Ascender en la resbalosa política norteamericana exige de quienes llegan a
la cúspide un gran talento prudencial. En especial para quien como Marco Rubio
no cumple con aquel check list convencional de la oligarquía norteamericana WASP
(White, anglo saxon and protestant). Él es hispano, católico, hijo de inmigrantes
cubanos que arribaron a Miami en 1956; el padre, mozo de banquetes y la madre,
una empleada de aseo y cajera de supermercado. Todo un representante del
american dream. Debe ser riguroso en la repetición estricta del relato que hizo
grande su nación. La oligarquía WASP lo está observando.
Para ascender en uno de los dos partidos políticos que se reparten el poder
en los Estados Unidos, es menester aprender y repetir rigurosamente y sin
trizaduras, el relato fundacional norteamericano: Ellos son la representación del
destino manifiesto de dominar el planeta como el pueblo escogido por Dios.
Para hacer cuadrar el círculo, los estadounidenses de manera sistemática deben
torcer verdades históricas bastante triviales, negándole el mérito
civilizatorio a quienes realmente trajeron la civilización occidental a América,
su archienemigo histórico: el Imperio Español. Deben mentir señalando que Colón
era un italiano que salió a navegar por su cuenta, y se encalló con un nuevo
mundo. Debe repetir que la civilización occidental recién se asienta en América
con la llegada de los pilgrims a las costas de nueva Inglaterra, cuando hacía ya
casi dos siglos en el Virreinato de Nueva España y del Perú estaban construidas
algunas de las catedrales más grandes del mundo, funcionaban en Perú y México universidades
que impartían la sabiduría acumulada por el hombre hasta entonces, y poseían bibliotecas
más prolíficas que las de Europa. Donde se dominaba y enseñaba la náutica y la navegación
por los mejores pilotos del mundo y los procelosos mares americanos habían sido
cartografiados, incluido el pacífico donde el Imperio Español ¡comerciaba ya
entonces con China! Pero por sobre todo y antes que todo, la hispanidad había traído
consigo la religión católica con vocación universalista, con la cual
sustituyeron los dioses, varios de ellos sanguinarios, de pueblos estacionados
en la edad de piedra. Eso y no otra cosa, estimado lector, es la base de lo que
se llama, civilización occidental.
Ahora bien, el Secretario de Estado Mr. Marco Rubio, dando cuenta de su
enorme talento retórico, ha expresado un discurso que será sin duda histórico[1].
Pretende con él detener y reaccionar a un largo proceso de decadencia de
occidente que incluye precisamente a los EEUU. Dos son los conceptos equívocos
que su brillante speech ameritan ser aclarados: civilización occidental y Europa.
Porque las cosas son lo que son y no lo que se dice de ellas, por mucho
voluntarismo que Rubio imprima a sus palabras.
Cuando Rubio habla de Europa,
naturalmente no se refiere a Europa como tal, sino exclusivamente a sus países amigos
y vasallos en Europa. No se refiere a Rusia, no se refiere a Bosnia y a
Croacia, no se refiere a España ni a Portugal, no se refiere a Turquía. Cuando
Rubio habla de Civilización Occidental, no se refiere a la cristiandad que
la fundó, se refiere a la sociedad mercantil e industrial que nació a
consecuencia de la reforma luterana protestante. Aunque Rubio es hispano de
origen y formalmente católico de religión, seguramente fue debidamente
adiestrado en alguna de las logias masónicas que “filtran” los liderazgos
políticos en los Estados Unidos, y debe repetir el mantra imperial
norteamericano: ellos son La Civilización. Ellos y sus valores (y
desvalores también) están del lado correcto de la historia y sus enemigos son
los malos. Esa fórmula funcionó hasta una fecha difusa en que los poderes establecidos
perdieron el monopolio de la información. Imponer un relato resulta hoy algo
mucho más difícil que en 1945. Sobre todo un relato mentiroso o equivoco como
el que contienen sus palabras.
Estando personalmente de acuerdo con Rubio en todo el relato del siglo XX que
hace, me cuestiono si a Chile, cuyo socio principal (y creciendo) es China, es
pertinente y conveniente sindicarlo en el lado siniestro de la historia, y el
socio secundario (y bajando) que es Estados Unidos, como el bien personificado.
Quizá no compartimos valores ni religión, ni una visión trascendente e
inmanente del mundo con la cultura china, india o japonesa. Pero la hostilidad
de la principal potencia mundial hacia alguno o todos ellos nos perjudica sin
lugar a dudas. Ahora bien, en el actual estado del arte, yo diría que tampoco
compartimos demasiados valores con los Estados Unidos y menos con una Europa
netamente decadente como la actual.
Si hacemos un comparativo entre los siglos XV al XVIII, con nuestro siglo
actual, un referente para Chile es la Serenísima República de Venecia destruida
por un resentido social como fue Napoleón. Venezia compartía religión y valores
con Europa continental, entonces en expansión cultural y económica, pero sus
principales socios comerciales eran China y el Gran Turco. El Mediterráneo de
entonces es el Océano Pacífico de hoy, testigo del mayor intercambio comercial
de la historia humana. Chile es actor principal de ello. Condición que nunca
tuvo desde su nacimiento en 1541.
En esa perspectiva saludo el discurso de Rubio en cuanto a la tarea de
combatir y derrotar los totalitarismos del siglo XX pero su apologética me
parece con algo de olor a naftalina. Porque la decadencia de Europa en mayor
medida, pero también de los Estados Unidos no se revierte ni se revertirá con
palabras. Se requiere un consenso que en Europa no existe y en Norteamérica se
ve muy distante para que se haga realidad.
Un dato surrealista del discurso es que había muchos europeos musulmanes asistentes
escuchándole en el salón donde habló, que naturalmente no aplaudían. En el caso
de los Estados Unidos, su oligarquía que siempre ha sido la conductora de su destino
no comparte en general las ideas expresadas por Rubio.
La historia la dirigen los grandes deseos colectivos. Las ideas y la épica
de los relatos son el envoltorio de esos grandes deseos colectivos. No basta
liderazgo tecnológico para arrastrar a un pueblo tras de sí en un esfuerzo
colectivo. Paradójicamente la tecnología moderna hace más laxas las voluntades
y genera el fenómeno de la masificación e infantilismo que nos envuelve a todos
en occidente. Me parece que los Estados Unidos de Norteamérica perdió esa
voluntad que se quebró por allá por la guerra de Vietnam. Y no hay fuerza
colectiva para recuperarla.
Lo que escribo para Usías, para los fines que estimen de rigor.
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