viernes, 17 de abril de 2026

A CASI CIEN AÑOS DE LA REBELION DE LAS MASAS (CAP III) EL PODER, LAS MASAS Y LA TECNICA

 

Para aproximarnos a una mayor comprensión de nuestra modernidad tardía, es menester tratar estos tres conceptos, descomponerlos y desmenuzar cada uno de ellos; y una vez aferrados a una, aunque fuere discreta, claridad sobre los mismos, intentar relacionarlos.

Debemos eso sí, tener el coraje de encarar el camino con nuestro cayado, en total soledad aséptica de ciertos hábitos académicos que a veces retardan, y peor aún, nublan el prisma con el que observamos estos fenómenos, deformando su visión. Esto puede sonar a patear el tablero por debajo de la mesa en la ciencia canónica en boga. Quizá así sea, pero lo que nos motiva es un radical respeto por la verdad y no obtener puntaje en una “carrera”.

¿Cuáles son esos hábitos que a mi juicio ocultan una representación nítida del mundo? Uno de ellos es la devoción acrítica por los modelos o principios explicativos. Aquellos, todos ellos, necesariamente derivan o inducen a las ideologías, que son verdaderos patrones, como aquellos de las costureras, en la perspectiva para formarnos un juicio del mundo. Representaciones estáticas de la realidad a las cuales la realidad debe someterse. Y el someterse a la tiranía de los modelos de análisis implícitamente es reconocer la imposibilidad de conocer. El conocimiento valorado en nuestra modernidad tardía es aquel que sirve para hacer, rápido, aquí y ahora. No importa la precisión, lo importante es que funcione como el pistón de un motor. Y si la realidad no encaja con el molde propuesto se deja de lado esa realidad, como en el cajón de sastre dejamos retazos de tela que sobran al cortar el patrón.

Es azorante y sorprendente a la vez, que, en los modelos de análisis al uso, prácticamente soslayan dos de los tres conceptos que nos convocan: la masificación y la técnica. Si no tengo una explicación dentro del patrón de análisis, invisibilizo el fenómeno y ya está.

El segundo vicio, sea por la causa que sea, de buena o mala fe, es confundir el ser del fenómeno, con su deber ser. Quiero decir con esto que solo podremos alumbrar tímidamente – con las limitaciones de la inteligencia humana- estos tres fenómenos y sus relaciones, en la medida que respetemos rigurosamente su ser intrínseco y no nos subamos a la cofa del “deber ser” de las cosas, y disputar o especular respecto de la conducta que debiésemos adoptar respecto de cada uno de ellos. En fácil: hacer una frontera infranqueable - una zanja, ahora que están de moda- entre la ontología y la ética. Esa frontera debe ser infranqueable, mientras no tengamos claridad sobre el ser de estos fenómenos.

Vamos por parte: El poder. El hombre es un animal político. Nace y se hace hombre a través del idioma, creación humana que le permite y le obliga a relacionarse con otros hasta el día de su muerte. En este tránsito se generan relaciones de poder. La voluntad de unos, quiere, desea, aspira, a gobernar la conducta de otros. El fenómeno del poder nos confronta a una realidad hoy tabú. La intrínseca desigualdad humana. En la sociedad humana hay quienes tienen poder y otros que no lo tienen. Hay quienes mandan y otros que obedecen. Hay quienes dicen que son las cosas y otros asumen que así lo son. Ortega decía que él no participaba de un “ideal” aristocrático. Porque la realidad no requiere “ideales”. La realidad indica ineludiblemente que la sociedad es siempre aristocrática. Siempre han mandado los mejores -no digo los más virtuosos- y siempre, pero siempre, mandarán esos mejores. Esto no tiene nada que ver con la cuestión ética de cómo debe ordenarse el Estado moderno: si por una estructura democrática, monárquica o autocrática, anárquica, acrática o lo que sea. Sea cual sea el “modelo” de sociedad aspiracional a la que se ordena un grupo humano, siempre mandarán los más fuertes, inteligentes, habilosos y astutos.

Recuerden: no subirnos a la cofa para predicar lo que debe ser el Estado o la sociedad o la administración del poder. Reconozcamos antes, que el poder significa que una voluntad se dispone a hacer que otros hagan lo que esa voluntad desea que hagan. Las manifestaciones del poder estarán, en la Guerra: Si no haces lo que yo quiero, te hago pebre; La política: si no haces lo que yo quiero tu vida será una miseria; La educación canónica: Si no haces lo que te digo tu vida será peor de lo que podría ser; La religión: si no obedeces las leyes que yo digo que son las leyes de Dios, Él te castigará o te reencarnarás en un caracol.

Cuando nuestra Constitución dice que, los hombres nacen iguales en dignidad y derechos, no está predicando una verdad descriptiva sino una verdad prescriptiva. Esto es muy, pero muy importante de distinguir.

Y aquí conviene detenernos en el análisis de una herramienta que para el hombre moderno es tan omnipresente, que la percibimos como parte de la naturaleza, en circunstancias que es solo una invención técnica: El Estado.

El Estado moderno es una máquina maravillosa dotada de miles de brazos. Por definición el Estado existe para detentar el poder. Pero por muy perfecto y totalitario que sea esa máquina, tiene solo una porción del poder. Es decir, el Estado según cómo se constituya, aspira a detentar ese poder que se arroga para el mejor funcionamiento de la sociedad, pero no siempre lo detenta. Y esto es particularmente relevante porque cuando crucemos el fenómeno del poder, con el fenómeno de la técnica, percibiremos que esta última, de facto, de hecho, engulle porciones de poder formal del Estado sin que la mayoría tome razón de ello.

Vamos por lo segundo: La masificación del hombre contemporáneo. Esto no es una realidad intrínseca a la polis en todo tiempo y lugar. La técnica existe desde el hombre de las cavernas. Pero su influencia en el ordenamiento (o desordenamiento) de la polis, es un fenómeno moderno. Y los hombres de la modernidad somos y padecemos la masificación de la sociedad. Aunque nos percibamos como hombres libres y autónomos, como en la canción del charro Fernández: con dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero, y mi palabra es la ley. Queramos o no, estamos en menor o mayor medida, formateados por este fenómeno de la sociedad de masas.

El “descubridor” del fenómeno es nuestro filósofo Ortega y Gasset o más bien, quien lo perfiló en toda su precisión y sus consecuencias. Para ello, nada mejor que transcribir dos párrafos que él mismo escribió:

Ningún ser humano agradece a otro el aire que respira, porque el aire no ha sido fabricado por nadie: pertenece al conjunto de lo que "está ahí", de lo que decimos "es natural", porque no falta. Mi tesis es, pues, esta: la perfección misma con que la modernidad ha dado una organización a ciertos órdenes de la vida, es origen de que las masas beneficiarias no la consideren como organización, sino como naturaleza.

Esto nos lleva a apuntar en el diagrama psicológico del hombre-masa, la libre expansión de sus deseos vitales - por lo tanto, de su persona - y la radical ingratitud hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia. Suena familiar ¿no?

Su obra La Rebelión de las Masas, tiene trece capítulos. Cada uno son las piedras con las que hace un arco conceptual. La piedra angular es la síntesis expresada en los dos párrafos precedentes. Para entender en su magnitud lo expresado, imploro al lector de estas letras, la lectura total de la obra. No comentarios, porque Ortega ha sido mal interpretado por tirios y troyanos, sin embargo, fue él quien anticipó una realidad que yo diría solo se materializó mucho después.[1]

Ortega No analizó solo un fenómeno prexistente de su tiempo, sino una tendencia. Y la evolución de esa tendencia la marca el último de los fenómenos que atenderemos que es la técnica, tratado por el filósofo español en su obra Meditaciones sobre la Técnica que vio la luz en cursos impartidos desde 1930.

He explorado la bibliografía sobre filosofía analítica de la técnica en otros autores, pero, de lo que conozco incluido el sacrosanto Heidegger, solo Ortega trata del fenómeno sin afanes prescriptivos, nostalgias tradicionalistas o denuncias escatológicas. Y lo más importante: solo Ortega nos entrega herramientas para salir humanamente de este laberinto.

Sabido es que el hombre es un animal técnico, que la técnica, al igual que la lengua, -fenómeno que es una de tantas expresiones de la técnica- se construye a través de la cooperación asociativa de siglos de ciencia humana entendida esta como conocimiento abstracto de la fenomenología del mundo.

Pero a partir de la ilustración, la aceleración en la incorporación de conocimientos en la ciencia se hace vertiginosa y los saltos tecnológicos de la humanidad también. Y es a partir de la ilustración cuando la técnica pasa a ser una cosa con poder. Hablo de una cosa, creada por el hombre pero que el hombre deja funcionar y adquiere una dinámica propia en virtud de la cual formatea la vida de la polis. Una cosa que no es natural, que es artificio creado por el hombre, pero que adquiere una dinámica cual ectoplasma dotado de voluntad propia, que tensiona las voluntades humanas al punto de torcerlas.

Cuando Ortega escribió sus Meditaciones sobre la Técnica, ni remotamente podía preverse el vértigo que han adquirido estos saltos de la humanidad en la segunda mitad del siglo XX y del primer cuarto de siglo XXI. Por eso, más que nunca es preciso poner atención a sus ideas. Porque es en Ortega donde podemos encontrar la llave de este laberinto.

La primera premisa orteguiana es la que él denomina La altura de los tiempos. Nadie puede influir en una época si no está a la altura de su tiempo. El remedio para el mundo contemporáneo no lo encontraremos en la Grecia agonal como pretende Nietzsche, ni en el heroísmo o santidad de la hispanidad, ni en las prescripciones de hombres santos que no vivieron nuestra circunstancia. El heroísmo y la santidad de hoy, de nuestra circunstancia vital, se deben construir a la altura de estos tiempos. Usando del arcano de conocimientos y ciencia acumulada por la tradición, pero referida a las circunstancias contingentes.

Y pondré dos ejemplos de artilugios técnicos que hoy tienen de cabeza a la humanidad y estimo que muy pocos ponderan en que grado.

El primero de ellos nacido por allá por los años 1960 a 1963 fue la píldora anticonceptiva. Ese invento cambio la forma de relacionarnos porque cambió el rol de la mujer en la sociedad y la consecuencia fue que cambió el rol de la familia en los individuos que la formaban. Y al cambiar la forma en que se relacionan los individuos de una familia, descoyuntó y sacó de quicio los roles sociales de hombres, mujeres, jóvenes y niños. La masculinidad cambió, la feminidad cambió, la juventud cambió y la niñez lo mismo.

Lo azorante es que cambió sin una regla ordenadora que respete antropológicamente el ser de esas entidades. Por el contrario, las consecuencias de la cosa técnica -la píldora- fue usada para destruir un orden social sin otro que lo sustituya respetuoso de la naturaleza de ser varón, ser hembra, ser joven o ser niño. La Iglesia Católica no estuvo a la altura de los tiempos cuando pretendió prohibir el artilugio. No ha surgido digo una ética sustituta que permita administrar humanamente esta técnica. Las banderas de la “liberación sexual” que fueron posibles gracias a la píldora fue en la práctica dinamitar la sexualidad especialmente femenina pero también masculina. Había roles normados en siglos y siglos de evolución humana que quedaron, con un rezago de pocas décadas, arrasadas y aun no construimos una conciencia del autocontrol y obligaciones que le caben a la mujer, al hombre, al joven y al niño, con relación a esto.

Esta confusión ha comportado el error de carácter biológico que ha causado grandes perjuicios. Se ha pasado por alto que la fertilidad femenina está vinculada a su estructura biológica pero también espiritual y conectada a una serie de mecanismos de desarrollo extra sexual femenino, que hoy no se respetan, generando un caos sicológico y social de proporciones no mensuradas hasta ahora. Un ejemplo de este des-orden, de muchos, es pasar por alto la edad en que la mujer está preparada para ser madre y la edad en que no está preparada para serlo. Esa norma inscrita en el ser de la fisiología humana, no se respeta y los hábitos y costumbre post píldora, en vez de ayudar a la vida cooperativa, avivan conflictos internos e interpersonales. Lo que es el hombre lo que es la mujer, se hecha a la espalda por obra de un artilugio que genera beneficios aparentes y visibles generando una estela de perjuicios que generan un caos social, que aún no se relacionan explícitamente con la píldora. Normar la vida conforme a la naturaleza de las cosas se llama civilización. Quebrar las normas conforme a esa naturaleza se llama barbarie. La píldora anticonceptiva ha barbarizado la sociedad.

Pero no por ella misma sino por la incapacidad de nuestras normas de adaptarnos a ella, de convivir con este artilugio. Porque el sostenimiento o la reconstrucción de la familia como célula básica de la sociedad debe contar con la liberación femenina. Debe contar con la mujer capaz de administrar su sexualidad.

Esa es la tarea de los tiempos: reconocer una nueva masculinidad y una nueva feminidad. Roles nuevos para una institución eterna que es la familia. Porque la familia es el medio único para darle continuidad a la humanidad y a la civilización. Su destrucción, como pretende cierto sector, es el llamado de la barbarie.

El segundo de ellos es la tecnología de las comunicaciones. El Estado administró tradicionalmente el relato con el cual la colectividad se ordenaba. ¿cómo pudo hacerlo?: Administrando los medios de emisión del mensaje. La humanidad hasta casi el cambio de siglo se dividió en una elite emisora del relato por el cual la sociedad se ordenaba y una población pasiva, receptora de la emisión del relato. Hágase una revisión de todas y cada una de las instituciones sociales, y tendremos que estas se componían de un emisor y muchos receptores. El Estado, la Iglesia, las organizaciones intermedias como municipios, sindicatos, asociaciones, y un largo etcétera. Siempre una élite emisora y una masa receptora.

Hoy, el nivel de conflictividad se ha elevado a la potencia porque los que tradicionalmente obedecían se sienten a través de los artilugios tecnológicos como smartphones y redes sociales, dotados de una potencia que no saben administrar y que en occidente es causa de un caos visible o larvado.

¿Qué hacer para neutralizar el poder de los que no deben tenerlo? Algunos núcleos de poder globalista han pretendido usar y abusar del miedo y los métodos de comunicación totalitarios, que harían sonrojar de vergüenza al mismísimo Joseph Goebbels. Es decir: aplastar la libertad de las conciencias a lo bestia.

Yo no tengo la respuesta a este novísimo fenómeno. Pero lo que es claro es que la colectividad debe buscar una fórmula para que el poder recupere la legitimidad respetando la libertad de las conciencias.

Un ejemplo de laboratorio es el fenómeno social de El Salvador: Un grupo organizado perverso y delictual en base a su capacidad de conectarse tecnológicamente cooptó la pequeña sociedad salvadoreña. El método de pacificación del presidente Bukele ha sido eficaz y el único posible en aquel estado de cosas, pero su extrapolación a sociedades más numerosas y complejas es prácticamente imposible. La neutralización de los grupos perversos que generen el caos debe ser neutralizado tecnológicamente. Son decisiones que pueden tener un tufo a totalitarismo al estilo chino. Pero algo hay que hacer al respecto.

Los dos ejemplos que he señalado dan cuenta que los dilemas de la sociedad tecnológica de masas, son complejos y urgentes de abordar. Superan largamente en complejidad e intensidad, los dilemas que están en el debate público tales como más o menos presencia estatal, o más o menos libertad económica. Esos dilemas existen y su debate es legítimo y necesario. Pero sucede a menudo que están dentro del fenómeno de la creciente masificación de la vida, que amenaza con deshumanizar o barbarizar al hombre contemporáneo.

abril de 2026



[1] con la revolución cultural de Mao de 1966, con la rebelión juvenil de 1968, y su primavera de París, revolución de las flores de California y otros desatinos a lo ancho del mundo occidental. Y a partir de las rebeliones de 2011 en adelante en Chile, Francia, México, EE. UU.; la importancia analítica de la obra resulta crucial.

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