jueves, 11 de marzo de 2021

FEMINISMO Y OTROS VICTIMISMOS

 

Somos lanzados a la existencia por un designio de alguien que no somos nosotros. Nadie pidió nacer. A diferencia de los tiburones y de las esponjas, nacemos en el seno de una mujer. A diferencia de la mayoría de los mamíferos, nuestro desarrollo a los nueve meses de gestación es sumamente precario e incompleto. Muchas madres mamíferas deben esforzarse para que su prole sobreviva, pero en el caso de la mujer aquello es muchísimo más rudo. El bípedo con una enorme cabeza que ha parido es de tal modo incapaz de valerse por sí mismo, que debe esa madre esforzarse largos meses para que luego de tres años o más, pueda su fruto tener algunas conductas autovalentes. A diferencia se sus compañeras de existencia mamíferas, ella deberá además velar largos años para que esta precaria criatura sea efectivamente autovalente. En resumen: sin que nadie nos haya consultado nuestra opinión vemos la luz y respiramos, y nuestra vida inicialmente – y por un largo período de tiempo - depende del cumplimiento de una obligación de un tercero que por lo general es el mismo ser humano que nos parió.

La naturaleza nos condiciona a la circunstancia descrita y esta celular comunidad madre hijo, para que el género humano prospere y se expanda como lo ha hecho en la faz de la tierra, se debe replicar en una comunidad algo mayor y más compleja: la familia nuclear. El macho, al igual que en otras especies, pero con obligaciones mucho más severas y extensas en el tiempo, debe velar que esa pareja básica de madre e hijo pueda sobrevivir proveyendo lo necesario para su existencia. Así pues, nació la institución jurídica de la familia; de una obligación natural, condición de posibilidad de la vida de la criatura y de la madre, se formuló la obligación jurídica. Algo menos relevante que la obligación de la madre, la del padre o del pater familia, es la condición de posibilidad de la prosperidad y mejor desarrollo de esa criatura parida por esa madre atareada en su sobrevivencia.

A mayor complejidad, para que esa criatura, esa mujer y ese macho proveedor, pudiesen efectuar las acciones necesarias para su subsistencia y prosperidad, los otros machos y núcleos familiares debieron abstenerse de robar sus alimentos y bienes, matar a la criatura y saciar su apetito sexual en la hembra que está concentrada en que ese crio sobreviva. Nace pues la comunidad que llamamos sociedad, cruzada por obligaciones jurídicas de respeto a esos bienes de cada núcleo familiar.

Esta esquemática y fragmentaria genealogía de la sociedad no resultaría fácil de refutarla si viviésemos en un estado de naturaleza, es decir una condición primigenia de total y absoluta ausencia de las cosas, aparatos, instituciones y facilidades en general, que el hombre se ha proveído a través de la historia en forma acumulativa, y que hoy nos acompañan al punto de pasar por alto y hasta olvidarnos lo que nativamente somos. En pocas palabras; si no existiese la técnica nuestra representación del mundo sería otra, mucho más cercana a la genealogía descrita en los párrafos precedentes.

La palabra enajenación en una de sus acepciones significa distracción, falta de atención, embeleso; y en otra de sus acepciones significa estado mental, temporal o permanente, de quien no es responsable de sus actos. La realidad es una cosa y nuestra representación de la realidad otra. La identidad entre una y otra dependerá de cuan atento y consciente se encuentre el receptor quien percibe esa realidad. El mundo artificial que la técnica inventada por el hombre ha creado en nuestro contorno inmediato exige un esfuerzo del receptor atento y consciente, por formarse una representación de la realidad más cercana al mundo real. La falta de atención y embeleso en el mundo técnico y artificial que nos rodea, nos puede enajenar de la realidad primigenia.

A partir de la sexta década del siglo pasado – un segundo en la historia del mundo y un minuto en la historia del hombre – surgió un artilugio que se denominó, la píldora anticonceptiva. El astuto ser humano creo este ardid para hacerlecual torero, una verónica a la naturaleza; en particular a una de las circunstancias más poderosas de la naturaleza: el sexo. La mujer entonces tuvo la posibilidad de administrar su sexualidad de una forma que la eximía de las obligaciones de la maternidad cuando ella no se encontrase dispuesta a asumir dicha obligación. Se niveló sexualmente al hombre. La píldora anticonceptiva creo yo - y muchos analistas conmigo - es el invento humano más importante desde la rueda.

En la sociedad pre píldora anticonceptiva, la obligación familiar de la mujer era mucho más severa que la del hombre. El hombre tenía la posibilidad de eludir solapadamente sus obligaciones sin consecuencias adversas tan inmediatas y graves como las que resultaban del incumplimiento de la mujer. La mujer incumplidora era una infanticida. El hombre incumplidor un descastado que condenaba a la pobreza a la familia. Podríamos entonces imaginar que en la sociedad post píldora anticonceptiva la mujer sería liberada de esa desigualdad. Pero paradojalmente aquello no sucedió.

Lo que señalo son conjeturas derivadas de observaciones triviales. Es muy difícil que un estudio sociológico sometido al rigor metodológico se materialice en un tan vasto universo de realidad. Dicho eso, constato que la mujer post píldora asumió el rol del hombre -proveedora del hogar- pero siguió pariendo y en consecuencia asumiendo su tarea ancestral de madre. Conjeturo que la píldora anticonceptiva no liberó a la mujer de obligaciones familiares. Al que liberó de facto fue al hombre permitiéndole una mayor libertad sexual derivada del cambio de las costumbres sexuales de la sociedad permitidas por la píldora.

Es ésta a mi juicio la circunstancia presente que condiciona un estado de disconformidad de muchas mujeres. Malestar que recogen de manera enajenada ciertas doctrinas bautizadas como feminismo radical. Padecen estas ideologías una total distracción y falta de atención, respecto a las reales circunstancias que condicionan este estado de malestar presente. Hablan de liberación femenina especialmente en el ámbito sexual. Aquello es un absurdo sin sentido. La liberación sexual femenina se produjo o se viene produciendo desde el año 1960. Hay naciones del planeta donde esa liberación ya está de vuelta como Suecia donde mujeres jóvenes practican y administran su castidad sexual como un valor que no tuvieron sus madres.

A mi juicio la demanda de las mujeres disconformes clama implícitamente por más familia nuclear. A mi juicio la demanda lógica es por menos liberación sexual masculina y más obligación familiar masculina. Lo que ha fallado luego de la píldora – y quizá antes también- no es la falta de derechos, sino la falta de deberes.

El mundo moderno y sus facilidades genera la posibilidad de sobrevivencia de la mujer sola y su maternidad ancestral. Pero aquello no es una circunstancia liberadora para la mujer; por el contrario. La familia nuclear es la circunstancia liberadora. En otras palabras, quien ha profitado del invento de la píldora anticonceptiva ha sido el hombre. La verdadera emancipación femenina se producirá cuando ese artilugio ceda en su beneficio y que la liberación sexual, que se produjo hace largas décadas se transforme en una liberación de sus potencias de conciencia humana, si es que el inmediatismo de sus obligaciones familiares las haya limitado en alguna medida.

El feminismo radical es otra especie más de un género muy en boga en el mundo contemporáneo: el victimismo. Con esta falacia se pretende gobernar las voluntades de masas humanas sin carácter y enajenadas en el segundo sentido de la palabra: estado mental, temporal o permanente, de quien no es responsable de sus actos.

Marzo 11 de 2021

 

 

 

 

miércoles, 10 de marzo de 2021

EL MIEDO COMO MEDIO DE ACCION POLITICA

 

Es duro vivir con miedo ¿verdad?; En eso consiste ser esclavo.

El replicante; en la última escena de Blade Runner

 

La acción política es el esfuerzo que hacen algunos por inducir la conducta de todos. La ciencia política académica, nos enseña que lo que caracteriza a la política y su identidad de otro fenómeno social emparentado - la guerra - son los medios que el político utiliza para inducir esa conducta en los demás. Teóricamente el político busca la conquista de las voluntades de los gobernados por medio de la persuasión racional. El líder guerrero en cambio busca la supresión de la voluntad de lucha del enemigo y para ello usará la fuerza hasta que esa voluntad desaparezca por la aniquilación física o por la sumisión.

Pero como siempre sucede, las ciencias académicas van por un carril y la realidad se desplaza sinuosamente conforme a los infinitos pormenores que la condicionan, sobre todo en el caso de las ciencias sociales, donde la voluntad humana es una especie de caja de pandora que nunca deja de sorprendernos.

En efecto, la frontera entre la guerra y la política es una tierra de nadie que abarca un enorme territorio. Restringir la praxis política a la persuasión racional supone un respeto irrestricto al valor ético de la libertad humana. Imperativo ético que los políticos muy a menudo no respetan. Entonces aparecen medios oblicuos o grises, que no alcanzan a calificarse como fuerza, pero que no apuntan a la persuasión racional de las voluntades. En ese lugar se encuentra el miedo.

El miedo es una emoción que provoca angustia por un riesgo real o imaginario. Los órdenes jurídicos modernos, estiman que puede ser un factor que suprime y anula la voluntad libre, eximiendo de responsabilidad penal a quien comete un crimen dominado por un miedo insuperable.

La existencia humana convive con la precariedad que supone el desconocimiento del futuro. Buscamos racionalmente darnos certezas que ese futuro no nos dañará o anulará, pero no conseguimos suprimir esa condición. Esta precariedad cuando no es administrada por la conciencia del hombre libre, desemboca en la perversa emoción del miedo. El heroísmo consiste en la administración personal del miedo para el logro de bienes mayores. Los héroes son aquellos seres humanos o míticos excepcionales que encaran la existencia y vencen el miedo en la búsqueda de un bien mayor para si o para los demás.

En el género del miedo distinguimos dos especies: Hay un miedo trascendental y un miedo existencial. El miedo trascendental es el temor a la muerte y el consiguiente misterio de nuestra existencia tras de ella. Ni los más poderosos lo logran eludir[1]; tampoco los cultores de la más acendrada fe en las bondades del mundo de ultratumba dejan de temer a la muerte. El miedo existencial es aquel temor a las circunstancias dañinas de la existencia, desde las más sutiles como hacer el ridículo frente a los demás, a las más intensas como la soledad total, el hambre, el dolor físico y moral, la privación de la libertad etc.

La modernidad ha traído a nuestras vidas sin nuestro consentimiento y a menudo sin tener conciencia de ello, una circunstancia que resulta deshumanizadora: La ilusión -disfrazada de certeza- de que la existencia humana no es precaria, y que tenemos el derecho a las certezas y seguridades respecto de nuestra existencia. Es aquella pretensión de certezas una vana ilusión, y fuente de conflictos interminables en nuestra relación con nosotros mismos y con nuestros prójimos. Vivimos en una neurosis permanente respecto de dos convicciones que atenazan nuestra existencia. Una real, empírica y fáctica; la precariedad de la existencia. Otra ilusoria, vana pero no menos potente amparada en la seudo naturaleza artificial que la técnica moderna ha creado a nuestro rededor: la ilusión de la seguridad total. Estas dos realidades discurren en planos diversos. La precariedad es ontológicamente humana, se encuentra instalada en el plano del ser; la seguridad total es ética, es un ideal, un deseo; se encuentra instalada en el plano del deber ser. La primera es una realidad descriptiva; la segunda prescriptiva. Pero en la conciencia del hombre moderno esto se ha fusionado generando en las masas[2] una suerte de neurosis permanente. El hombre moderno ha extraviado la frontera entre el plano de lo que es el mundo y respecto de lo que debe ser el mundo. Las ciencias sociales se hacen eco de esta confusión creando paradigmas para entender el mundo que extravían la existencia humana en vez de orientarla.

Las expectativas de seguridad y certeza para las masas humanas pasan a ser, en esta confusa perspectiva, un bien que alguien les arrebató y que otros le deben devolver. En esta circunstancia la vida pierde esa condición humana radical: la responsabilidad de sus propios actos. Por cuanto la existencia humana -cualquier antropología desprejuiciada así nos lo enseña- es el fruto de la acción de cada uno para labrársela, la conciencia de ello es la condición de posibilidad de la libertad y llevar a la práctica aquello es radicalmente liberador.

Así las cosas, la reacción a esta confusión neurótica entre la precariedad del mundo y el supuesto derecho a la certeza, es un permanente estado de frustración. Entonces, la pasividad e impotencia para encarar esa tarea personal de derrotar la precariedad personal, desemboca en el miedo. La condición de posibilidad de resolver un problema matemático es formularlo. En la siquis humana sucede lo mismo. Al estar mal formulado el problema de la existencia individual este no tiene solución. Así aflora la frustración y la violencia. La crisis del matrimonio y la familia en el mundo contemporáneo es uno de tantos ejemplos de esta realidad.

En este contexto, siendo el miedo una emoción omnipresente en las masas, la praxis política contemporánea utiliza ese miedo para inducir voluntades que no puede persuadir racionalmente o que resulta demasiado costoso hacerlo. Los totalitarismos modernos que se desplegaron en el siglo XX apuntaron a provocar el miedo sin filtros, de manera burocrática y sistemática. El testimonio de Solyentzin desnuda la perversión del comunismo en esta materia. El régimen nazi por su parte, sofisticó al extremo las técnicas del envilecimiento[3] humano.

Reconociendo la macabra experiencia de los totalitarismos del siglo pasado, los ordenamientos jurídicos civilizados, han penalizado el terrorismo. Pero es ese un concepto de fronteras muy difusas y la tipificación de las conductas terroristas es objeto de ardientes polémicas.

Superados los totalitarismos pretéritos, la pretensión de generar un orden totalizador subsiste, justificado en la complejidad que un mundo de siete mil quinientos millones de habitantes impone. Los poderosos hacen uso de un juego sucio por partida doble: se promueve a macha martillo una visión del mundo ilustrada por las doctrinas de la irresponsabilidad personal donde alguien debe solucionarme los problemas de mi vida[4]; y una vez inducida esta precariedad sicológica en las masas, el poder induce y hace un uso sistemático del miedo en sus diversas gradaciones, para ordenar la conducta de los gobernados. Y eso tiene una razón bastante trivial y reprochable: Es más fácil gobernar una población de bovinos que una población de hombres libres.

Chile y el mundo occidental en general está dominado por dos acontecimientos políticos que marcarán a mi juicio negativamente el futuro, no tanto por los objetivos perseguidos como por el medio que se ha utilizado para inducir las conductas de tirios y troyanos. Me refiero a la supuesta pandemia y al pretendido reemplazo de los órdenes jurídicos y sociales promovidos por el globalismo de la burocracia internacional, que en el caso de Chile ha promovido el mal llamado Estallido Social.

Invito al lector a reflexionar sobre estos fenómenos a la luz de la realidad descrita desde esta perspectiva. Reconozco que ambos fenómenos tienen un relato aparentemente plausible pero ese relato no es condición necesaria ni suficiente para justificar la sumisión de la población a los hechos consumados por los poderosos. Es más, en ambos fenómenos la manifiesta imposibilidad de persuadir racionalmente a la población para que adopten las conductas que sus gestores desean, ha gatillado el abuso de este medio moralmente ilícito para generar sumisión.

Marzo 10 de 2021



[1] El ultra poderoso Qin Shi Huang, Emperador de China, buscó por todos los medios el elixir de la inmortalidad e hizo construir una ciudad de ultratumba flanqueada por los famosos soldados de terracota.

[2] Me refiero a masas para referirme al hombre masa según la descripción que hace José Ortega y Gasset en su obra La Rebelión de las Masas. El hombre masa es el que no desea por si mismo sino por la inducción que terceros hacen sobre él.

[3] Nombre que le asigna el filósofo francés Gabriel Marcel para denominar aquellas técnicas que buscan despojar a las víctimas incluso del respeto y el control de sí mismas

[4] Las universidades y medios de comunicación son hoy día mecanismos de adoctrinamiento para la precarización sicológica de las masas

jueves, 25 de febrero de 2021

LA VENTANA DE OVERTON Y EL “NUEVO TRATO” DE LAVIN

 Así como Colo Colo era, según sus parciales el “eterno campeón” -ya no lo es-, Joaquín Lavin  podríamos llamarlo el “eterno candidato”. En columna reciente facilitada por El Mercurio a su campaña presidencial, él expresa falsedades y errores, que es menester analizarlos para darse cuenta por qué no debemos votar por él en la próxima contienda presidencial. Primero dice hablar, no como candidato, sino como ciudadano. Aquello obviamente es falso. Siendo él candidato, no puede hablar de otra forma que como tal. En seguida dice que el presidente Piñera se queda corto en su brillante idea de terminar con la violencia en la Araucanía a través de un acuerdo transversal. Él va más allá; propone aparte de una lista de pequeñas ideas, un nuevo trato. El nuevo trato sería la fórmula de pacificación de la Araucanía. Él obsequia esta lúcida idea al gobierno actual, por cuanto sostiene que nadie que sea el futuro presidente, debe heredar los problemas de la Araucanía. Pretende así demostrar a su electorado que no solamente es lúcido sino también generoso.

No tenemos que ser pitonisos para darnos cuenta qué a través de este Nuevo Trato, Lavín solucionaría el problema al estilo del ex presidente de Colombia Ernesto Samper. Este, mediante el diálogo con la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional pretendió solucionar el terrorismo en Colombia cediéndole espacios a la guerrilla y potenciando su accionar; accionar que concluyó cuando el presidente Uribe resolvió el problema de la única manera posible: derrotándolos militarmente.

En el tema de la Araucanía opera lo que los teóricos de la ciencia política denominan la Ventana de Overtone. Los terroristas pretenden la independencia del territorio que ellos denominan el Wallmapu, y la usurpación de todas las tierras de ese territorio a sus legítimos dueños. Pretensión obviamente inaceptable. Lo legal, legítimo, aceptable por la casi totalidad de los chilenos, es que nuestra nación mantenga su integridad territorial, se respete el derecho y dentro de ello el derecho de propiedad. Entonces Lavín les ofrece este nuevo trato. ¿En qué consiste este? Dependerá de cuan eficientes sean los terroristas en quemar campos, casas, camiones y amedrentar propietarios pacíficos. Porque tal como nos enseña Joseph Overtone, lo inaceptable puede transformarse en lo aceptable, a través de fases sucesivas de ablandamiento  de la opinión pública. Como en todas las relaciones humanas, lo aceptable depende de donde el contendor ponga los límites. Así, el negocio del terrorismo será si Lavín llega a ser presidente, derrochar capacidad de quemar, matar y destruir para aproximarse lo más posible a esta Arcadia del wallmapu.

Señores electores a la elección presidencial les notifico que, Lavin con su idea, es más peligroso que el actual terrorismo de la Araucanía. Su idea desencadenará más violencia orientada a mover la frontera de lo aceptable.

Los sapientes me dirán mirando hacia arriba con los ojos en blanco; es que la solución militar es impensable en los tiempos que corren de fiscalización internacional de los derechos humanos. Por eso hay que buscar soluciones alternativas al estilo Chamberlain en el pacto de Munich.

La legitimidad del Estado de Derecho se encuentra fracturada precisamente por ofertas como las de Lavín. Los automovilistas se estacionan donde está prohibido, te gusta un terreno frente al mar te lo apropias, los jueces no aplican la ley sino su justicia subjetiva, el terrorismo campea en el sur, etc. etc. Para ganar votos entonces habrá que proponer nuevos tratos en cada una de las áreas donde el derecho no tiene imperio. ¿Qué límites tendrá ese nuevo trato? Dependerá de la potencia transgresora.

De modo que apúrense señores terroristas a radicalizar sus exigencias porque de eso dependerá el nuevo trato que les ofrezca Lavín.

Febrero de 2021

viernes, 12 de febrero de 2021

DESINTEGRACION IDEOLOGICA, FILANTROPIA, PODER Y CORONAVIRUS

 


José Ortega y Gasset en su obra Ideas y Creencias expresa grosso modo, que nuestras ideas y nuestra representación del mundo, que es su consecuencia, se sustentan en una creencia, de lo que es el mundo en sí. Para ilustrar esta tesis nos ofrece el ejemplo de quien abre la puerta de su casa con la plena convicción que al otro lado de ella está la calle, las veredas las plazas los edificios; en dos palabras, el mundo. Y, por el contrario, tenemos la certeza que al abrir esa puerta no nos encontraremos con un abismo o la nada.  No es que pensemos o tengamos la idea que el mundo está al otro lado de la puerta. Nuestra convicción nace de una creencia.

Para convencer al lector que esta tesis no es una galimatía o un juego de palabras, Ortega nos ofrece el ejemplo de lo que ha sucedido históricamente en nuestra cultura occidental en los últimos mil quinientos años, en que dos creencias sucesivas y en buena parte antagónicas, la han acompañado.

La primera, el credo cristiano con su fe en un Dios uno y trino, y su visión salvífica del alma humana con un destino trascendental. El hombre occidental que vive desde el año 400 hasta Galileo y Newton (1564 nació el primero y 1727 murió el segundo), lo hace bajo una convicción absoluta que le ayuda a construir un mundo sólido y unitario, que reúne a las voluntades humanas y le permite al observador descansar en la convicción que su prójimo se desplaza, en el tiempo-espacio de la vida, por un camino idéntico al que lo hace él mismo. Santo Tomás ordena estas creencias en una filosofía totalizadora que da respuesta plena a toda la fenomenología conocida hasta entonces.

Inmanuel Kant (1724-1806) amparado explícitamente en las ideas de la física de Newton, con germano rigor, funda y ordena las ideas de la ilustración que ya habían perfilado sus predecesores Descartes y Hume. Estas representan al racionalismo que es, como devela Ortega, mucho más que un cuerpo de ideas. Explicita una creencia; desde luego distinta a la anterior. La convicción que el mundo se desplaza infinitamente en el tiempo y en el espacio, racionalmente, en base a causas y efectos, explicables por las sólidas y aparentemente definitivas leyes físicas de Newton. Este mundo sólido se ampara en leyes, que el hombre a través de su razón, como expresa Descartes, le permitirán hilvanar causas con efectos hasta obtener la maravillosa conquista del conocimiento total del mundo. El racionalismo triza la creencia cristiana que le precede, y comienza a edificar un mundo que nos acompañó hasta Albert Einstein (1879-1955), Edwin Hubble ( 1889-1953) y Max Planck (1858-1947). El hombre, su mente, su espíritu; se regiría, según esta creencia, por las mismas leyes de Newton desarrolladas y ordenadas en la fenomenología humana individual y social.

Pertenecientes a la misma generación de Ortega, Einstein con su teoría de la relatividad especial, Plank con su descubrimiento que fundaría la Física Cuántica, y Hubble con la confirmación que nuestra galaxia era una mínima porción del universo; han trizado de una manera irremediable y definitiva la creencia racional. Tempranamente Ortega intuye éste colosal descarrilamiento del tren de la humanidad occidental, que discurría suavemente por los rieles del racionalismo, y que sostenía la convicción en el orden y progreso[1]. La física de Newton ya no es capaz de explicar fenómenos empíricamente comprobados y eso ha tenido y tendrá consecuencias relevantes en las ideas filosóficas que sostienen nuestra representación del mundo.

Pero el mundo no es un cine rotativo de barrio donde se proyectaban sucesivamente películas de distinto género. En esos cines se cerraba la cortina de una historia de cow boys y luego de un breve intermedio se daba inicio a la otra romántica. El mundo es infinitamente más complejo. El racionalismo no desplazó de la noche a la mañana la creencia cristiana en un Dios uno y trino, y el cristianismo no desplazó de un día para otro, al desvencijado mundo de la Pax Romana que le precedió. Son largos y a veces dolorosos procesos. La creencia desplazada tiene sus defensores y se resiste a morir y crea trincheras de resistencia. La historia del hombre no es precisamente pacífica. El hombre al decir de Ortega pertenece al género de las fieras, y tiene la tendencia a defender sus creencias de una forma bestial.

Este fenómeno de trincheras de las creencias desplazadas, empieza a manifestarse en nuestro mundo contemporáneo. Al mismo tiempo este desfonde de creencias genera inestabilidades que se extienden por muchos años. Tiempos recios que contrastan con aquellos dulces períodos de consensos universales.

Siguiendo la tendencia del racionalismo de reducir ideológicamente los fenómenos del mundo a leyes particulares, Carlos Marx, economista y filósofo, escribió a fines del siglo diecinueve, una colosal obra que pretendió sintetizar el devenir de las sociedades humanas a leyes que, el creyó, las definitivas. Su maestro Hegel había estimado lo mismo respecto de su obra también colosal.

Las utopías marxianas[2] probaron ser un completo, absoluto y definitivo desastre. El mundo no funcionaba como Carlitos decía; el valor del trabajo no era lo que él consideró, la utopía no existía, el orden total impuesto no cambió las expectativas ni las conciencias de quienes eran sometidos a este paraíso soñado por Marx. El resultado de la praxis marxista fue, pobreza, violencia, guerra, muerte y ningún fruto positivo para la historia de la humanidad, surgió de esos malhadados ordenes sociales[3].

Paradójicamente, el final de esta tragedia wagneriana del comunismo (o socialismos reales como elegantemente se les bautizó), sucedía en los mismos años en que físicos, astrónomos, químicos y biólogos empezaban a comprobar la validez de las teorías de Einstein y Plank, y la expansión exponencial de nuestros conocimientos del universo sideral derivadas de las evidencias acreditadas por Hubble. En cada uno de esos campos, descubrimientos colosales afectaron radicalmente nuestra representación del mundo. Algo pues olía mal en esta Dinamarca utópica del racionalismo filosófico. Las teorías perfectas, los modelos, las utopías; todas fracasaban y no cumplían sus pronósticos. Y para peor, la base de sustento del racionalismo le entraba agua por la sentina. La materia, ahora lo sabemos con certeza, no existe como unidad. El tiempo es relativo al observador; las partículas se comportan de diferente manera conforme a la perspectiva del observador, nuestro universo tiene dimensiones elevado a la potencia, de lo que hace 100 años dábamos por definitivo. Entonces el racionalismo materialista que miraba con desdén a la religión y a la metafísica como parte de un pasado primitivo y cerril, ha resultado ser tan imaginario e insubstancial como cualquier concepción religiosa o metafísica.

En el año 1000 de nuestra era, no sobrevino la parusía ni el fin del mundo; pero los milenaristas no abandonaron sus ideas escatológicas por ese solo hecho. Los fieles de la utopía del marxismo  y del socialismo utópico no han cambiado su fe, a pesar de los más de 100 millones de muertos que han causado y de la tragedia humana que desencadenó su creencia; todos hechos tan empíricamente comprobables como que el año mil el planeta siguió girando.

Pero el hombre no se conduce racionalmente, cuando de creencias se trata. Muy pocos tienen el coraje de abandonar sus creencias, porque hacerlo te somete a un vértigo abisal: te quedas sin suelo bajo los pies en sentido espiritual. A la angustia y ansiedad que provocan estas percepciones de falta de solidez en sus creencias, el hombre, individual y colectivamente, reacciona a veces con violenta porfía.

El materialismo dialéctico, que es la arcilla que creó el Totem del comunismo utópico, es el mismo material con el que está moldeado nuevos inventos ideológicos del siglo XXI. La ideología de género es una especie de diablada fabricada con esta arcilla. Conjeturo que algún eugenista debe considerar esta ideología funcional a ingenierías sociales de reducción de la población humana. Pero al contrario del materialismo dialéctico que ofrecía algún razonamiento plausible, carece de todo dato sólido, siendo imposible sostenerlo en un debate académico racional, sin la concurrencia de procedimientos coercitivos de fuerza, tales como funas, expulsiones de académicos, anatemas, y otros procedimientos similares a las quemas de brujas en el tardío medioevo. Se sostiene en base a una repetición de mantras ideológicos que contienen majaderas falsedades. También fabricadas con esta arcilla surgen, creencias aún más cerriles, como el veganismo, asimilable a las devociones de santos menores en el medioevo tardío, donde devotos engreídos se conducían con extrema violencia  y  debían ser reprimidos y anatemizados por la autoridad eclesiástica.

Vivimos pues en occidente un mundo líquido según lo bautizara Sygmund Baupman, donde se han debilitado a tal punto las convicciones, tanto cristiana como del racionalismo ilustrado, que los hombres que buscan entender el mundo, no saben a qué atenerse. Poderosas razones y descubrimientos alimentan esta fragilidad. Pero occidente aún no ha creado o concertado una fe sustituta.

Como hecho sobreviniente al fenómeno de desintegración de las creencias; la inédita prosperidad económica que ha conocido el mundo desde 1945 en adelante, ha generado formidables bolsones de riqueza cuyas condiciones de posibilidad han sido dos: La gigantesca demanda de bienes de capital y de consumo de un mundo enriquecido, y la sofisticación de los sistemas financieros. Lo primero ha hecho posible que personas que han tenido el talento y oportunidad, sea de inventar esos bienes de consumo masivo o de mediar en su comercialización, han podido obtener una enorme riqueza. Lo segundo ha hecho posible que, con bastante seguridad jurídica, hayan podido acumular esa enorme riqueza.

Ambos fenómenos han hecho posible que determinados “filántropos” hayan conformado estructuras de poder, sustraídas casi completamente del poder de los estados nacionales. En efecto, sea para acrecentar sus fortunas o para participar en el vértigo del poder político, algunos millonarios de muchos ceros, han creado fundaciones supuestamente filantrópicas, que tienen la capacidad operativa y financiera para someter los procesos políticos de naciones completas a su voluntad, desdeñando y superponiéndose incluso, a la voluntad democrática de sus ciudadanos o de sus gobernantes.[4]

También los organismos internacionales creados a partir del año 1945, que originalmente respondían a estructuras burocráticas que se sometían con exclusividad y de manera excluyente a la voluntad los Estados miembros, son hoy financiados en parte por estos ricachones. Estas ONG (el solo nombre nos debería poner en alerta) supuestamente “cooperan” con los objetivos de las organizaciones internacionales formales, pero sus agendas, intereses e intenciones propios están explicitadas solo someramente en la letra grande de las actas de sus fundaciones; en tanto que, sus objetivos contingentes están en la letra chica, que, es dable conjeturar, no conoceremos a menos que seamos sus soldados.

Lo expresado no es teoría del complot ni nada parecido. Es una realidad política[5] bastante transparente. Como fenómeno político que es, representa un hecho nuevo e inédito que se da solo en las postrimerías del siglo pasado y en el XXI.

Naturalmente el fenómeno resulta incómodo para quienes valoramos la libertad personal y creemos e instamos para que, la soberanía nacional, sea solo una delegación de los individuos al Estado, Porque, si el Estado es susceptible de ser sometido a los dictados de un ricachón que no conocemos, que queda para los individuos.

Y en este contexto de irracionalidad racionalista surge la reacción a una supuesta pandemia asesina llamada covid 19. Los criterios de autoridad y poder, desdeñando la ciencia empírica y el interés de los “pacientes”[6], hace varios años se han venido utilizando en la medicina pública. Son conocidos por todos que la salud pública es un negocio que mueve cifras de muchos ceros y que a menudo el bienestar de la salud humana real queda sometido a una verdadera tiranía.

Pero el episodio de la supuesta pandemia, ha develado que la racionalidad como método de escrutinio de la realidad, se encuentra en franca decadencia. Todas las evidencias científicas demuestran que el examen de PCR con el cual se toman decisiones de orden público, no tienen valor predictivo de una supuesta enfermedad, y qué en la inmensa mayoría de los supuestos infectados, no se enferman realmente. La Organización Mundial de la Salud sigue dando instructivos contradictorios que develan que los burócratas que la gobiernan carecen de la mínima capacidad. El mundo se suicida lentamente al amparo de esta racionalidad irracional.

¿No les parece esto como las discusiones de el sexo de los ángeles en las postrimerías de la edad media? ¿Será el signo del colapso de una fe? Conjeturo que algo hay de eso.

Febrero 2021



[1] Lema de uno de los apóstoles del racionalismo; Augusto Comte

[2] Marxianos se autodenominan la última falange de defensores de las ideas de Marx, para diferenciarse de los “marxistas” que serían los que  aplicaron de manera práctica sus ideas, quebrando el jarrón que contenía el elixir ideológico, traicionando la “pureza” de esas ideas.

 [3] Que alguien me nombre una obra de arte, un invento útil a la humanidad que haya producido algún régimen político que abrazó el comunismo; y me desdeciré de lo que afirmo.

[4] Algunos detentores del poder estatal como Putin en Rusia o el Partido Comunista de China, han dispuesto lo necesario para neutralizar esos poderes. Vladimir Putin ha prohibido la existencia de ONGs financiadas desde el exterior de Rusia

 [5] Política en el sentido que tienen consecuencias directas en el ejercicio del poder político interno de las naciones.

[6] Este adjetivo equivoco de nuestro castellano, degeneró en un sustantivo

miércoles, 27 de enero de 2021

PERSPECTIVAS PESIMISTA, OPTIMISTA Y BENEVOLENTE

 

 

1.       Perspectiva pesimista

El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente; Lord Acton

Vivimos tiempos rudos. Una agenda globalista se impone en EEUU y conquista la presidencia de ese país luego de un tensionamiento que pocas veces se había visto en el proceso eleccionario. Hay datos que permiten conjeturar que ha existido fraude electoral, pero no se pudo acreditar en los canales institucionales formales que el triunfo de Biden se basara en ese fraude. Así las cosas, el provecto presidente asume rodeado de la desconfianza y hostilidad de la mitad de la ciudadanía norteamericana, no solo por la poca pulcritud de su triunfo, si no por la condición agobiantemente totalitaria de su principal pilar de apoyo: la información que expiden los mass media; ex medios de información, hoy medios de adoctrinamiento masivo. Es evidente que los canales de televisión abierta y la prensa escrita, antaño pingües negocios, hoy no son capaces de generar números azules en su operación y son subvencionados con oscuras fuentes financieras provenientes de poderes facticos presumiblemente originados en las Hight Tech. De otro modo no se entiende su alineamiento riguroso all over the world. Las pautas son de una irritante uniformidad en todos los medios de comunicación masiva de todo el mundo, al punto que nadie que tenga una mínima capacidad de crítica puede pretender obtener de ellos una información ecuánime y seria de los acontecimientos políticos mundiales.

Pero el mayor peligro no radica en estos medios de adoctrinamiento cuya influencia social declina por razones tecnológicas. Lo peor de este proyecto totalitario, es que un consorcio conformado por las empresas de servicios de internet que representan el 90% o más del mercado, se encuentran alineados e impulsando el proyecto político globalista.

El mundo quedó perplejo cuando estos medios, luego de un burdo espectáculo escenificado como asalto al capitolio de los partidarios del presidente Trump, le prohibieron expresarse al hombre formalmente más poderoso del planeta. Ni en la época de los totalitarismos euroasiáticos del siglo XX el control de propaganda había ostentado tal poder. En efecto, cuando los Nazis quemaron el Reichstag y culparon de ello a los comunistas, nadie en occidente dejó de recibir noticias que analizaban críticamente las explicaciones del gobierno nazi. Hoy, no hay un solo medio de prensa masivo que en sus noticias o en sus columnistas denuncie lo que es absolutamente evidente: el supuesto asalto al capitolio ha sido un burdo engaño.

Resumen: Nunca en la historia del estado moderno se había visto un control en tal grado total y unívoco de la prensa y de todo medio de difusión de información. Una ficción se transforma en realidad de una manera rápida y certera gracias al control férreo de las pautas de prensa. La pandemia ha sido un ejercicio de enlace y coordinación de transformar una ficción (pandemia que no lo es) en la mente de los receptores, en algo real; y las agraviantes decisiones de la burocracia sanitaria como algo que nos protege y beneficia.

La libertad que el sistema republicano democrático de separación de poderes; de pesos y contrapesos en la distribución del poder, se encuentra avasallado.


2. Perspectiva optimista

That's one small step for man, one giant leap for mankind; Neil Armstrong

Vivimos tiempos de maravillosa expansión de la inteligencia y la sabiduría humana sin precedentes. Hoy, quienquiera, tiene acceso a adquirir los conocimientos que nunca antes estuvieron a disposición ni siquiera de los hombres más poderosos y sabios del planeta. La trayectoria humana ha ido acumulando conocimientos que permiten al hombre de toda clase, estirpe, raza y ubicación en el planeta disponer de ellos, con unidades de esfuerzo personal muy reducidos.

La comida, el vestido, la vivienda digna, la capacidad para desplazarse sin peligro, las facilidades del comercio que permiten a personas de un rincón del planeta intercambiar bienes y servicios con personas que se encuentran en otro extremo del mundo; son bienes y oportunidades que se encuentran a disposición de un porcentaje de la población infinitamente mayor que en siglos precedentes. El hambre, la enfermedad, las carencias, la precariedad; afectan hoy en menor medida y a una mínima porción de la población humana, y se baten en retirada.

Los medios tecnológicos permiten la cooperación humana de una manera que hasta hace 20 años eran impensables. Los avances y descubrimientos, en poco tiempo están a disposición asequible de un alto porcentaje de la humanidad.

Vivir hoy es una experiencia sorprendente, comparada con épocas de la historia donde la vida humana estaba marcada por la uniformidad y rutina.

 

3. Perspectiva benevolente

Gloria en las alturas a Dios y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad; Lucas 2:14

La palabra benevolencia es una más en nuestro espléndido idioma castellano, que nos revela un estado espiritual muy sofisticado. Solo los espíritus finos y trabajados son capaces de la benevolencia. Mientras menos benevolentes somos, menos humanos y más animalescos. Pero estamos en general mal dispuestos a la benevolencia.

¿Cómo ser benevolentes con Lenin y Hitler que fueron causa suficiente y necesaria del mal que ocurrió a tantos inocentes? ¿Cómo ser benevolentes con quienes buscan destruir o perjudicar lo que amamos y valoramos? ¿Cómo ser benevolentes con quienes nos traicionan?

Ser benevolente – a mi juicio- no es tener la pasividad de un monje ni ser tolerante pasivo con los errores del mundo. Ser Benevolente es asumir una actitud de escrutinio de la realidad, a fin de entender las causas de los fenómenos, antes de enjuiciar estos fenómenos.

En el ámbito de nuestras relaciones sociales y por consecuencia políticas, la benevolencia nos obliga -antes de enjuiciar a nuestros adversarios- escrutar las causas de sus conductas. En el mundo contemporáneo, diseñado conforme a la visión del mundo de la ilustración el valor de la tolerancia nos obliga a convivir con quienes tienen una opinión diferente y a veces antagónica a la nuestra. El optimismo y el pesimismo es una emoción que proyecta un juicio sobre la realidad. La benevolencia es una actitud moral, funcional a construir un juicio de la realidad más fino, que nos permite convivir con los antagonismos sin falsos pesimismos ni optimismos. Esta convivencia con los antagonismos como señalé, no necesariamente nos trasmutará en monjes tibetanos pasivos y tolerantes con el error y la injusticia, pero si moderará nuestra reacción emocional. Las emociones son el principal enemigo del éxito en la guerra y la contienda.

Esta verdad está consagrada en El Arte de la Guerra de Sun Tzu, en El Príncipe de Maquiavelo, en el Bhagavad Guita. Todos ellos se refieren con lujo de detalle a la benevolencia como herramienta del éxito en la contienda.

Templado el juicio por la benevolencia, podremos concluir que el optimismo y el pesimismo consignado en los párrafos precedentes resultan algo pueriles. Mi invitación no es a la pasividad de juicio ni de praxis. Propongo la benevolencia para un juicio de mejor calidad. Al amparo de la célebre frase de Ortega, Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo, la benevolencia me permitirá identificar de mejor manera esa circunstancia para la tarea de salvarme a mí mismo.

 

lunes, 25 de enero de 2021

DESDE EL WE THE PEOPLE, AL ESTADO PATERNAL

 


Un hito en la historia de la humanidad, es la redacción de la constitución de los Estados Unidos de Norteamérica en 1787. El encabezado de ese documento es, Nosotros el Pueblo. Ese título ha reflejado un cambio radical en la modalidad de ejercicio del poder político. Dejaba simbólicamente atrás la modalidad vertical y sumisa de la obediencia al soberano, para reemplazarlos por el ejercicio de lo que hoy nos es tan trivial, que parece hemos olvidado: la soberanía popular.

Se concibe desde entonces, que el pueblo es el que le otorga poder al Estado. Delega en él funciones y le impone límites a su ejercicio. La doctrina de la soberanía popular se resume en una fórmula jurídica que hoy se haya olvidada como un libro viejo: El Estado solo puede hacer lo que le está permitido; Los individuos pueden hacer todo lo que no se encuentra prohibido.

Viajé a EEUU en 1998 y junto a mis hijos - niños entonces – y visité a Disneyworld en la ciudad de Orlando, me llamó poderosamente la atención que en esos parques de diversiones había altoparlantes que con una voz femenina seductora repetían como una letanía “cuide sus pasos”. Me chocó porque pensé que visitaba el país de la libertad y por consecuencia de la responsabilidad personal; ¿por qué tenían que advertirme algo de evidente responsabilidad personal?. Ese mensaje daba cuenta que el We the People se encontraba algo olvidado por los norteamericanos. Más se parecía aquello a la Alemania comunista o campo de concentración de Pol Pot en Camboya. Me explicaron que era para evitar responsabilidades civiles del dueño del parque, en eventos de accidentes. Como soy abogado, entendí entonces que una sociedad de mercado siempre hay un abogado que quiere hacer más dificultosa la vida de todos.

Cuando sucedió el terremoto y Tsunami de 2010 en nuestro país, supimos que la burocracia estatal había formulado protocolos de procedimientos (concepto que hoy nos es tan familiar) que no es otra cosa que recomendaciones a las personas para que cuiden su seguridad personal y familiar, en un evento como el señalado. Pero entre la estulticia periodística, el paternalismo político de políticos protectores del pueblo, se formó la idea fuerza, que era el Estado quien debía decirte de manera paternal e imperativa, lo que tenías que hacer en caso de un terremoto. Como el Estado no les dio directrices claras se aduce, fallecieron varias personas por efectos del maremoto de entonces.

Este fenómeno basado en un juicio que hacen muchas personas, me resulta particularmente chocante porque implica una cesión de mi soberanía personal hacia un ente impersonal: El Estado. Pero en conjunto de circunstancias han ido provocando que las personas no solo no se resistan a que alguien vele por ellas, sino además reclaman porque no lo hace con suficiente fuerza. No solo les acomoda ser esclavos, sino que además piden grilletes más cortos.

Los episodios de la pandemia y del reciente aviso del fallido supuesto maremoto, nos permite emitir dos juicios: El primero jocoso, porque el mensaje dirigido a los celulares era un especie de “cajita feliz” de control estatal: recomendaba distanciamiento social por el covid y arrancar del supuesto maremoto; todo en uno. Y el segundo, la confirmación de lo que venimos pregonando desde siempre los enemigos del totalitarismo estatal: El Estado en particular y la burocracia en general es intrínsecamente ineficaz para administrar las disyuntivas que naturalmente les corresponden a los individuos. Todas las intervenciones estatales en estas materias son como película de los tres chiflados: meten la pata en el balde, se resbalan y caen y provocan risa en los espectadores.

¿El remedio para esto? Quitarle las prerrogativas al Estado de conducir nuestras vidas y recordar que esto nació de Nosotros, el Pueblo, y que al Estado solo le debe corresponder hacer lo que los individuos no podemos hacer. Cuidar nuestra salud cuando circula una enfermedad potencialmente grave, o separarnos de la costa del mar cuando el mar se recoge después de un terremoto, es de exclusiva responsabilidad de los hombres y mujeres adultos y la responsabilidad sobre los niños recae exclusivamente sobre sus padres . Si no es así tendremos peor salud, como esta sucediendo con las consecuencias de la pandemia estatalmente controlada, y perderemos el tiempo y/o la vida por hacerle caso al Gran Hermano en caso de maremoto.

¡Burócratas: fuera de mi vida personal!

 

jueves, 14 de enero de 2021

LA BARBARIE DEL ESPECIALISMO Y EL CORONAVIRUS

 

Me perturba el fenómeno político que estamos viviendo derivado de la existencia de la presunta pandemia. Me perturba porque no lo entiendo. Cuando no entendemos un fenómeno no sabemos a qué atenernos. La vida se hace procelosa e inestable. La inteligencia inspirada en el escrutinio racional de la realidad debería darnos la respuesta de la causalidad que el fenómeno manifiesta. Pero esa causalidad es hoy evasiva y muy difícil de encontrar. Las decisiones trágicamente erradas de la historia (por ejemplo; la decisión de Napoleón de atacar Rusia; la declaración de guerra de Alemania en 1914) siempre tienen un componente de estulticia. Pero no de pura estupidez. Hay algo más que debemos escarbar hasta sacarnos las uñas en el esfuerzo. La realidad siempre está compuesta de infinitos pormenores. Es el caso de este fenómeno. El objetivo de estas letras es escarbar esa realidad escurridiza.

¿Qué parte del fenómeno no entiendo? No entiendo la razonabilidad de las decisiones políticas en torno al tema. Es tan evidente que las decisiones adoptadas son contrarias al bien común, que no veo la causa suficiente por la cual se adoptan[1]. Se declara pandemia a una gripe viral como han existido desde siempre en el pasado y existirán por siempre en el futuro. La burocracia sanitaria mundial cambia parámetros (hace solo cuatro años) para que una gripe no letal, sea declarada pandemia y se activen todas las medidas de control de la población, tal y como estuviésemos en presencia de la peste bubónica antes que esta hubiese sido erradicada por la ciencia. Incomprensiblemente las naciones del mundo (incluidas las gobernadas por personas inteligentes y aparentemente decentes) se pliegan a esta declaración manifiestamente errada. Se usa un procedimiento de detección (el llamado PCR) cuyo inventor declaró que no era idóneo para detectar virus tipo corona. Tan poco idóneo es, que la inmensa mayoría de las personas que dan positivo, no manifiestan ningún síntoma de la presunta enfermedad. No obstante lo anterior y en circunstancias que nadie del establishment pone en cuestión la inanidad del examen del pcr, se toman decisiones agraviantes a los derechos humanos más básicos[2], teniendo presente el número de presuntamente infectados -que no lo son necesariamente- sin tener presente que el despreciable porcentaje de la población muestreada manifiestamente no representa un fundamento sólido para adoptar una decisión tan grave que afecta a la población sana. La supuesta[3] letalidad de la enfermedad es irrelevante según reconoce la misma burocracia. Tan incidente o menor que la de una gripe común. ¿Por qué esta orquestada campaña de aterrorizar a la población? ¿Por qué los encierros? ¿Por qué la paralización del comercio?

No. No creo en teorías de la conspiración del gran reseteo mundial. Es una explicación demasiado sencilla. No niego que existan conspiradores que siempre los hay. No niego que hay iluminados ingenieros sociales que ven extasiados que la economía mundial y las redes de convivencia social se desplomen, pera así permitir rediseñar el mundo desde cero. Pero no creo que la casi totalidad de las voluntades articuladas en esta mega decisión política sean partícipes de una conspiración. Soy más pesimista aun, que la conspiración como causa basal.

Creo que el mundo está afectado por una verdadera pandemia intelectual de muy difícil tratamiento. Mi perspectiva me indica que esta es una manifestación de la barbarie del especialismo[4], el último estadio de una degradación de las perspectivas intelectuales, causada por los excesos de la ilustración.

Las ideas nacen como descubrimiento y representación mental del mundo; crecen, se reproducen, envejecen y mueren. Y este fenómeno se debe a que la realidad del mundo está compuesta de infinitud de pormenores que van escrutando esas ideas juveniles, las que van siendo progresivamente cuestionadas y cayendo en su decrepitud.

Casi todo nuestro entorno cultural, está inspirado en las ideas de la ilustración. Estás ideas, desde hace dos siglos y algo más, han venido cambiando el mundo, y han ido paulatinamente desplazando la visión del mundo trascendente que le precedió. La ilustración, nacida en Europa, coloniza el mundo y lo fue cambiando gracias a la ciencia; y la ciencia se hizo posible gracias a la especialización de formas de ver el mundo, especialismo que hizo posible las destrezas y dominio de áreas del saber y la ciencia. La filosofía como ciencia del conocimiento universal, fue desplazada por arcaica, y sus cultores se tornaron, más que inspiradores de conductas, en especialistas en áreas del saber filosófico. Por eso hoy, hablar de filosofía es hablar en difícil. Para ser aceptados, los filósofos deben conducirse como especialistas, bajo apercibimiento de ser calificados de diletantes si pretenden una visión holística de la realidad.

 Vivimos en un mundo donde el especialista manda. Ese hombre hermético a la realidad global, pero seguro de sí mismo por el dominio de su área de conocimiento. El comportamiento del especialista, en política, en arte, en los usos sociales, en las otras ciencias; tomará posiciones de primitivo, de ignorantísimo; pero las tomará con energía y suficiencia; sin admitir — y esto es lo paradójico — especialistas de esas cosas. Al especializarlo, la civilización le ha hecho hermético y satisfecho dentro de su limitación; pero esta misma sensación íntima de dominio y valía le llevará a querer predominar fuera de su especialidad. Se comportará sin cualificación y como hombre-masa en casi todas las esferas de vida. La advertencia no es vaga. Quienquiera puede observar la estupidez con que piensan, juzgan y actúan hoy en política, en arte, en religión y en los problemas generales de la vida y el mundo los "hombres de ciencia", y claro es tras ellos, médicos, ingenieros, financieros, profesores, etcétera. Esa condición de "no escuchar", de no someterse a instancias superiores que reiteradamente he presentado como característica del hombre-masa, llega al colmo precisamente en estos hombres parcialmente cualificados. Ellos simbolizan, y en gran parte constituyen, el imperio actual de las masas, y su barbarie es la causa inmediata de la desmoralización colectiva[5].

La carta de presentación de esta barbarie y la causa de su arrogante autoconfianza, es la tecnología moderna. ¡Podríamos vencer la muerte si nos lo proponemos! declara desafiante. Pero su tecnología -supuestamente al servicio del hombre- degrada precisamente la humanidad de los individuos. Vivimos más, pero no sabemos para qué.

El desiderátum de esta mentalidad se ha desnudado con el episodio de la “pandemia”. Debemos obediencia a los especialistas que son los que saben, pero como en el cuento del aprendiz de brujo, estos especialistas están, frente a nuestros ojos, demoliendo la sociedad y privándonos del valor más sagrado: la libertad.

Mi pesimismo es radical. Porque creo que este extravío no se solucionará solo con que uno o más líderes locales o mundiales, le saquen el capirote a estos magos de un golpe, y retomen la normalidad inspirada en el sentido común. La solución es mucho más compleja: Es preciso superar las ideas ilustradas; superar la superespecialidad y recuperar la sabiduría holística que alguna vez representó la religión y la filosofía. Es preciso que la inteligencia se reenfoque a la visión del todo, y que la política recupere su virtud basal: La prudencia. De no ser así, estos afiebrados episodios se irán repitiendo con mayor periodicidad hasta la destrucción del hombre y del planeta.



[1] Decenas de millones de personas sin trabajo, sin ingresos, inestabilidad social derivada de lo anterior, endeudamiento de los Estados a niveles nunca antes vistos, angustia, soledad, muerte segura para los senescentes, caos y pobreza

[2] Libertad personal; libertad de trabajo; libertad de desplazamiento; derecho a la salud etc.

[3] Los fallecidos de Covd19 son principalmente fallecidos por muerte natural con covid19

[4] Término acuñado por José Ortega y Gasset, en el penúltimo capítulo de su libro La Rebelión de las Masas. Luego de 20 años leyendo ese libro me doy cuenta que todo el entorno de la denuncia de Ortega gira en torno a este fenómeno.

[5] Ibidem