lunes, 15 de diciembre de 2014

LA SOCIEDAD DE BIENESTAR

LA SOCIEDAD DE BIENESTAR

Existe en occidente en general, y en Chile en particular, un gran esfuerzo de las personas ilustradas, y particularmente de quienes pretenden liderazgos, por identificarse como partidarios de tal o cual “modelo de sociedad” y en base a ello tener tal o cual opción política.
En tal afán empero, estamos más o menos condicionados con conceptos radicalmente equívocos, que por tal causa inducen a confusión; lo cual a su vez tiene por consecuencia la confusión en las identidades de las preferencias políticas y finalmente, de las pretensiones sobre qué hacer con la sociedad; esto es, hacia donde conducir a la comunidad de seres humanos que la conformamos. Adicionalmente este fenómeno confunde y diluye la identidad del aliado y del contendor, en la política partidaria.

Uno de tantos conceptos equívocos, y al que me referiré en estos párrafos, es el de “Sociedad de Bienestar”. El discurso político de quienes propician explícitamente la sociedad de bienestar, pretende seducir a los auditores, ofreciéndoles la seguridad de una sociedad que mitigue o suprima la angustia que produce la inseguridad económica o física hacia el futuro. Se identifica ordinariamente la sociedad de bienestar con el socialismo, especialmente de vertiente democrática, que aboga por un Estado protector, regulador e igualitario. Se crean conceptos de “derechos sociales” y se le asigna al Estado la condición de garante de los así llamados. Opción política partidaria que normalmente denominamos como “izquierda o centro izquierda”. Por su parte, la denominada “derecha o centro derecha”, aboga por un Estado jurídicamente más reducido, por mayor impulso a la iniciativa privada y de libertad personal en lo económico, y propicia esa iniciativa y libertad económica, como motor impulsor del crecimiento de la riqueza y la prosperidad. Sin embargo, un análisis más agudo nos revela que la derecha resulta ser en definitiva y con muy pequeños matices diferenciadores de la izquierda, más de lo mismo. Y ello porque implícitamente también es partidaria de un Estado de Bienestar, por cuanto el objetivo explícito de sus políticas, es conducir a la sociedad a un estado de mayor bienestar económico. Entonces pues, con distintos métodos, la derecha reconoce el mismo objetivo que la izquierda, y los matices están en quien es el garante de dicho objetivo; si el Estado, o el individuo.

Agravando el equívoco, muchos de los opinantes que pretenden liderazgo confunden este  valor de seguridad a futuro, como libertad. Pomposamente se habla de “mayores espacios de libertad” en base al aseguramiento del futuro; o de la “liberación” de las cadenas del trabajador, en razón de asegurarle a ese trabajador el bienestar futuro. La llamada derecha propicia la “libertad” económica, pero ella exclusivamente referida a la seguridad económica como objetivo. Así, la acumulación de riqueza y de ahorro, sería un quehacer “liberador” porque “aseguraría” el futuro. Más paradójico aun es que los estamentos religiosos a través de la llamada “Doctrina Social de la Iglesia” abogan por la “liberación” de los oprimidos, en base a que el Estado o sus empleadores, le “aseguren” el bienestar económico. Desde luego resulta antitética esta opinión de la Santa Madre Iglesia, por su condición de vicaria de Cristo en la tierra, ya que elude implícitamente el mandato evangélico de; “sed como los lirios del campo que no hilan ni tejen”; o de aquella parábola del maestro que le enrostra al que había acumulado trigo en sus graneros su necedad de creerse asegurado, cuando moriría al día siguiente.

A mi juicio, la fuente de esta confusión se encuentra en dos causas:

1.       La palabra “bienestar” es equívoca; es decir, no refleja, como pretender sus defensores, un estado deseado real y efectivo ni para la sociedad en general, ni para vida personal de las personas.

2.       Los valores de libertad y seguridad son antitéticos; es decir, se restan uno a otro. Son inversamente proporcionales. A mayor libertad, menor seguridad y viceversa, a mayor seguridad menor libertad

Lo que señalaré probablemente genere resistencia intelectual de tirios y troyanos, dado que la vida moderna se sustenta en gran parte sobre esta radical contradicción que paradojalmente representa un consenso casi universal; al menos en nuestra cultura occidental.

La palabra bienestar, léxico compuesto de dos palabras -bien y estar-, da cuenta de una condición estática de la vida humana; de un estado finalista al cual se llega, se arriba. Algo así como un puerto de arribada en el devenir de la vida, del cual no habrá que desplazarse más. Pero la realidad cotidiana nos señala que la vida es un devenir; devenir que arranca al nacer y solo concluye con la muerte. En términos estrictamente lógicos el bienestar o el malestar no existen. La vida humana solo se “conduce” cuando el individuo gobierna su destino o simplemente, “deriva” cuando el individuo no la conduce. Esto desde el nacimiento hasta la muerte. En consecuencia el estado deseado de bienestar que “ofertan” los liderazgos políticos o religiosos, en términos estrictamente lógicos propiamente, no existe. El estado deseado solo puede ser un bien-conducirse en el camino de la vida o bien derivar hacia el bien personal o social. Aunque queramos detenernos en la vida, aquello es imposible.

Nuestra cultura occidental, si bien hoy laica y separada de la autoridad religiosa, se funda en las prescripciones y creencias cristianas fundadas en los evangelios. Me causa perplejidad que esta misma cultura occidental que se dice cristiana o de base cristiana, viva cotidianamente esta falacia al concebir la vida humana en términos estáticos y soslaye la evidente e irrefutable condición dinámica de la vida humana. Y hago referencia al origen cristiano de nuestra cultura para expresar mi perplejidad por cuanto, es en los evangelios donde Jesucristo reiteradamente se expresa tratando de sacar a sus auditores del error de creerse dueños de su presente. Si pudiésemos hacer un ranking de importancia a las diferentes prescripciones evangélicas, diría yo que en el tercer lugar – después del amor a Dios y del amor al prójimo - está el de conducirse diariamente sin apego al presente. Y ello porque la existencia del presente es en sí una falacia. La oración que el maestro nos sugiere rezar señala, “danos hoy el pan de cada día”. Pero nuestra cultura se conduce pretendiendo cotidianamente asegurar el pan para varias generaciones.

Y la reflexión anterior no es una elucubración inútil al tema del título de este artículo. Dicha reflexión tiene gran relevancia para identificar la fuente de las confusiones en las identidades políticas y religiosas que vivimos hoy en occidente y en particular en nuestro país. Esta reflexión es la que devela la radical tensión y contradicción entre los valores de la libertad y de la seguridad.

Aldous Huxley en su novela El Mundo Feliz, da cuenta de una sociedad ficticia que ha suprimido por completo el riesgo. El reino de la seguridad total. La atmosfera de la sociedad que describe en su novela es asfixiante, precisamente porque lo suprimido en ellas es la libertad. No obstante ser una caricatura refleja la radical tensión entre dichos valores. Las caricaturas son una exageración de la verdad. Lo que Huxley, con sentido del humor nos advierte, es el precio que la humanidad pagará por un estado de bienestar que él avizora como posible.

Es evidente que los adelantos de la tecnología han cambiado la vida cotidiana del hombre moderno. Vencemos diariamente el espacio y el tiempo; el entorno fácilmente nos provee de abrigo, de alimentación, de cuidados a la salud, de asepsia, de seguridades físicas; que sin lugar a dudas nuestros abuelos no tuvieron y que nuestro tátara abuelos ni se soñaron. Además la sociedad se ha ordenado casi universalmente al dinero como medio de intercambio global de los bienes materiales; de manera que las facilidades para acumular esfuerzo a través del ahorro, para optar por un préstamo financiero o una línea de crédito, que no existían ni remotamente hace tres generaciones; son  hoy accesibles a un porcentaje muy importante de la humanidad. Todas estas comodidades y protecciones inducen al espíritu humano a sentirse protegidos cotidianamente y han generado una atmósfera a nivel global, como el de un enorme fanal o incubadora protectora.

Son tantos y tan relevantes los medios que nos proveen seguridad en la modernidad que nos ha tocado vivir, que el valor de la seguridad ha ido arrinconando al valor de la libertad en el espíritu del hombre contemporáneo. Y el precio sicológico y material, que se debe pagar por optar por la libertad, es más alto que antaño.

La enseña que ostentaba el escudo de armas del fundador de la nacionalidad don Pedro de Valdivia, rezaba La Muerte Menos Temida, Da Más Vida. Por la forma en que se condujo en su vida, parece que creía efectivamente en lo que decía su enseña. El descubridor de Chile, don Diego de Almagro, el día que decidió encarar la conquista de Chile, era uno de los hombres más adinerados del mundo. Invirtió en la empresa de conquista un porcentaje muy importante de su fortuna. No poseía ninguna certeza sobre el éxito de la misma y como se sabe no le fue bien. Nuestro padre de la patria don Bernardo O´Higgins, luego de mucho esforzarse para conseguirlo, se había constituido en heredero de su acaudalado padre. Era pues un hacendado rico y próspero después de vivir humillaciones sociales y graves necesidades económicas. Le pareció sin embargo que la independencia política de su patria era por lo que debía luchar, y no dudó en invertir todo lo que tenía en ese afán, que como se sabe, lo arruinó económicamente.

Menciono esos tres testimonios de vida de tres fundadores de la nacionalidad, para ilustrar no solo el heroísmo personal, sino también las opciones y prioridades de aquellos notables. Y para recordar que Chile existe, gracias a la audacia de quienes no planearon su empresa luego de un “estudio de factibilidad”.

Hay una percepción de que la vida moderna, que nos protege con sus adelantos, nos ha llevado a un estado demasiado extremo de falta de vitalidad de espíritu. A esa debilidad nos induce la seguridad del dinero y de las cosas que con ello se adquieren. Siendo el bienestar una ilusión más o menos vana, se genera en los espíritus más perceptivos, la sensación de tedio vital que hace anhelar una libertad que no se encuentra en la seguridad de los medios de la modernidad.

Tengo la percepción que parte importante del desinterés de las personas en la política y en la religión, se debe a que en la actualidad, los líderes respectivos, solo enfocan su liderazgo a brindar seguridades a los gobernados o fieles. El riesgo, la precariedad de la vida, la inminencia e inevitabilidad de la muerte, son tabúes en nuestra cultura moderna.

Ese desequilibrio empobrece el espacio público de la política y de la religión; incluso a veces lo envilece. Lo que se dice en el foro político y en el púlpito religioso, se perciben como infantilismos bobos que no se relacionan con la vida real. Además por su falta de horizontes, los temas ventilados por los liderazgos empobrecen la autoidentidad de los individuos. Se proyecta por parte de los liderazgos, una realidad sesgada y carente de aquel elemento propiamente humano: La libertad.

El modelo de sociedad que ofrecen entonces los liderazgos, se encuentra en una crisis de credibilidad. Se encuentra quebrada la confianza en el discurso del progreso infinito, y del futuro bienestar. El tedio vital gira sobre la vida de la modernidad como ave carroñera a la espera del primer atisbo de descomposición en el funcionamiento de esta enorme incubadora que es la sociedad moderna para sus habitantes.


Diciembre 2014