domingo, 13 de agosto de 2017

GIRO COPERNICANO EN LA POLITICA

GIRO COPERNICANO EN LA POLITICA

En la introducción a su Crítica a la Razón Pura, don Inmanuel Kant da cuenta que su obra representa un “giro copernicano” en la perspectiva de la filosofía. Con esta metáfora el genio de Könisberg da cuenta de una enorme confianza en si mismo. Los que hemos visto siempre al mundo desde la perspectiva del escepticismo seguro habremos fruncido el ceño ante esta frase, preguntándonos a nosotros mismos; ¿que se ha creído este alemán pedante? El mismo Kant en subsiguientes párrafos se hace cargo ese sentimiento que pudieran generar estas palabras.
Por ello pido disculpas de antemano por la presunción del título de estas letras. Soy un convencido de que la realidad de las cosas, gira lenta y perseverantemente en el universo, y que los seres humanos somos, temporales medusas rodeadas de un océano de ignorancia y obscuridad, que intentan otear lo que les rodea y a veces presumen de hacerlo, como el autor de estas letras.
La política es el arte de gobernar voluntades. Es una palabra que representa el afán de provocar, que voluntades ajenas a la mía propia, se conduzcan de la forma que mi voluntad propia quiere que se conduzcan. En el contexto de la condición gregaria del hombre, la política es un quehacer colectivo, donde una voluntad gobernante pretende prescribir hacia donde deben dirigirse las voluntades subordinadas.
En el arte de la política; el querer, la finalidad, el destino, o estado deseado del gobernante para con el gobernado; es el centro del debate de la política. Se supone que, derechas e izquierdas, conservadores y liberales, revolucionarios y reaccionarios, capitalistas y socialistas; quieren cosas o estados deseados, diferentes los unos de los otros. Es preciso reparar en lo equivocas y aparentes que son estas diferencias. A mi juicio todos esos actores de un polo y otro, comparten puntos de vistas comunes que son los puntos de nuestra común cultura occidental.
Los alemanes, siempre tan seguros de si mismos, bautizaron estos deseos, como inspirados en diversas weltanschauung -visones del mundo-. Y bautizaron a la diversidad de estos deseos sobre el porvenir como kulturkampf -la guerra cultural- (¡Tan categórico que es el idioma teutón! Los argentinos deberían hablar alemán).
Nietsche el epítome de esa pedantería filosófica alemana, criticando al hombre moderno señala que, es aquel que ya no sabe que hacer. Con su metáfora nos ilusiona, qué en un estado pretérito, el hombre si hubiese sabido que hacer, y ese saber lo hubiese extraviado en algún punto del camino por la historia. En su Zaratustra se mofa del “último hombre”, aquel melifluo personaje que él desea superar a través del ultra-hombre. Pero desde mi perspectiva de humilde y escéptico huaso chileno me pregunto, si realmente hubo un primer hombre, o si este se diferencia en algo de ese último hombre, implacablemente caricaturizado por don Federico. Dese luego creo que el über mensh, no pasa de ser un desvarío de don Federico, camino a su insania final.
Mi tesis, expresada con muchísima mayor humildad intelectual, es que el hombre histórico y prehistórico, ha deseado ni más ni menos, lo que le ha sido posible desear según sus circunstancias; y reconociendo lucidamente esta condición menesterosa para formarse un cabal juicio de la realidad, ha abrazado los mitos y religiones que le proporcionaban al menos una aproximación de esa escurridiza realidad.
Todos deberíamos coincidir que el hombre se ha permitido mínimamente controlar sus circunstancias por los conocimientos adquiridos y acumulados generación tras generación tal como pisamos sobre el suelo de estratos geológicos. Con el tesoro de tales conocimientos, su vida cotidiana se ha hecho menos difícil y ha ido mutando sus expectativas y estados deseados hacia el futuro. Gracias a este conocimiento acumulado, ha expandido esas expectativas y ha ido olvidando la ontológica condición menesterosa de su existencia.
Este fenómeno se ha bautizado como “ilustración” y que don Inmanuel Kant lo definió como una actitud: “sapere aude”, atrévete a pensar. Fue así como, en algún estadio de este devenir de la historia, fundamentalmente inspirado por el hombre europeo de 1790 en adelante, la humanidad como decimos en Chile, “se creyó la muerte”. Se olvidó y se mofó del saber mítico y religioso como perteneciente a un mundo oscuro y primitivo; y comenzó un camino más o menos extraviado respecto de su visión de si mismo, llegando a creer en los tiempos que corren, que no tiene límites. El control físico de las circunstancias a través del impresionante (-para mentes débiles como las nuestras-) desarrollo de la tecnología, le ha dado coraje para creer que su menesterosidad existencial quedó atrás, y algunos delirantes han llegado a sostener que podrá, más temprano que tarde, derrotar a la muerte. La polémica ideología de género, que hoy llena casuísticamente el debate público, se inscribe en esta actitud.
Así las cosas, en la política se han establecido desde la perspectiva ilustrada, ebria de entusiasmo por los logros tecnológicos, los estados deseados que animan la política moderna. Progreso y desarrollo son hoy ídolos ante los cuales la humanidad debe postrarse. August Compte, fundador del positivismo filosófico los traduciría en su lema “orden y progreso”; que inspiró la fundación de la república del Brasil, con cuya frase estampada en su bandera presumía dejar atrás el “oscurantismo” del ancien regime que sustituía.
Hace no más de tres décadas – vamos tan acelerados que ya se le olvidó al imaginario colectivo- los imperialismos estuvieron a un tris (exactamente a un tris) de hacer desaparecer a la humanidad con una guerra atómica, en nombre del progreso, desarrollo, libertad, igualdad, fraternidad y quien sabe que otra estúpida palabra vacía de sentido real. Creo que el progreso tecnológico tiene límites, pero por desgracia lo que no tiene límites es la imbecilidad humana. ¿Qué hizo posible tamaña indeseada posibilidad? Precisamente lo que yo llamaría, la imbecilidad ilustrada. Esta misma imbecilidad ilustrada es la que ha hecho posible que Estados Unidos haya denunciado el acuerdo de Kioto y de París sobre reducción de emisiones de gases efecto invernadero, los soviéticos secado el mar de Aral, los pesqueros depredado los mares transformándolos en basureros globales etc. etc. Seremos los campeones del cementerio, pareciera ser el lema de la imbecilidad ilustrada y progresista.
A pesar de la evidencia, progreso y desarrollo siguen siendo estados deseados que los poderes gobernantes inspiran como los estados deseados a las masas gobernadas. Y este hombre masa, -ilusamente- a través de los medios tecnológicos, se ha sentido liberado de ataduras y empoderado. Por tal razón ha perdido conciencia de su evidente condición menesterosa y se ha rebelado, como nos describe Ortega en su célebre obra La Rebelión de las Masas. Y se viene conduciendo desde hace más de un siglo, de manera insumisa. Y mientras más débil sea el sustrato cultural que le inspire una contención de sus apetitos, más insumisa es su actitud. La doctrina de los derechos humanos, ahora evolucionada hacia los derechos sociales, ha cooperado como una suerte de opio del pueblo, para el olvido de su condición mortal, menesterosa intelectual, atada al tiempo, al espacio y a sus circunstancias; limitaciones que son precisamente las que definen su condición humana.
Pero como señalé, este desear hacia el futuro o estado deseado, que anima a la política, tiene un límite: Solo se puede desear lo posible. Y digo lo posible desde un punto de vista muy trivial: lo posible para que sigamos vivos, para que las generaciones futuras hereden la vida que les podamos brindar permitiendo la sobrevida del único planeta conocido donde podemos vivir.
Y esto es lo que en mi perspectiva está sucediendo: la visión ilustrada, progresista, desarrollista de la sociedad y de la política, ya no da para más. Ya no es posible desear lo que el hombre ilustrado ha deseado hace más de 300 años. A causa del progreso y del desarrollo, se han juntado en el mismo planeta que cobijó a los dinosaurios, 5,7 billones de seres humanos, más que todos los homo sapiens que la han poblado en toda la breve historia de su presencia en el planeta. Multitud de bípedos implúmidos se siguen conduciendo en sus expectativas, de la forma que lo hacíamos cuando éramos menos de 1 billón. El resultado es una locomotora a 100 km/h en posición de colisión en contra de una montaña. No solo somos una cantidad potencialmente inviable dentro del planeta conforme al estilo de vida a que desempeñamos. Lo peor resulta de constatar que estos 5,7 billones se conducen, inspirados por las élites, de la manera que Ortega describe en le Rebelión de las Masas: insumisos y creyendo que todas las cosas que le rodean son como bienes edénicos gratuitos y sin costo; con lo cual el problema se agudizará día a día.

A fuer que me consideren tan pedante como don Inmanuel, propongo la superación de esta perversa dinámica a través de un giro copernicano de la política que, -esta vez si- marcaría un antes y un después. Propongo dejar atrás la era de los derechos, para iniciar la era de los deberes. Hay pueblos que ya lo están haciendo. Los japoneses son un ejemplo. Una nueva era donde el presuntuoso lema de Kant Sapere Aude, fuese sustituido por el más antiguo; Memento Mori, acuérdate que eres mortal.

martes, 30 de mayo de 2017

RAZONES, INTUICIONES, EMOCIONES, OPINIONES Y DEMOCRACIA

RAZONES, INTUICIONES, EMOCIONES, OPINIONES Y DEMOCRACIA

El racionalismo es una creencia que básicamente relata, que la realidad es susceptible de reconocerse a través de la razón. El presupuesto del racionalismo supone que todo fenómeno tiene su causa. René Descartes decía que el ser de las cosas, lo “descubriríamos” hilvanando causas que a su vez tienen causas y que a su vez tienen causas; hasta que llegaremos a la esencia de las cosas. Otro de los padres del racionalismo, Gottfried Wilhelm Leibniz, nos hizo saber que este método tenía un pequeño gran defecto que lo hacía un ídolo con pies de barro. A menudo en el ejercicio de buscar las causas de los fenómenos, nos encontramos con entidades que resulta imposible entenderlas a través de la razón humana. Dos ejemplos clásicos de este género de entidades, son el tiempo y el espacio, los cuales por empeño que le pongamos e inteligentes que seamos, nuestra razón humana es incapaz de concebir. Se me refutará diciéndome que científicos han dicho muchas cosas sobre el espacio y el tiempo. Es verdad que han dicho muchas cosas, pero esas cosas que han dicho, son fundadas no en la razón pura, sino en un mecanismo discursivo llamado intuición. Una intuición es plausible, esto es “nos hace sentido”, cuando no es falsa; es decir, cuando no es posible refutarla por una razón, vale decir, hasta que descubramos por medio de algún razonamiento, que no es verdadera sino falsa. Así pues, el sustrato, la base, o la viga maestra de todo conocimiento racional – incluso la matemática- es la intuición.

Pero los seres humanos nos aproximamos a la realidad, no solo a través de la razón y de la intuición plausible. Hay otra cuestión que impulsa nuestra conducta; y esta es la emoción. Somos seres racionales, hasta por ahí no más. Y la emoción, es una pulsión que puede o no estar orientada por la razón, pero esencialmente es no racional, esto es, no proviene de la medición causal de los fenómenos. Nada más “se nos viene encima” y nos ilustra la realidad.

Y aquí viene algo que el existencialismo y el inmanentismo moderno a menudo olvida: las decisiones que adopta la voluntad humana tienen un resultado, un efecto, una calidad intrínseca: son más o menos buenas o malas, idóneas o inidóneas, para el logro de los fines de los individuos y de las colectividades. Y es por ello que la escolástica, hace ya muchos siglos atrás ofreció claridad sobre como conducirse. Las virtudes cardinales. Y esto no es solamente para irse al infierno o al cielo según la creencia cristiana. El ejercicio de las virtudes cardinales tiene un resultado también contingente. Por ejemplo; si ahorras podrás tener una pensión de retiro digna; bueno. Si no ahorras, en tu ancianidad serás una carga para alguien; malo. ¿y a que nos invitan las virtudes cardinales? Básicamente a que ordenemos nuestra conducta mayormente a la razón moderando las emociones.

Jean Francois Revel ensayista francés fallecido hace pocos años, era un convencido en las bondades de la democracia. Escribió un libro crítico de lo que en la modernidad se entiende por democracia, que se titula “El conocimiento inútil”. En él, se despacha el siguiente apotegma que me parece una síntesis genial: “La democracia se suicida si se deja invadir por la mentira, el totalitarismo si se deja invadir por la verdad”.

No una, sino muchas veces, he escuchado a políticos, sociólogos, economistas y periodistas decir que la opinión forma realidad. Aquella afirmación es un evidente sofisma porque es manifiestamente equívoca. Si yo digo cuatro es igual a dos más dos, la frase es verdadera y mi opinión “forma” es una realidad; pero si yo digo cinco es igual a dos más dos, mi opinión deforma la realidad; no crea realidad alguna; crea una mentira.

Hay un fenómeno contingente que tiene patas arriba a nuestro sistema democrático:
Las religiones y los partidos políticos, son entidades que por esencia están llamadas a formar opinión. Es decir, su tarea es orientar a los feligreses y ciudadanos respectivamente, sobre lo que la comunidad humana y los individuos humanos deberían hacer con sus vidas, en aras de una convivencia más justa y una vida humana individual más plena. Pero sucede que muchos ministros de la religión, y la casi totalidad de los políticos, lo que hacen, es tratar de leer la opinión de la gente para decir lo que la gente dice. Porque -como dicen sesudos analistas- la opinión forma realidad. Y la razón de eso es harto evidente, la mayoría de quienes se dedican a la política viven del aplausómetro y de los votos y secundariamente les interesa que la realidad discurra por un carril determinado. Por otra parte, muchos ministros y pastores religiosos, privilegian que los templos vuelvan a llenarse de gente, como sucedía antaño y profesan opiniones políticamente correctas.

Por otra parte, los medios de información masivos no solo informan, y algunos casi no informan – es cuestión de sintonizar los noticiarios de la televisión por la noche-. Principalmente lo que hacen, es formar opinión. Y más grave aún; existen entidades que han surgido como un floreciente negocio, y que – por lo que se dice hasta ahora- gozan de gran legitimidad y credibilidad: las empresas de medición de opinión. Estas entidades nos invaden con encuestas y mediciones de opinión, a través de metodología compleja y sofisticada, creada supuestamente en base a criterios científicos, reflejándonos supuestamente la prístina y pura realidad.

Pero sucede que medios de comunicación y empresas de medición de opinión; estos supuestos “espejos” de la realidad, son un negocio. Negocio que está al servicio de sus clientes. Y esos clientes tienen una opinión, y – algo menos prístino y un poco sórdido - tienen un interés e intención para con la realidad. ¿Quiénes son estos clientes? Principalmente el gobierno de la república y sus poderes públicos (que remuneran jugosamente a los medios de prensa y a las empresas de encuestaje con nuestros impuestos), los partidos políticos y las empresas de consumo masivo.

Entonces pues, invadidos por informaciones tendenciosas, orientadas a formar opinión, a la vez que asfixiados por encuestas que “reflejan” la opinión pública; se forma opinión; y como repiten sesudos sociólogos y economistas, con la opinión se crea realidad. Pero esta creación de opinión, para que sea fácil, debe fundarse básicamente en lo que primero aflora en el ser humano: las emociones. Para los ejercicios racionales, el people meter es ineficaz. Hay que “picar cebolla” para que la idea pegue”. Entonces como time its money, formemos opiniones emocionales que normalmente y casi por regla general son de baja calidad y de precario apego a la realidad de los fenómenos.

Sucede que, solo la opinión correcta, forma realidad; y la opinión incorrecta deforma la realidad. Y aquello de deformar la realidad, es algo que podría tener sin cuidado a los poderes públicos a los partidos políticos y a las empresas de consumo; cuando aquello significa a los poderes públicos consolidarse en el poder, a los partidos políticos subir su popularidad y a las empresas de consumo masivo, aumentar su facturación.

¿Todos ganan entonces? No; hay un gran perdedor: la democracia; aquel sistema político de los hombres libres que pretenden expandir su soberanía personal ejerciendo sus fines propios en congruencia y armonía con los intereses y fines de la comunidad humana que les rodea. La realidad deformada es la mentira, que como nos señala Revel, es el suicidio de la democracia.

Chile; 

otoño 2017

lunes, 15 de mayo de 2017

EL DINERO, LA TÉCNICA Y EL SEÑORÍO

EL DINERO, LA TÉCNICA Y EL SEÑORÍO

Pretendo sintetizar en el papel, algunas ideas relacionadas con los medios y los fines de nuestra vida personal referidos a la técnica en general y al dinero en particular, siguiendo las ideas de José Ortega y Gasset expresadas en sus ensayos, “Que es la técnica” y “El Hombre y la Gente”. Me he detenido a reflexionar sobre el dinero, y el error común que se deriva de la omnipresencia de esta artificial entidad, que nos induce a confundirla con las circunstancias naturales que acompañan la vida humana.
Es el dinero una creación técnica, fruto del ingenio humano. Sus cualidades son muy singulares si las comparamos con otras técnicas. Se trata de una complejísima entelequia convencional, en que no basta para su uso, la voluntad humana enfrentada con meras cosas, carentes de voluntad; tal como la pala, el automóvil, etc. En el caso de esas cosas, la voluntad humana actúa sobre algo pasivo. El dinero también es una cosa, pero demanda para su funcionalidad, la concurrencia de múltiples voluntades, en distintos rangos de decisión. Por una parte, requiere de una autoridad coercitiva – por lo general jurídicamente sancionada - que impone su función y propicia estabilizar su valor de cambio; pero también, requiere de la voluntad los usuarios, que le deben conferir la credibilidad necesaria para cumplir su objetivo. El soporte subjetivo que el dinero tiene para ser un medio técnico útil y efectivo para quienes lo usamos, -es decir para casi todos los seres humanos del planeta- demanda complejos conocimientos técnicos y relaciones de poder, siempre susceptibles de tornarse inestables.
¿Qué es, esta cosa que se llama dinero? Encontraremos muchas y sofisticadas definiciones en tratados de economía. Al fin de nuestro análisis, podemos decir taxativamente, que es un medio de cambio de bienes económicos, comúnmente aceptado (y en lo posible, universalmente aceptado), que permite acumular valor y/o esfuerzo humano, del modo más efectivo posible.
Ha sido plausible el esfuerzo, que a través de la historia – sobre todo la reciente- han desarrollado economistas y estadistas para darle la mayor fiducia y eficiencia al sistema monetario, a fin que el dinero represente el espejo más nítido posible, de los esfuerzos individuales y sociales que crean riqueza. Siempre me ha llamado la atención, la frivolidad de los juicios críticos que se hacen en nuestro mundo, sobre la eficacia de los sofisticados medios técnicos inventados por el ingenio humano. He visto un grupo de pasajeros transformarse en energúmenos que reclaman airadamente, al suspenderse un vuelo en que debían embarcarse para cruzar el atlántico, porque hubo un fallo técnico que le impedía volar a la aeronave que debían abordar. Sin embargo, nunca he visto a nadie que se abrace ni vitoree al piloto o al gerente de la línea aérea, cuando se produce el logro sorprendente de que ese avión despegue. Con respecto al dinero hago un esfuerzo personal para sorprenderme cotidianamente, porque, el esfuerzo que realicé ayer, mañana tendrá un valor económico, gracias a que lo traduje a una medida de valor que es -nada más y nada menos- el dinero. A mi juicio, el dinero como medio técnico, es un logro de la inteligencia, más sofisticado incluso que los circuitos integrados o los logros de la electrónica moderna. La electrónica es pasiva. Por una sola vez el inventor constató la reacción de los elementos físicos, en sentido de estímulo-consecuencia donde los elementos físicos son esclavos del estímulo. El dinero en tanto es un invento móvil y mutante que demanda la prudencia de los gobernantes y la fiducia de los usuarios, y puede verse afectado cotidianamente por la subjetividad humana. Deben los expertos y autoridades monetarias, estar permanentemente confirmando y sofisticando los conocimientos adquiridos para conservar la fidelidad de quienes lo usan en una realidad social y económica mutante. Nuestra, ahora centenaria, cantora y poetisa Violeta Parra, nos recuerda agradecer a la vida, cuando somos testigos del fruto del cerebro humano.
Pero, ¿Qué es genéricamente “la técnica”? o más bien; ¿en qué sentido hablamos de técnica en esta reflexión? Ortega se ayuda en Kant para señalar que, una cosa es, ante todo, la serie de condiciones que la hacen posible. Entonces cabe hacerse la pregunta; ¿qué hace posible que exista la técnica?
El hombre podría vivir sin la técnica tal como lo hacen los animales. Estos viven para sus necesidades de subsistencia. Pero el hombre posee una potencia singular en el reino animal: puede ensimismarse; esto es, retirarse de la contingencia exterior y conversar consigo mismo; reflexionar en abstracto sobre el mundo y proyectar un impacto sobre ese mundo. Fruto de esta potencia, lo que proyecte, puede mutar el devenir. El animal también puede cambiar el porvenir: un elefante puede arrancar un platanar, devorar los plátanos y terminar la vida de ese vegetal; pero lo hace sin un plan preconcebido. Es solo el hombre, quien, gracias a su posibilidad de ensimismarse, tiene la posibilidad de planificar su acción sobre la circunstancia, lo hace, pero en función de un fin preconcebido por él que no es el fruto de una mera pulsión como les acontece a los demás miembros de la creación, tal como lo hace una tórtola cuando fabrica un nido.
Nos dice Ortega que esta capacidad, no es cosa que se le dé al hombre sin esfuerzo. Nos señala; El hombre ha tardado miles y miles de años en educar un poco —nada más que un poco— su capacidad de concentración. Lo que le es natural es dispersarse, distraerse hacia afuera, como el mono en la selva y en la jaula del Zoo.[1] Esta idea matriz de Ortega, nos lleva a la siguiente cuestión: ¿Este atributo humano de ensimismarse, es una cuestión volitiva o meramente potestativa? En otras palabras; ¿el hombre nativamente tiende a ensimismarse y crearse este mundo interior, o es esta una decisión propia personal? Lo que más adelante intentaré definir como el señorío ¿es un atributo nativo o solo conquistado por quienes deciden hacerlo? ¿existe en nuestra especie humana un estrato ocupado en exclusivo por el hombre superior y otro por los hombres elementales? ¿estamos todos hombres y mujeres llamados al señorío?
Sin perjuicio de abordar a continuación los cuestionamientos precedentes, podemos constatar que, el hombre o bien, algunos hombres; porque pueden ensimismarse, aspiran a hacerlo; y para ello la historia nos enseña que se han inventado las cosas técnicas; a fin de que sean estas cosas las que se ocupen de facilitar la subsistencia humana, y brindar mayores certezas a su devenir. El hombre inventa la técnica para que sean las cosas las que satisfagan sus carencias; porque aspira a la vacancia que le permita ensimismarse para continuar influyendo sobre su circunstancia. Esta potencia, exclusivamente humana que deriva, intuye Ortega, de un ejercicio afectado y artificial; salirse del mundo -a través del ensimismamiento- para crear un mundo que le sea mejor para sí.
Se diferencia pues el hombre del animal, donde este último se ocupa directamente de su subsistencia. El hombre en cambio, se ocupa de crear cosas que se ocupen de su subsistencia. Esta idea resulta basal para sustentar lo que paso a relacionar. Aquí la expongo de una manera muy sintética. Ortega en los ensayos mencionados, es quien la desarrolla cabalmente.
A consecuencia de tal razonamiento, es menester señalar que, el dinero no es propiamente un medio para satisfacer una necesidad inmediata o intermedia. Antes bien, es uno más de los medios técnicos, todos ellos destinados a permitir la vacancia del hombre y su suprema y única necesidad radical: mantener y sostener su vida dándole mayores espacios de certeza y soberanía en el devenir. Los medios técnicos son aquellos medios que permiten al hombre ordenar las circunstancias de su vida, a EL FIN, que es el propiamente humano: vivir. Pero este vivir, no se restringe a una vida meramente de subsistencia. El hombre radicalmente aspira a la vacancia que le permita aquello propiamente humano que distintos filósofos han denominado de diversas maneras; los divinos ocios; la labor creativa, el genio, el daimone etc. Esto que pudiera parecer tan evidente, veremos que en la práctica no lo es tanto, y que constatamos un desequilibrio en la humanidad contemporánea, que se deriva del extravío entre lo continente ( la vida) y lo contenido (los medios para vivir); entre la cosa técnica y la función técnica; entre los medios y los fines de la técnica.
Asumiendo que el hombre crea los artefactos para permitirle su ocio, su vacancia, cabe pues preguntarse: ¿Y que hace o que debe hacer, el hombre con su vacancia? Pregunta que es para Ortega la gran pregunta que debería preceder cualquier análisis de la técnica y que ordinariamente no se hace. Esta carencia que denuncia Ortega la vemos cotidiana y trivialmente, cuando se habla de progreso, desarrollo, crecimiento; sin un para qué de esas pretendidas conquistas.
El idealismo filosófico nos proporciona diversas recetas. En nuestra tradición intelectual occidental, es Kant, el más dilecto representante de dicha corriente filosófica, y enfrenta esta pregunta con alemana eficiencia y asertividad. A través de su genial pirueta intelectual busca enganchar al racionalismo, las creencias y doctrinas de la cristiandad, que ordenaron la civilización europea hasta entonces, y que produjeron ese enorme edificio de pensamientos, de los que nos servimos hasta hoy[2]. El realismo filosófico, en tanto -al que adhirió Ortega en su obra temprana - no nos presta tanto abrigo como el idealismo kantiano. Nos somete al vértigo de las grandes preguntas radicales del hombre donde los imperativos o aspiraciones humanas, de libertad y seguridad, se encuentran en una tensión, que no es soportada por recetas. Ortega nos enseña que las ideas son para la vida, y el hombre está condenado a decidir cotidianamente sobre su existencia, de una manera tal que el perro y el mono, no lo está. Y este extravío entre medios y fines que he mencionado, y al que me referiré al reflexionar sobre el dinero, es una consecuencia del impacto que este mundo del facilismo técnico sobre la vida humana, que debe soportar esta tensión permanente de decidir su devenir.
Pero, así como, el caminar en terreno barroso nos obliga a detenernos para limpiar nuestros zapatos, el objeto de estas letras es detenernos a reflexionar hasta que punto somos presa de esta confusión entre continente y contenido; entre medios y fines; y que curso de acción deberíamos adoptar para superar dicha confusión.
El hombre, no es su circunstancia, sino que está sólo sumergido en ella y puede en algunos momentos salirse de ella, y meterse en sí, recogerse, ensimismarse y sólo consigue ocuparse en cosas que no son directa e inmediatamente atender a los imperativos o necesidades de su circunstancia.[3]
Es manifiesto, que la omnipresencia de los medios técnicos que hacen progresivamente más fácil y aprovechable la vida humana contemporánea, gatillan las demandas de muchos hombres y mujeres contemporáneos por disponer de esas cosas. Cosas cuyos abuelos jamás soñaron tener. Los hombres y mujeres de hoy, que pueden tener a su disposición esos poderosos medios, que los habilitan a la vacancia, paradojalmente tienen menor disposición que nuestros antepasados, para el ejercicio de su vacancia.
Sostiene Ortega que, la perfección misma con que la modernidad ha dado una organización a ciertos órdenes de la vida, es origen de que las masas beneficiarias no la consideren como organización, sino como naturaleza.[4] El mismo autor resiente de la humanidad expresando que el nuevo hombre desea el automóvil y goza de él; pero cree que es fruta espontánea de un árbol edénico. En el fondo de su alma desconoce el carácter artificial, casi inverosímil, de la civilización, y no alargará su entusiasmo por los aparatos hasta los principios que los hacen posibles[5].
Pensemos en el primer homínido que inventó el primer artefacto técnico; imaginemos a nuestro peludo abuelo viéndose amagado por un macho de superior tamaño que desea quitarle a su hembra. Se le ocurre, dada su menor envergadura física, coger un palo y darle un mazazo en la cabeza al intruso. El resultado es efectivo. Soluciona ese problema ya que el competidor que le amaga está muerto y no le importunará. Pero además se da cuenta que, cada vez que algo o alguien lo acose, puede valerse del mazo y solucionar el problema. El mazo es una cosa que mitiga los riesgos que le impone el devenir; le permite “descansar” en él. Este razonar del hombre en cuanto a animal técnico va escalando hasta nuestros días. La cuestión se torna más compleja. Son muchísimas las cosas destinadas a solucionar problemas ordinarios del devenir. Hoy, prácticamente todos los aspectos de la vida humada tienen una cobertura técnica que permite asegurar – o al menos mitigar – los riesgos que padece su vida en el devenir inmediato o mediato. A diferencia de nuestro peludo antepasado quien usaba o prescindía de su mazo según las circunstancias, la técnica actual nos rodea y moldea íntegramente nuestra vida. Y de tal fenómeno se deriva su peligrosidad. Esta especie de olvido del exacto sentido y función que la técnica tiene en la vida humana, en su célebre obra “La Rebelión de las Masas” Ortega nos la hace saber en tono de advertencia, poniendo el énfasis en la posibilidad cierta de la deshumanización del hombre y de la mutación del individuo en el hombre masa.
Para nuestro abuelo de las cavernas, la radicalidad de su soledad frente a los elementos y circunstancias hacía evidente su identidad. Para el hombre de la modernidad contemporánea en cambio, si no hay un propósito deliberado en mantenerse alerta en su soledad radical; identificar qué es parte de sí y qué aspectos de su vida son meras circunstancias, no resulta fácil conservar su identidad. Una consecuencia esperable, es que, rodeado de cosas técnicas, en un estilo de vida artificial, se adormezca y oculte el sentido original que la técnica tiene en la vida humana: ser una cosa artificial al servicio de la vida. Se produce así el drama o comedia de la modernidad: la vida al servicio de estas cosas que fueron creadas para el servicio de la vida. Ortega denomina a este fenómeno, la “obliteración de las almas”.[6]
Un daño colateral de “vivir entre algodones”, es que el hombre moderno, ablandado por la comodidad de sus circunstancias, ha aflojado su sagacidad. Y entonces, el fenómeno de la vida humana invadida por las cosas técnicas, que arrancó siendo espontaneo, es usado y estimulado, como técnica de dominación. Quienes creemos en la libertad radical del hombre, amamos y cuidamos de nuestra libertad personal, debemos ponernos atentos, como lo hacen las suricatas del desierto cuando se aproxima un depredador.
El fenómeno del poder, es decir, administrar el devenir, para que voluntades ajenas a la del poderoso se conduzcan de una forma como la voluntad del poderoso desea; se manifiesta más eficaz cuando existe mayor homogeneidad al estímulo respuesta en un grupo naturalmente heterogéneo de voluntades. El fenómeno del poder en una sociedad tecnológica, usa de la técnica originalmente destinada exclusivamente a permitir la vacancia del individuo, para conducir las voluntades y homogeneizarlas.
En la vida cotidiana del hombre contemporáneo, es el dinero, la “cosa” más omnipresente. Búsquese todas esas cosas que rodean al hombre de hoy con mayor intensidad; el automóvil, medios de transporte, smartphones etc. Si lo comparamos con el dinero, veremos que esté último se encuentra mucho más “pegado” a la vida cotidiana que esas otras importantes cosas.
Carlos Marx denunció que la religión era el opio del pueblo. Con la metáfora referida a esta droga que adormece los sentidos y provoca un placer letárgico, Marx se quería referir al bloqueo mental que provocaría la profesión de la religión, y que impediría el florecimiento de la conciencia de clase; estadio evolutivo que él concebía como requisito sine qua non, para gatillar la revolución proletaria y de esta manera alcanzar la utopía del comunismo.
Me cuelgo de la misma metáfora para sostener que el dinero en particular, y la sofisticada técnica moderna en general, son el verdadero opio del pueblo. Y la consecuencia de ello y su daño colateral, es la enajenación de la vida contemporánea, donde, una proporción importante de la población, vive sin conciencia alguna del sentido de sus existencias, y el resto, más o menos, con dicha conciencia debilitada.
En el norte de Francia y en el Perú, los cultores de la hípica adiestran caballos que se denominan “caballos de paso”. Se trata que la pobre bestia, a través de un adiestramiento sofisticado en el movimiento de sus rodillas, camine velozmente sin jamás trotar ni cimbrar el lomo. El resultado es que el jinete va plácido sin sufrir el ordinario zarandeo que se siente al trotar en un caballo que no posea esa técnica. La destreza se consigue sometiendo al animal a una conducta inducida, no espontánea: Lo hacen caminar por una superficie tapada de neumáticos de automóvil. La bestia debe poner atención levantando sus rodillas para no tropezar con los bordes de los neumáticos, y este caminar artificial, al cabo se va transformando en un hábito. Siendo muy cómodo de montar y admirable la técnica del adiestrador, es este condicionamiento en verdad muy cruel, y a mi juicio desnaturaliza a los caballos. Mi admiración por el caballo surge al verlo libre. Admirar su musculatura y su potencia nativa, es lo que personalmente aprecio. Al caballo de paso lo considero un infra-caballo, más que un supra-caballo como lo consideran sus cultores.
Hace algunos años se hizo popular una película denominada “Wall Street. El Dinero Nunca Duerme”. La estrella era el pérfido Gordon Gheko. Un self made man neoyorquino de origen griego, que desarrollaba su perverso genio para burlar las técnicas de control y hacerse millonario. En una segunda película se manifestaba Gheko, más viejo y más sabio, pero igualmente pérfido y diestro en su arte de ganar dinero quitándoselo a los demás. El personaje fue y es un referente; casi un arquetipo. La ficción se ampara en un mundo cien por ciento artificial que es donde se gana y pierde el dinero. Todo lo real y nativo de la vida humana, se encuentra en esa ficción, al servicio de la entelequia llamada dinero. Genialmente el director nos ilustra lo artificioso del mundo de Gheko, en la escena en que éste, coge un teléfono portátil mirando la salida del sol en la playa, y se permite un breve interregno en sus aviesas negociaciones con su interlocutor, para referirle la belleza del mundo real. Esa belleza es un adjetivo; lo sustantivo es el dinero.
Naturalmente es ficción, pero no solo lo es por ser una historia de una película: lo es porque fácticamente, la figura de esta especie de anti héroe perverso, espontaneo y dueño de sí mismo es manifiestamente falsa. Y no me refiero a la dimensión moral -código esencial a la sociabilidad- Me refiero a su realidad radical. La libertad de Gheko no existe en la realidad. Los Ghekos de la vida real no son los caballos de las praderas. No son los supra caballos que desarrollan su naturaleza íntegramente galopando libremente. Son en verdad como el infra caballo de paso. La función de los neumáticos en el caballo de paso, muchas veces la cubre la droga o el alcohol o la falsa concupiscencia de los bienes de consumo. La codicia es una conducta intrínsecamente dañina hacia quien es el codicioso. Nadie que se dañe sistemáticamente podrá aspirar al señorío de sí mismo. Gheko se hace daño asimismo, no porque caiga preso. Cuando no lo está, se hace aún más daño asimismo.
El absurdo del dinero transformado en un destino – por sobre la vida real- que la ficción de la película Wall Street retrata, se replica en la cotidianeidad (excluyo deliberadamente la palabra realidad). El arquetipo del héroe con su agenda copada de compromisos, que solo posee cortos intervalos para “desconectarse” y ocuparse de disfrutar la vida. ¿Han reparado que, en la publicidad contemporánea, cotidianamente se usa la palabra “desconectarse”? Implícitamente se asume que solo se está conectado, cuando nos ocupamos de las cosas del dinero, aquellas sin las cuales la vida no se hace posible. La ficción de Hollywood incluso, populariza símbolos sexuales perversos como Mr. Grey, que practica de manera sistemática y rigurosa el sadomasoquismo, como una manera eficiente de “desconectarse”.
Insisto: no me refiero aquí, a la repugnancia moral manifiesta que estos arquetipos inspiran; porque sucede que, en quienes cumplen códigos éticos de conducta y son empáticos con la comunidad que los rodea, también padecen de la obliteración de las almas que denuncia Ortega. En efecto, en la figura del hommo sistematicus, que es respetuoso del prójimo, vive también adormecido por este opio del pueblo, que es el dinero. Implícitamente, se valora por sobre su conducta ética, su conducta funcional. Digo, funcional, a que todo camine como corresponde. La figura del empresario o funcionario sobrio y cumplidor de sus deberes, que no “le queda otra que trabajar duro para salir adelante”, es un estereotipo amable. Pero que al igual que Grey y Gheko, también padece de esta confusión entre fines y medios. El hommo sistematicus es también un caballo de paso.
¿Cómo hemos llegado a este desequilibrio entre medios y fines? ¿Cómo puede ser que este medio técnico, el dinero; que radicalmente es un medio para liberar al hombre, facilitar su existencia; puede llegar a ser algo que le quita su humanidad y dificulta su existencia?  ¿Cuál, es la tecla que debemos tocar para re-afinar la melodía de la vida contemporánea, tan evidentemente desafinada?
Como la vida humana es infinitamente más problemática que una melodía, las teclas son muchas. Y en esto, para mayor dificultad, la obliteración de las almas, ha hecho posible la creencia en que es cuestión de una tecla. Las masas insumisas demandan soluciones, cuando intuyen que sus vidas carecen de sentido humano, como quien demanda un dentífrico de mejor calidad. Y esta demanda de mercado hace surgir los oferentes de soluciones mágicas: Los cultores de ideologías, los libros de autoayuda, los llamados modelos de desarrollo, y últimamente simplemente los que propician la rebelión de los necios, incitando mesiánicamente a demoler el orden contemporáneo sin nada a cambio. El “fin de los relatos” le llaman orgullosamente a su invento. La música de fondo de esta orquesta, son las encuestas de opinión y los medios de comunicación de masas, que desembozadamente se han transformado en medios de persuasión de esas masas carentes de derroteros personales.
El señorío es la conducta humana que importa el dominio de la propia voluntad sobre las circunstancias. No es solo o necesariamente la potencia de mudar las circunstancias; por cuanto la vida de cada cual se enfrenta a circunstancias que le son inmutables. El señorío es la conducta de quien vive su soledad radical, y en esa soledad radical desarrolla su plan de vida; plan de vida que tendrá en cuenta sus circunstancias buscando dominarlas en pro de ese plan.
Volvamos a la época de las cavernas: El señorío para nuestro abuelo de las cavernas que lo dejáramos luego del exitoso mazazo propinado a su enemigo, era la única conducta posible para él. Su libertad era insobornable, por cuanto no existía nada para sobornarlo. El macho alfa de la bandada de codornices, se sube al promontorio más alto para atender la seguridad de sus hembras y polluelos. Su destino es estar alerta. No tiene opciones.
El señorío para el hombre de la modernidad, donde los medios técnicos lo adormecen y lo hacen tender a tecnológico es infinitamente más problemático.
Es el hombre, un ser dotado de potencias muy superiores a las del resto de la creación conocida. Sin embargo, se encuentra paradojalmente prisionero de su misma creación técnica, al punto que ha desatendido su naturaleza. Teniendo presente que, el hombre, quiera o no, tiene que hacerse a sí mismo, autofabricarse; para el hombre, vivir es, desde luego, y antes que otra cosa, esforzarse en que haya lo que aún no hay[7], tenemos que la opción de humanizarse, no es salirse del mundo contemporáneo, sino aprender a vivir más humanamente precisamente en esta circunstancia. Romper este síndrome del nuevo rico, que es desear para su propia vida, lo que otros le señalen que debe desear.
Dramatiza al extremo Federico Nietzche esta disyuntiva del hombre contemporáneo. De pasada, filosofando con el martillo, hecha a la hoguera todo el esfuerzo humano por entender al ser del hombre. Pero sus imágenes nos son útiles a la presente explicación. Nos señala que el hombre moderno se encuentra enfermo. En su metáfora del último hombre[8], describe esta enfermedad como terminal. Su remedio es el Superhombre o el Ultrahumano. A fuerza de tanta metáfora, permite Nietzche que su pensamiento se nos escape como el agua entre los dedos. Desde luego no es el Superhombre, un individuo que vuela con capa. El Ultrahumano es aquel que ha recuperado su humanidad adormecida y letárgica, descrita en su discurso del último hombre.
Esta recuperación de la humanidad del hombre, nos exige a mi juicio, un ejercicio más trivial, que aquel pomposamente exagerado por Nietzche. Se trata de recuperar el sentido común. El pensamiento de Santo Tomás resulta útil para recordarnos los vicios y virtudes cardinales que nos abren la puerta a una recuperación de la humanidad extraviada. Recuperado que sea el sentido común, podremos recuperar un programa de existencia personal que sepa administrar estas circunstancias inéditas que el mundo moderno nos ha impuesto con la vida inundada de tecnología. El trabajo, el pane lucrando, el dinero, las comodidades que nos ofrece la modernidad; todo, al servicio de MI PLAN de existencia. No como sucede hoy con una mayoría de la humanidad: La vida esclavizada por el trabajo, el pane lucrando y el dinero.
En la historia humana nos revela Ortega, han existido sucesivos y diversos programas de ser, que han dirigido al hombre: El Faquir, el Gentelman inglés, el Hidalgo español etc. Es menester inventar un nuevo Señorío, propio de nuestro mundo rodeado de Smartphones, información on line, aviones etc. Es necesario reducir los espacios de la política, del poder, del estado, de las mega corporaciones; a su esfera propia, recuperando la soberanía para el individuo. Para ello no es necesario cambiar estructuras sociales, ni modelos, ni combatir al imperialismo o redistribuir el ingreso. Basta con liberar la infinita potencia de la inteligencia individual.
Mayo 2017




[1] “El Hombre y la Gente”. JOyG
[2] Crítica a la Razón Práctica
[3] “Qué es la Técnica”; JOyG
[4] La Rebelión de las Masas; JOyG
[5] Ibidem.
[6] Obliterar es obstruir tal como lo hace el colesterol con las arterias.
[7] “Que es la técnica JOyG
[8] Así Hablaba Zaratustra; Federico Nietzche

miércoles, 5 de abril de 2017

EL PROGRESISMO, DESARROLLISMO Y OTROS DESATINOS

EL PROGRESISMO, DESARROLLISMO Y OTROS DESATINOS

Intitulo este análisis con el sufijo “ismo” agregado a las palabras progreso y desarrollo, para referirme a quienes adhieren a algún tipo de doctrina, sistema, praxis o teoría, que propicia el sustantivo que le precede. Es decir, para referirme a los partidarios del progreso o del desarrollo, esto es, quienes propician llevar las cosas de un estado a otro, a través de un procedimiento o de un derrotero. Quiero a través de mis palabras, hacer un examen crítico de aquellas conductas y de las recetas, procedimientos o derroteros que los progresistas y desarrollistas propician.
A menudo escuchamos a líderes de todo género y especie, hablar de progreso y desarrollo. Al profundizar sobre que quieren decir con ello, nos encontramos que las ideas que comportan esos conceptos son sorprendentemente vagas e imprecisas. Digo sorprendentemente, porque cuando tantos y tan notables líderes repiten un concepto tan habitualmente, asumimos implícitamente que ese concepto es preciso. Involucro ambos conceptos porque responden a una misma creencia a pesar que quienes usan estos conceptos se enfrentan, a veces severamente, respecto los métodos. En efecto, porque necesariamente el desarrollo debemos entenderlo como un medio del progreso.
La Organización Mundial de las Naciones Unidas, a la cual Chile ha adherido, ha definido los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), también conocidos como Objetivos Mundiales. Señala que estos ODS son un “llamado universal a la adopción de medidas para poner fin a la pobreza, proteger el medioambiente del planeta y garantizar que todas las personas gocen de paz y prosperidad”. Estos ODS son 17 llamados, que como era de esperar en una asociación tan heterogénea como NU, no abordan de manera muy precisa muy claramente los objetivos y menos los medios para alcanzarlos. Con alguna mínima mayor precisión, lo hace el OCDE, asociación de naciones a la que Chile ha adherido luego de ser selectivamente invitado. La OCDE es una organización nacida del Plan Marshall que implementara Estados Unidos para recuperar a la Europa -controlada por esa potencia-, luego de la devastación que había producido la segunda guerra mundial. Se la moteja como “La ONU de los ricos”. Sus objetivos estatutarios son: Uno) Lograr la más fuerte expansión posible de la economía y del empleo; Dos) Aumentar el nivel de vida en los países miembros, manteniendo la estabilidad financiera y contribuyendo así al desarrollo de la economía mundial. Tres) Contribuir a una sana expansión económica en los países miembros y en los no miembros en vías de desarrollo y Cuatro) Contribuir a la expansión del comercio mundial sobre una base multilateral y no discriminatoria conforme a las obligaciones internacionales.
Como se puede constatar, todo lo señalado sobre progreso y desarrollo, son básicamente, declaraciones diplomáticas, que deben “decir cosas” y actuar, con gran cautela para mantener los equilibrios mundiales de poder; pero que carecen de definiciones de un objetivo preciso y un método o medio para alcanzarlo. Todo ello, como se estila en materia diplomática en toda la historia humana civilizada, desde Machiavelo en adelante.
Un concepto es un conjunto de ideas armónicas entre sí. Una idea deriva de un conjunto armónico de cosas o representaciones mentales que la explican. Kant intuyó que una idea, es el conjunto de condiciones que la hacen posible. La “critica”[1] kantiana apunta pues a desmenuzar la idea, en su conjunto de condiciones que la hacen posible. Si de ese ejercicio concluyésemos que todas esas condiciones son verdaderas, la idea es, como se dice en filosofia, plausible. Cuando se trata de un concepto, su “crítica” en el sentido kantiano, es un esfuerzo harto mayor, porque deberemos analizar la plausibilidad de todas y cada una de las ideas que el concepto contiene.
Mi primera tesis respecto al título de este análisis es la siguiente: Sostengo que la crítica filosófica[2] al concepto de progreso y desarrollo no es un ejercicio que encuentre muchos adeptos. Es decir, a pesar de que lo que se quiere decir con progreso y desarrollo, es manifiestamente vagaroso e impreciso, pocos están dispuestos a reconocerlo y develarlo. No hay demasiada bibliografía al respecto ¿Por qué razón? Porque progreso y desarrollo, además de concepto, es una creencia . Las personas y las comunidades de personas, piensan desde las creencias. Y cuando a una persona o comunidad le quitas la plausibilidad de su creencia, su existencia tiembla completa, porque, en definitiva, lo que cuestionas y pones en duda es su edificio de ideas; su asidero a la existencia; el suelo donde pisa.
En su ensayo “Ideas y Creencias” José Ortega y Gasset propone la intuición, que las personas piensan desde una creencia. La creencia es la base en que el pensador apoya su ejercicio de pensar. Las personas se entienden y se desentienden cuando aceptan o refutan ideas. Pero ese ejercicio es posible desde una creencia común. Discutir con personas que no comparten tus creencias radicales, es muy difícil por no decir imposible. Es por eso que en la modernidad contemporánea las discusiones sobre ideas son tan escasas: porque la condición de posibilidad de una contienda de pensamientos, se hace desde una creencia común. Y lo que ha perdido la modernidad contemporánea, es la comunidad de creencias.
En el concepto creencia, Ortega no se refiere a lo que, la religión, particularmente la religión cristiana, llama fe, o creencia en Dios. La fe en Dios, la fe en la iglesia, es, en nuestra modernidad contemporánea, la adhesión personal volitiva, al conjunto de ideas contenidas en el mensaje de Cristo, y adicionalmente, a las prescripciones del magisterio pontificio. Los musulmanes modernos del mismo modo, a través de la repetición de la frase Al·lahu-àkbar Dios es el más grande- , manifiestan básicamente una adhesión. No tengo los elementos lingüísticos para afirmarlo con toda certeza, pero intuyo que la palabra fe, se vincula más a fiducia, que a creencia.
Digo esto en términos relativos a la modernidad contemporánea, porque la fe en Dios uno y trino, fue en la edad media, efectivamente una creencia; esto es, una plataforma desde donde se pensaba. Esta intuición – que la fe en Dios es hoy por hoy, menos que una creencia, una adhesión-, fue la que le acarreó a Ortega una enorme hostilidad de la Iglesia Católica en general y de los jesuitas en particular, quienes fustigaron duramente toda su obra filosófica.
Por creencia entonces, Ortega se está refiriendo a aquella certeza material infranqueable para la interioridad radical de la persona. Yo camino porque creo en la fuerza gravitacional de la tierra. Doy un paso con la plena convicción que no saldré volando hacia el espacio sideral. Yo bajo las escaleras de mi casa, y abro la puerta de calle y creo que al otro lado de la puerta me encontraré con la calle. El asiento, la base de toda idea es una creencia.
Decíamos que el progreso antes que un concepto, es una creencia, creencia que se asienta en el dominio que la humanidad adquiere sobre algunos elementos que le rodean. La técnica moderna, desde los galeones del siglo XV, hasta los smartphones del siglo XXI, se ha hecho posible, a raíz de esta creencia. Es la creencia en el progreso, una de las condiciones de posibilidad de la tecnología que nos rodea. La creencia en el progreso reza que la humanidad avanza de manera más o menos mecánica hacia un estadio de mejoría permanente. Lo que señalo -la inversión en la causalidad entre creencia y técnica-; es decir que la causa del “tipo” de técnica, se basa en una creencia, y no viceversa como se intuye habitualmente, es una idea intuida por Ortega que tiene enormes consecuencias para entender el mundo.
Pero sucede que el mundo, la realidad manifiesta, en donde el hombre es “lanzado a la existencia” – el Dasein Heideggeriano-, es mucho más compleja que el simple abrir la puerta y encontrar la calle; o constatar que la fuerza gravitacional existe. Lo problemático y enigmático de la realidad que le rodea, obliga a los hombres a abrazar creencias radicales de sus respectivas existencias; creencias que son más o menos complejas.
El análisis de la historia de la humanidad conocida, permite constatar que esas creencias radicales, han ido mutando. Esta mutación desde la perspectiva que hoy domina el pensamiento contemporáneo gatilla el enorme error de la intuición progresista: el hombre y la historia avanza de las tinieblas hacia la luz y lo hacen de una manera mecánica. Esta premisa es fácilmente refutable. Basta una desapasionada exégesis histórica para concluir que esta mutación de las creencias radicales no necesariamente va de menos a más ni de la obscuridad hacia la luz. Ortega ve en esta conducta un gravísimo peligro[3].
 Durante la vigencia histórica de la creencia en un Dios uno y trino que ordenó a la civilización europea, desde el año 400 DC hasta la reforma, surgieron muchas disidencias que fueron consideradas herejías y reprimidas por el poder político. Esas herejías no alcanzaron a quebrar la creencia; menos aún, se basaban en la misma creencia básica. Pero luego de la reforma, lo que se ha dado en llamar la cristiandad, se quebró; y se abrió un espacio de mutación en la historia en que una creencia sustituta fue reemplazando a la creencia en el destino celestial o infernal del hombre después de la muerte. La técnica que cambia al través de la historia, no necesariamente fue la causa de esta mutación de creencias. Más bien la evolución de la técnica ha sido la respuesta a la mutación de las creencias. El hombre se “ocupa” de crear una nueva técnica (de inventar cosas) como una respuesta al cambio de su perspectiva respecto al mundo que le rodea.
El equilibrio o desequilibrio de una etapa histórica, es una condición que se deriva de la aceptación unívoca o dispersa de una creencia. Con equilibrio no me estoy refiriendo a la paz y ni siquiera a la prosperidad que acompañe a una determinada época. El orden romano alcanzó su máxima prosperidad material, cuando sus creencias basales estaban fracturadas. En el caso de hegemonía de la cristiandad en Europa, en época de Pipino el Breve, la prosperidad era muy menor que en la época de Luis XIV de Francia. Pero en la época de Luis XIV la creencia de la cristiandad, ya se encontraba fracturada.
En nuestra modernidad contemporánea, la sociedad se encuentra gravemente desequilibrada, por cuanto la creencia en el progreso y el desarrollo; ese cuerpo de creencias, que han sido el oxígeno de la modernidad, se encuentra hoy fracturada. Se perdió la fe univoca en el progreso. Al igual que la época imperial romana y la de Luis XIV en Francia, es una época opulenta, donde en general, reina la paz. Pero nos acompaña una innegable intuición de caducidad.
Los foros; lo que hoy se denomina el espacio público, no son un lugar de dialogo; no por mala voluntad ni estulticia de los posibles dialogantes.  Simplemente no están presentes las condiciones de posibilidad del dialogo, cual es, una creencia unívoca respecto del futuro.
Ante esta carencia, el progresismo, opta para mantenerse vigente, crear ideas para movilizar a las masas, que son antilógicas, esto es que no respetan ni demandan dar razón de sus fundamentos: la ideología de género, el igualitarismo, antes el racismo, etc. etc. Como no son “buenas ideas” en el sentido que no son capaces de resistir la crítica que develaría su falta de plausibilidad, rehúyen el dialogo y se busca su imposición sin dialogo, a fuer de repetirlas y reprimir a sus críticos.
El desarrollismo se ampara en conceptos como el crecimiento económico, sin reparar ni permitir criticar, los efectos reales de dicho crecimiento. Centrándolo en la obtención de resultados estadístico-financieros, sin cuestionar si aquel derrotero nos conduce hacia algo mejor. El mundo según los desarrollistas se traduce en una enorme rueda de hámster, con un estado deseado muy trivial: que la rueda siga girando.
En ambos casos, acompañado de un ambiente de opulencia económica que permite el facilismo, esto es, un estilo de vida que hace posible la sofisticada técnica contemporánea, en que resulta posible, sin correr ningún riesgo personal o colectivo inmediato, sostener cuanta imbecilidad se me venga a la cabeza, aunque carezca completamente de soporte con la realidad. Ideas necias que son sostenidas con vehemencia y que después de unos años se olvidan. Ideas desechables
Un ejemplo de ideas desechables, fue el psicodelismo propiciado por Timothy Leary, quién apoyado por los medios de comunicación de masas, fundo una cultura del LSD en California en los años 70 del siglo pasado. Ya todos se olvidaron que, lo “políticamente correcto” entonces, era darle crédito a ese individuo patético que puso en jaque los pilares de la sociedad norteamericana. Como contrapunto, Richard Nixon, tosco líder republicano que desde la gobernación de California y desde la presidencia de los Estados Unidos, combatió a Leary, paso a ser entre los progre, el malo de la película.
Hoy, la llamada ideología de género, que es una confusa y heterogénea amalgama de ideas desconectadas entre sí, que propicia, desde que las mujeres no sean golpeadas por los hombres, hasta la creación, en un laboratorio o en un quirófano, de un tercer sexo. Es el nuevo sicodelismo que recibe amplio crédito en los medios de comunicación de masas. Idea que no tiene un sustento discursivo plausible, pero que a fuer de repetirse, “pega”, como se dice en jerga de los mass media. No pasarán muchos años para que esta “cruzada” sea desechada como uno de esos pesados envases que enviamos a la basura.
Habrá detectado el lector que estos conceptos, progresismo y desarrollismo, son los que se enfrentan en la arena política contemporánea, con el título de izquierda y derecha. En su prólogo a los franceses, de su obra La Rebelión de las masas, Ortega señala que, ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral
El objetivo de estas letras es propiciar la reflexión crítica de estos conceptos “progreso y desarrollo” sin hemiplejias morales. Si la comunidad humana no posee comunidad de creencias radicales, aquello no debe ser impedimento para reflexionar y debatir eclécticamente, sobre el devenir de la sociedad. Son muchos quienes, de buena fe, se compran los conceptos de progreso y desarrollo, como una vagarosa idea de bien-estar o de un correcto devenir de la sociedad. Lo que debe estar proscrito en este espacio público, es el mesianismo de los necios, que se arrogan una superioridad moral por ser partidarios de la última idea desechable en boga.
Abril de 2017



[1] Crítica en el sentido etimológico del término, es decir, como análisis y reflexión
[2] Por “critica filosófica” me refiero a análisis del concepto con rigor racional que persiga dilucidar las raíces del concepto. Los análisis que se hacen en los organismos internacionales mencionados son serios, pero no tienen rigor filosófico por cuanto dan por entendidos de manera unívoca, conceptos, como los analizados, que como veremos no tienen necesariamente una percepción unívoca.
[3] Ortega, en La Rebelión de las Masas, señala: “El liberalismo progresista y el socialismo de Marx, suponen que lo deseado por ellos como futuro óptimo se realizara inexorablemente, con necesidad pareja a la astronómica. Protegidos ante su propia conciencia por esa idea, soltaron el gobernalle de la historia, dejaron de estar alerta, perdieron la agilidad y la eficacia. Así, la vida se les escapó de entre las manos, se hizo por completo insumisa, y hoy anda suelta sin rumbo conocido”. En su ensayo sobre la técnica expresa: “La idea del progreso, funesta en todos los órdenes, cuando se la emplea sin críticas, ha sido aquí también fatal. Supone ella que el hombre ha querido, quiere y querrá siempre lo mismo, que los anhelos vitales han sido siempre idénticos y la única variación a través de los tiempos ha consistido en el avance progresivo hacia el logro de aquel único desiderátum”.

jueves, 8 de diciembre de 2016

EPISTEMOLOGIA EN LOS TIEMPOS DEL FACILISMO

EPISTEMOLOGIA EN LOS TIEMPOS DEL FACILISMO
La epistemología suele definirse como la teoría del conocimiento, o aquella disciplina que se refiere a la forma como se genera el conocimiento o se valida el mismo frente a terceros. Mis reflexiones apuntan a algo más trivial: Me refiero a la forma como se genera la opinión sobre las cosas y sobre los fenómenos.

El guionista y director Stanley Kubrick nos exhibe en su célebre película “2001 Odisea del Espacio”, a los acordes de “Así Hablaba Zaratustra” de Strauss, la escena inicial en que un homínido descubre un hueso, que, al asirlo de su mano, proyecta un elemento con el cual es capaz de obtener un resultado sorprendente: matar a su contrincante. Quiere representar con ello Kubrick el inicio del largo camino emprendido por la humanidad de “inventar” y desarrollar la técnica; cosas que satisfacen necesidades del hombre, y que, acumulatívamente, han ido mitigando su natural precariedad humana para controlar el espacio y el tiempo; aquellas categorías en las cuales nos encontramos prisioneros.

Una técnica básica, que ha marcado un antes y un después en este largo camino de la humanidad, en compartir y transmitir su conocimiento u opinión de las cosas, fue el habla; las palabras; el idioma; el lenguaje. Una sucesión de sonidos emitidos por la boca y a través de la garganta, que pretenden representar cosas. El segundo enorme escalón, fue la escritura. Una sucesión de símbolos que quieren replicar las palabras expresadas fonéticamente. Aproximándonos a nuestra era, hace algo más de 5.000 años, en las costas de Anatolia, unos individuos lograron ordenar el conjunto de palabras, sucediendo frases, una tras otras y dieron inicio al pensamiento reflexivo. A esta técnica la hemos llamado, el discurso. Es decir, dar razón de lo que se dice para justificar su valor de verdad.

En lo sucesivo, el discurso habrá de ser el método a través del cual, el hombre pretende ordenar palabras y frases, para entender y dar a entender la realidad que lo circunda. La historia de la filosofía y del pensamiento reflexivo, es una larga sucesión de discursos que se van completando, refutando, destruyendo, reconstruyendo; unos por otros; unos sobre otros. De tal manera, la humanidad progresivamente ha ido comprendiendo, de una manera muy limitada por cierto hasta aquí, las circunstancias que le rodean. También hubo desde muy antiguo, un uso fraudulento del discurso. Los sofistas son el ejemplo clásico de cómo, a través del discurso, en lugar de develar una realidad, se la puede obscurecer.

La imprenta permitió que muchos seres humanos, tuviesen la posibilidad de acceder a estos edificios de palabras, frases, ideas, comparaciones, paradojas etc. que encierran los discursos; y a través del esfuerzo intelectual, aprender, lo que los constructores de discursos nos legaban. Nos dice Ortega, que él ejerce presión de la mente sobre las cosas, para que estas nos entreguen su verdad. Una muy bella metáfora, reservada empero, a las mentes excelentes. Para las mentes ordinarias como la mía, esta metáfora es aplicable principalmente, a los discursos que las mentes excelentes han expresado sobre la realidad. Las mentes comunes entonces -siguiendo la metáfora orteguiana-, oprimimos a los libros, para que estos nos expresen lo que las mentes excelentes nos develan de la realidad. En ambos casos hay un esfuerzo intelectual.

El siglo XX marca un nuevo hito en este escalamiento que la humanidad ha desarrollado, sobre los medios técnicos para acumular y transmitir el conocimiento y la opinión: Irrumpen los medios de comunicación de masas. La prensa, los espectáculos públicos, la televisión; tienen por un lado, el efecto ascendente de hacer accesible el conocimiento y la opinión, a muchas personas que antes no tenían contacto con el discurso y el razonamiento. Empero tiene por efecto descendente, que la transmisión de opiniones y conocimientos se trivializa y se deteriora el discurso como medio para la comprensión de las cosas. Se inaugura la era del pseudo discurso. Ya no se necesita el esfuerzo intelectual para entender lo que las mentes excelentes a develado. Ya el mensaje viene digerido y además matizado de manera perversa con las emociones y afecciones, que cuando sojuzgan a la razón, tenemos un resultado potencialmente explosivo.

Pero, aun así, el discurso propiamente tal, mantiene su preeminencia, porque cuando queremos decir algo de algo, emitir un juicio; debemos adoptar el rigor de los emisores: hilvanar razones sobre razones. En efecto, si bien es cierto que este avance tecnológico del siglo XX, incrementó masivamente las facilidades, para los receptores de información, no fue así para los emisores. Estos últimos debían seguir ubicados en un orden de poder que los hiciera usuarios de esos medios, sobre los cuales los receptores tenían una relación más bien pasiva. Se mantenía hasta entonces la constante del esfuerzo intelectual para generar la información la que recaía principalmente sobre los emisores.

Pero la realidad de la técnica, no se ha detenido. Presenciamos el enorme salto tecnológico del siglo XXI. El uso masivo del computador, el celular, el internet y las redes sociales, han puesto a disposición de las personas el facilismo de la emisión. Sin mayor esfuerzo, las personas son capaces de emitir opiniones y estamparlas por escrito. ¿Y qué consecuencia ha tenido? Se ha masificado la emisión de un número de emisores elevado a la potencia de la potencia; emisores que no son cultores y perciben que no requieren, del recurso discursivo para decir algo de algo.

Este fenómeno conforma el segundo espolonazo infringido al discurso, como medio de transmisión de comprensión o develación de los problemas radicales del ser humano. En 140 caracteres, se puede decir lo que uno “siente” -esa es la palabra talismán que se usa para esta categoría de emisores - y la audiencia es toda la humanidad. El vértigo de decir cosas sin fundamento radical, ha expuesto al discurso, a un nuevo y esta vez más agudo deterioro de su valoración comunicativa.

Paradojalmente estos mismos medios tecnológicos pusieron gratuita y fácilmente a disposición de todos, datos que son producto del esfuerzo intelectual de miles de hombres de mentes excelentes. Antaño, el solo conocerlos era causa de un enorme esfuerzo. Hoy los conocimientos están ahí, y paradojalmente por el fenómeno descrito, se usan menos que antes.

No alejamos de la posibilidad de develar la solución a los problemas humanos, por cuanto los símbolos que son las palabras, ya no proyectan una cosa unívoca. Porfiadamente se insiste en concepto de una superficialidad irritante para describir el “estado deseado” de la sociedad humana. Palabras percibidas emocionalmente como buenas, en verdad no dicen algo preciso ni univoco y por consecuencia algo comprensible: derechos humanos, igualdad, desarrollo, inclusión etc. etc. Sacerdotes, dignatarios políticos, líderes sociales de todo orden, hablan y no se dan a entender. Y lo que es peor, muchas veces ni siquiera pretenden darse a entender; buscan principalmente golpear la emotividad de los receptores. Se persigue más, la perplejidad y el estupor, que la reflexión.

El resultado de este pandemónium de sentires, es un Babel afecto a la maldición de Jehová. Y los más audaces ya solo invocan sentimientos y pulsiones. Se acabó el relato, dicen entusiasmados de su brillante descubrimiento. Y como corolario de este festival de opiniones infundadas, surgen las encuestas de opinión; verdadero oráculo y objeto de idolatría, que nos ilustra sobre “la opinión pública generalizada”, el timón que guiará a la humanidad hacia un destino feliz.

Cuando a los indios americanos de La Española, Cristóbal Colón les regaló cuentas de colores, aquello debe haberlos ocupado un buen rato, pero muy probablemente después que decayó su estupor, cayeron en cuenta, que los conquistadores traían bastantes más “novedades” que las cuentas de colores. Alguna muy indeseables para ellos. Los computadores, el internet y los smartphones, son algo así como las cuentas de colores del siglo XXI. Ojalá la sociedad contemporánea despierte pronto de esta suerte de perplejidad en que lo han sumido los medios para saber y conocer, y se enfoque justamente en los fines: saber y conocer.