Desde nuestra formación escolar
venimos escuchando algo que a los hombres de occidente nos ha marcado a fuego: Las
ideas cambian el mundo. La historia de la humanidad sería un escalamiento
progresivo gracias a nuestra capacidad de razonar y de formular ideas sobre el
mundo que nos rodea. Se nos ha repetido como un mantra: La revolución
francesa fue la consecuencia de las ideas liberales, la revolución rusa fue la
consecuencia de las ideas de Marx y Engels, la existencia misma de los
Estados Unidos es fruto de las ideas de la libertad expresadas por los padres
fundadores de aquella nación del norte, etc.
De esta tendencia a la
santificación de las ideas como ídolos y pre formadoras de la realidad, nace
también una confusión omnipresente en los estudios históricos y de la política:
A menudo se confunden los planos prescriptivos y los descriptivos de la
realidad.
Todas las personas nacen
libres e iguales en dignidad y derechos, dice nuestra constitución. ¿Qué
quiere decir realmente eso? ¿Qué somos todos realmente iguales? ¿Qué somos todos
realmente libres? ¿Qué somos todos realmente dignos? ¿Qué todos tenemos
realmente los mismos derechos?
Trayendo la cuestión a nuestra
contingencia, tenemos a un gobierno muy pronto saliente, completamente fracasado,
encabezado por un individuo fracasado. Alguien que prometió transformarse en el
sepulturero del neoliberalismo, idea demonizada por los redentores progresistas
que entronizarían el reino de la igualdad económica, la igualdad de género,
y el respeto irrestricto de los derechos humanos de los que infringen la ley
opresora. Para eso una nueva constitución que establecería el reino de
la igualdad interseccional.
¿Obras para el bien de Chile y de
los chilenos? ¿Conductas que pongan de relieve cualidades personales de los
gobernantes? Absolutamente ninguna. Le pagamos el sueldo, casa, viáticos,
movilización, viajes, pitutos a sus amigotes, a este fracasado y a su séquito
de cleptócratas, para que no solucionaran absolutamente ninguno de los
problemas contingentes, algunos de ellos graves. Por el contrario, impuestos,
violencia, delincuencia, inseguridad, endeudamiento fiscal; se han incrementado
a niveles nunca antes vistos.
Harto de estos fracasados y
cleptócratas, la ciudadanía elige por mayoría significativa a quien dice,
gobernará con ideas de derecha. De extrema derecha le acusan sus
detractores. ¿Qué quiere decir aquello? ¿Más honestidad? ¿más trabajo? ¿ordenar
la convivencia sometiendo al imperio de la ley a los gobernantes y gobernados?
¿exterminar el terrorismo en la Araucanía? ¿liberar a los ciudadanos del yugo
de impuestos asfixiantes que impiden el emprendimiento?
El anterior gobierno que gobernó
con ideas de derecha, subió los impuestos, el endeudamiento fiscal, las
regulaciones asfixiantes, toleró el terrorismo, persiguió a miembros de las
fuerzas armadas y carabineros por imponer el imperio del derecho, toleró el
salvajismo del lumpen urbano. No parece un buen adjetivo pues, profesar ideas
de derecha, así sin más.
La clave de esto está en el
absurdo del mito dominante descrito en el párrafo inicial. La verdad es muy
distinta: no se gobierna con las ideas; se gobierna con las conductas. Las
ideas no son justas o injustas. Solo las conductas obtienen ese calificativo.
En lo formal, el Presidente
electo José Antonio Kast, aparenta ocuparse de ser un (futuro) gobernante
virtuoso. Eso ya es algo. Pero no basta para limpiar la institución de la
jefatura de estado del cenagal donde la ha rebajado su predecesor. Se necesita
cierta radicalidad que le separe a los ojos de los ciudadanos, de aquel
ambiente contaminado.
Las “visitas de estado” a quienes
han participado en el saliente gobierno depravado, aunque fuere de manera
indirecta, disuelve la energía que debemos empeñar comunicacionalmente, para
dejar por establecido, que sus participes, nunca más deben tocar el timón de la
república.
José Antonio Kast Rist: si
quieres la paz, prepárate para la guerra.
diciembre de 2025