martes, 14 de julio de 2020

GLOBALIZACION, GLOBALISMO Y PANDEMIA

Se confunden los conceptos de Globalización y Globalismo. [1]

La globalización existe hace siglos. La conquista de América por parte de las potencias europeas tuvo por consecuencia la incorporación de esta parte del mundo, a una interdependencia casi global. El proceso continuó en toda la época moderna, y actualmente es muy difícil que exista comunidad humana en el planeta, que esté sustraída de la suerte que corra el resto del mundo.

Globalismo es otra cosa. Es un corpus de ideas que pretenden el aseguramiento de trayectorias de todas las colectividades humanas en el planeta, en un sentido coherente. La globalización es un hecho[2]. El globalismo es una ideología, una agenda y una estructura de ejercicio del mando y del poder. Ideología que desde 1945 ha ido evolucionando hasta conformar un código normativo, cada vez más imperativo y complejo.

La capacidad de imperar del orden mundial globalista es un sofisticado logro de la inteligencia humana. El globalismo no opera como su tatarabuelo, el Estado Nacional, bajo amenaza del uso (y uso efectivo) de la fuerza coercitiva. Impera bajo el formato de los perros de Pavlov; estímulo y respuesta. Las transgresiones no se pagan con sangre, pero se pagan con algo peor; deprivaciones.

La Guerra Fría fue la primera de la era del globalismo; un poker terrorífico, pero innegablemente genial. Infinitamente más inteligente que las napoleónicas, la blitzkrieg y que los bombardeos sobre Tokio o Dresde. Fue una guerra quirúrgica. Hubo bluf, alarde de uso de fuerza letal global, zapatos en la mesa, un poco de napalm también; y al final, una de las partes amablemente, como lo hacen dos viejos amigos, volteó su rey y reconoció la victoria del otro. El premio del torneo fuimos todos nosotros; el resto del mundo. Prueba palmaria que fue torneo entre colegas, es que no hubo tribunales de Nuremberg, ni genocidas presos. Desde que impera el globalismo, solo van presos los que pretenden hegemonías nacionales o autarquías y que por lo demás, no forman parte de este torneo.

Cae el muro de Berlín y se intensifica lo que se encontraba esbozado desde 1945. El vencedor impone algunas de sus ideas y concede otras, y en base a unas y otras se van cerrando las tenazas de una normativa que nos abraza cariñosa, pero ferreamente.

Los elementos identitarios de esta ideología son básicamente tres. El primero, la zanahoria de la prosperidad que conlleva el comercio mundial. En esta fase se crean algo así como dos divisiones del futbol: La A es el OCDE, la de los chicos buenos; La B el resto, que debe hacer mérito para ascender. El segundo elemento es, el garrote a los pecadores: ¿quienes? A los nacionalismos, los afanes hegemónicos o autárquicos y a quienes se desmarquen de los roles en la orquesta[3]. Por nacionalismo entiéndase solo aquellos de escala mayor, que hagan peligrar la hegemonía global. Se toleran los nacionalismos de baja gama como localismos, regionalismos y se promueven incluso secesiones de naciones que antaño fueron fuertes y que podrían volver a serlo en el futuro. Los derechos humanos y el decálogo de pecados (racistas, ultraderechistas etc.) son el cilicio para los transgresores. El tercer elemento es la parte amable: El Buenismo. La ideología globalista nos “enseña” que hay una sociedad mundial unitaria, y esta humanidad cosmopolita y festiva debe ser el objeto de nuestro amor y protección[4]. Ecología y conservacionismo donde se formalizan iniciativas acientíficas, a veces contradictorias y contraproducentes con el medioambiente[5]. Ideología de género que promueva toda especie de aberraciones sexuales[6]. Y la más importante de esta cruzada buenista; la salud mundial. Ayudas alimentarias que revientan los mercados internos de los países receptores, pero que proporcionan bienestar moral a los opulentos. Y, en el combate a la enfermedad y a la muerte, se concibe el método de control del siglo XXI: La pandemia. En un genial ejercicio de prueba y error, se fueron año tras año, pandemia tras pandemia[7], probando reacciones de personas y gobiernos nacionales, para refinar un método de control total y… bingo: en 2020 por primera vez en la historia de la humanidad, la burocracia global, sin disparar un solo tiro, somete la voluntad de 6 mil millones de seres humanos, privándolos del bien mas preciado que nos han legado los cielos[8]: la libertad, y lo que es más sorprendente, con un resfrío que solo mata a los que se morirían de todos modos.

Aquí señores, nadie se manda solo. No manda un hombre, no manda un grupo de hombres. Manda el globalismo, una ideología, una estructura, un protocolo[9]. La sanción a los desobedientes será dolorosa e impredecible[10]. ¿Qué acaso esto significará trastornos y pobreza? Que va. Primero están los protocolos y la obediencia. El control es lo que vale.

¿Cómo es posible que gente inteligente a lo largo y ancho del mundo haya pisado el palito?; ¿Cómo es posible que hayamos llegado a tal aberración sin voces disidentes políticamente relevantes?; ¿Como se ha seguido una directriz global sin ningún discernimiento prudencial?; ¿Cómo nadie ha sido capaz de decir que el rey va desnudo? Creo que el globalismo llegó a su cenit y topó fondo, ambas cosas a la vez.

El poder es una pasión constructiva y destructiva a la vez: Pretende mitigar los riesgos de una amenaza futura, pero lleva el germen de su destrucción porque es una exigencia uniformemente creciente. No puede detenerse. No conoce el equilibrio. La burocracia global ha superado todo límite prudencial. Y lo ha hecho en aras de manifestarse, sin conmiseración ni responsabilidad por el bien común general. Es el pecado de Napoleón al invadir Rusia. No tenía razón plausible, pero en política rige el principio, show must go on.

Pero, aparte de la pasión por el poder, ¿por qué ha errado tan groseramente causando un desastre económico y social de magnitudes imprevisibles sin haber tenido justificación plausible, siendo evidentemente el remedio peor que la enfermedad? Pues porque han pasado por alto la regla de oro del ejercicio de la política: Las sociedades humanas son sistemas dinámicos y complejos, que solo se pueden gobernar prudencialmente y jamás por burócratas que obedecen a un protocolo.

Por esta misma razón el Globalismo está intrínsecamente condenado al fracaso. No podrá imperar, por la misma razón que ha fracasado el socialismo. Sucede que la unidad básica de la política es la voluntad humana, y esta por culpa de Adán y Eva, es capaz de torcer el destino en infinitos pormenores y matices. Pormenores que la burocracia internacional jamás podrá prever ni observar. Aunque se apoyen en mega computadores cuánticos capaces de procesar millones y millones de datos y variables, la voluntad humana siempre se desmarcará de manera imprevisible.

La pregunta final es: ¿Quién pagará la cuenta de este caos provocado por el mismo “orden”? En el derecho indiano existía la institución del Juicio de Residencia al final del mandato del Gobernador. Se concebía que no obstante protocolos, cédulas reales, mandatos imperiales, decretos de la casa de contratación o del concejo de indias; la responsabilidad siempre recaía en la persona del Gobernador que era enjuiciado por los gobernados. Por eso el gobernador, cuando recibía una orden que era contraria a la prudencia, apoyaba la cédula real sobre su cabeza, y expresaba la fórmula ancestral: Se acata, pero no se cumple.

Creo que la pagarán los que acataron.

 

Julio 2020



[1] Rüdiger Safranski. ¿Cuánta Globalización Podemos Soportar?

[2] A mi juicio, un hecho positivo y promotor del crecimiento del individuo y su señorío.

[3] Pinochet y Trump son dos ejemplos de “enemigos públicos”.

[4] Quien dice “humanidad” miente: Carl Schmitt

[5] Campañas para impedir las centrales hidroeléctricas que promueven la autarquía energética, son contradictorias con la defensa del medioambiente, pero pecaminosas para la dependencia energética.

[6] Obviamente para reventar a la institución de la familia -peligro intrínseco del globalismo- e inducir el control poblacional de manera festiva y “alegre” “in good spirit” “gay”

[7] Peste porcina y otras gripes promovidas con aspaviento, que resultaron ser un bluff.

[8] Don Quijote dixit

[9]  ¿De qué se mueren los que se mueren?: de la pandemia pues. Así ordenan los protocolos reconoció el Ministro de Salud.

[10] ¿Vieron lo que le paso a Mirosevic o a los militares chilenos? Cualquier intento de hegemonía o desmarcarse dará lugar a un relato tenebroso y se pagará con escarnio. Mucho cuidado señores gobernantes. Si no han cometido ninguna falta o delito, este lo pondrá el relato y terminará siendo verdad.


domingo, 28 de junio de 2020

BUENISMO, TOLERANCIA Y PERSPECTIVA


El positivismo filosófico fundado por Augusto Comte, propuso que el hombre alcanzaría el progreso en base al orden racional; e hilvanando los fenómenos por sus causas alcanzaríamos finalmente un nirvana racional donde todo a nuestro alrededor sería conocido y explicado. Hoy aquello nos parece de una puerilidad casi infantil. La física cuántica nos enseña que la materia tiene una conducta caprichosa no causal; y la cosmología se da de cabezazos para entender fenómenos como la gravitación de las galaxias y ha inventado el concepto de materia oscura, para poder parchar la ley de gravitación universal y que esta nos siga proporcionando una explicación plausible, de cómo y por qué el cosmos funciona como lo hace.

Pero el positivismo, esta filosofía coja, es la que aun impera en el mundo y barremos sus errores y contradicciones bajo la alfombra. Lo que rodea nuestra vida cotidiana, la tecnología; condiciona nuestra perspectiva del mundo; porque la tecnología es el fruto del positivismo filosófico. Y de ahí nace a mi juicio, el fenómeno que relataré en base a un silogismo más o menos simple; si la técnica edificada en base al conocimiento racional funciona, ergo, en los fenómenos humanos para edificar las llamadas ciencias humanas, debe funcionar.

Para explicar, que es el individuo humano, que lo motiva, que es la colectividad humana, por qué existe como se ordena etc. Existen premisas racionales que a veces con intolerancia y negacionismo a las evidencias empíricas, pretenden gobernar el debate contemporáneo. Pero como la insumisa realidad anda suelta mostrándonos evidencias que hacen saltar en pedazos esas premisas, hay quienes se encierran en sistema ideológicos que los protegen de esa perplejidad.

 Hasta ahí todo bien: cada quien es libre de explicarse el mundo como quiera, de ser señor de sus aciertos y esclavo de sus errores. El problema surge cuando se quiere gobernar a las sociedades humanas en función de sus falacias. Desde las revoluciones burguesas de mediados del siglo XIX nos vienen “friendo los huevos” las ideologías con pretensiones de imperio en la realidad humana, habiendo cooperado en el siglo XX al desarrollo de los genocidios más espantosos de la historia humana.

Hoy, el positivismo adquiere una cara rosada pero no por eso menos violenta que sus parientes del siglo pasado. Es lo que describiré como el buenismo. Sus apóstoles, los buenistas, crean un mundo ideal donde toda interrelación humana debe estar, y en consecuencia está sin discusión posible, animada por las buenas intenciones y toneladas de derechos. “Lo quieres lo puedes” como decía una publicidad comercial. La academia universitaria incluso, está cooptada por este buenismo[1] y aquello es muy mal augurio para el futuro porque de la academia surgen los líderes y son estos los que dibujan la realidad próxima.

El que describe la realidad que nos rodea contradiciendo las premisas buenistas es a veces violentamente denostado aunque describa realidades evidentes. Solo cabe esta realidad ideal de ositos de peluche. Pero, si es tan buena la realidad deseada, ¿porque deriva en violencia? La violencia surge del miedo. Y el hombre por naturaleza tiene miedo a lo desconocido. Una explicación consistente de la realidad (donde sus partes cuadran entre sí) me hace descansar en seguridades hacia el futuro. Quien le saca un naipe de la base a mi castillo, derrumba mis explicaciones y por ende mis seguridades sobre el futuro. ¿Cómo reacciono? Pues con violencia. De ahí nace este género de intolerancia y violencia.

Por ejemplo; ¿Los homosexuales son un tercer sexo? Respuesta; absurdo, irreal, ficticio, falso, contradictorio con la realidad que nos rodea. Entonces, si a mí falacia respondes con la realidad, yo te condeno a la irrealidad también: Las categorías hombre y mujer son falsas; creaciones irreales. Todos somos iguales porque todos somos un constructo lingüístico. Respuesta; falso absurdo, irreal etc. etc. Entonces, por oponerte a mi buenismo, anatema est; eres autor de un pecado contra el espíritu: Eres intolerante.

La tolerancia es importante para edificar una sociedad democrática. Pero la tolerancia no es una aceptación del error ni del mal. La tolerancia es la aceptación de nuestra limitación epistemológica, que determina que siempre vemos los fenómenos desde una perspectiva, porque carecemos de lo que creemos es la visión de Dios, en trescientos sesenta grados y tridimensional. Los que viven junto a una catarata no perciben su estruendo: es necesario poner una distancia entre lo que nos rodea inmediatamente y nosotros, para que a nuestros ojos adquiera sentido. Dios es la perspectiva y la jerarquía: el pecado de Satán fue un error de perspectiva[2]. Pero aunque tomemos esa distancia seguimos viendo la realidad desde un punto de vista.

El buenismo radicalmente intolerante, dentro de otras confusiones epistemológicas, confunde el concepto de la tolerancia. Negar que dos más dos son cinco, no es intolerancia; es inteligencia. Intolerancia es otra cosa; es ser incapaces de ponernos en los zapatos del prójimo para saber cual es su perspectiva con la que ve y describe un fenómeno. Cuando a Jesús le presentan a la adultera, a los acusadores no les argumenta que la conducta de la pecadora es la correcta; les cambia la perspectiva del problema. El resultado es que los acusadores ven una realidad que en principio no estaban viendo y cambian de conducta en base al poder de la inteligencia.

Pero la tolerancia no es la única virtud para construir la convivencia democrática. Si no va acompañada de la voluntad de verdad, ella en vez de servir degenera en un artilugio de la mentira. Si la verdad duele porque abre fisuras en nuestro mundo de seguridades, debemos enfrentarla; no negarla.

Junio 2020



[1] Estos errores, desde la academia se traspasan a la sociedad. Por ejemplo, el año 1975 llegó desde Alemania (sociedad aun traumada por la guerra) a mi Facultad, la Escuela de derecho de la Universidad de Chile, don Enrique Cury, luego de hacer master y doctorados en “ciencias penales”. Sus ideas permearon la doctrina de derecho penal y han hecho posible el sistema penal garantista que hoy nos rige; y que la sociedad entera debe sufrir cotidianamente en base a sus premisas erróneas. It doesn´t work, pero va conforme a los “principios intangibles”. Porque siguiendo aquel lema de Lenin “si la realidad contradice a la revolución, pobre realidad” el buenismo es intransigente con los datos empíricos.

[2] De “Meditaciones del Quijote” José Ortega y Gasset.


miércoles, 17 de junio de 2020

CHINA VS. EEUU


Denuncia el presidente de los EEUU, que China es el enemigo de la libertad, el causante del coronavirus, culpable del deterioro del bienestar de los norteamericanos y del “mundo libre”. Sometidos a la crítica reflexiva estos juicios, no es difícil concluir, que como buen político, Trump más bien está intentando neutralizar el vertiginoso avance del gigante asiático en la carrera por el liderazgo mundial.

Los líderes chinos luego de su travesía por el desierto del comunismo ortodoxo, que les costara a su pueblo, sangre sudor y lágrimas; han organizado una sociedad especialmente compleja, de modo admirable, gracias al buen uso de la autoridad y de la tecnología. Al decir, “buen uso de la autoridad” quiero reflejar sintéticamente, que administran sin demasiada ortodoxia, la fuerza coercitiva con el mayor grado de legitimidad y de bienestar posible, y obtienen una aceptación satisfactoria del poder por parte de los que se someten a él. Nada nuevo; el varias veces milenario arte de gobernar.

EEUU lideró en la post guerra el mundo occidental y ganó por nock out la guerra fría. Los dos pilares en los que se sustentó ese éxito fueron precisamente la tecnología y el uso de la autoridad política. La tecnología occidental arrasó con el mundo socialista. Me refiero con tecnología, no solo de artefactos; también las instituciones y mecanismos financieros que permitieron, en mejor forma que su competidor, el flujo equitativo de la riqueza y el bienestar. No fue el paraíso en la tierra como tampoco lo es China hoy; pero en ambos aspectos se impuso al mundo socialista. La autoridad socialista devino en despótica y la tecnología se desarrolló menos que la occidental, por no reconocer la importancia de los incentivos personales, dogmáticamente declarados blasfemos por el socialismo real.

En la excelente película de John Borman sobre la leyenda de Excalibur, hay una escena de la noche del triunfo definitivo, donde los caballeros del rey Arturo celebran el cénit de su gloria con antorchas en la mano y Arturo dice “¡hemos pacificado y reunido todos los reinos!”. Así fue para EEUU la noche del 9 de noviembre de 1989 en que jóvenes alemanes tumbaron el muro de Berlín. Pero como le sucedió al rey Arturo, EEUU ha comprobado que la rueda de la fortuna no se detiene jamás.

En la primera década del siglo, así como avanzaba China con crecimientos económicos anuales del producto, de dos dígitos; EEUU mostraba falencias económicas y morales que tuvieron su cúspide en la crisis sub prime de 2007, cuando la “honesty” Linconiana, base de la prosperidad y legitimidad de los liderazgos, se fue al traste. Desde esa crisis económica -que fue también moral-, pareciera que ha reflotado ese sentimiento de “malestar del progreso” especialmente en las élites blancas; relato que ya había existido en los años 60 interpretado por Herbert Marcuse, cuando parecía que sería el socialismo el que ganaría la guerra fría.

Mi padre me contaba su experiencia profesional en un intercambio a Estados Unidos el año 1952 de la compañía en que trabajaba en Chile, filial de la America Foreing Power. Se imaginaba que sus colegas norteamericanos serían tipos arrogantes y ganadores (la mayoría veteranos de la guerra). Le impresionó lo diciplinados que eran a la jerarquía; lo fácil que era mandar y lo importante que era obedecer. Las unidades de esfuerzo aplicadas para sacar adelante una iniciativa eran mucho menores que en Chile, donde debía convencer o amenazar para imponer un criterio. ¿Existirá ese mismo espíritu de cuerpo en la Norteamérica de hoy?

 Los relatos intelectuales edifican posturas políticas. Esos relatos nacen de percepciones del mundo que nos rodea, y esa percepción es de carácter emocional; ordenada racionalmente, pero inspirada por la emoción. Un mismo estímulo emocional tendrá diverso impacto según la condición del receptor. Hay receptores emocionalmente recios y otros más frágiles.

En general y en promedio, pareciera que las sociedades orientales: China, Japón, Corea, Vietnam, Indonesia etc. Son capaces actualmente de inspirar una mayor fortaleza emocional en su habitantes. Quizá una enorme mochila de sufrimientos del pasado cercano, quizá han reflotado sus tradiciones del Tao, del Budismo, del Zen; que fueron reprimidas por los ingenieros sociales del siglo XX. En cualquier caso, esta es mi percepción, de simple observador: Ciudadanos, mejor dispuestos al trabajo, al sacrificio, a formar familia y a las restricciones que imponga el poder político, y mejor disposición a verlo como legítimo. El fenómeno de resistencia en Hong Kong, nominalmente muy menor, es el relato de personas más identificadas con la cultura occidental, atrapados en una cultura política a la que deberán adaptarse o bien migrar.

El ambiente de los medios de prensa, los lemas de los indignados, el carácter de las protestas públicas, los saqueadores y quemadores de autos policiales; hablan todos de una degradación del espíritu que hizo grande a EEUU en el pasado. La emocionalidad de su juventud parece muy frágil. Decir hoy en EEUU “milenials”, es significar a un señorito frágil y fácilmente ofendible; muy diferente a aquellos que combatieron en Iwo Jima o en las Ardenas. Decir “make America great again“ es un bello lema, pero para hacerlo efectivo se necesita de los norteamericanos de antaño. Además, lo invoca un líder mediático que hizo de la farándula boba su negocio hace quince años. ¿Será creíble? ¿Se imaginan Uds. al premier chino o japones participando en reality shows?

La historia es útil como magister vitae, pero nunca se repite idéntica porque siempre las circunstancias son variables. El arte de gobernar conoce hoy diferencias con experiencias pretéritas. Ejemplos: demografía expandida y tecnología en vertiginosa mutación. China en particular y las potencias orientales en general van en ascenso; occidente, liderado por EEUU, no.  Es importante que la diplomacia chilena, antes de arrancarse ensillada con encasillamientos entre buenos y malos, sea pragmática y escoja caballo ganador. Hay buenos precedentes en nuestra historia diplomática. Lo hicimos así en la segunda guerra mundial donde anduvimos pisando huevos mientras la contienda no se decidía. Los conflictos que se avecinan no son nuestros, pero nos afectan y mucho. Preferir una u otra opción por superficialidades siempre es un peligro posible cuando la élite que nos gobierna padece de buenismo bobo.

Junio 2020

 

 

 


domingo, 14 de junio de 2020

EL VICTIMISMO

EL VICTIMISMO

El hombre es un animal racional. Para actuar en el mundo, se forma una representación de éste, usando su inteligencia con una intensidad y precisión que lo hacen único en la naturaleza conocida. Es capaz de leer dentro de las apariencias del mundo, las consecuencias de sus fenómenos. Lo hace con mucho mayor precisión y alcance que el resto de los animales, gracias al pensamiento racional.

Pero el hombre no es nativamente racional o más precisamente, lo es solo en potencia. La racionalidad surge de su motivación extraordinaria por asegurar el futuro. Digo extraordinaria por cuanto los demás seres vivos también tienen necesidades a futuro, como perpetuar la especie; pero por no manejar la racionalidad, su proyección del futuro es limitada. Solo el hombre se pre-ocupa.

No obstante, es importante recordar, que el pensamiento racional se forma sobre una base no racional. El mundo nos impacta y estimula nuestra sensibilidad; y basados en esa emoción primaria, construimos racionalmente una representación del mundo. Esta es la función básica de la inteligencia: interpretar nuestras emociones, ordenándolas racionalmente. Así lo hacen los niños.

Pero el hombre tiene por condición no satisfacerse con esa racionalidad básica. Luego de formarse esa representación del mundo puede “ensimismarse” para usar más intensamente su racionalidad, dándose certezas y trazando un plan hacia el porvenir. Fijarse propósitos, es lo que nos distingue de los otros seres vivos más o menos complejos, Es así como usamos nuestra inteligencia cronológicamente, proyectando nuestro devenir, en ordenes de magnitud incomprensibles e inconmensurables para el resto de los animales.

Sucede en el desarrollo de las comunidades humanas una dinámica que pretendieron interpretar O. Spengler y A. Toynbee[1] en el siglo pasado: La comunidad humana va “sofisticándose” hasta su fatal colapso (fatal según esos historiadores), acumulando técnicas que hacen la vida humana, individual y socialmente, más fácil. Vivimos, creo yo, una de esas épocas de plenitud, donde la técnica nos rodea en tal magnitud, que el hombre individualmente va perdiendo su aptitud de darse soluciones él mismo a través de su inteligencia. El hombre usuario de la ultra-tecnología, paradojalmente deja de ser el individuo nativamente tecnológico y se hace más vulnerable y dependiente de la sociedad. Un hombre del siglo XVIII y anteriores, debía manejar un arsenal de habilidades técnicas directamente él, para poder sobrevivir. El hombre del siglo XXI puede vivir siendo un auditor-espectador completamente pasivo, por cuanto dentro de otros mecanismos a su disposición está el dinero como hoy lo conocemos -formidable invento técnico del último cuarto del siglo XX[2]- el que nos permite vivir más o menos holgadamente, proveyéndonos de bienes y servicios que hacen posible la vida cotidiana. Y gran parte de la humanidad vive en esa condición, con un casi total desconocimiento de como funcionan todos los artefactos e instituciones tecnológicas que nos rodean y que hacen posible nuestra vida cotidiana.

Esta tan artificial condición que rodea al hombre contemporáneo, es -creo yo - la causa basal de tantísima estulticia que inunda la vida social. En efecto, la realidad, o la circunstancia diría Ortega, impacta emocionalmente los sentidos y la función básica de la inteligencia es -como señalé- crearse una representación del mundo fundada en ese impacto. Luego de ese ejercicio inicial de la razón, el hombre de los siglos pretéritos, debía necesariamente ensimismarse para trazar el propósito radical de su vida individual. Aquello era esencial para sacar su vida adelante. Sin ese ejercicio racional se arriesgaba a perecer superado por las circunstancias. En una sociedad menos artificial que la nuestra, donde las personas manejasen nativamente ese arsenal de habilidades para encarar el medio natural, la fortaleza que inspiraban esas habilidades, nos ofrecía una representación del mundo no contaminada por la angustia.

Angustia; temor opresivo sin causa precisa. Esa es la verdadera pandemia que asola a la humanidad que vive bajo las circunstancias de la modernidad tecnológica. Es una emoción solapada que se esconde en diversidad de actitudes y también en poses pretendidamente intelectuales. Saberse tan precario e impotente frente a un medio tan pródigo en cosas nos genera un desasosiego muy intenso. El opio para superar esta angustia es el dinero. Carecer o arriesgarse a carecer de este funny paper es causa de enorme desasosiego. Esta angustia escala a una verdadera aversión al riesgo y una demanda hasta el límite del absurdo, de seguridades.  Es la angustia de saberse presos en esa jaula dorada que mencionó Max Weber, angustia de la cual ha surgido una representación del mundo gravemente torcido.

La angustia paraliza. Impide que pasemos a la segunda fase de la racionalidad, la más provechosa de este don; el forjarnos un trazado, un programa vital, un plan de ataque a las circunstancias que nos rodean; el ejercer nuestra genuina humanidad libertaria. Morosos de cumplir con esta tarea que nos permite nuestra condición, es fácil ceder al síndrome de las masas según la define Ortega y Gasset[3].

Señalé que este fenómeno es causa de poses pretendidamente intelectuales porque el cuerpo de ideas que identifican esta emoción paralizante de la angustia no es fruto de un examen del hombre en su globalidad. No es fruto del ensimismamiento. Los portaestandartes de los “indignados” modernos se encierran en recetas y constructos ideológicos cerrados. Para “recoger esta inquietud”[4] la generación de intelectuales franceses de la post guerra han sido los portaestandartes de constructos intelectuales por los cuales millones de hombres masa nos sorprenden cotidianamente con las rebeliones más absurdas que se tenga conocimiento, desde que los teólogos de Bizancio discutían sobre el sexo de los ángeles, con los turcos ad portas. El radicalismo de estos constructos intelectuales, despreciando las evidencias de la realidad más elementales, edifican inferencias que llevan al desprecio de la realidad empírica, tildada como “relato”. Reconozco que a la mayoría de estos autores no los he leído ni lo haré porque hacerlo me representa por lo aburrido, una condena a las galeras. Pero me he esforzado en hundirme en la lectura de Jaques Derrida, autor de libros con lomo[5]. Sorprende la validez que le concede la “intelligentia” académica a un autor de extensas galimatías, tan inútiles como un tratado sobre el número de ángeles que caben en la cabeza de un alfiler. La deconstrucción derridiana se podría sintetizar en un, “no se de donde viene el mundo, a donde va, ni me interesa saberlo. Tengo tiempo y dinero para darme ese lujo. En cualquier caso, el orden social capitalista, patriarcal (y otros anatemas); hay que destruirlo porque es opresivo”.

Marx se refiere a la opresión, con un fundamento bastante empírico: la condición de los obreros del siglo XIX en las ciudades industriales del Reino Unido. Ya no existe esa opresión. Pero la palabra “pega” y el post marxismo la usa para caracterizar cualquier fenómeno. En efecto, para las “doctrinas” post modernas, hijas de esta visión del mundo deconstruido, la sociedad es por definición opresiva. Si; en esa misma sociedad ultra tecnológica que hace posible vivir y ganarse el pan sin el sudor de la frente, en doctrinas nacidas en los idílicos y pacíficos cafetines parisinos, paladeando un sabroso calvado y una pipa de tabaco aromatizado, se infiere una conducta muy en boga: El victimismo.

Los homosexuales son víctimas, los niños son víctimas, los negros son víctimas, los indios son víctimas, las mujeres son víctimas, los que delincuentes terroristas son víctimas, los que ensucian y destruyen la ciudad son víctimas, los trabajadores, los empleados, los pensionados, los consumidores, y una larguísima lista de etcéteras. Jocosamente esta expansión exponencial de las víctimas, va reduciendo el número de victimarios hasta límites también absurdos.[6]

En su libro (que he releído tres veces) El Mundo de Ayer, Stegfan Zweig nos relata el colapso de la Europa ilustrada por la estulticia de las elites. ¿Recrearemos la autodestrucción de nuestro mundo ultra sofisticado? ¿Serán capaces los indignados con su estulticia de demoler este orden social que ha casi erradicado la pobreza, la enfermedad y transformado el mundo en un lugar infinitamente más propicio para la vida humana?

No creo en las doctrinas de Spengler sobre la fatalidad de la historia, ni de ninguna escatología en boga que huela a determinismo humano o divino. Pero tengo que reconocer que me cuesta imaginar por donde podemos salir de este atolladero en que se encuentra el mundo occidental, creado a mi juicio, por el mismo facilismo de la vida moderna.

Junio 2020



[1] La Decadencia de Occidente y Estudio de la Historia

[3] La Rebelión de las Masas

[4]  ¡Qué giro idiomático más característico del buenismo en boga!!

[5] Mi profesor de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile don Hugo Rosende Subiabre, se refería de ese modo a los libros de tratadistas qué según él, decían lo fácil de un modo difícil. Me consta que don Hugo nos enseñaba lo difícil de un modo fácil.

[6] De pronto una mujer mapuche y empresaria, es por definición victimaria.


miércoles, 10 de junio de 2020

DERECHOS HUMANOS Y DEBERES HUMANOS


DERECHOS HUMANOS Y DEBERES HUMANOS

Uno más uno es igual a dos. No hay duda. Si digo uno más cero es igual a dos, estoy diciendo una falsedad o un error. Una falsedad es una maquinación de la verdad para generar una representación de la realidad mañosamente deformada. Un error en cambio es una equivocación de buena fe; no tiene intencionalidad alguna. ¿Cómo discernir si la respuesta uno más uno es igual a cero, es falsa o es errónea?

El derecho positivo, esto es, las normas jurídicas que la sociedad se ha dado para su ordenamiento y convivencia; son creaciones intelectuales. Existen para ordenar conductas a un deber ser. Si fuésemos hormigas y en nuestra programación genética fuese como las de aquellas, no necesitaríamos del derecho. Nos conduciríamos ineludiblemente de la manera que es conveniente para todo el hormiguero. Pero dada nuestra extraña naturaleza libertaria requerimos del derecho para someternos a una conducta que sea funcional a la comunidad humana. El derecho es una prescripción de conducta. No una descripción de conducta.

Sergio Micco, director del Instituto de Derechos Humanos ha dicho “no hay derechos sin deberes”. En efecto si yo prescribo, en ejercicio de un poder soberano, una norma jurídica; por ejemplo “Se prohíbe matar a un ser humano”, estoy generando dos consecuencias: estoy prescribiendo a cada persona sometida a ese poder soberano que no debe matar, y estoy confiriéndole un derecho a exigir que no le quiten la vida. Así, como uno más uno es igual a dos, un derecho importa de manera ineludible un deber. Es lo que afirmó Micco. Si por el contrario yo digo hay derechos sin deberes, estoy incurriendo en una falsedad o en un error.

Claudio Grossman, ex militante del MAPU y ex presidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, respondiendo a una pregunta de la periodista quién le consulta si “está de acuerdo” con esa afirmación de Micco, responde que “no está de acuerdo”. Pero Micco está diciendo simplemente que uno más uno es igual a dos. Grossman pretende fundamentar su respuesta con argumentos que para un abogado están fuera de lugar, haciéndole creer al lector lego, que Micco habría dicho que el transgresor del derecho carece de derechos, lo que es falso. La respuesta de Grossman, ¿Es un error o una falsedad? La alcurnia intelectual y profesional de Grossman permiten dudar fundadamente que sea un mero error.

Sucede que los derechos humanos, no son meramente, un conjunto de leyes o normas codificadas y defendidas por cuerpos colegiados internacionales de gobernanza global. Es más que eso; es una doctrina. Y más que una doctrina; una doctrina intangible. Una doctrina es un cuerpo de ideas. Que se asuman como verdad intangible, quiere decir que no pueden tocarse, ni ser sometidos a cuestionamiento. Pretenden una condición sacrosanta. Y sucede que Grossmann es uno de sus hierofantes. Cualquier cuestionamiento, aunque fuere una verdad como que uno más uno es igual a dos, debe ser anatemizada. Sérgio Micco es un blasfemo. De nada le vale argumentar. Como es un político y le interesa mantenerse arriba del poder, lo veremos próximamente haciendo un auto de fe, paseándose por las calles flagelándose con el gato de nueve colas y proclamando su arrepentimiento.

lunes, 25 de mayo de 2020

EL MIEDO, LA LIBERTAD, EL CORONAVIRUS Y LAS CANASTAS DE VIVERES


EL MIEDO, LA LIBERTAD, EL CORONAVIRUS Y LAS CANASTAS DE VIVERES

El fundador de la nacionalidad chilena, don Pedro de Valdivia, tenía un escudo de armas en que se leía; “La Muerte Menos Temida da Mas Vida”. La interpretación progresista de nuestra historia ha visto en los conquistadores a cafres ávidos de explotar a los nativos que vivían en paz y prosperidad. Al menos don Pedro no parece ser de aquellos. Siguiendo el adagio evangélico; “Por sus Obras los Conoceréis” su testimonio de vida revela algo distinto. Todo indica que don Pedro honró el lema del escudo, arrostrando impávido los peligros en función de un bien colectivo superior. Demostró que tenía un propósito claro y una voluntad dispuesta a reprimir sus temores. El miedo, aquella emoción que conturba y nos paraliza ante lo desconocido, don Pedro lo habrá sentido igual que cualquier hijo de mujer, pero -como se dice en lunfardo- se lo bancó para lograr sus propósitos; sin mucho éxito desde luego, pero eso no es lo relevante.  

Isaiah Berlín, en un brillante ensayó, reflexiona sobre la libertad[1]. Propone que este concepto tiene un sentido negativo - seré libre en la medida en que ningún hombre ni ningún grupo de hombres interfieren en mi actividad- y un sentido positivo - Quiero que mi vida y mis decisiones dependan de mí mismo, y no de fuerzas exteriores, sean éstas del tipo que sean y quiero ser el instrumento de mí mismo y no de los actos de voluntad de otros hombres-.

El episodio que nos afecta; pandemia del covid 19; es inédito en la historia de la humanidad conocida. Evidentemente no me refiero a las pandemias que sobradamente se sabe, han asolado a la humanidad cíclicamente. Me refiero una pandemia, teniendo por telón de fondo la capacidad, potencia y supuesta efectividad del Estado moderno y sus agentes, para mandar, permitir y prohibir conductas a sus súbditos o ciudadanos. Si bien el Estado moderno ya existía en los años de la gripe española, su eficacia y la extensión de sus medios para el control de la población no tenían la potencialidad de control contemporánea.

En el caso de Chile, esta eficacia estatal va acompañada de circunstancias singulares. La una positiva; prosperidad fiscal que le permite al ministro de hacienda obtener de organismos financieros internacionales, a sola firma, préstamos que le hacen posible encarar la difícil coyuntura. La otra negativa; una patética falta de liderazgo político, donde las personas que ostentan cargos formales de conducción de la Nación, en vez de replicar la figura paterna que aspira para su hijo que este dependa de sí mismo para ejercitar su libertad, más asemejan niñeras de chiquillos mal criados y caprichosos, que ceden a cualquier desvarío del crio. Esto, lo negativo, ha sido posible debido a una progresiva degradación de la función pública que nos tiene hoy mandados por una clase política y una burocracia estatal, que vela más por sus privilegios, que por el bien común. De esa degradación se deriva una lógica perversa: “conquisto o me perpetúo en el poder, en la medida que abogo por los caprichos de las masas sean estos o no propicios al interés general”.

Quienes mandan expresan estar bajo una grave disyuntiva: encerrar a la gente en sus casas para impedir se propague la pandemia, con la consecuente ruina para los ciudadanos que no pueden ganarse la vida, especialmente de aquellos  que viven de su trabajo diario; o permitir que la vida económica continúe normalmente y tolerar se expanda la enfermedad potencialmente letal. Así como se formula, gravísima disyuntiva.[2]

El Estado ha optado por prescribir el encierro. Para legitimar e inducir a la obediencia, el ministro de salud ha usado el miedo. El miedo que induzca a las personas a ponderar el peor escenario de la pandemia como consecuencia de desobedecer esta difícil imposición: riesgo de muerte[3]. No lo critico a él por esto. El ejecuta una coherente política de Estado. Otra cuestión es la repugnante conducta moral de los decadentes medios de comunicación de masas, (decadentes digo porque están en vías de extinción) quienes llevan al paroxismo la emoción del miedo para promover audiencias, avisajes, sueldos millonarios de sus “rostros” haciendo alarde de una frivolidad irritante.

¿Qué ha inclinado la balanza a favor de un riesgo impreciso y en contra de un daño cierto? El juicio de los estadistas contemporáneos está teñido por la tendencia general de legitimar la idea (ilusa cuando no falsa) del Estado protector desde la cuna hasta la tumba.

Para superar el efecto perverso del encierro; la carencia de medios de sustentación y ruina de las empresas productivas, el Estado ha diseñado complejas ayudas financieras amparadas en lo que fuera hasta antes de la pandemia, la prosperidad fiscal. En el caso de quienes en tiempos normales viven de su trabajo diario, ha diseñado o pretendido diseñar una red de entrega de canastas de víveres para evitar el hambre de los desamparados. Hasta ahí todo bien pensado.

Bien pensado en el contexto de racionalismo ilustrado que obliga a bien-pensar en términos abstractos respecto de la capacidades y bondad del Estado, y de la buena fe de los pobres ciudadanos desamparados. Pero como la realidad anda por el mundo insumisa a someterse a los racionales conceptos de los bien-pensantes, conjeturo que los resultados de estas medidas no solamente serán ineficaces, sino que tendrán además perversos efectos.

El Estado pretende garantizar la salud. Pero si ponderamos racionalmente esta proposición, concluiremos que es lógicamente absurda. Nadie nos puede garantizar la vida ni la salud. Menos aún sustraernos de lo que es nuestro destino radical: la muerte. Aquella pretensión del Estado – cuidarnos o salvarnos - es una ficción que difunde para legitimar su acción. Aquello además de falso, legitima en la psiquis colectiva, la expansión ilimitada del poder del Estado que llega a prescribirnos hasta lo más íntimo.

Obviamente la decisión de encerrar a los ciudadanos afecta la libertad negativa que menciona Berlín. Pero el miedo afecta algo más grave; la libertad positiva. Nos somete a una emoción que nos paraliza y genera una niebla que impide observar la consecuencia profunda de ser forzados al encierro y a la impotencia. El Estado de Chile y los Estados que han optado por la estrategia del miedo, están causando un daño que hasta ahora no se ha ponderado suficientemente.

No me refiero solo al devastador efecto económico que es ponderable y predecible. Me refiero a la condición de dependencia a que condena a los súbditos (ya no los llamaré ciudadanos) del Estado. La sociedad libre funciona en base al esfuerzo personal e individual de las personas que se relacionan en todos los ámbitos, buscando su bien particular. Esa es la condición humana normal cuando no está coaccionada por un poder externo y superior al individuo. Pero la eterna tentación del poder estatal es decirle al individuo “no te dejaré hacer lo que tu crees que es tu bien porque yo conozco tu bien mejor que tú. Entonces te llevaré obligado hacia tu propio bien”. Axioma de todo totalitarismo.

La entrega de alimentos a familias – además del bono marzo, el pituto municipal, el subsidio estatal a la cesantía, la pensión de los torturados, de los exonerados, el fogape etc. etc. etc. superficialmente puede considerarse un bien, para que las personas no sufran carencias. Pero no hay que ser muy agudo para darse cuenta lo que realmente es: clientelismo de caciques políticos, puro y duro. Herramientas que someten a los individuos a la esclavitud de la dependencia que tanto agrada a los plutócratas que cooptan los cargos de elección popular y la burocracia estatal. Relega al tercer patio la dignidad humana esencial: la libertad de labrarse uno mismo su propio destino.

Suscribo el lema del primer Capitán General: la muerte menos temida da más vida, y por consecuencia, la muerte más temida da menos vida; es decir, le quita su razón de ser radical. Pido a Dios que ilumine los espíritus, especialmente de los jóvenes para que perciban esta peligrosa evidencia: El Estado moderno ha creado una red (sustantivo muy ilustrativo) de dependencia de los súbditos, que impide la libertad positiva y negativa del individuo. Ha cruzado la línea roja del totalitarismo. Aspiro a que se desencadene la reacción. Aspiro recuperemos al individuo. Aspiro a que la juventud vuelva a creer en su propia capacidad para velar por su futuro y hacerse responsable de sus decisiones. Aspiro a que los chilenos volvamos los ojos y el corazón al lema del fundador de la nacionalidad y rechacemos toda tutela.




[1] Dos Conceptos de Libertad; Conferencia Universidad de Oxford 1958.
[2] En todo caso la ruina económica no es una posibilidad: es una certeza. En tanto que el riesgo de muerte por Covid 19 no se encuentra estadísticamente comprobado.
[3] Que como señalo no se encuentra acreditado con certeza ni siquiera mediana.

lunes, 20 de abril de 2020

IZQUIERDAS Y DERECHAS ¿CUAL ES LA DISYUNTIVA REAL?


IZQUIERDAS Y DERECHAS o ANTIDERECHISTAS Y ANTIIZQUIERDISTAS.
¿CUAL ES LA DISYUNTIVA REAL?

Nunca tuve talento para desempeñarme como atleta en el colegio. Lo digo con congoja. En los torneos atléticos entre colegios y liceos de la capital, los que padecíamos de esta condición de capiti diminutio, solo participábamos en las barras que alentaban a los competidores. Para darnos importancia entre la concurrencia femenina que admiraba preferentemente a los competidores, a la edad propia de estos desvaríos, nuestra tarea ordinaria era destruir las enseñas de los colegios y liceos “enemigos”; especialmente de aquellos que ganaban más medallas. Esto daba lugar a grescas que permitían llamar la atención de las féminas. Obviamente este ejercicio, no daba dividendos en el torneo; incluso creo recordar que se sancionaba a los causantes, restando puntaje al colegio agresor.
El foro democrático, cuando escasean los liderazgos reales, fatalmente cae en estas conductas de los parias del atletismo. Los políticos buscan destacar, quemando las enseñas del contendor, ante la incapacidad de mostrar sus propias virtudes atléticas. Los cargos de representación popular, que debieran ser la corona de laurel de líderes talentosos, infortunadamente los ocupan preferentemente quienes reducen sus destrezas, a la maña para ganar torneos electorales y demoler la imagen de sus contendores.
El liderazgo político útil, es aquel de hombres y mujeres  que conocen y hacen propios los verdaderos valores colectivos: la libertad, la justicia, la prosperidad, la sanidad, la sabiduría, la ciencia etc. Además de conocer, cultivar y promover esos valores, el líder debe estar dotado de la inteligencia para anticipar peligros y acechanzas que las circunstancias deparan a la colectividad.
Los foros políticos en democracia se ordenan desde la asamblea francesa de 1789, en derechas e izquierdas. Los valores que representan estas tendencias han sufrido a través de los años, mutaciones importantes. Esto se ha profundizado en la política contemporánea. Por lo que no es ocioso preguntarse; que es hoy en Chile, ser de derecha o ser de izquierda.
Patricio Aylwin, Ricardo Lagos, Alejandro Foxley, y muchos otros líderes que cimentaron el Chile capitalista y de libre mercado, eran autores de libros que abogaban por el colectivismo socialista, el proteccionismo arancelario, la planificación central y criticaban el sistema capitalista de libre mercado.
¿Cómo fue entonces para que la centro izquierda gobernara durante desde 1990 hasta 2010 hiciera propios los valores del libre mercado, ayudando a transformar a Chile, por primera vez en su historia en un país capitalista? Pues que a fines de 1988 empezó a desmoronarse el socialismo en el mundo, y a fines de 1989, era nada más que un montón de ruinas. En un  brillante acto de travestismo político, se olvidaron de su socialismo y lo que identificaba “ser de izquierda” se diluyó en su repulsión por el gobierno militar con relato de éste, más o menos novelesco, que lo igualaba al nazismo. Sumado a ello una tibia, pero muy tibia agenda (anti) valórica progresista (que un principio no era consensuada por católicos de entre sus filas).  
¿Qué identificaba entre 1990 y 2010 “ser de derecha”? Aquí la tarea de identificarse fue más difícil aún. La izquierda extra-sistema con luciferina sabiduría, asesinó Jaime Guzmán, quien con sus defectos personales[1] era sin duda un referente ideológico de la derecha. En principio casi todos los parlamentarios electos, defendieron los valores que representó el gobierno militar[2]. Con el transcurso de los años esta adhesión fue raleando al hacerse “odioso” defender esos principios, frente a una izquierda beligerante; y “costoso” en la aciaga batalla por los votos. Era demasiado onerosa la campaña anti-Pinochet, para gastar recursos en su defensa.
Pero la razón más importante de la debilidad de la derecha estuvo basada en las condiciones de posibilidad de la gran prosperidad capitalista, que absorbió a una generación completa de talentos, quienes se dedicaron fundamentalmente a crear riqueza a través de la iniciativa privada, dejando en manos de los menos talentosos la tarea de hacer política. Lo mismo que décadas antes había sucedido con la profesión pedagógica, con el clero y con la judicatura (tres pilares de la República), sucedía ahora en la política.
¿Cuál fue el resultado? Que en un alto porcentaje se anotaran como “líderes” de derecha, quienes solo tenían talento para ganar elecciones, pero ninguna cercanía a conceptos abstractos de filosofía ni ciencia política. La doctrina fue solo apuntar en las encuestas. La “política” para la derecha, pasó a ser un sórdido esfuerzo por financiar campañas para ganar elecciones. La política transformada en mercadotecnia. Se trataba de ganar como fuere. Paradójicamente no necesariamente para cambiar; porque la izquierda hacía políticas económicas de derecha y dada la ignorancia ambiental, con eso bastaba.
Siguiendo la primera ley de Lord Acton, (el poder corrompe) la larga permanencia en el gobierno de la Concertación, trajo secuelas de corrupción que desmejoraron su plataforma de apoyo electoral y  un candidato de derecha, “figura”[3] (sin principios ni relatos explícitos) amagó a la perla de la corona de la izquierda, Ricardo Lagos Escobar. Lagos, líder sólido e intelectualmente dotado, superó solo por estrecho margen de votos, a la “figura” derechista. Entonces la izquierda encendió las alarmas: La política ya no demandaba líderes. Demandaba figuras que apuntaran en las encuestas. La mercadotecnia política, cultivada hasta entonces solo por la derecha, pasó ahora a ocupar todo el espectro. La izquierda promovió entonces, por la sola circunstancia de su vendedora imagen, con delantal blanco, estetoscopio al cuello o traje de tanquista,[4] a quien carecía de los mínimos talentos y destrezas para detentar el cargo de jefe del Estado.
A estas alturas de la historia; ¿Qué partido político se ocupaba de los principios de los valores, que debieran ser los pilares de la República? ¿Qué partido político se estaba ocupado de anticiparse a los peligros que nos acechaban? [5] No había tiempo. Demasiado tiempo y recursos demandaba la mercadotecnia ejercida en ambos costados del espectro, para conservar el cargo y evitar que te desembarcaran de la cómoda y rentable nave del poder político.
El resto de la historia es demasiado reciente para contarla como tal: La derecha triunfa bajo los estandartes de un líder de derecha, que no es líder ni de derecha; cuyo manifiesto objetivo era “ganar” como quien gana un remate en la bolsa; y luego cuidarse las espaldas para disfrutar de un retiro plácido y sin compromisos, negándose a ejercer las responsabilidades de la jefatura de Estado. La izquierda concertacionista, acomplejada por su falta de principios, aceptó gratuitamente al partido comunista en su coalición, con sus emblemas genocidas y todo[6], sin exigirles autocríticas de ninguna especie; y más grave aún, le pavimenta (le regala para ser más exactos) el camino a referentes políticos, que más parecen al bar de la guerra de las galaxias, quienes enarbolan las banderas de “la rebelión de los necios”, cuya enseña es demoler todo y después veremos cómo nos arreglamos.
El plato servido para que un minúsculo grupo de audaces violentistas, mínimamente financiados y carentes de una estructura militar formal, haya puesto en jaque (¿mate?) a la República, sus instituciones su estructura de represión y su judicatura. El agua se derrama por implosión espontánea: el vaso se debilitó a tal punto que no puede contenerla.
Suponiendo que  la igualdad es el valor basal de la izquierda y la Libertad el de la derecha, ¿quién ha profundizado sobre aquello a la luz del tiempo presente?
Los auto denominados think tanks (¡que nombre más siútico por Dios!) no pasan de ser el puerto de desembarco de lugares comunes, narcisismos intelectuales y plataformas de poder que responden a quienes los financian. La academia universitaria ofrece mayor eclecticismo, pero anclada a lo que es su mayor debilidad ancestral: ocupada de lo que ha sucedido y pensado en el pasado, especialmente en otras latitudes, pero interpretando mínimamente el presente y el futuro.
Un giro copernicano de la política es lo que nos sacará de este atolladero. Con espíritu ecléctico sostengo: La república necesita una izquierda y una derecha de verdad. Basada en valores, fundamentos con una visión e interpretación del Chile contemporáneo. Los partidos deben hacer un mea culpa y reclutar hombres y mujeres sabios y generosos que nos pueden re-conducir para zafar de este atolladero.
Salir de este atolladero no será fácil ni pacífico. Debe pues las elites políticas y judiciales abandonar ilusiones buenistas y pacifistas. La paz se conquista, las más de as veces dolorosamente. No es la primera línea los responsables de lo que sucede. Es la lenidad y estulticia de los políticos y jueces la que ha hecho posible que esta implosión se manifieste. Coraje y sabiduría es lo que el país les demanda ahora para derrotar a la subversión y permitir la reconstrucción.





[1] Un grave defecto de Guzmán fue su intolerancia a talentos de su estatura. Su criterio de reclutamiento no siempre fue de las mentes brillantes, sino soldados disciplinados. Prueba de ello: la temprana e injustificada ruptura del entonces partido único de derecha.
[2] Que sí se preocupó con militar pragmatismo de declarar taxativamente sus principios y objetivos y honrarlos. Ver documentos “Declaración de Principios” y “Declaración de Objetivos del Gobierno de Chile”
[3] Joaquín Lavín
[4] Michelle Bachelet
[5] Nombro algunas 1) La virtual disolución de la familia, sobre todo en las clases menos prósperas, núcleo fundamental de la sociedad según  la constitución; 2) la fatal debilidad energética del país y su crónica dependencia; 3) la falta de talentos para crear tecnología; 4) La falta de productividad laboral; 5) La fragilidad de los hábitos económicos  que inducen al consumo y al endeudamiento antes que al ahorro y la capitalización; 6) La fatal incomprensión lectora de la población que induce una capacidad reflexiva casi nula.

[6] Lo de los emblemas es un claro ejemplo de la superficialidad de la clase política. El PC de Chile es el único fuera de Corea del Norte que tiene la desfachatez, ignorancia y superficialidad de usar emblemas que son símbolo universal del genocidio más atroz de la historia humana conocida. Lo hacen impunemente sin que nadie (ni aliados ni detractores) se los saque en cara.