Para aproximarnos a una mayor
comprensión de nuestra modernidad tardía, es menester tratar estos tres
conceptos, descomponerlos y desmenuzar cada uno de ellos; y una vez
aferrados a una, aunque fuere discreta, claridad sobre los mismos, intentar
relacionarlos.
Debemos eso sí, tener el coraje
de encarar el camino con nuestro cayado, en total soledad aséptica de ciertos
hábitos académicos que a veces retardan, y peor aún, nublan el prisma con el
que observamos estos fenómenos, deformando su visión. Esto puede sonar a patear
el tablero por debajo de la mesa en la ciencia canónica en boga. Quizá así
sea, pero lo que nos motiva es un radical respeto por la verdad y no obtener
puntaje en una “carrera”.
¿Cuáles son esos hábitos que a mi
juicio ocultan una representación nítida del mundo? Uno de ellos es la devoción
acrítica por los modelos o principios explicativos. Aquellos, todos
ellos, necesariamente derivan o inducen a las ideologías, que son verdaderos
patrones, como aquellos de las costureras, en la perspectiva para formarnos un
juicio del mundo. Representaciones estáticas de la realidad a las cuales la
realidad debe someterse. Y el someterse a la tiranía de los modelos de
análisis implícitamente es reconocer la imposibilidad de conocer. El
conocimiento valorado en nuestra modernidad tardía es aquel que sirve para
hacer, rápido, aquí y ahora. No importa la precisión, lo importante es que
funcione como el pistón de un motor. Y si la realidad no encaja con el molde
propuesto se deja de lado esa realidad, como en el cajón de sastre dejamos
retazos de tela que sobran al cortar el patrón.
Es azorante y sorprendente a la
vez, que, en los modelos de análisis al uso, prácticamente soslayan dos de
los tres conceptos que nos convocan: la masificación y la técnica. Si no
tengo una explicación dentro del patrón de análisis, invisibilizo el fenómeno y
ya está.
El segundo vicio, sea por la
causa que sea, de buena o mala fe, es confundir el ser del fenómeno, con su
deber ser. Quiero decir con esto que solo podremos alumbrar tímidamente – con
las limitaciones de la inteligencia humana- estos tres fenómenos y sus
relaciones, en la medida que respetemos rigurosamente su ser intrínseco y no
nos subamos a la cofa del “deber ser” de las cosas, y disputar o
especular respecto de la conducta que debiésemos adoptar respecto de cada uno
de ellos. En fácil: hacer una frontera infranqueable - una zanja, ahora que
están de moda- entre la ontología y la ética. Esa frontera debe ser
infranqueable, mientras no tengamos claridad sobre el ser de estos fenómenos.
Vamos por parte: El poder.
El hombre es un animal político. Nace y se hace hombre a través del idioma,
creación humana que le permite y le obliga a relacionarse con otros hasta el
día de su muerte. En este tránsito se generan relaciones de poder. La voluntad
de unos, quiere, desea, aspira, a gobernar la conducta de otros. El fenómeno
del poder nos confronta a una realidad hoy tabú. La intrínseca desigualdad
humana. En la sociedad humana hay quienes tienen poder y otros que no lo
tienen. Hay quienes mandan y otros que obedecen. Hay quienes dicen que son las
cosas y otros asumen que así lo son. Ortega decía que él no participaba de un
“ideal” aristocrático. Porque la realidad no requiere “ideales”. La realidad indica
ineludiblemente que la sociedad es siempre aristocrática. Siempre han
mandado los mejores -no digo los más virtuosos- y siempre, pero siempre,
mandarán esos mejores. Esto no tiene nada que ver con la cuestión ética de cómo
debe ordenarse el Estado moderno: si por una estructura democrática, monárquica
o autocrática, anárquica, acrática o lo que sea. Sea cual sea el “modelo” de
sociedad aspiracional a la que se ordena un grupo humano, siempre mandarán los más
fuertes, inteligentes, habilosos y astutos.
Recuerden: no subirnos a la cofa
para predicar lo que debe ser el Estado o la sociedad o la
administración del poder. Reconozcamos antes, que el poder significa que una
voluntad se dispone a hacer que otros hagan lo que esa voluntad desea que hagan.
Las manifestaciones del poder estarán, en la Guerra: Si no haces lo que yo
quiero, te hago pebre; La política: si no haces lo que yo quiero tu vida
será una miseria; La educación canónica: Si no haces lo que te digo tu
vida será peor de lo que podría ser; La religión: si no obedeces las
leyes que yo digo que son las leyes de Dios, Él te castigará o te reencarnarás
en un caracol.
Cuando nuestra Constitución dice que,
los hombres nacen iguales en dignidad y derechos, no está predicando una verdad
descriptiva sino una verdad prescriptiva. Esto es muy, pero muy importante de
distinguir.
Y aquí conviene detenernos en el
análisis de una herramienta que para el hombre moderno es tan
omnipresente, que la percibimos como parte de la naturaleza, en circunstancias
que es solo una invención técnica: El Estado.
El Estado moderno es una máquina
maravillosa dotada de miles de brazos. Por definición el Estado existe para
detentar el poder. Pero por muy perfecto y totalitario que sea esa máquina, tiene
solo una porción del poder. Es decir, el Estado según cómo se constituya,
aspira a detentar ese poder que se arroga para el mejor funcionamiento de la
sociedad, pero no siempre lo detenta. Y esto es particularmente relevante porque
cuando crucemos el fenómeno del poder, con el fenómeno de la técnica,
percibiremos que esta última, de facto, de hecho, engulle porciones de poder
formal del Estado sin que la mayoría tome razón de ello.
Vamos por lo segundo: La
masificación del hombre contemporáneo. Esto no es una realidad intrínseca a
la polis en todo tiempo y lugar. La técnica existe desde el hombre de las
cavernas. Pero su influencia en el ordenamiento (o desordenamiento) de la
polis, es un fenómeno moderno. Y los hombres de la modernidad somos y padecemos
la masificación de la sociedad. Aunque nos percibamos como hombres libres y autónomos,
como en la canción del charro Fernández: con dinero y sin dinero, hago
siempre lo que quiero, y mi palabra es la ley. Queramos o no, estamos en
menor o mayor medida, formateados por este fenómeno de la sociedad de masas.
El “descubridor” del fenómeno es
nuestro filósofo Ortega y Gasset o más bien, quien lo perfiló en toda su
precisión y sus consecuencias. Para ello, nada mejor que transcribir dos
párrafos que él mismo escribió:
Ningún ser humano agradece a
otro el aire que respira, porque el aire no ha sido fabricado por nadie:
pertenece al conjunto de lo que "está ahí", de lo que decimos
"es natural", porque no falta. Mi tesis es, pues, esta: la
perfección misma con que la modernidad ha dado una organización a ciertos
órdenes de la vida, es origen de que las masas beneficiarias no la consideren
como organización, sino como naturaleza.
Esto nos lleva a apuntar en el
diagrama psicológico del hombre-masa, la libre expansión de sus deseos vitales -
por lo tanto, de su persona - y la radical ingratitud hacia cuanto ha
hecho posible la facilidad de su existencia. Suena familiar ¿no?
Su obra La Rebelión de las
Masas, tiene trece capítulos. Cada uno son las piedras con las que hace un
arco conceptual. La piedra angular es la síntesis expresada en los dos párrafos
precedentes. Para entender en su magnitud lo expresado, imploro al lector de
estas letras, la lectura total de la obra. No comentarios, porque Ortega ha
sido mal interpretado por tirios y troyanos, sin embargo, fue él quien anticipó
una realidad que yo diría solo se materializó mucho después.[1]
Ortega No analizó solo un
fenómeno prexistente de su tiempo, sino una tendencia. Y la evolución de esa
tendencia la marca el último de los fenómenos que atenderemos que es la técnica,
tratado por el filósofo español en su obra Meditaciones sobre la Técnica
que vio la luz en cursos impartidos desde 1930.
He explorado la bibliografía
sobre filosofía analítica de la técnica en otros autores, pero, de lo que
conozco incluido el sacrosanto Heidegger, solo Ortega trata del fenómeno sin
afanes prescriptivos, nostalgias tradicionalistas o denuncias escatológicas. Y lo
más importante: solo Ortega nos entrega herramientas para salir humanamente de
este laberinto.
Sabido es que el hombre es un
animal técnico, que la técnica, al igual que la lengua, -fenómeno que es una de
tantas expresiones de la técnica- se construye a través de la cooperación
asociativa de siglos de ciencia humana entendida esta como conocimiento
abstracto de la fenomenología del mundo.
Pero a partir de la ilustración,
la aceleración en la incorporación de conocimientos en la ciencia se hace
vertiginosa y los saltos tecnológicos de la humanidad también. Y es a partir de
la ilustración cuando la técnica pasa a ser una cosa con poder. Hablo de una
cosa, creada por el hombre pero que el hombre deja funcionar y adquiere una
dinámica propia en virtud de la cual formatea la vida de la polis. Una cosa que
no es natural, que es artificio creado por el hombre, pero que adquiere una
dinámica cual ectoplasma dotado de voluntad propia, que tensiona las voluntades
humanas al punto de torcerlas.
Cuando Ortega escribió sus Meditaciones
sobre la Técnica, ni remotamente podía preverse el vértigo que han
adquirido estos saltos de la humanidad en la segunda mitad del siglo XX y del primer
cuarto de siglo XXI. Por eso, más que nunca es preciso poner atención a sus
ideas. Porque es en Ortega donde podemos encontrar la llave de este laberinto.
La primera premisa orteguiana es
la que él denomina La altura de los tiempos. Nadie puede influir en una
época si no está a la altura de su tiempo. El remedio para el mundo
contemporáneo no lo encontraremos en la Grecia agonal como pretende Nietzsche,
ni en el heroísmo o santidad de la hispanidad, ni en las prescripciones de
hombres santos que no vivieron nuestra circunstancia. El heroísmo y la santidad
de hoy, de nuestra circunstancia vital, se deben construir a la altura de estos
tiempos. Usando del arcano de conocimientos y ciencia acumulada por la
tradición, pero referida a las circunstancias contingentes.
Y pondré dos ejemplos de
artilugios técnicos que hoy tienen de cabeza a la humanidad y estimo que muy
pocos ponderan en que grado.
El primero de ellos nacido por
allá por los años 1960 a 1963 fue la píldora anticonceptiva. Ese invento
cambio la forma de relacionarnos porque cambió el rol de la mujer en la
sociedad y la consecuencia fue que cambió el rol de la familia en los
individuos que la formaban. Y al cambiar la forma en que se relacionan los
individuos de una familia, descoyuntó y sacó de quicio los roles sociales de
hombres, mujeres, jóvenes y niños. La masculinidad cambió, la feminidad cambió,
la juventud cambió y la niñez lo mismo.
Lo azorante es que cambió sin una
regla ordenadora que respete antropológicamente el ser de esas entidades. Por
el contrario, las consecuencias de la cosa técnica -la píldora- fue usada para
destruir un orden social sin otro que lo sustituya respetuoso de la naturaleza
de ser varón, ser hembra, ser joven o ser niño. La Iglesia Católica no estuvo a
la altura de los tiempos cuando pretendió prohibir el artilugio. No ha
surgido digo una ética sustituta que permita administrar humanamente esta
técnica. Las banderas de la “liberación sexual” que fueron posibles gracias a
la píldora fue en la práctica dinamitar la sexualidad especialmente femenina
pero también masculina. Había roles normados en siglos y siglos de evolución
humana que quedaron, con un rezago de pocas décadas, arrasadas y aun no
construimos una conciencia del autocontrol y obligaciones que le caben a la
mujer, al hombre, al joven y al niño, con relación a esto.
Esta confusión ha comportado el error
de carácter biológico que ha causado grandes perjuicios. Se ha pasado por alto
que la fertilidad femenina está vinculada a su estructura biológica pero
también espiritual y conectada a una serie de mecanismos de desarrollo extra
sexual femenino, que hoy no se respetan, generando un caos sicológico y social
de proporciones no mensuradas hasta ahora. Un ejemplo de este des-orden, de
muchos, es pasar por alto la edad en que la mujer está preparada para ser madre
y la edad en que no está preparada para serlo. Esa norma inscrita en el ser de
la fisiología humana, no se respeta y los hábitos y costumbre post píldora, en
vez de ayudar a la vida cooperativa, avivan conflictos internos e
interpersonales. Lo que es el hombre lo que es la mujer, se hecha a la espalda
por obra de un artilugio que genera beneficios aparentes y visibles generando
una estela de perjuicios que generan un caos social, que aún no se relacionan explícitamente
con la píldora. Normar la vida conforme a la naturaleza de las cosas se llama
civilización. Quebrar las normas conforme a esa naturaleza se llama barbarie.
La píldora anticonceptiva ha barbarizado la sociedad.
Pero no por ella misma sino por
la incapacidad de nuestras normas de adaptarnos a ella, de convivir con este
artilugio. Porque el sostenimiento o la reconstrucción de la familia como
célula básica de la sociedad debe contar con la liberación femenina. Debe
contar con la mujer capaz de administrar su sexualidad.
Esa es la tarea de los tiempos:
reconocer una nueva masculinidad y una nueva feminidad. Roles nuevos para una
institución eterna que es la familia. Porque la familia es el medio único para
darle continuidad a la humanidad y a la civilización. Su destrucción, como
pretende cierto sector, es el llamado de la barbarie.
El segundo de ellos es la
tecnología de las comunicaciones. El Estado administró tradicionalmente el
relato con el cual la colectividad se ordenaba. ¿cómo pudo hacerlo?:
Administrando los medios de emisión del mensaje. La humanidad hasta casi el
cambio de siglo se dividió en una elite emisora del relato por el cual la
sociedad se ordenaba y una población pasiva, receptora de la emisión del
relato. Hágase una revisión de todas y cada una de las instituciones sociales,
y tendremos que estas se componían de un emisor y muchos receptores. El Estado,
la Iglesia, las organizaciones intermedias como municipios, sindicatos,
asociaciones, y un largo etcétera. Siempre una élite emisora y una masa
receptora.
Hoy, el nivel de conflictividad
se ha elevado a la potencia porque los que tradicionalmente obedecían se
sienten a través de los artilugios tecnológicos como smartphones y redes
sociales, dotados de una potencia que no saben administrar y que en occidente es
causa de un caos visible o larvado.
¿Qué hacer para neutralizar el
poder de los que no deben tenerlo? Algunos núcleos de poder globalista han
pretendido usar y abusar del miedo y los métodos de comunicación totalitarios,
que harían sonrojar de vergüenza al mismísimo Joseph Goebbels. Es decir:
aplastar la libertad de las conciencias a lo bestia.
Yo no tengo la respuesta a este
novísimo fenómeno. Pero lo que es claro es que la colectividad debe buscar una
fórmula para que el poder recupere la legitimidad respetando la libertad de las
conciencias.
Un ejemplo de laboratorio es el
fenómeno social de El Salvador: Un grupo organizado perverso y delictual en
base a su capacidad de conectarse tecnológicamente cooptó la pequeña sociedad
salvadoreña. El método de pacificación del presidente Bukele ha sido eficaz y
el único posible en aquel estado de cosas, pero su extrapolación a sociedades
más numerosas y complejas es prácticamente imposible. La neutralización de los
grupos perversos que generen el caos debe ser neutralizado tecnológicamente.
Son decisiones que pueden tener un tufo a totalitarismo al estilo chino. Pero
algo hay que hacer al respecto.
Los dos ejemplos que he señalado
dan cuenta que los dilemas de la sociedad tecnológica de masas, son complejos y
urgentes de abordar. Superan largamente en complejidad e intensidad, los
dilemas que están en el debate público tales como más o menos presencia
estatal, o más o menos libertad económica. Esos dilemas existen y su debate es
legítimo y necesario. Pero sucede a menudo que están dentro del fenómeno de la
creciente masificación de la vida, que amenaza con deshumanizar o barbarizar al
hombre contemporáneo.
abril de 2026
[1]
con la revolución cultural de Mao de 1966, con la
rebelión juvenil de 1968, y su primavera de París, revolución de las flores de
California y otros desatinos a lo ancho del mundo occidental. Y a partir de las
rebeliones de 2011 en adelante en Chile, Francia, México, EE. UU.; la
importancia analítica de la obra resulta crucial.
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