Normalmente escribo
contracorriente, y este tema de seguro recibiría tomatazos de todos los
rincones de la galería si fuese universalmente leído y escuchado.
Busco respuesta a la pregunta: ¿Cómo
es posible que los jóvenes de hoy no les interese o rechacen la maternidad y la
paternidad? Es evidente y manifiesto que las mujeres, a la edad que deben ser
madres por imperativo biológico, en general y en promedio no quieren serlo.
Muchas se resuelven discretamente a una edad impropia para ello.
Muchos invocarán “el costo de la
vida”. Pero la vida antaño era infinitamente más precaria económicamente cuando
las familias proliferaban. El argumento queda pues descartado.
¿Estamos acaso como colectividad
humana sometidos fatalmente a la segunda ley de la termodinámica y por
consecuencia a la extinción?[1]
¿Será el fenómeno descrito -generalizado en occidente- una manifestación
antropológica de esta ley de la física?
Nuestra sociedad occidental se deteriora
a ojos vista, en un aspecto tan fundamental como lo es su capacidad para
permanecer en el mundo. Mientras más solidaria es una colectividad humana a los
valores de la modernidad, el fenómeno del envejecimiento de la población es más
agudo. En nuestro Chile, si esta tendencia no cambia de hoy a diez años más,
la extinción de la Nación estará asegurada.
Me pregunto: ¿Cómo es posible que
los jóvenes de hoy, en general y en promedio, no les interese o rechacen la
maternidad y paternidad? Aquí aventuro mi tesis que recibirá el repudio generalizado.
Mi ignorancia en endocrinología es total, pero a través de sucesivas lecturas
en la web, he tomado conocimiento de una ciencia maravillosa porque cuanto más se
profundiza en ella, más y más perplejidad refleja la magnificencia de la obra
de Dios. Hay quienes creen que estos mecanismos biológicos provienen de la azarosa
evolución de selección natural o de la adaptación biológica (Darwin o Lamark). Para
desestimar en esta materia la mano del Creador, hay que tener harta “fe no
científica” en esas teorías científicas, por cuanto ellas son imposibles de
contrastar empíricamente y, yo diría, bastante poco plausibles. Lo digo porque
los mecanismos de equilibrios hormonales son una arquitectura de una
complejidad infinita, que, mientras mejor se estudian, con mayores medios
tecnológicos de investigación, más interrelaciones se descubren en una complejidad,
que parece no tener fin.
Un día, por allá por el año 1951,
Luis Ernesto Miramontes un Mexicano de 26 años, hizo un descubrimiento que, pocos
años después, entre 1957 y 1960, dio lugar al uso masivo de fármacos como
anticonceptivo para las mujeres, mediante el suministro de hormonas sintéticas.
Miramontes fue como en el cuento
de Wolfang Goethe El Aprendiz de
Brujo, a través del cual la humanidad completa adoptó de manera masiva un método
anticonceptivo por vía de la afectación química sintética de uno de los mecanismos
más complejos que conoce la biología – el sistema endocrino-, y hasta hoy
experimenta no en ratas, sino en hembras humanas.
Las consecuencias de dicha proliferación
de uso universal representa a mi juicio el cambio tecnológico más influyente
en la historia de la humanidad, superando a la imprenta, la propulsión a vapor,
la electricidad, la electrónica, la informática e incluso conjeturo, la tan
bullada futura influencia de la inteligencia artificial.
Lo que, a mi modesto saber y
entender, no se ha estudiado con la intensidad que amerita, son las
consecuencias, biológicas, sicológicas, siquiátricas, sociológicas,
antropológicas de su uso. Particularmente los “colateral damage” que al
cuerpo de las mujeres consumidoras y a la convivencia humana, este artilugio ha
provocado.
El Papa Pablo VI en 1968, a
través de la Encíclica Humanae Vitae condenó el uso del fármaco, pero
refiriéndose exclusivamente al peligro de afectación a la institución del matrimonio.
Pero su encíclica se quedó corta porque omitió referirse, porque quizá aún no
se percibía en toda su dimensión, la afectación negativa a la vida biológica y
sicológica de la mujer y sociológica del colectivo humano. Igual, al pobre Papa
le llovieron las pifias y descalificaciones desde fuera y dentro de la Iglesia
por atreverse a poner la proa a este invento “liberador”.
El liberalismo y racionalismo
campante, dueño y señor del relato de la segunda mitad del siglo XX y lo que va
del XXI, recibió como albricia este artilugio como herramienta para la “liberación”
femenina, y así conquistar la igualdad jurídica y material de la mujer, superando con ello el injusto sojuzgamiento al que el hombre habría sometido
desde las cavernas a su compañera de existencia (relato liberal dixit); y lo más
importante: para el mejor funcionamiento de la gigantesca rueda de humster del capitalismo
(y del capitalismo de estado que fue el comunismo) porque permite la integración sin barreras de la mujer al
mundo de la producción y del trabajo fuera del hogar.
En el paroxismo de la borrachera
ideológica, Simonne de Bouvoir y la norteamericana Judith Butler entre otras,
han profundizado este relato donde el ser mujer es un invento social y
jurídico. Esperpento ideológico equivalente a negar los diferentes estados de
la materia. Pero a fuer de repetición, el argumento ha sido el movilizador de
masas por antonomasia[2]
en las últimas décadas.
Existe evidencia científica que
el uso de la píldora desde los primeros años de madurez sexual de la mujer, procedimiento
promovido "a lo bestia" por ONG, Estados Nacionales, ONU, comunidad médica y
medicina pública, deteriora para siempre el desarrollo del complejo entramado
biológico y sicológico de la mujer, que se teje en su sistema endocrino. La
mujer “liberada” desde su primera regla, de las “calamidades” de la maternidad,
se transforma, no en un andrógino que es un ser imaginario que posee los dos
sexos, ni en un aséxulo como las estrellas o esponjas de mar, que tienen la
potestad de perpetuar la especie por sí mismas. Se transforma en algo que no
sabe que es, con necesidades de asistencia sicológica y farmacológica para recuperar
los equilibrios alterados, que la magnífica obra de Dios implantó en su cuerpo.
Pero eso no es todo, en esta
modernidad tardía que describe el mediático filósofo Byung-Chul Han en la Sociedad
del Cansancio se ha desvalorizado el sexo a fuer de liberarlo. Un ambiente
de hastío a tener compañera o compañero permanente, domina el ambiente. La
mujer sobre estrogenizada por los artilugios “liberadores” descritos, resulta poco
o nada interesada en el sexo propiamente tal, lo que gatilla frustraciones
masculinas que optan por sexo casual degradado. Y en el contexto de su vida
afectiva, la mujer pierde importancia para el hombre y vice versa. La prole pues es un vínculo que obliga a
permanecer en pareja indeseada y por ello un estorbo.
Los atavismos del hombre protector
de “su” mujer y de “su” prole, precursores de las virtudes masculinas: fortaleza,
fuerza física, valentía, temple, magnanimidad; se degradan. El hombre se feminiza.
Las virtudes femeninas de conservar la tradición de los usos y costumbres
necesarios para la convivencia, y el sustento afectivo de la prole, se
evaporan.
¿Hay investigaciones
farmacológicas serias que induzcan a recomendar volver a fojas cero en esta
materia, para permitir a la naturaleza obrar conforme las maravillas que Dios
imprimió en ellas? No. Lo que hay son investigaciones para mejorar la farmacopea
y tapar los portillos por donde la vida humana hace agua, a consecuencia de
haber alterado los equilibrios hormonales: antidepresivos y todo tipo de drogas
parche.
¿Hay estudios antropológicos que
reconozcan la gravedad de este deterioro social?[3]
No, porque sus conclusiones supondrían una batazo en las rodillas a las
premisas ideológicas liberales modernistas.
Es hora de hacerlo porque la extinción
generacional está ahí, a la vuelta de la esquina.
Agosto 2026
[1] Las cosas en el universo tienden al desorden, a la
degradación de la energía y a su fatal extinción.
[2] Lanzadles un pescado a las focas y estas aplaudirán y serán
felices en su prisión.
[3] En países de Europa continental el fenómeno ya va para
la segunda generación. Suecia por ejemplo está irremediablemente condenada a muerte
como nación.