LA “DESMASIFICACION” DEL HOMBRE CONTEMPORANEO. LA MADRE DE TODAS LAS BATALLAS
Una de las consecuencias de ver
el mundo desde una perspectiva inmanente, olvidando la esencia trascendente del
hombre, es la proliferación de visiones críticas a la realidad contingente, que
no ofrecen orilla a la atribulada alma del hombre contemporáneo. Algo de
eso tiene, lo que se ha dado en llamar la Nueva Derecha, nacida (como
tantos caminos hacia el abismo) en la Francia post moderna. Ser intelectual pareciera
querer decir, denunciar desdeñosamente la realidad, poniéndose en un plano de
superioridad escéptico a su influencia.
Philippe Muray, lúcido integrante
de esa Nouveau Droite siguiendo las consecuencias del fenómeno denunciado
por Ortega, desarrolló el concepto del Homo Festivus. Los puntos clave
de su tesis son: 1) La "Festivización" de la Sociedad:
Muray afirma que ya no existen ciudades ni ciudadanos, sino espacios de eventos
donde la fiesta se ha vuelto totalitaria. Todo aspecto de la vida
debe ser divertido, lúdico o "festivizado" para ser aceptable. 2) El
Imperio del Bien: Describe un sistema de pensamiento único que impone una
moralidad infantil y optimista. El Homo festivus es el habitante de
este imperio: un ser que rechaza cualquier forma de negatividad, tragedia o
profundidad histórica, prefiriendo vivir en un presente eufórico y vacío. 3) El
Infantilismo y Ocio: El autor critica la adoración de la juventud y
la transformación del adulto en un niño grande que consume entretenimiento
estandarizado. Para Muray, el ocio no es una liberación, sino una forma
de adiestramiento de las masas bajo la apariencia de libertad. 4) El
desprecio por la Historia: El Homo festivus vive en una amnesia
voluntaria. Al eliminar el pasado y sus complejidades, la sociedad se convierte
en un "parque temático" donde no ocurre nada realmente nuevo, solo la
repetición de ritos de consumo disfrazados de rebeldía. 5) La corrección
Política: Muray ve la corrección política como el brazo censor de esta
fiesta perpetua, que persigue cualquier asomo de ironía, conflicto o verdad que
pueda "arruinar la celebración".
Siendo completamente lúcidas las
tesis descritas en el párrafo anterior, conforman una condenación del lector/auditor
a la visión de esta debacle, con un dejo de victimización pasiva como la del
tango: “la vida fue y será una porquería ya lo ve”. Porque ¿Cuáles son
las opciones de praxis que un mundo materialista ofrece a un joven que descubre
estas realidades sin la clave que pasaré a señalar? Dos y nada más que dos: La
revolución, esto es la sustitución violenta del orden social (con violencia
activa o pasiva como lo hace la nueva izquierda integrada por feministas y bolas
tristes) o la actitud individualista de encerrarse cada uno en su catacumba
personal, familiar o religiosa y dejar que el mundo se caiga a pedazos. La
catacumba es una metáfora para referir un encierro dentro de un fanal donde lo
apestoso de un mundo sin ética, sin estética, sin bondad, sin belleza; te
permita vivir sin su contaminación.
Ambas opciones están destinadas
al fracaso. Los órdenes de magnitud de un mundo desacralizado, feo, sin bondad;
son de tal magnitud, que su pestilencia llegará y contaminará a revolucionarios
y catecúmenos.
¿Cuál es la falencia en la tesis
de Muray? Pues dejar sin explorar la causa basal de este mundo horrendo de la
sociedad de masas. ¿Y cual es la causa basal de la masificación? Pues la
deshumanización del hombre que renuncia a la soledad de su ego y a la
realidad de la alteridad con otros egos. Somos lanzados a la existencia
como sintetiza Heidegger sin voluntad para estar en el mundo. Y de ahí nace la
necesidad de relacionar nuestro ego con los otros egos. ¿Y cual es esa fórmula
de relación que la revelación cristiana “descubrió”? Pues la conducta
personal para con el mundo, para con los otros egos.
La madre se entrega cien por
ciento a la criatura que trae al mundo. Por instinto de supervivencia evolutivo
el bebé también se apega a ese otro ego para su “estar en el mundo”. Pero cuando
el homo sapiens se ve autovalente, el dilema es tener la voluntad y disposición
de cuidar, respetar y proteger a los demás egos que circulan u orbitan sobre
nuestro ego, u obrar como lo hacen los animales y el hombre masa.
El mensaje de la revelación cristiana
tuvo ese mérito: señalar que la humanización del hombre viene imperativamente
condicionada por la capacidad de amar al prójimo como a uno mismo. No tolerarlo
o soportarlo, amarlo. Esa es lo que Ortega denomina la eligentia, matriz
del vocablo elegancia, condición necesaria de la nobleza de espíritu, aquella que
obliga: nobleza obliga. Esa es la condición necesario y yo diría
suficiente, para superar la sociedad de masas.
El fenómeno de la sociedad de masas no es necesariamente
inducido por el fenómeno del poder político. Este fenómeno del poder, da cuenta
que en la sociedad siempre han existido, existen y existirán quienes mandan y
quienes obedecen. El fenómeno de la masificación es más bien hijo de la técnica
moderna y el poder se ha aprovechado de la simplicidad con que puede manejar a
las masas a través de los mecanismos de la técnica moderna. En dos palabras:
que seas un hombre masificado no es un problema fatal que se te haya impuesto.
Es una conducta que tú puedes superar.
La desmasificación de la sociedad es la madre de todas las
batallas. El soberano justo prudente, fuerte y ecuánime debe velar por que sus
súbditos cultiven el señorío sobre sus vidas y la nobleza sobre los demás. La
fórmula para desmasificar la sociedad contemporánea es estructurar una sociedad
sobre los deberes y no sobre los derechos. Como se ve, una voltereta copernicana.
Socialismo y capitalismo son palabrejas añejas, gastadas y
que no traen remedio a los males que nos aquejan. El dilema es una sociedad de
masas o una sociedad de señores.
Marzo 2026
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