jueves, 8 de diciembre de 2016

EPISTEMOLOGIA EN LOS TIEMPOS DEL FACILISMO

EPISTEMOLOGIA EN LOS TIEMPOS DEL FACILISMO
La epistemología suele definirse como la teoría del conocimiento, o aquella disciplina que se refiere a la forma como se genera el conocimiento o se valida el mismo frente a terceros. Mis reflexiones apuntan a algo más trivial: Me refiero a la forma como se genera la opinión sobre las cosas y sobre los fenómenos.

El guionista y director Stanley Kubrick nos exhibe en su célebre película “2001 Odisea del Espacio”, a los acordes de “Así Hablaba Zaratustra” de Strauss, la escena inicial en que un homínido descubre un hueso, que, al asirlo de su mano, proyecta un elemento con el cual es capaz de obtener un resultado sorprendente: matar a su contrincante. Quiere representar con ello Kubrick el inicio del largo camino emprendido por la humanidad de “inventar” y desarrollar la técnica; cosas que satisfacen necesidades del hombre, y que, acumulatívamente, han ido mitigando su natural precariedad humana para controlar el espacio y el tiempo; aquellas categorías en las cuales nos encontramos prisioneros.

Una técnica básica, que ha marcado un antes y un después en este largo camino de la humanidad, en compartir y transmitir su conocimiento u opinión de las cosas, fue el habla; las palabras; el idioma; el lenguaje. Una sucesión de sonidos emitidos por la boca y a través de la garganta, que pretenden representar cosas. El segundo enorme escalón, fue la escritura. Una sucesión de símbolos que quieren replicar las palabras expresadas fonéticamente. Aproximándonos a nuestra era, hace algo más de 5.000 años, en las costas de Anatolia, unos individuos lograron ordenar el conjunto de palabras, sucediendo frases, una tras otras y dieron inicio al pensamiento reflexivo. A esta técnica la hemos llamado, el discurso. Es decir, dar razón de lo que se dice para justificar su valor de verdad.

En lo sucesivo, el discurso habrá de ser el método a través del cual, el hombre pretende ordenar palabras y frases, para entender y dar a entender la realidad que lo circunda. La historia de la filosofía y del pensamiento reflexivo, es una larga sucesión de discursos que se van completando, refutando, destruyendo, reconstruyendo; unos por otros; unos sobre otros. De tal manera, la humanidad progresivamente ha ido comprendiendo, de una manera muy limitada por cierto hasta aquí, las circunstancias que le rodean. También hubo desde muy antiguo, un uso fraudulento del discurso. Los sofistas son el ejemplo clásico de cómo, a través del discurso, en lugar de develar una realidad, se la puede obscurecer.

La imprenta permitió que muchos seres humanos, tuviesen la posibilidad de acceder a estos edificios de palabras, frases, ideas, comparaciones, paradojas etc. que encierran los discursos; y a través del esfuerzo intelectual, aprender, lo que los constructores de discursos nos legaban. Nos dice Ortega, que él ejerce presión de la mente sobre las cosas, para que estas nos entreguen su verdad. Una muy bella metáfora, reservada empero, a las mentes excelentes. Para las mentes ordinarias como la mía, esta metáfora es aplicable principalmente, a los discursos que las mentes excelentes han expresado sobre la realidad. Las mentes comunes entonces -siguiendo la metáfora orteguiana-, oprimimos a los libros, para que estos nos expresen lo que las mentes excelentes nos develan de la realidad. En ambos casos hay un esfuerzo intelectual.

El siglo XX marca un nuevo hito en este escalamiento que la humanidad ha desarrollado, sobre los medios técnicos para acumular y transmitir el conocimiento y la opinión: Irrumpen los medios de comunicación de masas. La prensa, los espectáculos públicos, la televisión; tienen por un lado, el efecto ascendente de hacer accesible el conocimiento y la opinión, a muchas personas que antes no tenían contacto con el discurso y el razonamiento. Empero tiene por efecto descendente, que la transmisión de opiniones y conocimientos se trivializa y se deteriora el discurso como medio para la comprensión de las cosas. Se inaugura la era del pseudo discurso. Ya no se necesita el esfuerzo intelectual para entender lo que las mentes excelentes a develado. Ya el mensaje viene digerido y además matizado de manera perversa con las emociones y afecciones, que cuando sojuzgan a la razón, tenemos un resultado potencialmente explosivo.

Pero, aun así, el discurso propiamente tal, mantiene su preeminencia, porque cuando queremos decir algo de algo, emitir un juicio; debemos adoptar el rigor de los emisores: hilvanar razones sobre razones. En efecto, si bien es cierto que este avance tecnológico del siglo XX, incrementó masivamente las facilidades, para los receptores de información, no fue así para los emisores. Estos últimos debían seguir ubicados en un orden de poder que los hiciera usuarios de esos medios, sobre los cuales los receptores tenían una relación más bien pasiva. Se mantenía hasta entonces la constante del esfuerzo intelectual para generar la información la que recaía principalmente sobre los emisores.

Pero la realidad de la técnica, no se ha detenido. Presenciamos el enorme salto tecnológico del siglo XXI. El uso masivo del computador, el celular, el internet y las redes sociales, han puesto a disposición de las personas el facilismo de la emisión. Sin mayor esfuerzo, las personas son capaces de emitir opiniones y estamparlas por escrito. ¿Y qué consecuencia ha tenido? Se ha masificado la emisión de un número de emisores elevado a la potencia de la potencia; emisores que no son cultores y perciben que no requieren, del recurso discursivo para decir algo de algo.

Este fenómeno conforma el segundo espolonazo infringido al discurso, como medio de transmisión de comprensión o develación de los problemas radicales del ser humano. En 140 caracteres, se puede decir lo que uno “siente” -esa es la palabra talismán que se usa para esta categoría de emisores - y la audiencia es toda la humanidad. El vértigo de decir cosas sin fundamento radical, ha expuesto al discurso, a un nuevo y esta vez más agudo deterioro de su valoración comunicativa.

Paradojalmente estos mismos medios tecnológicos pusieron gratuita y fácilmente a disposición de todos, datos que son producto del esfuerzo intelectual de miles de hombres de mentes excelentes. Antaño, el solo conocerlos era causa de un enorme esfuerzo. Hoy los conocimientos están ahí, y paradojalmente por el fenómeno descrito, se usan menos que antes.

No alejamos de la posibilidad de develar la solución a los problemas humanos, por cuanto los símbolos que son las palabras, ya no proyectan una cosa unívoca. Porfiadamente se insiste en concepto de una superficialidad irritante para describir el “estado deseado” de la sociedad humana. Palabras percibidas emocionalmente como buenas, en verdad no dicen algo preciso ni univoco y por consecuencia algo comprensible: derechos humanos, igualdad, desarrollo, inclusión etc. etc. Sacerdotes, dignatarios políticos, líderes sociales de todo orden, hablan y no se dan a entender. Y lo que es peor, muchas veces ni siquiera pretenden darse a entender; buscan principalmente golpear la emotividad de los receptores. Se persigue más, la perplejidad y el estupor, que la reflexión.

El resultado de este pandemónium de sentires, es un Babel afecto a la maldición de Jehová. Y los más audaces ya solo invocan sentimientos y pulsiones. Se acabó el relato, dicen entusiasmados de su brillante descubrimiento. Y como corolario de este festival de opiniones infundadas, surgen las encuestas de opinión; verdadero oráculo y objeto de idolatría, que nos ilustra sobre “la opinión pública generalizada”, el timón que guiará a la humanidad hacia un destino feliz.

Cuando a los indios americanos de La Española, Cristóbal Colón les regaló cuentas de colores, aquello debe haberlos ocupado un buen rato, pero muy probablemente después que decayó su estupor, cayeron en cuenta, que los conquistadores traían bastantes más “novedades” que las cuentas de colores. Alguna muy indeseables para ellos. Los computadores, el internet y los smartphones, son algo así como las cuentas de colores del siglo XXI. Ojalá la sociedad contemporánea despierte pronto de esta suerte de perplejidad en que lo han sumido los medios para saber y conocer, y se enfoque justamente en los fines: saber y conocer.

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