites que amaneradamente simulan no ver el elefante y por el resto de la humanidad que sí lo ve, porque el hombre nativamente y sin las deformaciones de la iliustración, es dominado por ese hambre de sentido.

Porque ¿Cuál creen ustedes que es la causa de este mundo paralelo de las drogas, la delincuencia y la rebelión de una religión primitiva como la mahometana? ¿Se recuerdan la obra de arte cinematográfica titulada La Naranja Mecánica? ¿Cuál era la querella del protagonista con el mundo que lo rodeaba?

La misma respuesta aplica a ambas preguntas: la falta de sentido que tiene la existencia humana formateada por el relato del mainstream dominante. La ceguera deliberada que nos enseñó el petizo prusiano: debemos olvidarnos del elefante en la sala porque no tendríamos explicaciones basadas en la experiencia.

No señores; la elite está equivocada. No habrá aquel mundo diseñado por burócratas en las oficinas de la ONU, simplemente porque no cuadra con la naturaleza humana. No existe la inteligencia artificial. La única que existe es la natural y anterior a la inteligencia, es la conciencia que nos caracteriza como criaturas únicas del universo. Kant se equivocó: no solo es posible el conocimiento más allá de la experiencia. Es necesario. Y más que necesario: es imprescindible para identificarnos como seres humanos. El elefante dentro de la habitación no solo existe y está presente en la conciencia de todos los hijos de mujer, aunque los economistas y burócratas de la ONU simulen no verlo; es que ese elefante es el único que nos puede salvar. Porque salvarse quiere decir tener un sentido para vivir y las expectativas económicas no son suficientes para ello.

Mi personal respuesta a la primera pregunta es: No. No hay una única chispa que moviliza al hombre a través de la historia y precisamente la pobreza de esa chispa contemporánea hace que el motor funciona rateando y echando humo negro. Debemos refinar esa chispa de la existencia humana, reconociendo que somos mucho más que lo imaginado por los burócratas de la agenda 2030.

septiembre de 2024

 

viernes, 30 de agosto de 2024

LA CORRUPCION CRIOLLA: VERSION LIGHT DEL MAL EN EL MUNDO

 

Escuché una interesante entrevista a un abogado de nombre Benigno Blanco, quien fuera ministro en el primer mandato del ex presidente del gobierno español José María Aznar. Sostiene Blanco, lo que muchos a través de la historia han dicho: para ser bueno, es necesario conocer el bien.

Hemos visto en los medios de prensa un amanerado exorcismo de políticos, autoridades, periodistas (sobre todo periodistas) por la formalización y aplicación de medida cautelar de prisión preventiva, en contra de un “conocido y prestigiado abogado de la plaza”. Se dan palos de ciego a trocha y mocha para ahuyentar de su cercanía, los humos pestilentes de este sacrificio ritual, donde a través de personificar unívocamente el mal en un tipo de quinta calaña moral, pretenden los elocuentes condenadores, sustraerse de todo juicio moral hacia sus respectivas personitas.

Pero analicemos de profundis el caso y no mediante grandilocuencias o palabras talismán -como corrupción-, que abundan en las redes sociales: ¿cuál es el pecado o falta moral de fondo implícito en el delito que pareciera haber cometido Luis Hermosilla? Porque tráfico de influencias no es en sí un mal. Yo puedo traficar influencias – qué es lo que periodistas, abogados, políticos etc. hacen todos los días – con fines de bien común general. Incluso – y esto podrá escandalizar – para eludir un mandato legal o judicial injusto. La ponzoñosa conducta de Hermosilla no está en su ilegalidad solamente, sino en el objetivo que dicha ilegalidad ha tenido: la avaricia y la codicia. Lo miserable de la conducta es obrar para obtener para sus clientes y para sí, lo que no les corresponde gozar conforme a las reglas de la justicia – dar a cada uno lo suyo. No son grandes males y pecados que recordaba con nostalgia Escrútopo, en la obra de C.S. Lewis, Cartas del Diablo a su Sobrino, los perseguidos por Hermosilla y sus clientes.

Una de las acepciones de la palabra miserable, es tacaño. Lo que el caso Hermosilla ha dejado al desnudo y es la causa de este generalizado exorcismo, no es la ilegalidad de la conducta suya y de sus clientes. La gran mayoría de los presos políticos militares actualmente condenados lo han sido por sentencias que violan taxativamente la ley y la constitución, y nadie se tira ceniza en la cabeza por la conducta de dichos jueces y clama por la libertad inmediata de los condenados. Lo que revuelve las entrañas de la elite chilena de todo género en el caso Hermosilla, es que deja al desnudo una conducta que a todos implica: la tacañería, la codicia, la avaricia.

Hermosilla era un prestigiado abogado de la plaza, porque se movía como pez en el agua en el ambiente de tacañería de esa élite, interesada en trepar por el palo ensebado del poder y del dinero, ofreciendo sus servicios mayormente para sostener esa tacañería.

¡Debemos purgar la corrupción de nuestras élites!, claman los Savonarola criollos. Si. Esta bien. Pero ¿cómo empezar? ¿acaso con condenas taxativas y grandilocuentes?

Aquí viene al caso la frase citada: para ser bueno, es necesario conocer el bien. Yo diría que el gran mal que afecta a nuestra sociedad es la parálisis intelectual que impide conocer el bien. Por eso la publicidad comercial es tan estúpida en Chile; porque está hecha para paralíticos intelectuales. Por eso es por lo que es tan fácil manipular en Chile a las masas. Por eso es por lo que hemos elegido democráticamente el presidente y los parlamentarios que nos gobiernan. Por eso un abogado tan mediocre intelectualmente como Luis Hermosilla, ha sido un prestigiado abogado de la plaza.

En mi carrera profesional de abogado, conocí a muchos Hermosillas que eran como zorrones forenses. Siempre diestros en conocer las teclas del poder judicial, político, legislativo o empresarial, que abrieran las grandes alamedas del poder. Cuando había un dilema jurídico que demandase estudios concienzudos, disponían de algún nerd para que se los solucionase. Y estoy hablando de las más altas esferas, incluido el Consejo de Defensa del Estado. ¿Por qué sucede esto? Porque la gente lo pide. Porque es lo que se lleva.

Estimado lector: lo que hoy se denuncia en términos genéricos como corrupción no es ni más ni menos que un pecado light despreciado por Escrútopo, propio de una sociedad intelectualmente paralítica: la avaricia y la codicia.

¿Cómo disipar esta nube asfixiante? Conociendo el bien; valorando el buen deseo; practicando la elegancia, cuya raíz es la eligentia; saber elegir. Basta de zorrones light. Basta de revolucionarios de piscola. El poder para los que reflexionan y para los que piensan en el bien común.

Agosto 2024

lunes, 12 de agosto de 2024

LA MODERNIDAD Y LA CRISIS DE LOS DESEOS

La epistemología es la rama de la filosofía que estudia, de qué manera y bajo qué condiciones, se forma el pensamiento racional. Podrá estar tentado el lector de abandonar la lectura de estas letras al estimar que, aquel quehacer intelectual es patrimonio y ocupación de los filósofos profesionales. Le pediría un poco de paciencia por cuanto, a través de la hilación de las siguientes ideas, es posible despejar algunas confusiones de las tantas en que nos tiene sumida esta modernidad tardía.

Desear y querer, son verbos que suponen la existencia del tiempo. Una realidad determinada, estacionada en un momento X, deseo/quiero transformarla en otra realidad en un futuro Z. ¿Cuándo deseamos por primera vez? Exactamente en el momento que salimos del vientre materno que es el momento donde el tiempo nos invade y condiciona. El bebé llora en la búsqueda de un estado diferente al que le rodea. Y esa es la condición que nos acompaña hasta nuestra muerte o hasta que, por razones fisiológicas, perdemos la conciencia.

Alguna doctrina mística ve posible que la conciencia adquiera una estado estacionario donde el deseo abandone nuestro espíritu. No soy capaz de imaginar aquello. O será quizá que el místico esté poseído de un deseo único: no desear. Lo que sí es indudable es que el místico está, al igual que usted y yo, atrapado en esta realidad que nos resulta tan trivial e insuperable: el tiempo.

No soy experto en estudios teológicos, pero me atrevería a decir que Dios, ente atemporal, no desea. No tiene deseos por cuanto para Él, no existe el futuro ni el pasado. La antropologización que las escrituras hacen de Dios, como un ser que se frustra y exhorta a sus criaturas deseando alguna conducta de ellas, me parece, es para que nosotros, en nuestra mínima capacidad de comprensión, nos representemos al inconmensurable misterio de Dios.

Pero, ¿qué relación tiene el deseo con la formación del pensamiento racional? Aquí viene la idea que extraigo de la filosofía orteguiana[1]: En algún momento de la historia, los pensadores, fascinados con la capacidad humana de crear ciencia tecnológica a través especialmente de la matemática, estimaron que la razón y la racionalidad humana, era el alfa y el omega del conocimiento. Todo lo que no provenía del método racional era opinión o error. El fundador del pensamiento ilustrado, Inmanuel Kant en la introducción de su obra, Crítica a la Razón Pura, reconoce que pretende, en el plano de las ciencias del espíritu, emular a Newton. Pero la experiencia indica qué la racionalidad es una entre varias herramientas que dispone la inteligencia humana, en el proceso del conocimiento.

El proceso del conocimiento no es otra cosa que darse una representación abstracta de la realidad. ¿Y para qué es este afán de darse una representación abstracta de la realidad? Pues para saber a qué atenernos en nuestro caminar a través del tiempo y del espacio. Es un medio para administrar nuestra existencia en el mundo.

¿Cómo opera este proceso de aprehensión de la realidad en una psiquis sana?[2]

1)      La conciencia se instala en una perspectiva. Esta perspectiva es una disposición volitiva de poner atención en un aspecto de la realidad contingente que nos rodea; nuestra circunstancia;

2)      Este poner atención en un aspecto de la realidad y no en otro, es un acto de voluntad;

3)      puesta la conciencia en esa disposición volitiva, la realidad contingente se refleja en nuestra psiquis;

4)      en función de esa disposición volitiva y de los estímulos de la circunstancia, nos formamos un juicio de la realidad contingente.

En simple: nos formamos el juicio que deseamos/queremos formarnos en una circunstancia determinada.

Estimar que el juicio que nos formamos de la realidad, depende en exclusiva de la razón es un error. Estimar que somos un procesador de estímulos sensoriales en estado puro, y que basta nuestra disposición para ser “objetivos” y formarnos un juicio racional de la realidad, comporta una puerilidad del racionalismo y una implícita arrogancia intelectual bastante obtusa.

El buen juicio entonces depende… del buen deseo. Porque el juicio que nos formamos está previamente focalizado por nuestra voluntad. Ponemos atención en … algo determinado y no en la realidad completa. El juicio pues está condicionado por nuestra voluntad. De la calidad de nuestro deseo emanará pues la calidad de nuestro juicio. ¿Cuál es el problema en la sociedad contemporánea? La calidad de los deseos. Estos han degenerado en ansiedad, que es un estado de agitación, inquietud y zozobra del ánimo que pareciera acompañarnos como la sombra al cuerpo. Aquello tiene muchas causas y una de ellas, que estimo en gran medida, es el no saber administrar la tecnología omnipresente que nos rodea.

¿Dónde está pues la clave para salir del sumidero existencial en que se encuentra occidente? En el arte de desear; en la elegancia, palabra que etimológicamente viene del latín elegantia y significa cualidad del que extrae lo mejor, originado en legere (escoger cosechar). El querer puede ser elegante, el desear también. En italiano el varón que declara su amor erótico honesto, dice a la amada: ti voglio bene.

¿Qué hacer para qué en esta modernidad tardía aspiremos a la elegancia en el desear? Propongo aproximaciones para remediar nuestra la zozobra moderna.

La filosofía contemporánea, ha demostrado ser insuficiente para interpretar la influencia de la técnica que condiciona nuestra circunstancia, como causa de la crisis que nos rodea. Así, los cacharros y artilugios tecnológicos con que convivimos, son asumidos como “bienes”, sin una deliberación holística sobre sus efectos positivos o nocivos.

La sicología clínica ha puesto alarmas al respecto, pero en el ámbito de lo público, lo político, en aquello que supone administrar la alteridad entre voluntades, los remedios que se proponen en un mundo reformateado por la tecnología, resultan flacos y faltos de integridad capaz de reunir bajo un paraguas conceptual, a los buenos. Esto es, a los individuos que aspiran honestamente inducir el bien común general.

Porque la técnica, hermana del pensamiento racionalista (no diré ni madre ni hija por cuanto esa precisión demandaría un largo análisis), ha impuesto una grave afectación al acto de voluntad y a la perspectiva desde donde se observa la realidad y en consecuencia de su resultado, esto es, del juicio que de la realidad nos formamos.

La calidad de este juicio de la realidad resulta más flaco, más superficial menos funcional a la expansión de nuestro potencial humano, que el juicio de la realidad que movilizaba a los hombres de hace uno o dos siglos atrás. No estoy diciendo que todo tiempo pasado fue mejor. Estoy observando que las “verdades” que movilizan colectivamente al hombre de hoy, les parecerían pueriles y casi infantiles a los hombres del siglo diecinueve.

En la discusión contemporánea se proponen ideales - desarrollo económico, derechos humanos, inclusividad, igualdad – sin cuestionarse, de qué, hacia donde, con qué objetivo. Los ideales contemporáneos son simples jingles publicitarios sin un sentido humano integral.

Querer y desear son dos verbos que los separan una abstracción racionalista. Querer es tener la voluntad o determinación de ejecutar algo. Desear es el movimiento afectivo que nos induce a ejecutar algo. Si aceptamos la propuesta epistemológica perspectivista que he descrito, ambas palabras significan lo mismo. Ambas preceden, son anteriores al juico racional y lo condicionan. Hoy lo racional puede resultar emocionalmente aberrante, como lo es el homicidio del nonato disfrazado de aborto que se legitima racionalmente como "derecho reproductivo".

Pero esta arbitrariedad de las emociones y voluntades es susceptible de ordenarse. Aquella es la tarea del político en el exacto sentido de la palabra; al conductor de voluntades para orientarlas al bien común general. No como los demagogos que campean en el espacio público que estiman sacrosantas los caprichos de las masas.

Ese sentido degenerado de la política esta teñido por el nihilismo contemporáneo, el cual no cree posible y rechaza todo juicio de sentido, toda teleología, venga de donde venga. Paradojalmente la razón de existir de la filosofía, es la búsqueda de sentido al hombre y al mundo. El nihilismo materialista es la negación de la filosofía y en consecuencia de la política.

Se observa en el horizonte un amanecer de saturación de este sin-sentido con que los liderazgos sociales, políticos, académicos y hasta religiosos, nos conducen. Hay un atisbo de una aurora de Dios, de obrar en función de un deber ser luminoso de las cosas.

Agosto de 2024



[1] Especialmente de su obra Qué Es Filosofía, Obras Completas, Tomo IV páginas 273 y siguientes.

[2] Digo, una psiquis sana, para ilustrar que nuestra perspectiva y el reflejo que la realidad nos proyecta está condicionado por nuestra historia de vida. Si nuestra experiencia vital ha sido afectada por estímulos que hubieren dañado nuestra musculatura emocional, nuestra disposición estará condicionada a instalarnos en una perspectiva que busque compensar ese daño. En ese sentido el aparato de percepción es como una lente con que observamos la contingencia. Si esa lente ha sufrido trastornos que la hayan dañado, la tarea de la voluntad es pulir esa lente para que la luz pueda cruzar a través de ella sin distorsiones. El psicoanálisis trata precisamente de desentrañar esa historia de vida e identificar daños para repararlos.

  



sábado, 13 de julio de 2024

EL BUENISMO Y LA JUSTA IRA

 


Los mitos ideológicos, hegemónicos en occidente desde la revolución francesa en adelante, incluidos los regímenes genocidas del siglo XX, se encuentran desgastados. Evidenciadas sus falsedades, los que aun les defienden, rehúyen el debate y la deliberación de fondo. Para defenderse, han inspirado una equívoca ética de la corrección política que no razona, y que reacciona agresivamente contra quienes lo hacen. Ética inspirada en las taras emocionales e incluso físicas, que está provocando una sociedad ultra tecnologizada, que produce individuos frágiles y temerosos, alejándonos de lo que resulta esencial en el hombre: su radicación en el mundo, teniendo conciencia de sus limitaciones y potenciales miserias.

Esta ética[1] niega el mal como tal. Así, propicia la legitimidad de toda conducta, en la subjetividad infinita de las voluntades, libres de todo lo que las pueda limitar. Bombean oxígeno a este fuego que amenaza arrasar toda convivencia civilizada, en primer lugar los revolucionarios, cuyo imperativo ético es acicatear el conflicto y la discordia para la construcción de una sociedad nueva. Aquel unicornio[2] que en la historia ha significado irremediablemente muerte y destrucción. En segundo lugar y cual auxiliares de este proceso de demolición, tan eficientes como los revolucionarios, están los demagogos, empresarios de la alteración quienes hostigan a los hombres para que no reflexionen, y procuran mantenerlos hacinados en muchedumbres[3]. El objetivo de los demagogos, es sostenerse en el poder[4] aunque el barco de la historia naufrague. Aunque siendo distinto su objetivo al de los revolucionarios, es igualmente funcional a la revolución y/o al caos. Su tarea es mantener sosegadas a las masas para impedir su reacción. ¿Qué herramientas usan revolucionarios y demagogos para esta tarea de zapa?: El miedo, la estimulación de toda debilidad, el victimismo y el resentimiento.

Pero busquemos estimado lector, la balsa donde salvarnos de este naufragio y ayudados de un timón, logremos alcanzar una orilla que nos redima. Para ello propongo reflexionar sobre los conceptos deformados por esta seudo ética buenista:

La política es el método para imponer una voluntad hegemónica a través del convencimiento racional o de la disuasión. La guerra es el método para imponer una voluntad hegemónica a través de la supresión o quiebre de las voluntades que se le opongan. Así dicho parecieran ser conceptos claramente distintos. La fuerza coercitiva[5] se usa en ambos procedimientos con distinta intensidad. Pero esa frontera se puede diluir como señalaré en el siguiente párrafo.

Si la política usa solamente la disuasión y soslaya o suprime el convencimiento racional de los gobernados, la frontera entre la política y la guerra se hace difusa. En efecto, cuando la disuasión consiste no solo en suprimir la racionalidad del debate a través de lo que hoy se ha dado en llamar la cancelación, sino además controla todos los medios de difusión para que las opiniones disidentes no se oigan, ¿nos encontramos en el ámbito de la política o de la guerra? Tanto se habla de la perversión de los nazis, pero en cuanto a procedimientos de control de las voluntades, las llamadas democracias occidentales usan métodos que harían ruborizar al doctor Goebbels. Y ni hablar en las satrapías comunistas que aun sobreviven a duras penas gracias a la bota tiránica.

A quienes usamos el convencimiento racional invitando a las masas a dejar de ser tales, y reflexionar sobre el bien y sobre el mal, se nos cuelga el adjetivo de populistas, terraplanistas, fascistas, ultraderechistas y un sinfín de adjetivos estúpidos. Por ejemplo, todo el que cuestiona la racionalidad de la reacción ante la pandemia, la racionalidad del uso de las vacunas génicas experimentales, el absurdo del calentamiento global por causas antropogénicas (ahora rebautizado con el concepto carente de sentido de cambio climático que es como decir agua mojada), la mascarada absurda de la ideología de género; recibe una capotera de adjetivos violentísimos, cuando no somos suprimidos del espectro comunicacional operado por el mainstream.

¿Por qué se suprime el convencimiento racional como método político en las democracias occidentales? Porque estamos gobernados por el nihilismo: la nada en el horizonte. Lo que interesa es la imposición de la voluntad política revolucionaria unívoca para remodelar la naturaleza humana. El activismo político revolucionario-cultural de las ideologías transexualistas en boga, no tolera la disidencia, ni que le hablen de evidencias empíricas adversas a sus aberrantes conclusiones. Reaccionan con sibilina violencia, esto es, con una violencia disfrazada de pacifismo buenista. Pacifismo buenista que conculca y amedrenta la reacción justa.

¿Cómo se debe reaccionar ante esta supresión de la racionalidad institucionalizada por la prensa y el mainstream del cine, de la academia universitaria y de las instituciones del Estado coercitivo?

Es conveniente recurrir a la sabiduría de los viejos filósofos y en concreto a Santo Tomás a través de su teoría de las virtudes. Una de las virtudes cardinales es la fortaleza que induce a resistir la injusticia y a acometer en la búsqueda de la justicia. Y hay aquí un equívoco del pacifismo irreflexivo alentado por cierto enfermizo afán de seguridad burguesa. Si bien la paciencia es para Santo Tomás un ingrediente necesario de la fortaleza, es la paciencia entendida como la capacidad de padecer sin alterar el ánimo; aquello es algo radicalmente diverso de la irreflexiva aceptación de toda suerte de mal. Paciente es, no el que  tolera el mal, sino el que no se deja arrastrar por su presencia a un desordenado estado de tristeza. La verdadera fortaleza es amar y realizar el bien, aun en el momento que amenaza el riesgo de herida o de la muerte sin jamás doblegarse ante las conveniencias[6]. Es así como, la fortaleza no se agota en el resistir. La indignación ante la injusticia, es y debe ser pues, la causa del elemento activo de la fortaleza: el acometer.

En este Mundo Feliz de Huxley en el que vivimos, se me acusará de fascista, nazi, ultraderechista, inquisidor, populista y toda la naipada de insultos que condicionan a las masas bovinas a reaccionar en contra de quien esgrime la resistencia. Pero como dice el adagio jurídico, las cosas son lo que son y no lo que se dice de ellas.

Actualmente existe en el mundo, y en nuestro país, una aplicación práctica de la ideología LGBTQ+ consistente en experimentos médicos sobre menores tendientes a cambiar su sexo. Recordemos que el sexo, en la jerigonza de este Gran Salto Adelante, se le denomina género.

El Código de Nuremberg promulgado en 1947 a consecuencia de los aberrantes experimentos de los nazis en seres humanos, constituye un mandato a la ciencia médica y prohíbe experimentar con personas sin su consentimiento y tal consentimiento obviamente exige capacidad para consentir. Es decir, está prohibido experimentar con menores de edad.

Pero esta norma no ha impedido que, en occidente en general y en nuestro país en particular, los doctores Frankestein lo estén haciendo, experimentando en menores de edad en clínicas particulares o propiciándolo en el sistema de salud pública.

Existe un programa de gobierno orientado a esta afrenta a la naturaleza que recibe el nombre “amoroso”, de “Crece con Orgullo; Programa de Apoyo a la identidad de género”. Tal como lo hacía Mao Zedong llamaba a sus programas genocidas El Florecer de todas la primaveras, El Gran Salto adelante etc. los revolucionarios criollos pretenden rehacer la naturaleza humana[7] con estas bellas palabrejas. Todo bajo el amparo de las más “prestigiosas universidades”. Concretamente, la Universidad Católica de Chile y La Universidad Diego Portales. Explícitamente se ampara en una ley que permite el cambio de sexo registral, para sustentar un ilegal programa para el cambio de sexo fisiológico en menores.

Se materializa este eventual crimen de lesa humanidad, a través de drogar a menores en el afán de experimentar con inhibidores de los procesos naturales que fijan los rasgos sexuales. Esta aberración ha sido develada este año a la opinión pública europea e inmediatamente prohibida en casi toda la Europa septentrional.

Están castrando químicamente a menores de edad, es decir anulándole sus naturales desarrollos sexuales, sin siquiera el consentimiento de sus padres, bajo la justificación de un acompañamiento a la migración de un género a otro. Todo con el dinero y el poder del Estado. En nuestro país, cuatro mil criaturas sin capacidad legal de consentimiento, son víctimas de estos experimentos sobre seres humanos.

Toda evidencia científica induce a pensar que quedarán con secuelas adversas de por vida cuando no, con secuelas psiquiátricas que eventualmente podrían llevarlos al suicidio. Y aunque no quedasen con ninguna secuela adversa, sigue siendo un experimento violatorio de las prescripciones civilizadoras del Código de Nuremberg.

¿Qué actitud debemos adoptar ante esta aberración como ciudadanos y como contribuyentes? ¿Resistir pasivamente este agravio criminal contra seres humanos concebidos por una ideología estúpida y carente del más básico sentido común? ¿Hacer cómo hicieron los ciudadanos alemanes cuando sabían qué Hitler cometía crímenes atroces contra judíos, gitanos y personas con deficiencias mentales en Alemania, aun antes de la guerra? ¿Ser “pacientes” en sentido de huir de esta realidad y encerrarnos en nuestras madrigueras? ¿Todo para no incomodar y no “empeorar las cosas” tolerar que unos dementes ideologizados resentidos con el orden del mundo, cumplan su “programa de gobierno”?

Lo verdaderamente virtuoso es acometer, dominados por la justa indignación para poner fin a estas aberraciones. Los parlamentarios debiesen acusar constitucionalmente a los ministros involucrados en estos programas criminales, y el Ministerio Público ejercer a través de la persecución penal, las responsabilidades penales a médicos que se encuentren participando en estas aberraciones, como autores de los delitos tipificados en el artículo 395 396 y eventualmente 393 del Código Penal. No hacerlo los hace partícipes de este crimen.

En nombre de la virtud de la fortaleza: señores, ¡basta!

julio de 2024



[1] Cuando digo la palabra ética la uso como sustantivo y no como adjetivo. Si la usase como adjetivo debiese decir seudo ética.

[2] Ser inexistente fruto de la fantasía.

[3] El Hombre y La Gente; José Ortega y Gasset.

[4] La versión contemporánea de esta dañina especie humana, la representa hoy en Chile la llamada centro izquierda y la derecha política.

[5] Quieras o no lo quieras…

[6] Las Virtudes Fundamentales; Josef Pieper, citando a Santo Tomás

[7] https://www.dipres.gob.cl/597/articles-212572_doc_pdf1.pdf

MAO ZDEDONG Y LAS NUEVAS IDEOLOGIAS DE LA DISCORDIA

 

Siendo el hombre un animal político, esto es, un ser al que solo le es posible vivir en comunidad, la forma de hacer posible la vida es aunar[1] voluntades. Y es preciso que esas voluntades no apunten hacia cualquier fin. Deben apuntar al fin de hacer posible la vida y la necesaria convivencia donde cada uno pueda apuntar hacia su propio bien sin frustrar el bien del resto de la comunidad. Es una ecuación compleja. Conducir el barco de la historia en ese sentido, exige el cultivar las virtudes políticas: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. El extravío que sufrimos en el mundo contemporáneo se relaciona con el olvido de esta idea.

El materialismo dialéctico es una doctrina cuyo nombre le adjudicó el pensador ruso Gueorgui Plejanov y encierra en ella y desarrolla con mayor amplitud, el pensamiento de Carlos Marx y Federico Engels. Nuestra compatriota Marta Hanecker adquirió fama continental, al escribir un opúsculo bajo el título Conceptos elementales de Materialismo Histórico, donde desarrolla los conceptos de Plejanov. Leí a la Hanecker en mi lejana juventud y me sedujo su contundente lógica. En la juventud domina la pasión por sobre la racionalidad, y estas ideas, por su superficialidad son fácilmente digeribles por los jóvenes ávidos de un sentido del mundo. La dinámica moderna demanda ideas simples y cortas, a través de las cuales podamos ordenar en nuestra mente el caos de la realidad contingente que cambia a gran velocidad. Estas ideas, que parten de premisas muy simples e intelectualmente muy primitivas[2], cubren esa demanda por claridad, y tienen para el joven la ventaja de no exigirle moderar sus pasiones, lo que sí demanda la ética tradicional. El cultivo de las virtudes sería así, un atavismo burgués disfuncional a esa arcadia que es la revolución, palabra usada cual talismán mágico para justificar toda conducta. Por el contrario de las virtudes, es el resentimiento, una pasión perversa, la que esa ideología debe estimular porque es el combustible para hace rodar la historia.

Los autores mencionados no son muy citados hoy por los “ismos en boga”: feminismo, ideología de género, animalismo, LGBTQ+ etc. Hacerlo supone develar la íntima raíz genealógica común con el comunismo y sus conocidos fracasos. Pero basta escarbar un poco para darse cuenta que, es el materialismo dialéctico el sustento teórico del progresismo contemporáneo. Así, estos ismos de nuevo cuño tiene en común con las ideologías del siglo XX, la peregrina idea que es el conflicto el partero de la historia, y que, gracias al conflicto y la discordia, las sociedades “progresan”, sin señalarnos taxativa o aproximadamente siquiera, hacia donde progresan.

Aparte de todas sus premisas refutables, la arcadia del comunismo teórico según su propia ideología basal, el materialismo dialéctico, es imposible. La ecualización de los conflictos, equilibrio o paz social, sería imposible porque si el conflicto genera una nueva síntesis, aquella es la fuente de un nuevo conflicto. En términos empíricos, el resultado práctico de esta aberrante idea, campeona en el siglo XX y lo que va del actual, han sido al menos, ciento cincuenta millones de muertos causados por su praxis sin contar los millones de criaturas asesinadas antes de nacer a través del aborto “civilizado”.

Mao Zedong fue un ejecutor riguroso hasta la náusea de esta receta y no se compró aquello del fin de la historia con la conquista o síntesis dialéctica. Su apuesta teórica es el conflicto permanente. Cuando se consolidaba la revolución comunista en China, él quebró el jarrón chino atacando y enseñando a los jóvenes a odiar aquella teórica síntesis y ecualización social comunista. No contento con asesinar a 45 millones de inocentes de hambre con su programa “El Gran Salto Adelante”, ideó la satánica Revolución Cultural, fenómeno que aún no ha sido demasiado estudiado por el bloqueo y manto de silencio con que el régimen comunista actual lo cubre, seguramente para cubrirle las espaldas a miles de genocidas que hoy se sientan en los curules del Partido Comunista chino.

¿Por qué es importante estudiar este satánico fenómeno social? Porque sí se analiza en detalle, encontraremos en el ideario maoísta, un enorme parecido con la ideología de género en boga: el Estado ya no debe estar interesado en reformar las estructuras productivas. La nueva fase del conflicto se materializa invadiendo las esferas más concéntricas: la ciencia y la familia.  Se trata de introducir en esas esferas cuñas verticales y horizontales. En el caso de la familia conflicto hombre/mujer y conflictos padres/hijos. En el caso de la ciencia, transformar las evidencias científicas fácticas en cuestiones susceptibles de deliberación como el sexo, para lo cual se le ha cambiado el nombre por género, y así hacerlo un sustantivo maleable.

El aderezo con que se acompaña esta nueva aplicación práctica del materialismo dialéctico que violenta los espíritus, es el pacifismo buenista. Una falacia que conculca como violación a los derechos humanos la ira justa contra las aberraciones que nos involucionan a niveles subhumanos y que echan por la borda las conquistas de la civilización. Es el buenismo el que irrumpe en el horizonte sosteniendo la enseña de los derechos humanos funcional a la revolución maoísta en curso.

Julio 2024



[1] Poner juntas, armonizar (Diccionario de la Real Academia)

[2] Dentro de otros “cabos sueltos”, el materialismo dialéctico nunca definió que es materia. Hoy la ciencia empírica ha desfondado ese concepto.