jueves, 14 de enero de 2021

LA BARBARIE DEL ESPECIALISMO Y EL CORONAVIRUS

 

Me perturba el fenómeno político que estamos viviendo derivado de la existencia de la presunta pandemia. Me perturba porque no lo entiendo. Cuando no entendemos un fenómeno no sabemos a qué atenernos. La vida se hace procelosa e inestable. La inteligencia inspirada en el escrutinio racional de la realidad debería darnos la respuesta de la causalidad que el fenómeno manifiesta. Pero esa causalidad es hoy evasiva y muy difícil de encontrar. Las decisiones trágicamente erradas de la historia (por ejemplo; la decisión de Napoleón de atacar Rusia; la declaración de guerra de Alemania en 1914) siempre tienen un componente de estulticia. Pero no de pura estupidez. Hay algo más que debemos escarbar hasta sacarnos las uñas en el esfuerzo. La realidad siempre está compuesta de infinitos pormenores. Es el caso de este fenómeno. El objetivo de estas letras es escarbar esa realidad escurridiza.

¿Qué parte del fenómeno no entiendo? No entiendo la razonabilidad de las decisiones políticas en torno al tema. Es tan evidente que las decisiones adoptadas son contrarias al bien común, que no veo la causa suficiente por la cual se adoptan[1]. Se declara pandemia a una gripe viral como han existido desde siempre en el pasado y existirán por siempre en el futuro. La burocracia sanitaria mundial cambia parámetros (hace solo cuatro años) para que una gripe no letal, sea declarada pandemia y se activen todas las medidas de control de la población, tal y como estuviésemos en presencia de la peste bubónica antes que esta hubiese sido erradicada por la ciencia. Incomprensiblemente las naciones del mundo (incluidas las gobernadas por personas inteligentes y aparentemente decentes) se pliegan a esta declaración manifiestamente errada. Se usa un procedimiento de detección (el llamado PCR) cuyo inventor declaró que no era idóneo para detectar virus tipo corona. Tan poco idóneo es, que la inmensa mayoría de las personas que dan positivo, no manifiestan ningún síntoma de la presunta enfermedad. No obstante lo anterior y en circunstancias que nadie del establishment pone en cuestión la inanidad del examen del pcr, se toman decisiones agraviantes a los derechos humanos más básicos[2], teniendo presente el número de presuntamente infectados -que no lo son necesariamente- sin tener presente que el despreciable porcentaje de la población muestreada manifiestamente no representa un fundamento sólido para adoptar una decisión tan grave que afecta a la población sana. La supuesta[3] letalidad de la enfermedad es irrelevante según reconoce la misma burocracia. Tan incidente o menor que la de una gripe común. ¿Por qué esta orquestada campaña de aterrorizar a la población? ¿Por qué los encierros? ¿Por qué la paralización del comercio?

No. No creo en teorías de la conspiración del gran reseteo mundial. Es una explicación demasiado sencilla. No niego que existan conspiradores que siempre los hay. No niego que hay iluminados ingenieros sociales que ven extasiados que la economía mundial y las redes de convivencia social se desplomen, pera así permitir rediseñar el mundo desde cero. Pero no creo que la casi totalidad de las voluntades articuladas en esta mega decisión política sean partícipes de una conspiración. Soy más pesimista aun, que la conspiración como causa basal.

Creo que el mundo está afectado por una verdadera pandemia intelectual de muy difícil tratamiento. Mi perspectiva me indica que esta es una manifestación de la barbarie del especialismo[4], el último estadio de una degradación de las perspectivas intelectuales, causada por los excesos de la ilustración.

Las ideas nacen como descubrimiento y representación mental del mundo; crecen, se reproducen, envejecen y mueren. Y este fenómeno se debe a que la realidad del mundo está compuesta de infinitud de pormenores que van escrutando esas ideas juveniles, las que van siendo progresivamente cuestionadas y cayendo en su decrepitud.

Casi todo nuestro entorno cultural, está inspirado en las ideas de la ilustración. Estás ideas, desde hace dos siglos y algo más, han venido cambiando el mundo, y han ido paulatinamente desplazando la visión del mundo trascendente que le precedió. La ilustración, nacida en Europa, coloniza el mundo y lo fue cambiando gracias a la ciencia; y la ciencia se hizo posible gracias a la especialización de formas de ver el mundo, especialismo que hizo posible las destrezas y dominio de áreas del saber y la ciencia. La filosofía como ciencia del conocimiento universal, fue desplazada por arcaica, y sus cultores se tornaron, más que inspiradores de conductas, en especialistas en áreas del saber filosófico. Por eso hoy, hablar de filosofía es hablar en difícil. Para ser aceptados, los filósofos deben conducirse como especialistas, bajo apercibimiento de ser calificados de diletantes si pretenden una visión holística de la realidad.

 Vivimos en un mundo donde el especialista manda. Ese hombre hermético a la realidad global, pero seguro de sí mismo por el dominio de su área de conocimiento. El comportamiento del especialista, en política, en arte, en los usos sociales, en las otras ciencias; tomará posiciones de primitivo, de ignorantísimo; pero las tomará con energía y suficiencia; sin admitir — y esto es lo paradójico — especialistas de esas cosas. Al especializarlo, la civilización le ha hecho hermético y satisfecho dentro de su limitación; pero esta misma sensación íntima de dominio y valía le llevará a querer predominar fuera de su especialidad. Se comportará sin cualificación y como hombre-masa en casi todas las esferas de vida. La advertencia no es vaga. Quienquiera puede observar la estupidez con que piensan, juzgan y actúan hoy en política, en arte, en religión y en los problemas generales de la vida y el mundo los "hombres de ciencia", y claro es tras ellos, médicos, ingenieros, financieros, profesores, etcétera. Esa condición de "no escuchar", de no someterse a instancias superiores que reiteradamente he presentado como característica del hombre-masa, llega al colmo precisamente en estos hombres parcialmente cualificados. Ellos simbolizan, y en gran parte constituyen, el imperio actual de las masas, y su barbarie es la causa inmediata de la desmoralización colectiva[5].

La carta de presentación de esta barbarie y la causa de su arrogante autoconfianza, es la tecnología moderna. ¡Podríamos vencer la muerte si nos lo proponemos! declara desafiante. Pero su tecnología -supuestamente al servicio del hombre- degrada precisamente la humanidad de los individuos. Vivimos más, pero no sabemos para qué.

El desiderátum de esta mentalidad se ha desnudado con el episodio de la “pandemia”. Debemos obediencia a los especialistas que son los que saben, pero como en el cuento del aprendiz de brujo, estos especialistas están, frente a nuestros ojos, demoliendo la sociedad y privándonos del valor más sagrado: la libertad.

Mi pesimismo es radical. Porque creo que este extravío no se solucionará solo con que uno o más líderes locales o mundiales, le saquen el capirote a estos magos de un golpe, y retomen la normalidad inspirada en el sentido común. La solución es mucho más compleja: Es preciso superar las ideas ilustradas; superar la superespecialidad y recuperar la sabiduría holística que alguna vez representó la religión y la filosofía. Es preciso que la inteligencia se reenfoque a la visión del todo, y que la política recupere su virtud basal: La prudencia. De no ser así, estos afiebrados episodios se irán repitiendo con mayor periodicidad hasta la destrucción del hombre y del planeta.



[1] Decenas de millones de personas sin trabajo, sin ingresos, inestabilidad social derivada de lo anterior, endeudamiento de los Estados a niveles nunca antes vistos, angustia, soledad, muerte segura para los senescentes, caos y pobreza

[2] Libertad personal; libertad de trabajo; libertad de desplazamiento; derecho a la salud etc.

[3] Los fallecidos de Covd19 son principalmente fallecidos por muerte natural con covid19

[4] Término acuñado por José Ortega y Gasset, en el penúltimo capítulo de su libro La Rebelión de las Masas. Luego de 20 años leyendo ese libro me doy cuenta que todo el entorno de la denuncia de Ortega gira en torno a este fenómeno.

[5] Ibidem

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