lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESTROGENIZACION DEL MUNDO OCCIDENTAL

 


Normalmente escribo contracorriente, y este tema de seguro recibiría tomatazos de todos los rincones de la galería si fuese universalmente leído y escuchado.

Busco respuesta a la pregunta: ¿Cómo es posible que los jóvenes de hoy no les interese o rechacen la maternidad y la paternidad? Es evidente y manifiesto que las mujeres, a la edad que deben ser madres por imperativo biológico, en general y en promedio no quieren serlo. Muchas se resuelven discretamente a una edad impropia para ello.

Muchos invocarán “el costo de la vida”. Pero la vida antaño era infinitamente más precaria económicamente cuando las familias proliferaban. El argumento queda pues descartado.

¿Estamos acaso como colectividad humana sometidos fatalmente a la segunda ley de la termodinámica y por consecuencia a la extinción?[1] ¿Será el fenómeno descrito -generalizado en occidente- una manifestación antropológica de esta ley de la física?

Nuestra sociedad occidental se deteriora a ojos vista, en un aspecto tan fundamental como lo es su capacidad para permanecer en el mundo. Mientras más solidaria es una colectividad humana a los valores de la modernidad, el fenómeno del envejecimiento de la población es más agudo. En nuestro Chile, si esta tendencia no cambia de hoy a diez años más, la extinción de la Nación estará asegurada.

Me pregunto: ¿Cómo es posible que los jóvenes de hoy, en general y en promedio, no les interese o rechacen la maternidad y paternidad? Aquí aventuro mi tesis que recibirá el repudio generalizado. Mi ignorancia en endocrinología es total, pero a través de sucesivas lecturas en la web, he tomado conocimiento de una ciencia maravillosa porque cuanto más se profundiza en ella, más y más perplejidad refleja la magnificencia de la obra de Dios. Hay quienes creen que estos mecanismos biológicos provienen de la azarosa evolución de selección natural o de la adaptación biológica (Darwin o Lamark). Para desestimar en esta materia la mano del Creador, hay que tener harta “fe no científica” en esas teorías científicas, por cuanto ellas son imposibles de contrastar empíricamente y, yo diría, bastante poco plausibles. Lo digo porque los mecanismos de equilibrios hormonales son una arquitectura de una complejidad infinita, que, mientras mejor se estudian, con mayores medios tecnológicos de investigación, más interrelaciones se descubren en una complejidad, que parece no tener fin.

Un día, por allá por el año 1951, Luis Ernesto Miramontes un Mexicano de 26 años, hizo un descubrimiento que, pocos años después, entre 1957 y 1960, dio lugar al uso masivo de fármacos como anticonceptivo para las mujeres, mediante el suministro de hormonas sintéticas.

Miramontes fue como en el cuento de Wolfang Goethe  El Aprendiz de Brujo, a través del cual la humanidad completa adoptó de manera masiva un método anticonceptivo por vía de la afectación química sintética de uno de los mecanismos más complejos que conoce la biología – el sistema endocrino-, y hasta hoy experimenta no en ratas, sino en hembras humanas.

Las consecuencias de dicha proliferación de uso universal representa a mi juicio el cambio tecnológico más influyente en la historia de la humanidad, superando a la imprenta, la propulsión a vapor, la electricidad, la electrónica, la informática e incluso conjeturo, la tan bullada futura influencia de la inteligencia artificial.

Lo que, a mi modesto saber y entender, no se ha estudiado con la intensidad que amerita, son las consecuencias, biológicas, sicológicas, siquiátricas, sociológicas, antropológicas de su uso. Particularmente los “colateral damage” que al cuerpo de las mujeres consumidoras y a la convivencia humana, este artilugio ha provocado.

El Papa Pablo VI en 1968, a través de la Encíclica Humanae Vitae condenó el uso del fármaco, pero refiriéndose exclusivamente al peligro de afectación a la institución del matrimonio. Pero su encíclica se quedó corta porque omitió referirse, porque quizá aún no se percibía en toda su dimensión, la afectación negativa a la vida biológica y sicológica de la mujer y sociológica del colectivo humano. Igual, al pobre Papa le llovieron las pifias y descalificaciones desde fuera y dentro de la Iglesia por atreverse a poner la proa a este invento “liberador”.

El liberalismo y racionalismo campante, dueño y señor del relato de la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI, recibió como albricia este artilugio como herramienta para la “liberación” femenina, y así conquistar la igualdad jurídica y material de la mujer, superando con ello el injusto sojuzgamiento al que el hombre habría sometido desde las cavernas a su compañera de existencia (relato liberal dixit); y lo más importante: para el mejor funcionamiento de la gigantesca rueda de humster del capitalismo (y del capitalismo de estado que fue el comunismo) porque permite  la integración sin barreras de la mujer al mundo de la producción y del trabajo fuera del hogar.

En el paroxismo de la borrachera ideológica, Simonne de Bouvoir y la norteamericana Judith Butler entre otras, han profundizado este relato donde el ser mujer es un invento social y jurídico. Esperpento ideológico equivalente a negar los diferentes estados de la materia. Pero a fuer de repetición, el argumento ha sido el movilizador de masas por antonomasia[2] en las últimas décadas.

Existe evidencia científica que el uso de la píldora desde los primeros años de madurez sexual de la mujer, procedimiento promovido "a lo bestia" por ONG, Estados Nacionales, ONU, comunidad médica y medicina pública, deteriora para siempre el desarrollo del complejo entramado biológico y sicológico de la mujer, que se teje en su sistema endocrino. La mujer “liberada” desde su primera regla, de las “calamidades” de la maternidad, se transforma, no en un andrógino que es un ser imaginario que posee los dos sexos, ni en un aséxulo como las estrellas o esponjas de mar, que tienen la potestad de perpetuar la especie por sí mismas. Se transforma en algo que no sabe que es, con necesidades de asistencia sicológica y farmacológica para recuperar los equilibrios alterados, que la magnífica obra de Dios implantó en su cuerpo.

Pero eso no es todo, en esta modernidad tardía que describe el mediático filósofo Byung-Chul Han en la Sociedad del Cansancio se ha desvalorizado el sexo a fuer de liberarlo. Un ambiente de hastío a tener compañera o compañero permanente, domina el ambiente. La mujer sobre estrogenizada por los artilugios “liberadores” descritos, resulta poco o nada interesada en el sexo propiamente tal, lo que gatilla frustraciones masculinas que optan por sexo casual degradado. Y en el contexto de su vida afectiva, la mujer pierde importancia para el hombre y vice versa.  La prole pues es un vínculo que obliga a permanecer en pareja indeseada y por ello un estorbo.

Los atavismos del hombre protector de “su” mujer y de “su” prole, precursores de las virtudes masculinas: fortaleza, fuerza física, valentía, temple, magnanimidad; se degradan. El hombre se feminiza. Las virtudes femeninas de conservar la tradición de los usos y costumbres necesarios para la convivencia, y el sustento afectivo de la prole, se evaporan.

¿Hay investigaciones farmacológicas serias que induzcan a recomendar volver a fojas cero en esta materia, para permitir a la naturaleza obrar conforme las maravillas que Dios imprimió en ellas? No. Lo que hay son investigaciones para mejorar la farmacopea y tapar los portillos por donde la vida humana hace agua, a consecuencia de haber alterado los equilibrios hormonales: antidepresivos y todo tipo de drogas parche.

¿Hay estudios antropológicos que reconozcan la gravedad de este deterioro social?[3] No, porque sus conclusiones supondrían una batazo en las rodillas a las premisas ideológicas liberales modernistas.

Es hora de hacerlo porque la extinción generacional está ahí, a la vuelta de la esquina.

Agosto 2026



[1] Las cosas en el universo tienden al desorden, a la degradación de la energía y a su fatal extinción.

[2] Lanzadles un pescado a las focas y estas aplaudirán y serán felices en su prisión.

[3] En países de Europa continental el fenómeno ya va para la segunda generación. Suecia por ejemplo está irremediablemente condenada a muerte como nación.